Perros entre rosas marchitas - 40
Berenice, que no tenía ni la menor idea de cómo se sentía él, levantó la mano y señaló el cajón de la mesa de noche.
—En el primer cajón… hay pastillas para dormir. Dame una, porfa.
—Ni hablar.
—¿Eh? ¿Por qué……?
—¿Qué clase de loco toma pastillas para dormir después de haber chupado?
Erkin la miró con una cara de ‘¿me estás hablando en serio?’, Berenice, con una expresión más ida que antes, le replicó:
—Pero si ya me puse un sedante después de tomar…….
—Eso es para que te dé un patatús, peor todavía.
—Es que a mí las medicinas casi ni me hacen efecto.
—…….
—Debe ser porque soy de la estirpe Paleira…….
—Igual, no se puede. Mejor tómate otro trago.
‘Con razón’
Ahora entendía por qué, a pesar de todo, ella se veía relativamente entera. Aunque comprendía sus locuras, lo que no se podía, no se podía.
Ante esa negativa tan rotunda, Berenice preguntó un poco picada:
—¿Y entonces qué? ¿Te vas a quedar así conmigo toda la noche……?
‘Me va a dar algo’
En cuanto se le pasó por la cabeza que quedarse así no sería un mal plan, Erkin reaccionó y sacó cualquier botella del mueble donde Berenice había guardado el whisky antes.
Se acercó a ella con la botella, pero sin vaso. Al verlo acortar la distancia sin roche, Berenice se sorprendió un poquito tarde y se hundió más en su sillón.
—¿Por… por qué me miras así?
—Te pregunto por si las dudas: ¿no será que no quieres dormirte?
—¿Qué hablas?…… ¿Yo por qué no querría?
‘Claro que sí’
Erkin se dio cuenta de que ella estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no quedarse dormida y mantener la conciencia. Se veía tan frágil que parecía que, si se descuidaba un segundo, caería seca. Él se puso a pensar cuál sería el motivo.
—¿Te sientes mal por lo de Russo Gucci?
—…No digas pavadas. Dame el trago mejor.
Erkin iba a ser buena gente y darle la botella como ella quería, pero de la nada estiró el brazo hacia arriba, bien alto. Berenice intentó alcanzarla, pero al ver que la botella estaba en las nubes, bajó el brazo lentamente.
—¿Qué haces……?
—Hagamos un trato.
—¿Un trato? ¿De qué……?
—Prométeme que cuando te despiertes, te vas a olvidar por completo de ese tal Russo Gucci.
—Ay, ¿qué te pasa de verdad?…… No tengo nada que olvidar ni nada que ver con él, no me metas en su nota, es bien desagradable, me da asco…….
Lo dijo con un tono de queja largo, como si de verdad le fastidiara. Estaba hablando más lento y arrastrando las palabras, pero parece que era la única que no se daba cuenta. Erkin se quedó chequeándola, pensando en esperar un poquito más hasta que el sueño la venciera, pero ella lo miraba tan fijo que terminó arrugando los ojos.
—Erkin, tú… no me digas que…….
—¿Qué? ¿Ahora con qué me vas a salir?
Esa cara de que ‘ya te descubrí’ no le dio buena espina. Erkin presintió que lo que fuera a decir ella lo iba a dejar cabezón, así que bajó el brazo rápido, pero los labios de Berenice fueron más veloces.
—¿Acaso piensas que me gusta Russo y por eso estás… inquieto? ¿Estás picado ahorita?
—Nunca fallas, ¿no? Ya estás hablando piedras.
—No son piedras, vas a ver que no…….
Berenice negó lentamente y, más lento todavía, estiró su mano. Erkin pudo haber esquivado el toque, pero se quedó tieso en su sitio. Ese dedo delgadito se posó justo en medio de sus cejas.
—Tu entrecejo… ha estado todo arrugado desde hace rato…….
—…….
—¿No te diste cuenta?
El dedo, que apenas lo rozaba como si caminara sobre agua, empezó a hacer un poquito de presión. Berenice murmuró algo como ‘parece que no sabías’ e iba a empezar a frotarle la frente para quitarle la arruga, pero Erkin le chapó la mano al toque.
Sentía el dedo en la frente, pero sentía como si le estuvieran apretando el corazón; una sensación bien rara. No le gustó no haberse dado cuenta de que estaba frunciendo el ceño, menos que se lo hiciera notar ella, de todas las personas del mundo…….
Berenice miró su mano atrapada y luego lo miró a él, que estaba todo serio, de pronto soltó una sonrisa. Era una sonrisa relajada, sin defensas, que se le hizo extrañamente conocida.
No era una cara que viera siempre, pero la conocía.
Era la misma sonrisa de aquel día de primavera del año pasado, poco después de que él se uniera al grupo, cuando ella lo saludó desde el balcón. Erkin recordó eso y le soltó la mano de inmediato.
Tanto en ese entonces como ahora, no podía soportar ver a la mujer así de vulnerable. Intentó darle la espalda para ignorarla fácil, pero esta vez fue Berenice la que le chapó la mano a él.
—No, no te vayas, tienes que darme el trago antes…….
—Te lo voy a dar, pero suéltame.
—…No quiero. Dámelo tú. Que sea solo lo necesario para quedarme dormida… contrólame tú la cantidad.
