Perros entre rosas marchitas - 51
Erkin, con el rostro lleno de preocupación y tras darle muchas vueltas, finalmente se animó a hablar con cuidado.
—Señorita, no lo tome a mal, pero escúcheme.
—¿Si me lo tomo a mal no me vas a decir nada?
—¿De casualidad no tendrá algún fetiche raro de esos donde se emociona escuchando conversaciones ajenas?
—Eso me cayó peor de lo que imaginas.
Ofendida, Berenice intentó pisarle el zapato con su taco punta aguja, pero al recordar que ella misma se los había regalado, solo le plantó una patadita suave en la canilla.
—Es que es raro, te digo que es raro.
—¿Qué cosa?
—Marcello quiere decirme algo desde hace semanas, pero por alguna razón parece que no se atreve a soltarlo todo; y Ricardo ahora para hablando con Alberto… cuando antes a las quinientas se saludaban. Es raro.
Berenice no era de las que se movía solo por simple curiosidad. Aunque el encuentro entre Erkin y Berenice había terminado solo en un roce de cuerpos y labios sin conseguir nada concreto, la charla entre Ricardo y Chiara Volonte trataba sobre un ‘trabajito’ de sicariato encargado por la familia Castillo.
No sabía qué planeaban discutir los líderes de Valentiera y Castillo al meterse en un dormitorio donde no había grabadoras, pero pensó que no perdía nada con oír. Si se trataba de grabar, no había problema; el reloj de pulsera de Berenice tenía un micro integrado para dejar registro de todo.
—Pero esa vez usted estaba esperando en el estudio; ahora que ellos ya entraron, ¿cómo piensa escucharlos?
—Ricardo usa el dormitorio matrimonial. Eso significa que hay un pasadizo que conecta con el cuarto de la dueña de casa. Como es un camino que solo usa la pareja, la puerta es más delgada.
Él ya se conocía de memoria la estructura de la mansión Valentiera, pero como nunca se había acercado ni de lejos al dormitorio principal, no tenía ni idea de eso.
—En fin, suéltame.
—La suelto, pero quítese los zapatos. Si no, deje que la lleve cargada.
—¿Tú también vienes?
—¿Por qué cree que la he seguido hasta aquí?
Al final, Berenice se quitó los zapatos refunfuñando bajito. En cuanto sus pies tocaron el suelo, su nivel visual bajó de porrazo; a Erkin le pareció algo tan gracioso y tierno que tuvo que aguantarse la risa.
Con los stilettos puestos era mucho más fácil mirarla a los ojos, pero era mejor eso a que se fuera a sacar el ancho… Él pensó que, en vez de que ella se esfuerce por verse más alta, bastaba con que él agachara la cabeza y se inclinara más seguido. En ese momento, Erkin frunció el ceño.
‘¿Por qué se puso esos zapatos?’
‘… ¿A ti qué te importa?’
‘Si tiene otros planes, tengo que saberlo’.
‘Es que…..’
No sabía por qué ese recuerdo le vino a la mente de repente, pero recordó la expresión de Berenice cuando se quedó callada a mitad de la respuesta.
‘Me los puse porque son bonitos, nada más’.
‘¿Porque son bonitos?’.
‘¿Para qué crees que una se pone algo que solo sirve para que te duelan los pies y estar incómoda? Su única razón de existir es que son lindos y punto’
En ese momento no le dio importancia, pero pensándolo bien ahora, ella tenía esa cara de estar metiendo un floro o inventando cualquier excusa en el momento.
‘Pero… después de eso, cuando me miras a los ojos, volteas la cara y me ignoras. No hagas eso. No me gusta…’
No puede ser. ¿Será que la razón por la que se puso tacos altos ese día fue…? La idea le cayó de golpe y sintió la garganta seca, como si se hubiera levantado de una borrachera pesada.
—Erkin, ¿qué haces?
—…….
Berenice le dio un toquecito, preguntándole en qué andaba pensando, le hizo una seña con la cabeza. Tragándose la pregunta que tenía atracada en el cogote, Erkin se apuró hacia el otro dormitorio, evitando a los soldatos que custodiaban la mansión incluso en sus días libres.
Mientras abría la puerta con total destreza, Berenice, que vigilaba, le susurró:
—¿De casualidad tienes otros antecedentes? No sé, ¿robo agravado o algo así?
—¿Sabe de algún antecedente mío?
—Lesiones por agresión.
Ella soltó la respuesta sin ocultar que lo había mandado a investigar, dejando a Erkin callado por un momento. Él sabía que ella lo chequearía; desde Ricardo hasta la Seguridad Federal habían revisado su historial de arriba abajo.
Pero aunque ya estaba preparado, le dio un poco de roche ese antecedente por agresión que la Seguridad Federal le plantó a propósito para infiltrarse. Al final de cuentas, sabía que nunca llegaría el día en que pudiera pararse frente a esta mujer con la frente bien en alto.
—Eso es todo lo que hay.
Erkin sostuvo la puerta para que ella entrara primero. El dormitorio estaba impecable. La habitación, que se sentía más amplia por tener solo la cama y un par de muebles básicos, tenía en una de sus paredes el pasadizo hacia el dormitorio matrimonial del que Berenice hablaba.
Tras confirmar lo delgada que era la puerta, Erkin se quitó los zapatos. Tomó la mano de Berenice, se pegó a ella y, apenas entraron al pasadizo del dormitorio que estaba en total oscuridad, cerró la puerta. Era poco probable, pero si alguien entraba y descubría el acceso abierto, estarían en problemas.
