Perros entre rosas marchitas - 42
Erkin Lucio Lafayette. ‘Lucio’ era su nombre de bautizo por su fecha de nacimiento. Así como el de Berenice era ‘Rosa’ y el de Ricardo era ‘Angelo’.
Claudia soltó un pequeño suspiro, lamentándose por no haberse dado cuenta de que ya se venía el cumple de Erkin por estar a mil con la chamba, volteó a ver a Berenice de un porrazo.
—¡Verdad! El de usted también es pronto, ¿no, Berenice? ¡El 7 de mayo!
—Por eso todos los años celebro mi santo junto con Ricardo.
El día de San Angelo es el 5 de mayo, así que solo se llevaban dos días de diferencia con el cumple de Berenice. Hace veinte años, cuando se convirtió en la hija adoptiva de Antonio y recibió el nombre de Rosa y una nueva fecha de nacimiento, Berenice siempre había pasado sus cumpleaños con Ricardo.
De pronto, a Claudia se le iluminó la cara como si acabara de recordar algo que se le había pasado por completo.
—¡Cierto! Me dijeron que como no le hicieron una fiesta por su alta del hospital, la van a juntar con este cumple.
—… ¿En mi cumple? Pero si ya pasó casi un mes desde que salí del hospital.
¿Festejo por su alta? ¿Y recién ahora? Berenice no tenía ni la más mínima idea. Al verle la cara de ‘¿y tú cómo sabes eso?’
Claudia se puso a hurgar en su cajón y sacó una invitación de color rosado suave.
—Michele me la dio hace unos días. Dice que es fiesta doble por su santo y por su recuperación, así que tiene que ir sí o sí. Por como hablaba, me late que piensan anunciar algo importante también.
—¿Algo importante? ¿Como qué?
—¡Ay, yo qué voy a saber! ¿Usted tampoco sabe? ¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? Qué pregunta tan fuera de lugar. Recién me entero de que van a celebrar mi alta un mes después.
Por lo visto, todos pensaron: ‘Seguro alguien ya le avisó a Berenice, no hace falta que se lo diga yo’, así se pasó la bola. Berenice volteó hacia Erkin, que seguía ahí parado como un poste con el regalo en la mano, le preguntó:
—Erkin, ¿tú sabías?
—Más bien me sorprende que recién se esté enterando, señorita.
—¿Tú también lo sabías?
—Sí. ¿Algún problema?
—¿Acaso alguien más salió del hospital aparte de mí?
Erkin la miró con una cara de ‘qué le pasa’, como pensando si hablaba en serio. Berenice no se quedó atrás y le sostuvo la mirada, pensando por qué la miraba así si uno podía no saber las cosas, cuando la voz clarita de Claudia las interrumpió:
—Erkin, ¿no vas a abrir tu regalo?
Recién ahí Erkin pareció darse cuenta de que tenía la caja en la mano. Berenice lo observó con más atención.
¿Qué significaría esa cara?
Parecía la cara de alguien que jamás se imaginó que recibiría un regalo, como si estuviera en shock. Pero, por otro lado, también parecía que tuviera entre manos algo que sentía que no debería haber recibido.
Después de quedarse mirando la caja un buen rato, Erkin se sentó frente a Berenice y tiró del lazo para abrirlo.
—Es por tu cumple, pero también porque la pasaste mal en el hospital.
—…….
—Nada, eso nomás.
Berenice soltó esas palabras sueltas mientras chequeaba la reacción de Erkin, que no le quitaba la vista al regalo. Claudia, que ya había perdido el hilo de lo que estaba haciendo, rodeó el escritorio y se sentó al lado de Berenice. Se estiró un poco para ver qué había dentro y regresó a verlos a los dos con cara de asombro.
—¡Asu, cuántas cosas!
Un terno, una corbata, un reloj de pulsera, gemelos… Pero eso no era todo. En la caja también brillaban con un peso imponente un estilete con una punta que daba miedo y un revólver Magnum .44.
—… Está un poco brava la cosa, ¿no?
—Más que brava, es demasiado.
murmuró Erkin sin poder dejar de ver el contenido de la caja, todavía en una pieza.
Ante esa reacción tan tibia, Berenice saltó a defenderse:
—Es tu santo, pues.
—Exacto. Qué importa si es mucho. Si te lo dan, acéptalo, Erkin.
Claudia metió su cuchara y, como ya había visto el chisme completo, se levantó del sofá y regresó a su sitio. Erkin finalmente levantó la vista y miró a Berenice. A ella se le pusieron las piernas tiesas.
Ya lo sabía, pero sus ojos tenían un azul realmente hermoso. Era como si a un zafiro le hubieran echado unas gotas de agua cristalina y lo hubieran congelado.
Berenice se quedó pegada mirando esos ojos que lo hacían ver tan especial, de pronto cayó en cuenta de algo: desde hacía un tiempo, él ya no le quitaba la mirada, la miraba de frente. De hecho, aunque no recordaba exactamente cuándo empezó, ya casi no se hacía el loco volteando la cara cuando ella lo descubría mirándola.
Eso significaba que ahora la miraba sin roche, aunque no le molestaba, el problema era que su corazón empezaba a latir todo loco, como si se hubiera metido un bajón de café y un calmante al mismo tiempo. A pesar de haber tomado agua hace un ratito, sentía la garganta seca y una sensación rara al pasar saliva.
Definitivamente, esto no le estaba haciendo nada bien a su corazón.
Pero, ¿por qué la miraba así? Sin decir ni una sola palabra.
