Perros entre rosas marchitas - 47
Eso no significaba que extrañara esa época. Haberlo vivido una vez era más que suficiente; no tenía el más mínimo deseo de volver. Sin darse cuenta, Berenice bajó la mirada hacia sus palmas vacías, donde solo quedaban unas cuantas migajas de canchita. Le pareció que sus manos se veían tristísimas, sin un solo recuerdo que valiera la pena conservar.
Canchita, algodón de azúcar, paletas gigantes, chocolates del tamaño de la cara de un niño, peluches, globos de helio, sándwiches compartidos a la mitad, manos de parejas o familias entrelazadas con fuerza… hasta las manijas del carrusel.
Todos los demás tenían las manos llenas de algo, pero en las de Berenice solo había una cartera con una pistola y un cuchillo, esas cáscaras de canchita que se volarían con un simple soplido.
Berenice se sacudió las migajas y apretó los dientes. En ese parque donde todo el mundo se reía y bromeaba, le costaba aguantar esa sensación de estar sumergida ella sola en la penumbra. Sentía que, aunque pisaran el mismo suelo, ella era como el aceite en el agua: incapaz de mezclarse, totalmente apartada.
En ese momento, la sensación de llenura que traía desde el restaurante desapareció de golpe, un vacío inexplicable se le instaló en la boca del estómago. Esa sensación de vacío repentino le resultó tan incómoda que se presionó el plexo solar, que sentía hecho un nudo, soltó lo primero que se le vino a la mente:
—Erkin, se me antojó hacer algo.
Le molestó que, mientras comían, él no le quitara los ojos de encima, pero que ahora su mirada estuviera perdida a lo lejos, buscando el rastro de esa familia que ya se había ido. Le produjo un fastidio inmenso, como si le hubieran quitado algo que nunca llegó a tener.
Como sea, quería atraer esa mirada azul profundo hacia ella. Fue un impulso de esos que te dan cuando sientes que tienes que traer a alguien de vuelta a su sitio como sea. Al llamarlo, la mirada de Erkin regresó al instante, sin dudar. La miró fijo, con una firmeza tal que parecía que nunca hubiera estado observando a esos hermanos y a su familia.
—La escucho. Dígame.
Ya que habían venido al parque porque Erkin lo propuso, ahora le tocaba a Berenice decir qué quería hacer.
—Quiero verte subir al carrusel.
—… ¿Perdón?
Erkin, que estaba a punto de asentir sin pensarlo, se quedó helado.
—Dijo que era algo que usted quería hacer.
—Por eso mismo. Me dieron ganas de verte a ti subido en el carrusel.
—¿Y usted no va a subir, señorita?
Berenice señaló su falda con la mirada.
—Yo no. Con esta falda es bien tranca subirse a un caballito.
—Si se sienta de costado apoyada en mí, usted también podría subir.
—…….
Erkin señaló con el mentón un carrusel grande que pasaba frente a ellos, diciendo que ahí cabían perfectamente dos adultos. Berenice miró por un momento a los niños que disfrutaban del carrusel de lo más tranquilos y luego miró a Erkin. Entonces, le dijo con cuidado:
—Oye, Erkin, no te vayas a picar por lo que te voy a decir.
—No sé qué sea, pero ya me dio mala espina.
—¿Qué te pasa? ¿Se te ha metido el diablo o qué? Con lo bonito que está el día.
—…….
—No me pongas esa cara. Hablo en serio.
Berenice, con el rostro serio, forzó una expresión de severidad en sus ojos. Erkin soltó una risita y le puso en la mano el algodón de azúcar que ni siquiera había probado.
Luego de pasarle también la canchita que llevaba en un brazo y el globo de la otra mano, Erkin se inclinó un poco para quedar a la altura de sus ojos.
—Cómase eso y mire bien.
—…….
—Y no se mueva de aquí, que se me va a perder.
—¿Qué cosa? ¿Crees que soy una niña?
Le reventó que de la nada la tratara como a una chiquilla. Berenice se asó por el comentario, pero Erkin se burló de ella en su cara.
—Michele me dijo que usted no tiene nada de sentido de la orientación.
—Qué gracioso. ¿O sea que ustedes dos se cuentan sus secretitos?
La sonrisa burlona de Erkin se hizo más evidente.
—¿También es un secreto que mandó tres carros directito al desguace mientras practicaba manejo? Si es secreto, me quedo callado.
—… Mira, ahí están saliendo los niños. Ya debe haber terminado el turno.
Berenice señaló a los niños que bajaban corriendo del carrusel. Sabía perfectamente que su habilidad al volante era tan mala que hasta Michele había tirado la toalla y Andre y Ricardo preferían hacerse los locos. Si seguían hablando de manejo, ella llevaba las de perder.
—Como sea, no se pierda el espectáculo.
—…….
—Usted fue la que dijo que quería ver esto.
Erkin hizo que Berenice se pusiera bajo la sombra rala de un árbol y empezó a caminar. Ella, ahí parada como un poste con los globos, la canchita y el algodón de azúcar, se quedó mirándolo con una cara de desconcierto total mientras él se alejaba para hacer la cola del carrusel.
‘En serio va a subir’.
Pensó que él le pondría alguna excusa o que le diría que ni loco se subía a eso. Es cierto que ella soltó la idea por puro impulso, a ver qué pasaba, pero no lo dijo de broma. De hecho, ya estaba lista para insistir si él le decía que no, pero Erkin aceptó con una facilidad que la dejó fría.
