Perros entre rosas marchitas - 49
No lo sabía, pero al mismo tiempo lo presentía. Sabía por instinto que no debía encontrarse con esa sonrisa de Berenice, una sonrisa sin segundas intenciones; que no debía mirar esas mejillas que se inflaban de alegría ni esos labios que se curvaban suavemente como un tallo de flor, mucho menos esos ojos de un verde profundo que brillaban con luz propia. Como todo lo que en exceso se vuelve veneno, él presentía que, cuanto más conociera a Berenice, esos sentimientos impuros que iban tomando forma se convertirían en su propia perdición.
—… Esto es un problema.
Había usado su ‘deseo’ con la excusa de su próximo cumpleaños porque sentía la necesidad de acercarse un poco más. Subir los escalones uno por uno no le bastaba; necesitaba este tiempo para ensanchar las grietas en la defensa de Berenice. Quizás la razón principal era que, mientras ella estaba hospitalizada, él había instalado micrófonos en el penthouse y no había logrado abrir la caja fuerte del piso, ni obtenido nada útil tras un mes de espionaje. Pero también era cierto que le molestaba un poco que ella hubiera olvidado lo que pasó aquel día. Aunque no era lo único que ella había borrado de su mente, si hubiera sabido que esto terminaría en este ciclo de autoconciencia inútil, mejor se guardaba el deseo.
—¿Qué es un ‘problema’ de repente?
preguntó Berenice, tras morderle el pulgar una vez más y soltarlo.
Erkin, que acababa de limpiarle la comisura de los labios, se lamió el pulgar como si estuviera probando un algodón de azúcar, tal como ella lo había hecho antes. Los ojos de Berenice se agrandaron por el horror. Su cara decía claramente: ‘Oye, por más que sea tu dedo, ¿por qué rayos lames algo que estuvo en mi boca?’.
—Oye, pero qué asco, ¿por qué…?
—Señorita, usted aceptó sin problemas el whisky que le di de mi propia boca, ¿le parece que esto es un asco?
—… ¿Qué?
Erkin observó esos ojos que no podían abrirse más y, sin decir palabra, tomó un par de palomitas de maíz que ella sostenía y se las metió en la boca, que seguía abierta por la sorpresa.
—Trague bien.
—…
—Y no se olvide de lo que pasó hoy.
Le daba un poco de rabia que solo el peso de sus propios sentimientos creciera, mientras que ella, al no saber nada, se mantenía ligera. Quería sacudirla con fuerza, aunque fuera una vez. El verla ahí, congelada por la impresión, le dio una satisfacción bastante aceptable para haber sido algo impulsivo.
—Tú… estás loco. Te volviste loco, ¿verdad?
—Ya que estoy loco, se me ocurrió algo que quiero hacer.
—¡No hables sandeces y suéltame el brazo, ah!
Antes de que pudiera preguntar qué quería hacer, Erkin le dio un pellizco juguetón en la punta de la nariz. Berenice, sobresaltada, se cubrió la nariz de inmediato.
—¡Es-esto…! Te subiste una vez al carrusel y de verdad perdiste la chaveta, ¿no?
—Es que me daba mucha rabia que usted fuera la única que se olvidara de todo.
—… Tú.
—Le dije que no se olvide de lo de hoy.
—…
—Recuérdelo por siempre.
‘Está loco. Completamente loco’
murmuraba Berenice para sí misma, como si nunca hubiera lidiado con alguien así en su vida. No sabía si ella lograría recuperar esos recuerdos borrados por el alcohol, pero estaba seguro de que, al menos, lo de hoy no lo olvidaría.
—Ya… tu deseo se acaba acá.
—Ni hablar. Todavía queda un montón de tiempo.
—Ni lo sueñes
murmuró Erkin, quitándole la bolsa de palomitas que colgaba peligrosamente de su brazo.
Intentó recibir también el globo de helio, pero en el momento en que el hilo amarrado a la fina muñeca de ella se soltó, una brisa fresca sopló desde la sombra de los árboles. El globo se elevó antes de que Erkin pudiera atraparlo, flotando cada vez más alto. Berenice se quedó mirando el globo que se alejaba de su mano y cerró el puño vacío.
Su rostro se veía extraño, como si hubiera entregado algo ligero para recibir a cambio algo demasiado pesado de cargar. Erkin miró fijamente esa cara limpia y un tanto distraída, chasqueó la lengua para sus adentros.
Esto es un problema de verdad.
【 El Perro que Cría 】
—Berenice, feliz cumpleaños.
—Gracias, Marcello.
Había pasado una hora desde que empezó la fiesta en la mansión Valentiera. Y Berenice llevaba una hora repitiendo ‘gracias’ en bucle infinito. Gracias, muchas gracias, gracias… A estas alturas, la palabra misma se sentía rara. Sentía que el término se deformaba al salir de su boca, pero no podía dejar de agradecer a los invitados, ese era el dilema.
Si solo hubiera sido recibir felicitaciones por mi cumple, como siempre, bueno, ya qué. Pero como también celebraban mi salida del hospital (aunque con un poquito de retraso), no me quedó otra que repetir ‘gracias’ hasta que me dolió la boca.
Entre tanto agradecimiento y mantener la sonrisa de oreja a oreja, sentía que en cualquier momento me iba a dar un calambre en la cara. Pero yo, firme, recibí el regalo que me dio Marcello, el consigliere de los Valentiera, sin que se me notara el cansancio.
