Perros entre rosas marchitas - 48
El viento que soplaba entre los árboles hizo que los globos de helio rozaran suavemente la cabeza de Berenice. Solo en ese momento se fijó bien en todas las cosas que Erkin le había puesto en las manos.
Los globos de colores moviéndose con el viento, la canchita, el algodón de azúcar… y hasta esa risa.
Aprovechando el impulso, le dio un gran mordisco al algodón de azúcar. El dulce se esparció por toda su boca, haciendo que su sonrisa durara mucho más tiempo. Y cuando Erkin apareció de nuevo tras dar otra vuelta, Berenice pensó:
Que quizás, después de todo, el día de hoy sí se convertiría en un recuerdo digno de guardar para siempre.
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El viento generado por el carrusel, que se deslizaba como si estuviera sobre olas, le envolvía el cabello con suavidad. No le molestaba para nada esa sensación de cosquilleo en la frente.
Aunque le había parecido un poco descabellado el pedido de Berenice —eso de que no quería subir ella, sino verlo a él en el juego—, no era algo que no pudiera cumplir. Después de todo, habían quedado en que hoy se divertirían sin darle tantas vueltas a las cosas.
La risa radiante de Berenice se fue alejando conforme el carrusel giraba. Erkin se dio cuenta de que él también estaba sonriendo; era imposible no notarlo. Al mismo tiempo, le dio pena tener que darle la espalda por el giro y sintió una urgencia inexplicable.
Si por él fuera, le habría metido espuela al caballo para que apurara, pero lastimosamente el animal de madera, bien pintadito, mantenía su velocidad constante, de lo más relajado.
‘Da vueltas y vueltas, es lento como el solo’.
Por un segundo pensó en soltarse el cinturón y bajarse, pero entre el encargado que lo chequeaba desde que subió y los niños que estaban en los otros caballos, era difícil mandarse con una maniobra así. Si los chiquillos intentaban imitarlo y se bajaban antes de que el carrusel parara, se armaba un problemón.
Así que se quedó ahí, esperando con la paciencia de quien está en un taxi atrapado en el tráfico mientras ve cómo el taxímetro sigue subiendo. Poco después, vio flotar los globos de la mujer que lo esperaba en el mismo sitio de siempre.
Esperaba que ella volviera a sonreírle, pero su expectativa le duró poco. Berenice no estaba sola. Un tipo vestido de lo más elegante estaba parado muy cerca de ella, como si fueran juntos.
No podía verle bien la cara porque el ángulo no ayudaba, pero era un hombre de la edad de Erkin, como media cabeza más alto que Berenice, quien de por sí ya era alta y estilizada.
‘¿Y este imbécil quién es?’.
Erkin achinó los ojos y sacó medio cuerpo fuera del carrusel. Le pareció escuchar al encargado llamándole la atención para que se sentara derecho, pero no le hizo caso. Analizó al tipo de arriba abajo en un segundo.
Se estaba acomodando el cabello, bien peinado con pomada, con unos movimientos de manos que denotaban ansiedad. No hacía falta mirarlo mucho; con una ojeada bastaba. Por su cara, sus manos y sus gestos, se notaba que era el típico tipo que no sabe ubicarse y se lanza a gilear a la primera que ve.
Berenice también lo estaba chequeando de pies a cabeza, pero no parecía estar a la defensiva. Su mirada era más indiferente que si estuviera viendo una hoja caer de un árbol. Cuando por fin vio a Erkin y le pasó la voz con la mano, lo hizo con una naturalidad absoluta, como si estuviera acostumbrada a este tipo de situaciones.
Si hace un rato el carrusel le parecía lento, ahora sentía que pasaba volando: apenas cruzaban miradas y ya se estaba alejando otra vez sin poder hacer nada. Erkin giró el cuello y hasta torció la cintura todo lo que pudo para no perderlos de vista. Berenice, que seguía ahí firme comiendo su algodón de azúcar, le dedicó una mirada coqueta.
Los reclamos del encargado para que se sentara bien ya ni los oía. Apenas el carrusel se detuvo por completo, Erkin fue el primero en saltar. En lugar de ir por la salida oficial, saltó la reja que rodeaba el juego con sus piernas largas y se acomodó la ropa.
Mientras Erkin se acercaba a paso apurado, el tipo seguía ahí parado al lado de Berenice como si fuera su guardaespaldas. El sujeto, que no se había percatado de que Erkin venía por detrás, señaló hacia un lado. Al ver que apuntaba a un café pequeño y acogedor, Erkin soltó una risa burlona.
‘Miren a este. Ya se alucinó’.
Erkin se detuvo a unos pasos y ladeó la cabeza. A diferencia del tipo, que estaba ansioso por moverse a algún lado con Berenice, ella se mantenía tan serena como si no corriera ni un poco de aire.
Pero si uno miraba bien, no era pura calma. El tipo no se daba cuenta, pero ella tenía ese gesto de fastidio genuino marcado en sus facciones. Erkin conocía bien esa expresión; era la misma que ella puso el primer día que él empezó a escoltarla.
En ese momento, Berenice, en lugar de burlarse, soltó un suspiro profundo y miró a su alrededor como buscando algo. En cuanto vio a Erkin, le hizo un gesto rápido con la barbilla. El hombre volteó, siguiendo la mirada de ella, se puso visiblemente nervioso al ver a Erkin.
Erkin no entendía por qué el tipo se palteaba tanto, pero la verdad es que para él esta situación también era nueva. Así que, tratando de no mostrar su desconcierto, imitó la expresión de indiferencia de Berenice. Ella, entonces, le lanzó una sonrisa radiante.
Sus ojos achinados y sus labios se veían hermosos, pero justo cuando él sintió que algo olía mal…
—Mi amor, ¿por qué te demoras tanto? Ven aquí.