Sintió un vuelco en el estómago, como si estuviera mareada de tanta hambre. ¿Se dará cuenta él de que, si se porta así, a ella le dan ganas de seguir pidiéndole cosas y mandoneándolo? Parecía no tener ni idea de que a ella le daban unas ansias locas de ponerlo a prueba, como una niña engreída, para ver hasta dónde era capaz de aguantarla.
‘Si lo supiera, no me haría caso así de fácil’.
Berenice achinó los ojos haciendo fuerza con el estómago vacío. El encargado del juego, que recibía con una sonrisa a los niños ilusionados y a sus padres, se pegó un susto al ver a Erkin. Con lo grandazo que era, el hombre buscaba con la mirada a algún niño que se le hubiera escapado por ahí, pensando que Erkin era el guardaespaldas.
Pero obvio, no iba a encontrar a nadie. Erkin pasó por el lado del encargado, que estaba recontra confundido, con su cara de palo de siempre se subió sin dudarlo al caballito blanco más grande de todos. Los niños que estaban en los otros caballitos —adelante, atrás y a los costados— lo miraban con la misma cara de asombro.
Hasta los chiquillos se daban cuenta de que Erkin no estaba ahí cuidando a nadie. Sus voces cuchicheando pasaban la reja del carrusel y llegaban clarito a los oídos de Berenice.
‘¡Qué alto es!’, ‘Parece un príncipe’, ‘Se ve como una pantera negra’, ‘Es guapísimo’, ‘Sus ojos parecen joyas’, ‘Parece un caballero de cuento’, ‘Qué elegante’, ‘Da un poco de miedo pero se ve genial’…
Si ella escuchaba todo eso, Erkin, que estaba en medio de todos, debía oírlo mil veces mejor. Pero él, como si nada, dejó que las palabras le resbalaran y se quedó ahí sentado, firme y majestuoso como un general antes de irse a la guerra.
Es más, antes de que el encargado diera las instrucciones, Erkin ya se había puesto el cinturón de seguridad bien apretadito. Berenice lo miraba con los ojos entrecerrados, sin poder creerlo. Hasta estiró el cuello para ver mejor.
‘O sea, ¿por qué se lo toma tan en serio?’.
Agradecía que le hubiera hecho caso, pero esa seriedad extrema la dejó descuadrada. Lo veía tan metido en su papel que ella también sintió que debía ponerse derecha y prestar atención.
Se amarró bien los hilos de los globos en la muñeca y los dedos para que no se le volaran, salió de la sombra y se acercó a la reja del carrusel. Justo en ese momento, empezó a sonar una canción infantil de Brizant y el carrusel comenzó a girar. Erkin, al mismo tiempo, volteó a verla.
Como diciéndole: ‘Mira bien’.
Si se hubiera quedado en eso, todo bien. Pero a Erkin no se le ocurrió mejor idea que saludarla con la mano. Con lo grande que era, ese movimiento llamó la atención de todos los niños y padres, que voltearon al unísono a mirar a Berenice, que estaba ahí solita y parada.
—…….
—…….
‘Qué palta… me muero de vergüenza’
Berenice, que iba a devolverle el saludo, bajó el brazo lentamente. Sintió cómo se le calentaban las mejillas por todas esas miradas desconocidas. Bajó el brazo y se tapó la cara con el algodón de azúcar y los globos, mirando por los huequitos cómo la espalda de Erkin se alejaba en el círculo.
Por un segundo quiso seguirlo caminando por fuera, pero prefirió quedarse en su sitio. Él le había dicho que no se moviera. Así que solo giró la cabeza hacia donde él tendría que aparecer de nuevo. El viento trajo el olor dulce del algodón de azúcar rosado que le tapaba la cara.
‘¿Y si pruebo un poquito? ¿Esto se muerde de frente?’
Estaba mirando a los demás para ver cómo se comía eso, cuando un niño gritó emocionado al ver a sus papás después de dar la primera vuelta.
Entre las risas inocentes de los niños, la silueta negra de Erkin apareció deslizándose suavemente sobre el gran caballo blanco. El caballito subía y bajaba como si galopara de verdad, pero el torso de Erkin estaba tieso como un palo.
Se lo estaba tomando en serio, sí, pero se notaba que se moría de la vergüenza por dentro. En el momento en que sus ojos se cruzaron, Berenice no aguantó más y soltó una carcajada estrepitosa. Al verla reírse así, Erkin abrió un poquito los ojos, sorprendido. Se quedó tieso un momento, pero al final no pudo evitarlo y una sonrisa natural se le dibujó en la cara, disfrutando también del momento.
Berenice rozó el algodón de azúcar con sus labios mientras sonreía. Se quedó asombrada de cómo se derretía apenas la tocaba, sin necesidad de masticar nada. Mientras procesaba lo rico que estaba, Erkin se volvió a alejar.
Hasta que desapareció de su vista tras la curva, Erkin no le quitó los ojos de encima a Berenice, que seguía con una sonrisa de oreja a oreja. Esa mirada que ella tanto quiso atraer se quedó pegada a ella hasta el último segundo.
Aunque él ya no estaba frente a ella, la sonrisa no se le borraba. Había hecho tanta fuerza con el estómago para no soltar otra carcajada que, de pronto, se dio cuenta de que ya no sentía ese vacío de antes. Ya no tenía esa sensación de náuseas.
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