Berenice era la que había dado el regalo y él quien lo había recibido, pero por alguna razón era Erkin quien no le quitaba el ojo de encima, vigilando cada una de sus reacciones y cambios de humor. Esa cara de estar analizando y buscando algo, como si te estuviera interrogando con la mirada, no le era ajena, pero Berenice tenía tanta curiosidad por él como él por ella.
Y eso que no era la primera vez que le regalaba algo a un hombre, pero era la primera vez que le ganaba tanto la intriga por saber qué pensaba el otro.
¿O no…?
‘Bueno, como todavía no reacciona, es normal que tenga curiosidad, ¿no?’, pensó.
Siempre le había parecido de lo más ‘caído’ —de gente que no tiene clase— eso de dar un regalo y luego estar figureteando o sacando en cara el gesto, pero por hoy iba a hacer una excepción. A cualquiera se le puede salir lo ‘huachafo’ de vez en cuando.
Al final, como a Berenice le faltaba más paciencia que a Erkin, fue ella quien rompió el hielo dándole un toquecito en el costado.
—¿Y? ¿O sea que el regalo es demasiado para ti?
Levantó el mentón y, mirando de reojo, le dio una ojeada rápida a las cosas de la caja. Se había pasado por las tiendas por departamento y por la armería buscando cosas que le quedaran bien, eso era todo; no es que tuviera un significado especial ni nada.
—Mira el tamaño de la caja. Se ve mejor cuando está bien llena, ¿no?
Berenice señaló con el mentón el revólver Magnum, que estaba tan nuevo que ni una huella digital tenía.
—Ese es el último modelo. Dicen que tumba hasta a un oso.
Sabía perfectamente que él siempre andaba armado como los demás, pero no había ninguna regla que dijera que solo podía cargar una sola pistola.
Estaba por meterle más floro con la descripción publicitaria que le había dado el de la armería, cuando escuchó una risita, como un soplido. Era Erkin. Sus labios, entreabiertos por la risa, dudaron un segundo antes de volver a dibujar una sonrisa sugerente.
—Un oso, ¿ah? Me suena tentador.
—…….
—Entonces tendré que cazar uno para dárselo a usted, señorita.
—No, gracias. No estoy para esas cosas. Quédatelo tú.
Berenice se paró del sofá de un salto, horrorizada al recordar la cabeza de ciervo disecada que estuvo colgada en el estudio de Antonio por años. Si esa cabeza ya le daba escalofríos cada vez que la veía, imagínate un oso. Ni hablar.
Al salir de la oficina de Claudia, Berenice volvió a la carga:
—Pero no es que no te guste el regalo, ¿verdad?
Él debía tener sus propios gustos y quizás no todo era exactamente lo que quería, pero ella necesitaba escuchar de su propia boca que, al menos, no le disgustaba.
Berenice se puso las manos atrás y estiró un poco el cuello para mirarlo hacia arriba. Esta vez él tampoco le rehuyó la mirada; es más, Erkin se mordió apenas el interior del labio inferior. Seguía siendo difícil leer su expresión, pero parecía que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no soltar la risa.
—No me disgusta. Me gusta mucho. Solo que siento que es demasiado para mí.
—¿Qué va a ser demasiado?
—Es que me hace pensar qué tanto más me va a explotar en la chamba después de esto.
Berenice soltó una risita burlona, pero entró a su oficina tratando de ocultar su cara de alivio. Acto seguido, Erkin entró detrás de ella.
—¿Todavía tienes algo pendiente conmigo?
Berenice se dio la vuelta y vio que Erkin no solo había entrado, sino que le había echado llave a la puerta. Que entrara pase, pero ¿por qué cerrar…?
Él dejó la caja de regalo sobre la mesa de centro y se acercó sin decir ni una palabra. Ante la larga sombra de Erkin que se proyectaba sobre ella, Berenice echó el cuerpo un poquito hacia atrás. Su espalda —o mejor dicho, su derrier— chocó contra el escritorio; ya no tenía a dónde retroceder.
—Erkin, ¿qué estás haciendo?
Erkin se inclinó despacio y puso las manos a ambos lados de ella, cerrándole cualquier salida. La miró con la cabeza un poco ladeada, analizándola.
—Es que tengo una duda.
No se estaba riendo. Tenía esa cara extraña de alguien que ha estado aguantándose algo que no puede decir por mucho tiempo.
—¿Qué duda?
—Quiero saber si está tan tranquila porque para usted lo que pasó no fue la gran cosa, o si está así de campante porque simplemente no se acuerda de nada.
—¿Ah? ¿Qué? ¿Tranquila? ¿Campante?
No tenía ni idea de qué estaba hablando. Era una pregunta tan al aire que Berenice solo pudo fruncir el ceño llena de interrogantes. Erkin imitó su gesto, entornando los ojos como tratando de adivinar la verdad.
—Oye, si vas a decir algo, dilo bien. ¿De qué quieres que me acuerde…?
—Para empezar, de lo que pasó ese día.
—…….
Seguía siendo una pregunta vaga, pero en cuanto mencionó ‘ese día’, Berenice entendió por instinto a qué se refería.
‘Ese día’ fue hace dos semanas, cuando se deshicieron de Russo Gucci y Tony Peci… pero a menos que fuera tonta, sabía que no hablaba de eso. Se refería al pequeño ‘incidente’ que hubo después en su dormitorio.
No es que se hubiera olvidado de ese alboroto, pero ni él ni ella lo habían vuelto a tocar. Ella había llegado a la conclusión de que eso era todo lo que había que recordar, punto.
Pero ahora, no entendía por qué él venía a querer sacarle el fresco recién.
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