—…….
Su mal presentimiento dio en el clavo.
—Ay, de verdad… ¿qué haces ahí parado?
Berenice pasó por el lado del desconocido con total elegancia y apoyó la cabeza en el hombro de Erkin, quien se quedó tieso al escuchar ese apodo de la nada y ese ‘Ay, de verdad’ que no le pegaba ni con goma. Ella se tapó media cara con el algodón de azúcar como si estuviera avergonzada y le susurró bajito:
—No te quedes ahí parado como un zonzo y abrázame por los hombros de una vez.
—…….
A diferencia de su cara dulce, su tono de voz al darle la orden fue letal. Entre confundido, palteado y asombrado, Erkin prefirió pasarle el brazo por la cintura y la pegó hacia él. Como no hizo exactamente lo que ella pidió, Berenice lo miró hacia arriba fijamente.
El tipo, que se había quedado mirando cómo se pegaban el uno al otro como si fueran uno solo, preguntó tartamudeando:
—Entonces… ¿él era el ‘bebé’ del que me estaba hablando, señorita?
—… ¿Bebé?
Erkin bajó la mirada con una cara de ‘o he escuchado mal o este tipo está loco’. Sus ojos le gritaban que necesitaba una explicación urgente, pero Berenice estaba ocupada mordiéndose los labios, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no soltar la carcajada que tenía atorada.
Erkin apretó los dientes y respondió con voz grave:
—Sí, exacto. Tiene 348 meses.
—Ah, ya veo. Enton… ¿Perdón? ¿Qué dijo?
—348 meses.
—Ah… ya… bueno…
El hombre se quedó callado un momento, procesando la información. Parecía estar sacando cuentas mentales.
—Este… yo… bueno, mil disculpas por la molestia.
El tipo miró de reojo a Erkin, que repetía lo de los ‘348 meses’ sin que se le moviera un solo músculo de la cara. Al final, el sujeto se dio cuenta de que lo mejor era alejarse de ese ‘loco’ y se fue retrocediendo a paso apurado hasta que desapareció.
Apenas el hombre se perdió de vista, Berenice intentó zafarse, pero Erkin apretó el brazo que tenía rodeando su cintura para que no se moviera.
—… ¿Qué haces? Suéltame. Ya se fue.
—¿Bebé?
En cuanto Erkin le devolvió la pregunta, Berenice explotó en la risa que había estado aguantando.
—Creo que pensó que yo era tu niñera.
Como estaba ahí parada frente al carrusel con globos, canchita y algodón de azúcar, al ver que sus manos estaban libres de anillos de matrimonio, el tipo asumió que no era la madre de nadie, sino una niñera soltera.
Erkin admitió que, desde afuera, la escena se prestaba para eso. Pero una cosa era entenderlo con la cabeza y otra muy distinta era aceptarlo con el corazón; así que se quedó mirando a Berenice con una expresión indescifrable.
—Ahora entiendo por qué el Jefe me ordenó que no le quitara la vista de encima, señorita.
Berenice soltó una risita burlona y se encogió de hombros, como diciendo que ella tampoco esperaba que las cosas terminaran así.
—Ese tipo se quedó hablando un montón de cosas, como yo le respondía cualquier tontería para que se fuera, se habrá confundido, pues.
—…….
—¿Quién iba a imaginar que te iba a ver a ti y me iba a preguntar si tú eras ‘el bebé’?
—Bueno, gracias a eso ya sé lo que se siente ser un bebé a mi edad. Qué bien, ¿no?
—A mí también me gustó.
—…….
A diferencia de Erkin, que lo decía con todo el sarcasmo del mundo, Berenice lo decía en serio. Al ver que ese sentimiento era genuino, Erkin sintió curiosidad por saber qué parte exactamente le había gustado.
—¿Tanto le gustó verme subido en el carrusel?
—Si ya sabes la respuesta, ¿para qué preguntas?
Berenice respondió de forma cortante pero honesta, algo palteada, siguió comiendo su algodón de azúcar. De pronto, frunció un poco el ceño; tener las manos ocupadas con tantas cosas le estaba resultando un estorbo.
—Erkin, esto está rico pero se pega demasiado.
—Levante la cabeza.
—Ya fue. Toma, agarra esto, que me quiero ir al baño…
Erkin no la dejó terminar. Usó su pulgar para limpiar, con una presión suave, el resto de algodón de azúcar que le quedaba en la comisura de los labios. Una pequeña cáscara de canchita que se había quedado ahí se pegó a su dedo.
Su pulgar se quedó ahí un momento, rozando con delicadeza sus labios para no correrle el labial, de pronto, se deslizó hacia adentro, invadiendo el pequeño espacio entre sus labios entreabiertos.
Erkin no le quitó la vista de encima y vio cómo los ojos de Berenice se abrían de par en par. Sintió que su cintura, que aún sostenía con el brazo, se ponía rígida, pero ella no hizo ningún intento por apartarse.
Berenice, como queriendo empujar esa invasión, rozó el pulgar de Erkin con la punta de la lengua. Pero luego cambió de parecer: hundió los dientes en su dedo, mordiéndolo suavemente, lo succionó apenas un poco, como si estuviera probando el algodón de azúcar.
Le lanzó una sonrisa traviesa, con la intención clara de ponerlo nervioso. Erkin se quedó mirándola, atrapado por esa risa espontánea, de pronto lo entendió todo.
Ya sabía. Por fin lo sabía.
Entendió por qué el verano pasado le había dado la espalda a Berenice cuando ella lo saludó con esa sonrisa tan limpia. Hasta hoy, incluso durante el almuerzo, no sabía la razón y tampoco quería pensar en ello. Pero ahora, finalmente, lo tenía claro.
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