Perros entre rosas marchitas - 5
¿Cuándo había empezado exactamente?
¿Fue aquel momento fugaz en el que él la miraba primero, observándola con cuidado, solo para desviar la vista como si no hubiera estado mirando en cuanto sus ojos se encontraban? ¿O la vez que aprovechó su altura para mirarla con indiferencia desde arriba? ¿O quizás aquel día en que ella lo saludó con una venia educada y él le dio la espalda como si la ignorara?
No lo sabía. No podía precisar dónde había comenzado este sentimiento desagradable.
Incluso si intentaba rastrearlo, lo más atrás que podía llegar era a hace dos años, cuando él recién se unió a la Familia Valentiera como un Picciotto, pero mientras más lo pensaba, más lejano parecía todo. Eso de por sí ya era extraño.
Después de repasar esos breves momentos una y otra vez, Berenice seguía sin hallar una respuesta. Sin embargo, una cosa era segura: a pesar de su boca cerrada y sus acciones limpias y calculadas, había algo insolente en sus ojos y en esa sutil expresión suya que la irritaba como un padrastro en la uña.
No es que pudiera simplemente arrancarle los ojos.
De verdad, si tanto la fastidiaba, podría simplemente evitarlo. Tal como él la había ignorado una vez, ella podría hacer lo mismo. Lo sabía de sobra en su cabeza, pero sus emociones se negaban a alinearse con su razón, sus actos se inclinaban demasiado hacia el sentimiento subjetivo. Ese era el problema.
Se sentía incómoda, incluso desconocida, atrapada entre la lógica y la emoción sin poder reconciliar ambas. Quería resolverlo de alguna forma, pero como sus sentimientos iban más rápido que su juicio, no encontraba una salida clara.
Al final, Berenice, incapaz de dar con una solución, levantó de nuevo su vaso de whisky. Mientras tapaba la botella y empezaba a ordenar, Erkin, que había estado parado en silencio, finalmente habló. Su rostro no mostraba cambios, pero parecía que su paciencia se había agotado.
—El jefe me pidió que aceptara el puesto por el hombre con el que usted salía.
—Ah, ya veo.
Michele y Andre habían acertado.
Asintiendo con calma, Berenice preguntó:
—No es que me haya casado en una misa con mantilla en la iglesia. ¿Cuál es el problema con salir con Russo mientras veía a Brian?
—Por supuesto, sus relaciones privadas no son de mi incumbencia, pero….
Erkin se quedó a medias con un suspiro lento, frotándose la ceja. Su rostro mostraba un ligero fastidio, como si no estuviera seguro de si debía decir lo que venía.
—Russo Gucci le estaba pasando información sobre sus movimientos, así como inteligencia perjudicial para nosotros, a la Familia Marino.
—¿Estaba vendiendo información por plata?
—Y de forma bastante rentable.
—Vaya, qué fuerte. Estoy absolutamente devastada.
Deslizándose del borde de la mesa, Berenice caminó hacia el gabinete lleno de botellas de whisky y sacó un sobre marrón. Estaba bastante grueso. Su mano y el ligero movimiento de su mentón fueron casuales mientras le lanzaba el sobre a Erkin.
—¿Crees que no sabía quién era Russo o en qué andaba metido?
El sobre estaba lleno de fotos de Russo Gucci. Mientras Erkin las ojeaba, frunció el ceño por los ángulos: habían sido tomadas discretamente desde la distancia, como un detective privado siguiendo a su objetivo sin ser notado.
—Buenas fotos, ¿no? Michele y yo las tomamos nosotros mismos.
En las fotos se veía a Russo hablando con soldatos de la Familia Marino, intercambiando cosas con ellos. Erkin luego tomó un casete sin etiquetas y revisó ambos lados.
—Jugar a los detectives fue divertido. Andre se encargó del micrófono. Le dije que se fuera de tragos con Russo para que yo pudiera instalarlo.
