Perros entre rosas marchitas - 46
Berenice, antes de terminar estrellada contra un callejón sin salida, metió un timonazo y soltó una pregunta para cambiar de tema al toque:
—Y yo qué voy a saber. ¿Fue un lío de faldas?
—No. Un soldato de Lauro intentó transar droga en la zona de Armando y lo chaparon con las manos en la masa.
—……?
Berenice se quedó con la boca abierta, procesando la nota. Pensó que, para variar, un lío de faldas habría sido hasta mejor. Arrugó la cara y bajó la voz todo lo que pudo:
—Con la droga no se juega. Tú ya sabes cómo es, Erkin. Eso está prohibido, punto.
—Por eso mismo se decomisó la merca ahí mismo, Armando le quitó un dedo al tipo como parte de pago.
—…….
Berenice bajó la mirada, media desencajada. ¿Sería coincidencia que el foie gras que tenía al frente fuera largo y gordito como un dedo? Ya le estaban quitando las ganas de comer.
—O sea que han venido a comer, pero también a dejar una advertencia.
Con razón el mozo no dejaba de mirarlos de reojo, chequeándola a ella y a Erkin a cada rato. Y ella, bien gracias, no tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando por debajo de la mesa.
—Ya todo se arregló a las buenas, así que no tiene de qué preocuparse.
—No me preocupo. Sé que Armando y tú son finos para solucionar esas vainas.
El negocio de la droga es un dolor de cabeza si dejas que avance, así que hay que cortarlo de raíz. Si hubiera sido un problema mayor, ya se habría enterado; si todo ha estado tranquilo, es porque hicieron bien su chamba.
Ya más calmada, Berenice dejó de lado el foie gras y se metió un buen bocado de la baguette que estaba al lado. Erkin, que recién se dio cuenta de por qué ella no quería tocar el plato, le pasó su propia baguette y se llevó el foie gras de Berenice para su sitio.
Ella se quedó mirando la baguette que él le dio y, como quien no quiere la cosa, levantó la mirada para chequearlo de reojo. Esa risa que hace meses le salía más natural ya se había esfumado, pero la forma en que la cuidaba con la mirada seguía ahí. Como si hubiera dejado de lado la advertencia a los Lauro y ahora solo le importara que tuvieran una cena tranquila.
La comida estaba tan suave que se deshacía en la boca, el sonido de los cubiertos chocando contra la loza era lo único que se escuchaba. Berenice sentía un cosquilleo raro en el estómago; tenerlo ahí, con esa cara de que su único propósito en la vida era pasar tiempo con ella, la ponía bien nerviosa.
Se presionó un poco la boca del estómago y murmuró:
—… Qué problema.
—Si es por el tema de la droga…
—No estoy hablando de eso.
Ya había desabrochado todos los botones que puso mal al principio. Ahora que no había nada que la amarrara a sus prejuicios, solo le quedaba mirar a Erkin y juzgarlo por lo que veía, abrochando un botón nuevo a la vez. El problema era que, con esa mirada que él le clavaba, ella sentía que se iba a paltear y terminaría abrochando todo en el hueco equivocado de nuevo.
—El problema es que la comida está tan rica que voy a querer volver a cada rato.
Se sentía como la más tonta del mundo, con miedo de terminar haciendo todo mal y quedarse así para siempre.
Erkin la miró a ella y luego al plato donde todavía quedaba algo de entrada, con una cara media rara, le preguntó:
—¿Quiere un poco de foie gras?
—… Cómetelo tú, provecho.
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Berenice se quedó mirando como una zonsa el carrusel que daba vueltas y vueltas frente a ella con toda la calma del mundo. Después de pasar por el restaurante y dar una vuelta por el museo de arte, sus pasos los habían llevado, ni más ni menos, que a un parque de diversiones.
Los chiquillos, cada uno montado en el caballito que más le gustaba, soltaban gritos de alegría y saludaban con sus manitos a sus papás que los chequeaban desde afuera.
Levantó un poco la cabeza y vio que, detrás del carrusel, una rueda de la fortuna gigante giraba todavía más lento. Como todavía era de tarde y había luz, no habían encendido las luces de colores, pero el simple hecho de ver la rueda y el carrusel ahí parados hacía que a uno le volviera esa chispa de la infancia que ya creía perdida.
—Vaya, sí que le estás sacando el jugo a tu deseo…
Por costumbre, Berenice sacó un cigarro y se lo puso en la boca, pero al toque se dio cuenta de que estaba rodeada de niños; dijo ‘¡uy, verdad!’ y lo guardó de nuevo. Cerró su cartera de un tirón y se quedó mirando a los chiquillos que corrían de un lado a otro sin cansarse; sentía las manos vacías y, la verdad, estaba un poco aburrida.
—Como no tiene refill ni devolución, no me queda otra que moverme bastante para que valga la pena la inversión.
—Ya, bueno. Y ya que estamos aquí, ¿en qué te quieres subir…?
Berenice miraba a los niños que se mataban de la risa con una cara entre extrañada y curiosa, cuando Erkin se le paró bien cerquita. Ella iba a preguntarle si no sería mejor subirse a algo tranquilo como la rueda o el carrusel en vez de esos trenes que se mueven todo loco, pero se quedó a medias.
—… ¿Y todo eso qué es?
Erkin no había regresado solo. El tipo se las había ingeniado para traer un globo de helio flotando sobre su cabeza, palomitas de maíz y un algodón de azúcar, todo bien sujeto en ambas manos.
‘Dijo que iba al baño un ratito’.