—¿Puedo abrir los regalos todos juntos después?
—Cuando quieras.
Agité la caja un par de veces tratando de adivinar qué era, volví a cruzar mirada con Marcello. Tenía una cara de que quería decirme algo, pero se estaba aguantando. Justo cuando le iba a preguntar qué onda, alguien golpeó su copa de champán con una cucharita, haciendo que todo el mundo se callara al toque.
El sonido venía de cerquita.
—Me voy a casar pronto.
Emilio Lamaro, el segundo al mando de los Valentiera, soltó la bomba con una calma envidiable. Yo, que justo le estaba pasando el regalo de Marcello a Erkin, me quedé helada y miré a Emilio, que estaba sentado frente a mí.
—Emilio, ¿hablas en serio?
—Sí, en serio. Hicimos una ceremonia de votos bien privada, solo mi prometida y yo. Como estabas en el hospital, preferí no decirte nada en ese momento.
Eso dijo él, pero viendo la cara de ascuas del capo y de los varios soldatos, me di cuenta de que la noticia solo la manejaban Ricardo y el consigliere.
—Felicidades, Emilio…
Después de pasarme toda la fiesta recibiendo halagos, por primera vez saludé a alguien con total sinceridad. Por la cara de asombro que puse ante la noticia tan repentina, sentí que parecía que me acababa de cruzar con un hombre embarazado de gemelos. En ese momento, Ricardo le hizo una seña a Emilio.
Emilio se levantó del sofá y trajo a una mujer que estaba conversando animadamente en un rincón de la sala. Era una mujer que llamaba la atención por su cabello negrísimo y bien ensortijado.
Había estado en la fiesta desde el almuerzo, pero como no le había visto bien la cara, pensé que era la esposa o la firme de algún miembro de la familia. Pero resultó ser la prometida de Emilio. Mis ojos brillaron de pura curiosidad.
—Les presento a mi prometida, Daniela Morante. Probablemente algunos no la conozcan.
Me quedé mirando fijo a Daniela mientras dejaba mi copa de champán vacía sobre la mesa. Ella, con una voz bien melosa, fue saludando uno por uno a Ricardo, a Marcello y a los demás miembros.
Se notaba que Emilio ya le había dateado quién era quién y cómo era la jerarquía en la organización, pero…
—He oído mucho de ti. Tú eres Berenice, ¿verdad?
Daniela fue pasando por el consigliere, los caporegimes y los soldatos. Cuando el interés de los demás ya estaba bajando, se acercó a mí al final de todo y me estiró la mano. Me quedé mirando sus uñas bien cuidadas y su mano suavecita, sin un solo callo.
‘Vaya, se sabe el orden de rango, pero se comporta como le da la gana’, pensé.
—Sí, así es. Estás bien informada
le dije con una sonrisa radiante mientras le estrechaba la mano.
Después de saludarme, Daniela llamó a Emilio, que estaba hablando con otros. Él cortó la charla al instante y se acercó para rodearle los hombros con ternura. Era la imagen perfecta de una pareja a punto de casarse: ni mucho, ni poco, lo justo. Me quedé mirándolos, soltando un pequeño suspiro de asombro por lo increíble que se veían.
Emilio, que estaba secreteándose cariñosamente con Daniela, tuvo que retirarse porque otro de los capos lo llamó. Antes de irse, les dijo que siguieran conversando entre mujeres. Sin embargo, apenas él les dio la espalda, Daniela, que hasta hace un segundo lucía una sonrisa de comercial, se dio media vuelta con un aire de ‘no tengo nada más que hablar contigo’.
—Oye…
Berenice se quedó mirando la espalda de Daniela, que se alejaba sin darle tiempo ni de abrir la boca. Al toque, Berenice recuperó la compostura y esbozó una sonrisa ligera mientras se volteaba hacia Erkin. Él, que cargaba todos los regalos bajo un brazo, la miró cuando ella le estiró la mano de la nada.
—¿Necesita algo, señorita?
—Sí, tu pañuelo.
En cuanto recibió el pañuelo blanquísimo de Erkin, Berenice empezó a frotarse la mano con una fuerza exagerada, como si se hubiera manchado con algo asqueroso. Erkin miraba el pañuelo, que seguía igual de limpio, con una cara de no entender nada.
—Te voy a comprar uno nuevo.
—Pero si se ve limpio, ¿por qué se molesta?
—Porque a mí me da cosa.
Ignorando a Erkin, que seguía en las nubes, Berenice tomó aire y murmuró para sus adentros:
—… Cuanto más lo pienso, más raro me parece.
Berenice giró solo la cabeza para observar a Daniela, que ya había regresado a su rincón. Erkin siguió su mirada y preguntó:
—Daniela Morante. ¿La conoce de antes?
—Es la primera vez que la veo.
Por eso mismo, Berenice no terminaba de cuadrar por qué Daniela Morante le estaba haciendo la guerra fría de esa manera. No era para nada la cara de alguien que tiene roche por conocer a gente nueva…
Berenice tomó un sorbo de la champán que Erkin le alcanzó y se quedó mirando a Daniela de reojo, analizándola. Ella seguía ahí, con su sonrisa tranquila y toda sociable, conversando con medio mundo.
Era cierto que hoy se veían por primera vez, pero Daniela ya debía de haber escuchado mil cuentos sobre Berenice. Si su plan era usar a Emilio como trampolín para armar su propia mancha dentro de la familia, entonces tenía sentido que Berenice le cayera pesada.
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