Perros entre rosas marchitas - 41
—Señorita, Berenice. Espere un momento.
No se sabía si lo hacía a propósito o si lo torturaba sin querer, pero Berenice dejó caer todo su peso justo encima de donde él ya había perdido el control. Para colmo, empezó a juguetear con su cuello mientras lo abrazaba. En el momento en que su lengua húmeda rozó la manzana de Adán de Erkin, él no aguantó más y la recostó en la cama, casi como si la hubiera empujado.
Su cabello, que ya había vuelto a su color castaño oscuro original, se desparramó por toda la almohada. Erkin trató de ignorar por completo cómo subía y bajaba su pecho rítmicamente bajo la pijama delgadita, le agarró la cadera con fuerza.
—Berenice, espere un segundo.
Tenía los nudillos blancos de tanto apretar, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no dejarse llevar por la excitación que sentía. Pero justo ahí, Berenice levantó una rodilla y le dio un toque justo entre las piernas.
—¡Le dije que esperara…..!
—No puedes escapar, ¿no?
—…¿Qué?
—A ver, ¿por qué me evitaste el año pasado?…….
Berenice, levantando un poquito la barbilla, murmuró como si fuera un secreto:
—Te saludaba y tú me dabas la espalda como hoy. Me ignorabas aunque me miraras a los ojos, pasabas de largo así nomás… Te creías el muy muy, ¿no? Por eso me dan más ganas de fregarle la vida, sonso…….
Entonces, su cara todavía caliente se puso toda seria y quejumbrosa. Empezó a parlotear sola, diciendo que si él la evitaba tanto, era normal que ella tuviera curiosidad por él, le hizo una seña con el dedo para que se acercara más.
Erkin, todo desconcertado, le hizo caso y acercó la cara. Cuando estuvieron tan cerca que podían sentir el aliento del otro en la mejilla, Berenice, como si hubiera juntado fuerzas solo para ese momento, estiró la mano rapidito.
Y usando sus dedos índice y medio como si fueran una tenaza, le agarró la nariz y se la retorció sin piedad.
¡Qué rayos!
—¡Ay! ¡Berenice!
A Erkin se le salió un grito de dolor poco elegante por ese ataque que jamás se esperó. En cambio, Berenice puso una sonrisita de satisfacción y le soltó una advertencia:
—Te lo digo en serio. No me gusta que me evites……. No lo hagas.
—…….
—De ahora en adelante, cada vez que me evites, te voy a fregar……. Te voy a hacer la vida imposible.
Y eso fue todo.
—¿Señorita?
—…….
Berenice, que hace un rato se quejaba arrastrando la lengua por el alcohol y el sedante, cerró los ojos y se quedó profundamente dormida en un segundo.
—¿Berenice?
—…….
—Berenice.
Por más que la llamó, no hubo respuesta. Sus párpados pesados ni se movieron. Solo se escuchaba la respiración tranquila de alguien que está totalmente ‘seco’.
—…Se durmió de verdad.
Erkin le revisó el pulso, la temperatura y el color de la cara una y otra vez, murmuró todo frustrado. Tanto que se esforzaba por aguantar el sueño. Parece que los últimos sorbos de whisky hicieron efecto, o simplemente llegó a su límite y se desmayó. Echada en la cama, Berenice se veía más tranquila que nunca.
Tenía hasta una sonrisita ligera, como si fuera una niña que no tiene ni una sola preocupación en la vida. Erkin se quedó sentado en el borde de la cama, contemplando ese rostro sereno y limpio.
Se quedó ahí parado en el tiempo, mirándola sin parar.
De pronto, bajó la vista hacia su entrepierna, que seguía doliendo de la tensión, soltó una risa seca y se pasó la mano por la cara con desesperación. Por más que esperaba, la cosa no bajaba. El olor dulce y suave de la mujer inundaba todo el cuarto y se le metía hasta los pulmones.
‘Me va a dar algo’.
Su lamento se perdió en el silencio de la habitación.
[ El botón mal abrochado ]
Se escuchó un toque suave en la puerta que estaba entreabierta.
Claudia Cervi, la contadora, se asustó y levantó la cabeza justo antes de estamparse contra los papeles. Al ver a Berenice apoyada en el marco de la puerta, se acomodó los lentes y preguntó apurada:
—¿Me llamó, señorita? ¿Acaso otra vez no la escuché?
—No. Solo toqué la puerta.
—Qué susto me dio. Mejor llámeme, ¿por qué vino hasta acá?
Su tono era de reproche, como diciendo: ‘¿qué hace caminando con esa pierna?’. Berenice se enderezó y sonrió levemente. Cualquiera que la oyera pensaría que se había caído hace dos días y no hace dos meses.
Aunque Berenice le repetía que ya estaba recuperada para hacer su vida normal (aunque todavía le daba miedito correr o hacer ejercicio fuerte), Claudia seguía sin creerle del todo.
‘He cumplido un mes entero con mi rehabilitación y mis chequeos desde que salí del hospital, ¿acaso no me tienen ni un poquito de confianza?’, pensó Berenice mientras caminaba impecable hacia ella para entregarle unos documentos.
—La mercadería que pasó por aduana la semana pasada ya se entregó a Genders. El depósito también ya está confirmado sin problemas.
Diversas obras de arte traídas de Linferno, Montferrand, Dotzen y otros lugares del continente de Brizent pasaron con éxito por el puerto Liberty, el más grande de Belloc. Berenice, que se había pasado días pegada al teléfono con la gente de la aduana, le alcanzó el resto de los papeles para que los revisara.
