Perros entre rosas marchitas - 43
—¿Cuando me saqué la mugre y viniste corriendo?
—¿Solo eso?
—Me sentaste en la silla y limpiaste todos los vidrios rotos.
—¿Qué más?
—¿Cómo que qué más? ¿Que me echaste de nuevo a la cama?
—No te puedo creer.
Ante la repetición de las preguntas, Berenice ya estaba por perder los papeles de puro estrés, cuando Erkin se enderezó y la miró con una cara de desconcierto total.
—O sea que… ¿se acuerda de todo?
—Ah, ¿sí? Qué alivio.
—¿Alivio?
Al verle la cara de ‘no puedo creer que digas eso’, Berenice abrió un poco los ojos. Ella sentía que, al recordar tanto, había recuperado esa tranquilidad que creía perdida, pero por lo visto Erkin no pensaba lo mismo. Berenice se sentó en el borde del escritorio y le lanzó una sonrisa de esas fingidas.
—Vuelve a cuestionar lo que digo una vez más y te juro que te rompo el coxis con un martillo.
—…….
—¿Por qué? ¿Acaso tú no te acuerdas bien de las cosas?
—¿Yo por qué no me acordaría? Si con las justas me mojé la lengua con el trago.
Berenice estaba a punto de lanzarle un comentario sarcástico, pero se quedó congelada y empezó a mover la muñeca en círculos, como si estuviera retrocediendo un casete.
—Aguanta un toque… ¿Trago? ¿Tú también tomaste whisky conmigo?
—……?
Esta vez fue Erkin quien retrocedió, sin entender nada. Pero al toque puso los ojos en blanco hacia el techo, como si por fin le hubiera caído el veinte.
—Ya me decía yo.
—¿Qué fue? ¿Qué significa esa mirada? Te estás pasando de igualado conmigo.
—¿Qué tiene mi mirada?
—¿Quieres que te traiga un espejo? Ya, olvídalo.
Eso no era lo importante. Berenice bajó del escritorio y se le acercó un paso.
—No me acuerdo en qué momento terminaste tomando tú también.
—Ya veo. Por su reacción, me queda claro que no se acuerda de nada.
—No, no es eso. El punto es que yo juraba que me acordaba de todo, pero resulta que hay un vacío. Y eso es un problema.
—¿Y? ¿Quiere que yo se lo diga?
—¡Obvio! ¿Quién más me lo va a decir si no eres tú?
Ya que estaba en esas, Berenice decidió cerrarse en su posición y se cruzó de brazos con toda la concha del mundo, como si le estuviera cobrando un préstamo que él se negaba a pagar. Erkin la miró pasmado y, conforme le daba vueltas al asunto, se le empezó a subir la presión hasta que soltó un grito:
—¡Es que usted…!
—¡Yo qué! ¿Por qué te quedas a medias?
—… Ya fue. No tengo nada más que decir.
Erkin cerró la boca con fuerza y le hizo un gesto con la mano mientras se agarraba la frente como si le fuera a dar un derrame. Ese gesto, que se sintió como si la estuviera rechazando o botando, hizo que Berenice se asara al instante.
Pero había algo raro.
Estaba molesta, sí, pero no era ese típico hígado que le daba siempre, ni esa rabia que hace que se te suba la sangre a la cabeza. Tampoco era esa desesperación que te hace soltar un suspiro largo.
Era más bien como si tuviera puesto uno de esos corsés antiguos que ya ni se usan; sentía un nudo en el pecho que hasta le dolía un poquito. Berenice se mordió el labio al darse cuenta de que ya había sentido ese dolorcito el año pasado, cuando él le dio la espalda.
—No me pongas esa cara de que no tienes nada que decir.
Él se tapó la boca con la mano para esconder su expresión y sus sentimientos, mientras sus hombros subían y bajaban lentamente. Al verlo así, tratando de recuperar el aire por la frustración, Berenice frunció el ceño.
—¿Metí la pata contigo en algo?