—…¿Qué?
Mientras su mente se quedaba en blanco por un segundo, Berenice soltó una carcajada sin filtro.
—Mírate la cara. Eso te pasa por andar evitándome otra vez.
Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos.
Erkin se llenó la boca con un buen chorro de whisky y le agarró las mejillas a Berenice con las dos manos. Antes de que ella pudiera reaccionar o cerrar la boca, él le estampó un beso sellando sus labios por completo.
Solo cuando terminó de pasarle todo ese licor fuerte de su boca a la de ella, Erkin se despegó un poco para dejarla respirar.
—Trágatelo todo.
Sin dejar ni una gota.
Sus manos, que aún le sostenían la cara, bajaron lentamente. Empezó a masajearle el cuello con firmeza, como queriendo relajarle los músculos tensos, de ella brotó un gemido finito, más suave que el roce de sus dedos de hace un rato.
Erkin volvió al ataque, recorriendo cada rincón de la boca de Berenice con la lengua, como si buscara los restos del alcohol que él mismo le había dado. En ese mismo instante, Berenice, que antes se aferraba con fuerza a los brazos del sillón, soltó el mueble para colgarse del cuello de él.
—Erkin…….
Su pulso estaba como loco; el cuerpo no podía seguirle el ritmo a la ansiedad que sentía, acelerándose y frenándose de golpe. Erkin podía sentir esos latidos desbocados y erráticos justo debajo de la palma de su mano.
—Más, un poco más…….
Berenice, tras tragarse todo el whisky, lo jaló hacia ella con una fuerza desesperada. Ya no quedaba licor que pasarle, pero su lengua asomaba entre los labios entreabiertos antes de volver a esconderse.
Entonces, como si recién sintiera el quemazón del trago en la garganta, Berenice arrugó un poco la cara, soltó una tos bajita y apoyó la frente en el hombro de él.
Un poco de agua habría solucionado el ardor al toque, pero al verla así de indefensa y agitada, a él le dieron menos ganas de darle agua. Quería verla así, colgada de él, un rato más.
Ese impulso un poco cruel le revolvió la mirada. Erkin apretó los dientes, con la manzana de Adán moviéndose marcada por la tensión.
‘Juro por Dios que no planeaba esto’
Lo que pasó en el despacho de Ricardo podía justificarse; tenía que hacerlo para que no los mataran si los ampayaban escuchando detrás de la puerta. Al menos al principio, esa era la verdad.
Pero esto, lo de ahorita…….
No había excusa que valga, ni explicación que alcance.
Simplemente, se le cruzaron los cables. Se volvió loco.
No había otra forma de explicarlo. En cuanto vio esa sonrisa que claramente lo estaba tentando y se topó con esos ojos verde oscuro que lo tenían atrapado, perdió la razón por completo y no pudo pensar en nada más.
Soltó un suspiro cargado de calor, como si el aire quemara sus pulmones, infló el pecho aguantando la respiración un largo rato y luego la soltó lentamente.
Pero no era solo eso. Él lo sabía bien.
De nada servía haberla ignorado y evitado antes de que le encargaran cuidarla. Lo que lo estaba matando era saber que ella, a pesar de haberlo olvidado casi todo, recordaba clarito que le había rogado que escapara. Aunque no lo hizo, esa confesión de borracha de que por un momento pensó en huir… eso lo terminó de fregar.
Lo entiende, pero a la vez no tiene sentido.
No entiende qué tiene ese recuerdo para ponerlo así de mal.
‘¿Por qué tiene que hacer cosas que me dejen pensando en ella? ¿Por qué tiene que jalarme la cuerda hasta que me haga perder el equilibrio y pase todo este lío?’.
Se suponía que solo debía usarla.
Usarla, traicionarla, engañarla. Entre ellos dos no debería existir ninguna otra palabra… y sin embargo…….
Se maldijo internamente como si quisiera morderse la lengua, pero sus manos y sus labios no le hacían caso, como si tuvieran vida propia.
Sostuvo su cuello mientras ella echaba la cabeza hacia atrás, acariciándola con suavidad. Sus besos bajaron de los labios a la mandíbula y de ahí al cuello, justo donde el pulso latía con fuerza, bajando centímetro a centímetro.
En el momento en que presionó sus labios contra la clavícula marcada, Berenice le agarró la cara para subirla. Al encontrarse de nuevo con ese verde profundo, Erkin volvió a besarla con una sed insaciable.
Sentía que la borrachera de la mujer se le estaba pegando como una gripe. Estaba concentrado en saborear cada rincón de su boca cuando ella lo apartó un poquito, quejándose bajito.
—Erkin, tú…….
—No vas a tomar más.
Sin escuchar sus ruegos, Erkin la agarró por debajo de los brazos y la levantó. Al sujetarla con fuerza, sintió la suavidad de su cuerpo bajo sus pulgares.
Él se sentó en el borde de la cama y Berenice se dejó caer sobre él. Su cuerpo delgadito, que ahora se sentía más caliente que antes, se pegó al suyo rompiendo cualquier distancia.
Era obvio que no llevaba ropa interior porque ya se había echado a dormir, pero sentir la suavidad de su pecho presionando contra él fue una sensación demasiado fuerte. Los muslos de Erkin se pusieron tensos y duros como piedra, sin saber qué hacer.
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