Perros entre rosas marchitas - 44
Hace dos meses, siguiendo el consejo de Berenice de que buscara fuera de las fronteras si no encontraba nada en Brizent, él empezó la investigación desde cero. De todos modos, las pesquisas anteriores se habían estancado una y otra vez, así que empezar de nuevo no hacía mucha diferencia.
Un esposo que desapareció de la nada y fue dado por muerto, aunque estaba claro que lo habían asesinado; y un peligro desconocido que podría alcanzar incluso a su hija. John Baker se puso a pensar seriamente: si él estuviera en esa situación, con una hija pequeña a cargo, ¿cómo reaccionaría?
Sin identidades falsas ni una ruta de escape planificada.
Al principio, dio por hecho que se habían escondido cambiándose los nombres, pero eso era algo que se le ocurriría a un detective privado como él, a un investigador o a un mafioso acostumbrado al crimen. Por eso, planteó una nueva hipótesis: madre e hija se habrían movido usando sus nombres reales, no alias.
Basándose en eso, pasó casi dos meses haciendo nuevas indagaciones en la zona donde vivían, entrevistó a antiguos colegas del esposo y revisó hasta el último registro de los cruceros que zarparon o pasaron por Belloc hace 15 años. Al final, John Baker llegó a un pueblito de Linferno.
Le dolió el tiempo y la plata desperdiciada buscando por todo Brizent durante más de dos años, pero encontrar por fin un rastro real de Gwen y Trisha Buchanan era un logro que a su cliente le iba a encantar.
—¿Dice que se fueron a Linferno…?
—Sí. Como después de la guerra y la Ley Seca el tiempo de reserva de los registros de entrada y salida se extendió de 10 a 20 años, pude encontrar los datos de las Buchanan.
—De verdad que me ha agarrado de sorpresa.
—Viendo la cantidad de plata que Victor Buchanan sacó de su cuenta hace 15 años y los bienes que remató a la volada, no era una huida temporal; tenían planeado irse de Brizent por mucho tiempo. Estar fuera del país era la voz.
—Ah…
En realidad, Berenice no solo se alegró. John no podía sacarse de la cabeza cómo se le desencajó la cara apenas supo que había pistas de la madre y la hija.
Incluso John Baker, que en esa época era policía, sabía del sheriff asesinado hace 15 años, de la desaparición de las mujeres y de los casos no resueltos de ese entonces. No había pasado en su jurisdicción, pero como fue un caso que trajo mucha cola, sabía —como mínimo— que la familia Valentiera estaba metida en el centro de todo ese laberinto.
Pero claro, eso no pasó hace 15 días, sino hace 15 años, cuando Berenice apenas tenía diez. Si Antonio Valentierra le hubiera encargado algo a su hija de diez años, eso ya sería para quedarse helado…
Recordando de nuevo esa expresión de haber encontrado una salida tras una larga espera y cómo ella juntó las manos como si estuviera confesando sus pecados ante Dios, John Baker agarró su maleta a la volada.
Era el maletín con los viáticos y los cheques que su cliente —una mujer con mucha historia— le había pagado generosamente; si se lo robaba un piraña por ahí, estaría en serios problemas.
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Juega conmigo.
Esa sola frase de Erkin le daba vueltas en la cabeza sin parar.
En toda su vida, nunca había escuchado algo así. En el orfanato, solo se preocupaba por sobrevivir junto a Michele y André; y después de que Ricardo la trajera a Brizent, se la pasó aprendiendo todo lo que Antonio le imponía bajo el pretexto de ‘educación’. Nunca tuvo tiempo de pedirle a nadie que jugara con ella, ni nadie se lo pidió tampoco.
Y pensar que vendría a escucharlo ahora, ya de grande, de boca de un hombre que tiene el tamaño de un ropero. Y encima, usando su ‘deseo’ para pedirlo.
Para su mala suerte, justo acababa de terminar con todos sus pendientes, así que no tenía ninguna excusa para posponer el deseo ni para rechazarlo. En el fondo, esperaba que Claudia la detuviera, que le reclamara por dejar el trabajo tirado y largarse a algún lado…
Pero la gentil Claudia no le dio el gusto. Le dijo que no había nada urgente y que el tema de los impuestos de la familia de Marcus Perry aún estaba en etapa de contrato; solo hubo una consideración profunda y considerada que Berenice nunca pidió: que podía tomarse el día libre.
Nuevamente, el ‘juega conmigo’ resonó bajito en su cabeza.
Miró de reojo a Erkin, que estaba sentado en el asiento del conductor, preguntándose si de verdad había dicho eso estando en su sano juicio. Él, con las manos al volante, preguntó:
—¿Y cómo piensa jugar conmigo?
—¿Y por qué me preguntas a mí? Tú fuiste el que pidió jugar.
—¿Y usted cómo hace en sus citas normalmente?
—… ¿Esto es una cita?
Berenice, sentada en el asiento del copiloto, le devolvió la pregunta mientras se sujetaba el cinturón de seguridad.
—¿Estamos en una cita?
—Tampoco es que una cita sea la gran cosa.
Él torció la boca, con esa sonrisa ladeada suya, como quien descarta algo que no importa.
—Es lo mismo que la señorita hacía a cada rato con Brian Lockwood… o con Russo Gucci. Lo que quiero decir es que no hace falta darle tanto significado.