Mientras terminaba de acomodar las botellas en el gabinete, Berenice sonrió, diciendo que había sido un trámite revisar las grabaciones todos los días y separar lo que servía.
Devolviéndole las fotos y la cinta, Erkin preguntó en voz baja:
—¿Usted lo sabía?
—Sí. Desde el principio.
—¿Y se veía con él igual? ¿A propósito?
—Sí. ¿Por qué?
Erkin abrió la boca como para preguntar si de verdad esa era su respuesta, luego la cerró. A Berenice su expresión de asombro le resultó extrañamente satisfactoria. Sacó una cajetilla de cigarros y un encendedor de su cartera sobre la mesa. Después del whisky, un puchito caía preciso.
—¿Crees que no investigo a los hombres que intentan acercárseme? ¿Cuántos hombres crees que vienen donde una contadora de la mafia como yo con intenciones puras? ¿Crees que me iba a dejar? Idiota.
—Como si nunca hubiera hecho negocios antes.
Sujetando el cigarro entre los labios, Berenice murmuró para sus adentros. La punta se encendió de rojo y ella ladeó la cabeza perezosamente mientras soltaba una larga bocanada de humo.
—Tu cara se ve más sorprendida de lo que esperaba. No pensaste que yo podía sacudirme la vigilancia y moverme por mi cuenta, ¿verdad?
—….
Ella soltó una carcajada de incredulidad.
—Pensé que lo sabías y que solo te hacías el loco. Veo que no.
Considerando que la Familia Valentiera era una de las organizaciones mafiosas más grandes que dominaba el bajo mundo de Belloc, que Berenice era la contadora que manejaba su plata, no era fácil para ella evitar la vigilancia.
Su hermano y jefe, Ricardo; las otras familias esperando que los Valentiera den un paso en falso; y la Oficina Federal de Seguridad, siempre chequeando hasta el más mínimo error para usarlo en su contra.
Había incontables ojos monitoreando cada uno de sus pasos. Pero después de todos estos años, ¿de verdad creían que no había aprendido a evadir un par de miradas? No sabía qué tan tontamente la subestimaban, pero….
—Si no lo sabías, ahora ya lo sabes.
No es que no pudiera eliminar a quienes la vigilaban. Simplemente no se molestaba, porque deshacerse de ellos solo invitaría a otros nuevos a tomar su lugar. Era más fácil dejarlos ahí.
Pensando en esos desgraciados que se le pegaban como sanguijuelas sin importar cuántas veces se los quitara de encima, Berenice se pasó la mano con brusquedad por el cabello alborotado.
A través de la neblina del humo del cigarrillo, los labios de Erkin se abrieron despacio.
—…Para serle sincero, me ha sorprendido.
—Qué honesto de tu parte. Pero ahora que lo mencionas, creo que Russo de verdad se creía que yo estaba enamorada de él.
Solo un par de sonrisas suaves y el tipo ya pensaba que se había vuelto alguien especial, inflándose con un orgullo ridículo. Ver esa satisfacción personal inflada había sido, de hecho, bastante entretenido para Berenice.
—Así que decidí dejarlo tranquilo por un rato, solo para ver hasta dónde llegaba.
—….
—¿Fuiste tras él y lo amenazaste? No lo mataste, ¿verdad?
Ante la pregunta de si le había dado —vuelto—, las cejas de Erkin se contrajeron, claramente disgustado. Sus ojos parecían preguntar: ‘¿Acaso ese infeliz valía la pena el esfuerzo?’ O tal vez: ‘¿Qué clase de persona crees que soy?’
—¿Qué clase? Un mafia, pues, obvio.
—O sea que está vivo. Probablemente solo le diste un sustito.
Con un par de puñetes de por medio, fijo. Berenice sonrió con sorna, como si ya supiera de sobra cómo se manejaban las cosas por ahí.
