Perros entre rosas marchitas - 50
Desde que se convirtió en la contadora de los Valentiera por deseo de Antonio y Ricardo, empezó a manejar sectores como si fuera una caporegime, Berenice ya estaba curtida en eso de recibir indirectas y mala leche de todos lados. No era nada nuevo.
Sin embargo, que la mujer de un alto mando le estuviera marcando el territorio era una novedad algo bizarra. Berenice mantuvo la mirada fija un momento y luego inclinó su copa de champán con elegancia.
Había que admitir que la tipa era bonita; de esas que hacen que la gente voltee a mirar dos veces. Si uno solo se fijaba en su sonrisa, no era muy distinta a la que le acababa de dedicar a Berenice, pero ella prefirió no imaginar cómo sería la cara de esa mujer cuando se le cayera la máscara. Total, gastar energía en cada mala vibra que le lanzaban solo servía para que Berenice terminara agotada.
—¿Qué crees que sea bueno como regalo de bodas?
preguntó Berenice, tratando de sonar indiferente.
—Una casa, ¿no le parece?
—… Hablas así de suelto porque no es tu plata la que va a salir.
Berenice miró de reojo a Erkin mientras él le quitaba la copa vacía de la mano. El tipo estaba impecable: terno de tres piezas con chaleco, corbata, pisacorbata, reloj, gemelos… Todo era el regalo de cumpleaños que ella le había dado hacía unos días.
Con esos hombros anchos y esa percha que tenía, cualquier cosa le quedaba bien. Seguramente hasta con una bata de baño se vería en algo. Además, como ella no conocía sus gustos, eligió todo según lo que a ella le gustaba, así que, aunque intentaba no mirarlo mucho, terminaba quedándosele pegada como si estuviera hipnotizada.
—Ya no más trago.
dijo Erkin con firmeza, negando con la cabeza al notar su mirada.
—¿Y a ti quién te ha dicho que…?
Berenice quiso reclamarle, preguntándole si acaso la veía como una borracha, pero al final prefirió voltear la cara y no decirle nada.
‘Si la señorita hasta me aceptaba el whisky que le daba de mi propia boca… ¿acaso esto le va a parecer un asco?’.
Solo con mirarlo un poco más de la cuenta, ese recuerdo le regresaba para atormentarla. Y no era como si pudiera bajarse el calor de los cachetes así por así. ¡Qué inoportuno que se le viniera eso a la cabeza justo ahora!
‘Tráguelo bien’.‘……’.‘Y no se olvide de lo que pasó hoy’.
Si tan solo uno pudiera controlar lo que piensa… Pero no, esos recuerdos le hincaban el pecho de la nada y la dejaban en evidencia. Desde que Erkin le dijo en el parque de diversiones que se acordara de todo, los recuerdos de esa borrachera se habían desbloqueado como si le hubieran quitado un sello, la ponían en aprietos a cada rato.
Lo que más roche le daba era acordarse de las cosas que soltó por esa boquita y las cosas que hizo, algo que jamás habría hecho estando sobria. Hubiera preferido mil veces no saber nada, que se quedara en el olvido para siempre.
No sabía cómo las cosas habían terminado así, pero si no podía evitar que los recuerdos la asaltaran, quería evitar a Erkin todo lo posible, tal como hizo cuando estuvo internada. Él le dijo que no se olvidara, pero nunca le prohibió que le sacara el cuerpo.
El problema era que eso tampoco le funcionaba. Erkin no le dejaba ni un huequito para escapar. Parecía que el tipo ya se había aprendido todos sus trucos: eso de ponerse fría cuando la cosa se ponía tensa, de marcar distancia justo cuando se estaban acercando, o de hasta cambiar sus horas de sueño para no cruzarse con él.
‘Encima de todo, el tipo es bien mosca…’, pensó ella.
Fingiendo que no lo evitaba, sino que simplemente miraba el lugar, Berenice paseó la vista por Emilio y Daniela, que estaban rodeados de gente felicitándolos por el compromiso, por las esposas de los otros miembros de la familia. De pronto, su mirada se clavó en un punto.
Ricardo estaba hablando con un alto mando de la familia Castillo. Bueno, los habían invitado, así que era normal que estuvieran ahí, pero… ¿qué tramaba ese?
Justo cuando Berenice iba a tratar de leerles los labios o captar la vibra de la charla, la conversación se cortó. Siguió con la mirada al tipo de los Castillo mientras se iba, pero luego sacudió la cabeza. Pensar en eso solo le iba a dar dolor de cabeza.
Aunque no era un cumpleaños que ella hubiera pedido, hoy quería pasar el día tranquila, sin dramas ni balaceras.
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Aunque la tradición de los Linferno dicta que los cumpleaños se celebran en familia y de forma tranqui, esta fiesta con los capos y sus parientes estaba bien movida y, por ahora, en paz.
La cena que se mandaron Francesco y la gente de la cocina fue de otro nivel; luego el pastel, los saludos que no acababan nunca y esa mesa llena de regalos, como si ya se hubieran acostumbrado del todo a la cultura de Brizent… todo estaba en su sitio.
Erkin se quedó chequeando a la gente de los Valentiera que ya se habían dispersado por todos lados. El jardín estaba verdecito, entraba un aire fresco por el balcón y en cada rincón del salón había grupos conversando, jugando billar, cartas, rompecabezas o dardos.