Parecía que le fastidiaba mencionar a Brian y a Russo, pero su voz, mientras chequeaba el retrovisor, sonaba tranquila y pausada. Gracias a eso, Berenice sintió que la presión disminuía y se quedó mirando por la ventana, tratando de recordar qué rayos hacía ella en sus citas.
—… En verdad, no es nada del otro mundo.
Comer, caminar por el parque si hacía buen clima, tomar un café mientras soltaba frases calculadas, ir de compras, o dejar pasar el tiempo en alguna exposición o función de teatro…
De esa lista, lo de comer, caminar y conversar era lo que siempre hacía con Erkin. Quizás por eso, al pensarlo bien, sintió la obligación de que hoy fuera un día más especial que el resto.
Pero claro, para saber divertirse hay que tener práctica, Berenice no tenía mucha experiencia en eso de ‘tontear’ sin pensar en nada. Al final, no le quedó otra que proponer un trato:
—Para que sea justo, digamos una cosa que queramos hacer cada uno.
—Me parece bien.
—Yo primero. Tengo hambre. Vamos a comer.
Erkin soltó una risita ante la rapidez con la que ella soltó la frase y asintió, diciendo que no era una mala idea.
—¿Yo elijo el restaurante entonces?
—Por mí, genial.
Berenice, sintiéndose mucho más ligera tras sacarse de encima la mitad de la responsabilidad, señaló el semáforo que acababa de cambiar a verde.
Erkin, con una destreza que no le envidiaba nada a la de Michele, hizo el cambio de marcha y pisó el acelerador.
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—Oye, todo esto del cumpleaños y la cita es puro floro, ¿no?
Berenice preguntó como quien no quiere la cosa, después de pasar un canapé de frutas y un cóctel suave que trajeron de aperitivo. Erkin, que miraba el amuse-bouche de un bocado que le acababan de servir, levantó la vista.
—¿Puro floro? ¿Por qué lo dice?
—Para ponerme en aprietos.
—¿Y yo para qué querría hacer eso?
—¿Acaso no sabías que esta es zona de la familia Lauro?
Erkin soltó una risita ligera y asintió.
—Soy un soldato, ¿cómo no voy a saber dónde empieza y termina el territorio de las otras familias?
—¿Y entonces por qué me has traído aquí?
—Es que la comida es buenaza.
Ante esa respuesta tan fresca de alguien que parece no darse cuenta de la situación, Berenice le metió una patada por debajo de la mesa. Le debe haber dolido de verdad, pero Erkin ni se inmutó y se metió el aperitivo a la boca de un solo bocado.
—¡A la vuelta de la esquina ya es territorio de la banda Ballimot!
—Eso también lo sé muy bien.
—¿Ah, lo sabes…?
Berenice arqueó una ceja, mirándolo fijo.
La banda Ballimot era una de las organizaciones criminales más pesadas de Belloc, se habían pasado casi veinte años en guerras de territorio contra la mafia de Linferno. Por un tiempo, los Ballimot —que llegaron primero a Brizent escapando de la hambruna— tuvieron la ventaja, pero las familias de Linferno se unieron bajo eso de la ‘tradición familiar’ y les voltearon la torta hace ya más de cinco años.
Por eso, aunque los Ballimot ya no tenían el mismo poder de antes, seguían siendo una banda criminal que la oficina de seguridad federal no dejaba de vigilar.
Incluso Ricardo y los peces gordos evitaban pisar esa zona a menos que fuera una emergencia. Ambos bandos sabían que encontrarse cara a cara no traería nada bueno. Y este tipo, sabiendo todo eso, tenía la concha de traerla aquí…
Berenice masticaba su rollito de salmón con pepino y caviar al mismo ritmo que él, pero ya no aguantaba la mirada de Erkin que no se le despegaba de encima.
—¿Por qué me miras tanto? ¿Es la primera vez que ves a una chica linda almorzando?
—¿No le da roche decir esas cosas de sí misma?
—Para nada. Creo que sería más espeso de mi parte hacerme la modesta con esta cara que tengo.
Erkin asintió lentamente, como dándole la razón. Berenice soltó el tenedor y le preguntó:
—¿Me miras así porque te dije que no me quitaras la vista de encima?
—Pensé que no se acordaba de nada. Parece que tiene la memoria por pedazos, ¿no?
—No me cambies de tema.
—Es que me asusté cuando me dijo que me haría la vida imposible si le quitaba la mirada.
‘Asustado, sí, cómo no’
Berenice le pisó la punta del zapato despacio mientras le lanzaba una mirada llena de reproche.
—Ya, ya entendí, pero deja de mirarme así. Me pones nerviosa.
—Usted siempre con una cosa y luego con otra…
Él soltó una broma a medias y sus labios se curvaron en una sonrisa suave. Era una de esas sonrisas que dejan huella incluso después de desaparecer. Berenice se quedó mirando esa expresión, fina como un trazo de pluma, soltó sin pensar:
—Oye, sonríes más de lo que parece.
—…?
Fue un comentario al aire, simplemente dijo lo que sintió al verlo, pero Erkin pareció realmente sorprendido. Se quedó quieto mientras movía su plato vacío y abrió los ojos como nunca.
—¿Yo?
—¿Quién más? ¿Acaso estoy hablando sola?
—…….
Él pensó que era una broma pesada, pero la cara de Berenice se veía bien seria, como si realmente hubiera descubierto algo nuevo. Al ver su reacción, ella también se sorprendió.
—¿Acaso ni tú mismo sabes que estás sonriendo?
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