—Aquí están los detalles de nuestras comisiones y la diferencia, el comprobante del depósito en la cuenta de Montferrand. Como siempre, terminaremos el proceso a través del restaurante.
—¿Ya terminó con todo eso?
Claudia abrió los ojos como platos, mirando alternadamente los papeles y a Berenice. Berenice, soltando un ruidito con la garganta, asintió con calma.
—Hacía tiempo que no chambeaba en serio, así que hasta ver números me divierte.
—Qué bueno. ¿Y qué tal si le doy otra cosita para que se divierta más?
—¿Hay algo que no me hayan informado todavía?
—No es eso exactamente…….
Claudia negó con la cabeza y empezó a hurgar entre la ruma de papeles que tenía en la esquina del escritorio.
—Es que entró un pedido personal. Alguien quiere que le manejen un fideicomiso de herencia y unos bienes raíces, pero todavía no firmamos contrato. Como no era algo de vida o muerte, pensaba preguntarle cuando terminara lo que estaba haciendo.
—Ya me imagino. Seguro quiere ‘ahorrar’ en impuestos.
Casi todos los clientes que buscaban a Berenice querían lo mismo: camuflar evasión de impuestos, estrategias para pagar menos, o que les armara una contabilidad doble para las auditorías…….
—Bueno, lo de siempre, ¿no?
—Ya, ¿y quién es?
—Alice Perry y Charlie Perry.
—…¿Perry?
Berenice recibió los papeles del cliente que pedía manejo de fideicomiso y ahorro de impuestos con cara de duda. Alices y Charlies había por todo Brizent, pero el apellido Perry no le era para nada desconocido.
—¿No serán familia del Gobernador?
—Exacto. La esposa y el hijo de Marcus Perry.
—No me digas que el mismo Gobernador mandó el pedido…….
—Bueno, técnicamente es su familia, ¿no?
—La misma vaina es.
Berenice respondió sin darle muchas vueltas, se fue a sentar al sofá y se puso a revisar bien los papeles. Se preguntaba por qué, si los fideicomisos los manejan expertos designados que se encargan de todo, de pronto la buscaban a ella. Resulta que el administrador anterior había estirado la pata por la edad.
‘Qué muerto más oportuno’, pensó.
Le dio una leída rápida, pero la herencia que la abuela le dejó a su nieto Charlie Perry en forma de fideicomiso no tenía nada de raro, era lo más normal del mundo. El contrato decía que, si el nieto se casaba con alguien de buena familia y lograba juntar una cantidad de plata por su cuenta, el administrador le pasaría todos los bienes y derechos. Lo típico en estos casos de herencias.
De verdad, demasiado oportuno.
En Belloc, lo que más sobraba después de los abogados eran los contadores, de todos los que hay, ¿justo tenían que venir a buscar a la firma Valentiera?
Existían un montón de empresas especializadas en fideicomisos. Berenice trató de recordar si había algún vínculo entre Marcus Perry y los Valentiera, pero no recordaba que Ricardo le hubiera mencionado nada. Estuvo a punto de poner cara de ‘no me gusta esto’, pero se contuvo y siguió pasando las hojas en silencio.
No es que le cayera mal Marcus Perry.
Pero, ¿qué tendría que hablar el gobernador de Wisconsin, que suena fuerte para las próximas elecciones presidenciales, con una simple contadora que, para colmo, es miembro de la mafia? A lo mucho lo habría visto en los periódicos o escuchado en la radio.
Además, si se llegaban a juntar, lo más probable es que los soplones del Buró Federal de Seguridad les tomaran fotos o que terminaran en las portadas de los diarios chichas con puros chismes inventados. ¿Para qué meterse en ese lío?
En resumen, le daba flojera.
Recién terminaba de ponerse al día con todo el trabajo que se le acumuló por estar un mes internada en el hospital, ahora le salían con que además del fideicomiso del gobernador, tenía que ver bienes raíces y ahorro de impuestos. Por más que la comisión fuera buena, le daba pereza. No le latía la idea.
—Pero si ignoro el pedido, no sé qué clase de problemas nos pueda traer nuestro señor Gobernador, que seguro no está acostumbrado a que le digan que no. No conviene hacerse de enemigos a los que están arriba.
—La decisión es tuya, Berenice. Como siempre, tú decides lo que sea mejor para nosotros.
Berenice, que ya sentía que le iba a empezar a doler la cabeza, enrolló los papeles y se empezó a dar toquecitos en la rodilla con ellos.
‘¿Lo hago o no lo hago? Mejor lo ignoro… no, mejor sí lo hago… ay, mejor digo que sigo enferma……’. Estaba en ese dilema cuando escuchó que tocaban la puerta de la oficina y la voz de Erkin preguntando quién era el visitante.
Berenice y Claudia se quedaron atentas y, al poco rato, Erkin asomó la cabeza cargando una caja grande forrada en un terciopelo bien elegante.
—Dicen que es un pedido de los almacenes. ¿Lo dejo aquí en la oficina?
—¿De los almacenes Lascente?
—Sí, de ahí mismo.
—Eso es para ti.
—……?
Como Erkin se quedó mudo, Berenice pensó que no la había escuchado bien, así que levantó un poco la cabeza y repitió:
—Que es para ti, Erkin. Ya falta poco para tu cumpleaños, ¿no?
—…….
—5 de mayo, día de San Lucio. ¿Me equivoco?
—No se equivoca.
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