—preguntó ella, directa al grano, sin rodeos.
Erkin se quedó frío por la pregunta tan frontal. Parpadeó un par de veces y finalmente soltó la sopa, dándose por vencido.
—Si vamos a buscar culpables, el que metió la pata fui yo.
—… ¿Tú? ¿Pero qué hiciste?
Esa cara perfecta y controlada que siempre tenía Erkin se desmoronó por un segundo. No sabía ni por dónde empezar a explicar el chongo, el ceño se le frunció aún más.
—Lo peor fue que malinterpreté lo que usted me dijo. Mi error fue tomar en serio las palabras de alguien que estaba borracho.
—¿Y qué fue lo que te dije? ¿Y tú qué entendiste?
—…….
—¿Por qué no hablas? Yo ya contesté a todas tus preguntas.
Era rarazo. Con lo incómodo que se le veía, lo normal hubiera sido que ya hubiera volteado la cara para evitarle la mirada. Pero Erkin, aunque estaba con la boca cerrada, no tenía la menor intención de quitarle los ojos de encima a Berenice.
A ella, en el fondo, no le molestaba, así que le sostuvo la mirada entornando los ojos, hasta que Erkin soltó un suspiro y habló:
—Es que estoy comprobando en carne propia eso de que, a veces, ‘la ignorancia es felicidad’.
—…?
¿Para tanto era? Berenice se quedó helada y tomó aire poquito a poco.
Estaba segura de que ese día, mientras intentaba ponerse el sedante, el trago le ganó y se fue de cara al piso, que Erkin la había auxiliado. Se acordaba clarito de que la sentó en el sillón y limpió todo el desorden alrededor de la cama.
‘Es que… no podía dormir…’
Se acordaba de haberle dado explicaciones que él ni le había pedido, solo por la vergüenza de que la viera así. También porque estaba nerviosa de que, al limpiar, él encontrara la caja fuerte debajo de la alfombra, por eso se puso a hablar como lora.
‘… No quería que las cosas terminaran así’.
Aunque se había hecho la loca todo este tiempo y no había dicho ni mu, se acordaba perfectamente de sus payasadas de borracha. Pero hasta ahí llegaba su memoria.
Sabía que el alcohol no ayudaba a dormir, pero igual tomó, aunque derramó más de la mitad, entre el trago y el sedante se quedó mofletada sin darse cuenta. Al día siguiente, cuando por fin abrió los ojos pasado el mediodía, ya estaba en su cama.
Berenice se agarró la cabeza tratando de reconstruir todo, hasta el momento en que despertó y se encontró con Erkin, que tenía una cara de no haber pegado el ojo en toda la noche esperándola.
¿Con qué cara la habrá estado mirando en ese momento? No se acordaba bien porque en ese entonces no estaba para fijarse en nadie.
Pero a ver: ella se había quedado callada por pura vergüenza, porque se portó como una borracha cualquiera, ¿pero por qué Erkin, que estaba sano, no había dicho nada hasta ahora? ¿Y por qué recién hoy le venía con esos caprichos, como si hubiera estado aguantando demasiado?
No entendía por qué ella tenía que sentirse acorralada como un ratón en un callejón sin salida. Si él no le daba una respuesta clara, ¿de qué se las daba? Estaba por meterle un ‘cuadrada’ de las buenas por la indignación, cuando de pronto cayó en cuenta de algo.
Berenice se dio cuenta de que Erkin había dejado de evitarle la mirada justo desde el momento en que ella despertó ese día.
‘Te lo digo en serio… No me gusta que me quites la mirada…’
‘…….’
‘Cada vez que lo hagas, te voy a fregar… Te voy a hacer la vida imposible’.
Un recuerdo borroso le cruzó la mente de la nada y Berenice se tapó la boca del susto. Fue como si alguien le hubiera metido un culatazo con una escopeta en la nuca para que reaccionara.
—… ¿Eh?
¿Qué diablos había dicho?