Berenice se puso rígida al sentir ese espacio tan estrecho y oscuro, parecido a un cuarto de revelado fotográfico. Avanzaron casi como si fueran un solo cuerpo, pegaditos, moviéndose paso a paso, con un cuidado extremo. A medida que se acercaban lentamente a la puerta del otro lado, las voces que antes eran solo murmullos empezaron a escucharse claritas.
—… ¿No vas a tomar whisky?
Era la voz de Ricardo, ofreciéndole un trago.
—Yo paso. Pienso tomar más tarde.
—¿Con quién?
—Eso no te importa, ¿no?
La conversación parecía de lo más normal. Tanto así que uno se preguntaba para qué rayos se habían metido al dormitorio para hablar de eso. Ricardo seguía lanzando preguntas por puro compromiso, pero Cecilia no soltaba prenda.
—Parece que, aunque uno sea de la mafia, una divorciada con plata sigue teniendo su jale.
soltó Cecilia en son de broma, de inmediato continuó
—Pero más que el whisky, hay otra cosa que me da curiosidad.
—…….
—Me han dicho que andas averiguando cosas. Sobre el prometido de Berenice. ¿No me has llamado por eso?
En medio de esa oscuridad total, Erkin sintió cómo Berenice le apretó la mano con fuerza.
—¿Quién te ha dicho eso? ¿Chiara?
—No me hagas reír. Ella solo te es fiel a ti. Si hoy le preguntaste a Alberto si estaba saliendo con alguien, ¿para qué me preguntas quién me lo dijo?
Ricardo se quedó callado un momento antes de aceptar la realidad.
—… Ya va siendo hora.
—Marcello también está cabezón con eso. ¿Berenice lo sabe?
—Si lo supiera, no habríamos llegado hasta aquí.
Se escuchó la risita de Cecilia.
—¿Piensas encargarle el negocio? ¿A su futuro esposo?
—Si ella quiere.
—Qué orden tan raro tienen tus planes.
Matrimonio, negocios… En medio de esas palabras que no se podían pasar por alto, Cecilia lo encaró con calma.
—¿Siquiera le has preguntado a Berenice si se quiere casar? Por lo que he visto, ella no tiene la menor intención. Es más, parece que últimamente ni siquiera está saliendo con nadie.
—No, creo que sí se está viendo con alguien.
A Erkin se le abrieron los ojos de par en par en la oscuridad. Sintió que el cuerpo de Berenice se ponía aún más tenso. ¿Berenice salía con alguien? ¿Con quién diablos?
—Antes de seguir con esto, pregúntale bien qué es lo que quiere. Por mucho que lo hagas pensando en su bien…
—Ya basta. Lo que uno puede darle a un perro faldero está bien claro.
—… Ricardo.
—Era lo que él siempre decía.
Sin darse cuenta, Erkin bajó la mirada hacia Berenice, aunque no podía ver nada. Por más que los ojos se acostumbren a la penumbra, en un sitio sin una pizca de luz lo máximo que logras es distinguir alguna silueta.
Pero cuando anulas la vista, el oído, el olfato y el tacto se ponen alerta, se vuelven más agudos. Por eso pudo sentirlo. Todo ese temblor de Berenice —mezcla de desconcierto, rabia, pena y vergüenza— se le pasó completito a él a través del contacto.
—’Perro faldero’… Te pasaste de frío. Y eso es…
Cecilia lo reclamó con un tono de reproche real, pero Ricardo no dijo ni pío para justificarse. Berenice intentó tomar aire sin hacer ruido, para que ni Erkin la escuchara, pero al final sus nervios la traicionaron; sus uñas se clavaron en el brazo de él, al que apenas lograba aferrarse.
—Ahora que sé con qué intención Berenice andaba cambiando de hombre a cada rato, no me puedo quedar de brazos cruzados.
—¿Y qué tiene de malo? Es mejor usarlos un poco a que te saquen plata o te cierren por la espalda. Por más que le busques el lado malo, ¿acaso es peor que un divorcio?
—… Tú no entiendes. No sabes cuánto desea Berenice tener una familia.
—Hablas como si tú no fueras parte de su familia.
—A lo que me refiero es…
—Ya, ya. Sé a qué te refieres.
Por un momento, tanto Ricardo como Cecilia se quedaron mudos. Como no se veía nada, era difícil saber qué pasaba, pero el ambiente daba la impresión de que Ricardo simplemente se había cerrado en banda.
Al final, Cecilia rompió el hielo.
—Entonces, ¿qué? ¿Quieres que mi hermano se le pegue a Berenice?
—Si es que Alberto todavía siente algo por ella.
—¿Y la persona con la que dices que sale?
—De eso me encargo yo. Tú no te metas.
—Ricardo, ellos terminaron hace años. Ya sabes cómo fue.
Erkin recordó sin dificultad al tipo que era el hermano menor de Cecilia y heredero de la familia Castillo. Ese mismo que hoy se le acercó a Berenice con una sonrisa suave, dándole un beso en el cachete para felicitarla. Como antes de que lo internaran en el hospital solía jugar tenis con Cecilia, pensó que solo era amigo del hermano, pero resulta que habían estado juntos…
La respiración de Erkin se volvió pesada. Mientras intentaba calmar el aire atrapado en sus pulmones, escuchó a Cecilia hablar como quien recuerda el pasado.
—Claro que a mí me encantaría Berenice como pareja para Alberto. Facilitaría mucho los negocios en varios sentidos. Además, mi papá siempre la quiso un montón, sin pedirle nada a cambio.
—… Por eso Berenice entraba a tu casa como si fuera la suya, llevando a esos niños de la mano.
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