—Me imaginé que nadie por aquí le daría importancia a que yo cambiara de amante otra vez, así que no me preocupé… pero fue un descuido de mi parte. Mala mía. No esperaba que tú y Ricardo lo malograran todo de esta manera.
—… ¿Que lo malográramos?
—Cuida tu tono.
Berenice sacudió el cigarro entre sus dedos como diciendo que le daría una oportunidad para corregirse. El ambiente sugería que, si no lo hacía, la ceniza podría terminar en su cara en cualquier momento.
—¿Acaso nosotros… lo malogramos?
—Al menos sabes cómo arreglar tus palabras.
Berenice soltó una risa corta y fría, dejando caer la ceniza en el cenicero.
—¿Qué pasa, me vas a decir que más bien me ayudaste a tener éxito?
—….
—No sé si el propio Don Marino le dio la orden a Russo o si algún Soldato, con ganas de hacerse un nombre, hizo de tramitador entre ellos, pero… yo les pasé información falsa a propósito y me hice la loca. Mi plan era agarrar a Marino del pescuezo en cuanto mordiera el anzuelo.
Berenice torció los labios, claramente picada por cómo habían salido las cosas.
—…Si Russo hubiera sido un Picciotto bajo el mando de Valentiera, habría tenido sentido que Ricardo se metiera. Pero si no, esto fue puro exceso, una intromisión que se pasó de la raya. Y tú eres simplemente un arrogante.
Con un suspiro largo, Berenice se acercó a Erkin. El olor fuerte del cigarrillo le dio paso a una fragancia limpia y fresca que se hacía más intensa mientras ella se aproximaba. Arrugando un poco la nariz ante ese aroma familiar, uno al que ya se había acostumbrado en un solo día, levantó la cabeza.
Nunca se había considerado bajita, pero este tipo era ridículamente alto. Asumió que era porque en el almuerzo ella estaba sentada, pero incluso parada, tenía que estirar el cuello para sostenerle la mirada.
Por más que bebiera o fumara, la irritación no se le pasaba. Para desfogarse de la manera más simple posible, Berenice inhaló profundo y se terminó el resto del cigarro con caladas rápidas y fuertes.
Entonces Erkin preguntó:
—¿Brian Lockwood es igual?
—Me late que nunca te han dicho que eres un igualado. ¿Tus orejas vienen con algún tipo de filtro para lo que te digo?
—¿Sabe de quién es hermano él?
—Qué espeso eres. Claro que lo sabía. Es alguien en quien vale la pena gastar mi tiempo y mi plata, es bien simpático y es abogado. Buen trabajo, buena pinta. No es alguien que me daría roche tener a mi lado.
Con una mirada de hartazgo, Berenice aplastó el cigarrillo en el cenicero y habló como pidiéndole que se calle y la deje en paz. Por más pesada que fuera la pregunta, no era algo que no pudiera responder.
—¿Siempre ha salido con hombres así?
—¿Con quiénes, con hombres? ¿Así de ese tipo?
—… ¿Alguna vez ha salido con mujeres?
—¿…?
¿Por qué la pregunta tomó un rumbo tan raro? ¿Lo estaba diciendo en serio? Su cabeza se llenó de signos de interrogación. Sin embargo, la cara de Erkin mientras miraba a la desconcertada Berenice estaba llena de la misma duda.
—¿A qué viene esa cara? Eso sí que no.
Amar o salir con alguien del mismo sexo no era algo para avergonzarse, ni era asunto de nadie, no había necesidad de ponerse a discutir sobre libertades o derechos. Pero en una época en la que la Oficina Federal de Seguridad usaba hasta la cosa más insignificante como material de chantaje, que malinterpretaran su sexualidad era lo último que quería.
—No lo soy.
Berenice respondió casi con un gruñido, pero Erkin no pareció creerle tan fácil. No lo podía creer. Poniéndole fuerza a su mirada, Berenice dio un paso más hacia él.
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