Esos tipos que se la pasan cometiendo crímenes todo el día, a la hora de la hora, se divierten como cualquier hijo de vecino. Erkin, que siempre está con la oreja parada por si sale algo que informar a la Seguridad Federal, terminó fijando su atención en Berenice, que se había metido en una mesa de póker donde la apuesta estaba fuerte.
Berenice, con un café cargadísimo en la mano —nada que ver con el café ralo que le daban en el hospital—, acababa de empezar una ronda con Michele, Andre, Claudia y un par de soldados nuevos. Tenía un cigarro en la boca, moviéndolo de un lado a otro mientras chequeaba sus cartas. Miraba a los demás de reojo, tratando de leerles la jugada, Erkin, desde su sitio, también se puso a analizarlos a todos.
Sacando a los soldados que no conocía, el más difícil de leer era Andre. Ese tipo casi ni habla, a veces no suelta ni diez palabras en todo el día; para él, hacer un bluff era pan comido porque siempre tiene la misma cara de palo.
Erkin, que no es muy de apuestas pero se conoce las reglas, le acercó el encendedor a Berenice, pero ella ya había sacado el suyo, ignorando su atención por completo.
‘No me da ni un huequito, ¿no?’.
Ella le había dicho que no se olvidara de lo que pasó, pero ahora se la pasaba evitándolo. Desde lo del parque de diversiones, Berenice se había puesto fría otra vez. No es que le hubiera prohibido sacarle el cuerpo, pero igual le daba pica que ella, que lo tenía amarrado con la mirada, se escapara cada vez que podía.
Le daba un poco de… no sé, tristeza, quizá. Cuando él le dijo de verdad que se largara, ella se quedó terca con la familia; pero ahora, para evitarlo a él, sí que le ponía todas las ganas del mundo.
Erkin solo levantó una ceja, ¿a quién le iba a reclamar?
En eso, Berenice, que estaba a punto de prender su cigarro, levantó la mirada de golpe. Fue justo cuando Ricardo salió del salón acompañado de Cecilia Castillo, la jefa de esa familia.
Berenice se les quedó mirando fijo, tiró sus cartas a la mesa y se levantó de un salto. Botó el cigarro sin prender en el cenicero, se notaba que estaba apurada.
—¿Qué pasa, Berenice? ¿A dónde vas?
preguntó Michele.
—Al baño.
—¿No te puedes aguantar justo ahora?
Michele le tomó el pelo diciendo que por tomar tanto café y trago ya se le había soltado el estómago, le pidió que se sentara. Pero Berenice agarró todos sus chips y los empujó al centro.
—All-in.
—¿All-in? Berenice, ¿segura que nos podemos repartir todo esto?
preguntó Claudia sorprendida.
Berenice solo asintió, seria. Michele, sospechando algo, le volvió a preguntar para confirmar:
—Mira que después no hay marcha atrás, ¿ah? Ni porque es tu cumple te la vamos a pasar.
—Hagan lo que quieran. Estoy apurada.
Apenas Berenice se fue, Michele pensó que de verdad estaba mal del estómago y él también metió sus chips al centro.
—Erkin, ¿te unes cuando acabe esta mano?
—Baño
respondió Erkin escuetamente.
—¿Tú también? ¡Oye! ¿Qué han comido, ah?
Erkin dejó el periódico y se mandó a mudar tras ella. Michele se quedó mirando a Andre y a Claudia, sin entender nada, buscó a otro para llenar el hueco en la mesa.
—James, ¿un póker?
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Berenice, que por el buen clima se había puesto un vestido de tweed más corto de lo que suele usar, ya le llevaba un buen tramo de ventaja.
Iba apurada, tratando de no hacer bulla con los tacones delgados, caminando casi de puntitas en un equilibrio que daba miedo. Erkin, pensando que en cualquier momento se iba a ir de cara, apuró el paso para alcanzarla, pero ella se plantó en seco antes de doblar la esquina.
Como no pudo frenar a tiempo, Erkin terminó chocándose suavemente contra la espalda de Berenice. Ella casi sale volando hacia adelante, pero él fue más rápido y la jaló de la cintura para pegarla a su cuerpo. En ese momento, vio a Ricardo y a Cecilia caminando juntos y retrocedió medio paso, todavía sujetándola.
—¿De qué querrán hablar para que se vayan al dormitorio en vez de al despacho?
Berenice ni se inmutó cuando él la agarró de la cintura; parece que ya sabía de sobra que la venía siguiendo. Erkin, confundido, soltó una pregunta corta:
—¿Al dormitorio?
—Es que en los dormitorios no instalé ningún dispositivo para grabar conversaciones.
—Señorita, espere un ratito.
En cuanto vio que Ricardo y Cecilia entraron al cuarto, Erkin sintió que Berenice puso el cuerpo tenso, lista para salir disparada tras ellos, así que la jaló de vuelta con más fuerza.
—¿Me está diciendo que piensa seguirlos hasta allá adentro?
—¿Por qué crees que tiré mi mejor jugada y me salí de la mesa?
—…….
Aunque el orden de los factores había cambiado un poco, Erkin sintió un déjà vu tremendo. Ya sabía por dónde venía la cosa.
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