¿En qué momento compró tanta cosa? Berenice lo miraba con una cara como si hubiera visto a un perro de tres cabezas, pasando la vista del globo al canchita y luego al algodón.
—¿Te gustan estas cosas?
—Le agradecería que lo pensara bien antes de preguntar.
—…….
—Ya que hemos salido a pasear, me pareció que esto era lo mínimo que debíamos hacer.
Con una cara de ‘aquí no pasa nada’, Erkin actuaba como si comprar todo eso fuera un requisito obligatorio al pisar un parque de diversiones. Como Berenice sentía las manos ociosas, agarró un par de palomitas y se las metió a la boca; sus ojos se abrieron de par en par.
Estaban calientitas, parece que se las dieron recién saliditas de la olla. Siempre veía que todo el mundo andaba con su bolsa y en el fondo se preguntaba qué le veían de especial. No tenían un sabor de otro mundo, solo eran saladitas y crocantes, pero tenían ese ‘no sé qué’ que hacía que no pudieras dejar de comerlas.
Berenice seguía metiéndose canchita a la boca mientras ladeaba la cabeza. El carrusel se detuvo y los niños bajaron corriendo para irse encima de sus papás.
Los padres recibían a los pequeños con los brazos abiertos, cargándolos por los aires como si ellos mismos fueran juegos mecánicos, con una sonrisa de oreja a oreja que era igualita a la de sus hijos.
Berenice se metió el resto de palomitas que tenía en la mano de un solo bocado y recién ahí se puso a chequear bien todo lo que había a su alrededor.
Había chicas sentadas juntas en el césped, sacando sándwiches y frutas de sus canastas de mimbre; parejas caminando del brazo mientras conversaban bajito; niños correteando juguetones alrededor de sus padres con globos o algodones de azúcar en la mano; y hasta padres jóvenes empujando coches de bebé, regalándoles un pedacito de infancia a sus hijos que aún no entendían nada del mundo.
El parque de diversiones estaba repleto de gente desbordando su propia felicidad. En cambio…
La mirada de Berenice dio vueltas hasta dar con Erkin.
Con su terno negro y su sombrero de copa, Erkin, junto a Berenice, que vestía una blusa color vino tinto y una falda entallada que le llegaba debajo de la rodilla, eran lo más extraño y fuera de lugar en todo ese enorme parque. Da igual que tuvieran los brazos llenos de globos, canchita y algodón de azúcar.
Por un lado, él llevaba una pistola metida a la fuerza en la cintura y, por el otro, ella cargaba lo mismo en su cartera, además de una navaja plegable. Berenice sonrió para sus adentros, segura de que él también tendría al menos un par de cuchillos escondidos entre los tobillos y las canillas, ocultos por el pantalón del terno.
—¿Se puede saber de qué se ríe de la nada?
—De nada. Solo me dio risa que estemos haciendo esto.
No eran amigos, ni novios, ni hermanos, ni esposos, ni familia; eran simplemente dos miembros de la mafia metidos en un parque de diversiones, eso le resultaba gracioso. No es que un criminal tuviera prohibido venir, pero no podía evitar esa sensación extraña, como si estuviera usando ropa que no le quedaba. Berenice, mientras jugueteaba con los granos de canchita en su mano, preguntó:
—¿Has venido seguido por acá?
—No. Es la primera vez que vengo a este lugar.
En ese ‘a este lugar’, sintió como si él estuviera conteniendo todo su pasado. Erkin siguió la mirada de Berenice y se quedó fijo en un punto.
Al ver que él se había fijado en un niño de unos diez años y su hermanita menor, Berenice lo miró de reojo. Erkin no pudo apartar la vista de esa escena familiar hasta que se perdieron a lo lejos.
Berenice, que nunca había extrañado nada en particular, no sabía si esa mirada era de anhelo o si simplemente se quedó mirando porque se parecían a su propia familia. ‘Ni siquiera llama a su familia que vive en Melbourne, pero parece que sí extraña su infancia’, pensó.
Berenice siguió comparándose con él.
Alguna vez se había planteado si, de volver a hace veinte años, al día en que Antonio y Ricardo visitaron el orfanato, hubiera podido tomar una decisión distinta; pero extrañar un momento específico de su vida… eso jamás.
Por más que hurgara en sus recuerdos, no había ni un solo momento.
No tenía nada parecido a una infancia digna de recordar. Por el solo hecho de llevar sangre Falleyra, la abandonaron apenas nació. Su vida empezó siendo desechada como basura. Y ese abandono al nacer, del cual ni se acordaba, no fue el único.
De niña, sin saber que debía ocultar que era una Falleyra y sin que nadie le enseñara a esconder sus rasgos físicos, la devolvieron de dos hogares adoptivos sin que ella entendiera qué había hecho mal. Luego, como un milagro, como un regalo, aparecieron sus habilidades especiales. Gracias a eso pudo tomar la mano de Ricardo y convertirse en la hija de Antonio.
No pasó mucho tiempo hasta que se dio cuenta de que ese poder de los Falleyra, que ella creía que era el único regalo de Navidad que había recibido en su vida, era en realidad una maldición, tal como todos decían…
Claro que no todo el tiempo fue infeliz.
Todavía le daba miedo recordar a Antonio, pero Ricardo era cariñoso. Odiaba aprender a usar cuchillos y apretar el gatillo contra un blanco, pero al menos podía dormir en una cama acolchada de la mano de Michele y André.
Le gustaba que, cuando llegaba la hora, siempre había comida servida que podía disfrutar antes de que se enfriara, que cada mañana y noche podía sumergirse en agua calientita para lavarse bien con jabones perfumados.
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