¿A quién iba a fregar? ¿De verdad lo fregó? Y lo más importante: ¿él no le había quitado la mirada en todo este tiempo solo porque ella se puso a balbucear que no quería que lo hiciera?
—¿Tanto le interesa saber?
—… ¿Para qué preguntas, si no tienes cara de que me vayas a contar las cosas por las buenas?
—Es que necesito saber si está preparada para aguantar el golpe.
¿Preparada para aguantar el golpe? Berenice se puso seria, frunció un poquito el ceño, se mordió el labio y luego sacudió la cabeza.
—Ya fue. Ni me interesa tanto. ¿Qué tanto drama por un par de cosas que olvidé por el trago? Mientras no me haya ido a los golpes, todo bien.
—…….
¿Por qué no decía nada? Ese silencio la ponía nerviosa. Su cara, que no tenía ni una pizca de gracia, se veía extrañamente como si se estuviera burlando por dentro. Preferiría mil veces que se riera en su cara a que se quedara así.
—… ¿Te metí un golpe?
Recién ahí Erkin soltó una risa burlona, como dándosela de ganador. A ella eso tampoco le hizo mucha gracia. No me digas que…
—¿Te jalé los pelos?
—¿O sea que eso es lo que siempre ha querido hacerme?
—No, tampoco es para tanto, pero…
Berenice soltó un bufido como diciendo ‘qué va a ser’ y señaló con el mentón la caja de regalo sobre la mesa.
—Ya, bueno… si por si acaso te pegué, ya pues, perdóname. Que todo eso que te he dado sirva para quedar tablas. Con el Magnum ya estamos pagados y nadie le debe nada a nadie, ¿no?
Pero Erkin no iba a dejar que Berenice se la llevara tan fácil así como si nada.
—Pero eso es mi regalo de cumple, ¿no?
—Tú mismo dijiste que era demasiado para un cumple. Mira, considera el revólver como una indemnización y así ninguno se siente mal.
—Ah, ¿o sea que me das el regalo y ahí queda la cosa?
Erkin se inclinó hacia adelante, acercando su cara a la de ella. Berenice retrocedió centímetro a centímetro hasta que su derrier chocó contra el escritorio.
Primero sale con que es mucho y ahora esto. No entendía qué le picaba, por qué estaba haciendo cosas que no iban con él, ni qué diablos quería exactamente. Era difícil. Berenice siempre se había jactado de saber exactamente qué querían los hombres de ella, nunca fallaba; pero con Erkin, sus tácticas no funcionaban.
—Erkin, dime de una vez qué es lo que quieres.
—Ese favor que me debes… lo voy a cobrar ahorita.
‘Haré lo que me ordena y me olvidaré de todo. De lo que vi y de lo que escuché’. ‘…….’ ‘Pero con una condición’.
Aquel día que ella se metió a escondidas al estudio de Ricardo, Erkin puso como condición para quedarse callado que ella le debía un favor. No es que hubieran firmado un contrato, pero como la palabra vale, ella siempre lo tuvo presente. Sin embargo…
—¿Recién ahorita me sales con eso? ¿Y qué quieres?
—Ya que gastó su plata en los regalos, ahora gaste su tiempo conmigo.
—¿Mi tiempo? ¿Contigo?
Erkin le dio unos toquecitos suaves al reloj de pulsera de Berenice. ¿Gastar su tiempo con él directamente? Ella miró la hora, apenas pasaban las once, preguntó lentamente:
—¿Y qué quieres que haga?
—Salga a vacilar conmigo.
—…?
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—Ay, caracho, qué cansancio.
El hombre, John Baker, soltó su tremenda maleta y se secó el sudor de la frente. En Belloc la primavera debía estar en su punto, pero aquí en el sur de Linferno, aunque era mayo, el clima se sentía más como verano; hacía un calor de los mil demonios.
John Baker se criticó a sí mismo por no haber chequeado bien el clima de la zona y se quitó el saco de lino. Se acomodó los tirantes que le caían por los hombros y se quedó mirando la plaza, que estaba reventando de turistas.
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