Perros entre rosas marchitas - 4
Berenice Rosa Valentiera.
El rostro del objetivo que valoraba incluso más que al propio Ricardo, el Don de la familia; el resultado de quince años de vigilancia sin un solo momento de descuido.
Su nueva misión, cuidar a Berenice, era una posición que se había ganado a punta de pura determinación y sed de venganza, mientras mantenía oculta tanto para la Oficina Federal de Seguridad como para la Familia Valentiera la verdad: que él era el único sobreviviente de la familia asesinada hace quince años.
Teniendo en sus manos el pretexto oficial y la autoridad para acercarse a Berenice tanto como quisiera sin levantar sospechas, Erkin recordó una vez más la cara que ella puso cuando Ricardo le ordenó que se convirtiera en su guardaespaldas.
La siempre elegante y hermosa dama de la Familia Valentiera.
Desde el Chef Francesco y los sirvientes de la mansión Valentiera, hasta cualquier miembro de la mafia que tuviera el más mínimo trato con ella, todos decían lo mismo.
Él no podía negar su belleza ni su sonrisa radiante, pero ¿amable y gentil? De eso no estaba tan seguro. No sabía si simplemente aún no había visto ese lado de ella o si nunca lo vería.
Cada vez que recordaba su mirada gélida, tan alejada de cualquier rastro de calidez, esa voz baja y un poco ronca que le había soltado sin pelos en la lengua lo mucho que él la irritaba….
‘No tiene remedio’. Erkin se frotó la frente.
No, no es que él hubiera querido fastidiarla sonriendo. Ni siquiera se había dado cuenta de que lo estaba haciendo, así que no había ninguna intención de por medio. Aunque lo que pasó en el almuerzo no fue del todo su culpa, tampoco podía negar que no tenía excusa.
En fin, a juzgar por cómo fueron las cosas hoy, la señorita parecía decidida a atormentar a su nuevo seguridad con todo tipo de caprichos absurdos hasta que renunciara por su cuenta.
Mala suerte. Que siga soñando.
Lanzando lejos la colilla del cigarro como quien tira basura, Erkin levantó la mano para detener un taxi que se acercaba a lo lejos. Aunque Berenice le había ordenado caminar hasta la oficina para familiarizarse con la zona, él nunca tuvo la intención de hacer eso en primer lugar.
Erkin dirigió la mirada hacia el camino por donde Berenice había desaparecido. Casi por instinto, el nombre que había ocupado sus pensamientos se le escapó de los labios como un humo silencioso.
—Berenice Rosa Valentiera….
Erkin repitió su nombre un par de veces más, como si extendiera una mano ansiosa hacia su nuevo objetivo. El nombre que alguna vez sintió amargo, ahora le parecía extrañamente dulce, tal vez porque le prometía la venganza sangrienta que tanto había estado deseando.
Ese nombre rodaba suavemente en su lengua, estallando bajito como una chispa; algo que quería saborear por mucho, mucho tiempo.
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Cuando Berenice terminó de cenar con Brian y salió del restaurante, el corto día ya le había cedido el paso a la tenue luz del atardecer.
Brian le envolvió el cuello con una suave chalina de cachemira y le preguntó:
—¿Te vas a tu casa?
Su pregunta llevaba una intención caleta, pero Berenice fingió una expresión de pena y negó con la cabeza. No había necesidad de sentirse culpable por chotear a un hombre que buscaba algo más, cuando ella ya le había sacado todo lo que valía la pena.
Habiendo obtenido ya todo lo que quería de Brian, pensó que ya era hora de ir planeando una retirada elegante. Considerando que pasar más tiempo con él sería un desperdicio, Berenice sonrió deliberadamente, radiante y encantadora, alzando los pómulos justo lo necesario.
A veces, una sola sonrisa bien ensayada era mucho más efectiva que mil palabras para cerrarle la boca a un hombre.
—No, vuelvo a la oficina. Todavía tengo chamba por terminar.
—¿Otra vez?
—¿Cómo que otra vez? Me pedí tiempo libre solo para verte, ¿te acuerdas?
Su tono lo hacía sonar como si a ella también le costara terminar la cita. Poniéndose un poco de puntitas, Berenice le dio un beso suave en la mejilla.
—Perdona. El trabajo parece que nunca se acaba….
Mientras presionaba sus labios contra los de él una, dos veces, viendo cómo la expresión del tipo se derretía como helado bajo el sol, Berenice de pronto se quedó a medias. Por el rabillo del ojo, divisó a un hombre alto bajando del asiento trasero de un auto que debería haber estado vacío.
‘Ay, por el amor de Dios. ¿Cómo me siguió hasta acá? Qué tipo tan cargoso’.
—Berenice, ¿qué pasa?
—…Nada. Tú también llega bien a tu casa. Te llamo.
Berenice limpió la mancha tenue de labial de la mejilla del hombre y se dio la vuelta.
Aunque sus ojos se encontraron, Erkin ni se molestó en saludarla mientras la seguía al interior del auto.
Él preguntó en voz baja:
—¿Quiere que me baje y camine?
—¿Y tú cómo sabrías a dónde voy?
—Escuché que va de regreso a su casa.
—Ah, ¿sí?
Berenice miró con cara de pocos amigos a Michele, que parecía listo para arrancar apenas ella diera la orden, a la nuca de Andre que estaba a su lado. Los únicos que pudieron haberle soplado sus planes a Erkin eran los dos que estaban sentados ahí al frente.
Michele y Andre, como perros que saben que han hecho una travesura, evitaban su mirada desesperadamente. Aunque le había dicho a Brian que se iba a la oficina, Berenice, tal como dijo Erkin, planeaba irse directo a su jato. Demasiado fastidiada como para ponerse a dar explicaciones, cerró los ojos.
—Michele, arranca.
—¿Entonces me bajo? ¿O cambio de sitio con Andre……?
—No te pases de vivo.
Ante la terca persistencia de Erkin, Berenice abrió los ojos de golpe, lanzándole una mirada asesina como si quisiera matarlo ahí mismo. Ya le había pasado una pesadez hace un rato, pero él seguía dándole vueltas al asunto. La sensación desagradable de ser descubierta en su mentira hizo que su voz se volviera gélida.
—¿Me has seguido hasta aquí y todavía tienes la concha de preguntar eso? ¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres oírme decir: ‘No te bajes, quédate nomás’? ¿Eso te haría sentir que ganaste algo?
—….….
—No, ¿verdad? Entonces cállate y quédate sentado.
La voz que resonó en el auto que partía a toda prisa era baja, con un tono amenazante que daba miedo. El silencio que nació de esa orden duró todo el camino hasta el penthouse de Berenice.
A pesar de que era tarde, el auto cruzó el bullicioso centro de Belloc y llegó a su destino. Deteniéndose frente a un edificio de departamentos de lujo terminado a finales del otoño pasado, Michele giró medio cuerpo en su asiento y preguntó:
—¿A qué hora vengo mañana? ¿Vas a salir temprano?
—Estate acá a las ocho. Voy a pasar por la oficina en la mañana antes de ir a la obra.
Antes de que Erkin pudiera siquiera ofrecerse a escoltarla, Berenice abrió la puerta del otro lado y bajó, entrando al edificio con Andre. Solo después de asegurarse de que Erkin los había seguido adentro, el ascensor empezó a subir suavemente.
—Erkin me acompañará a revisar tu casa esta noche.
Un silencio familiar llenó el moderno y elegante ascensor por un momento antes de que Andre hablara despacio. Berenice le lanzó una mirada rápida.
—¿Es necesario?
—Sí, lo es. Si ha sido asignado para cuidarte, tiene que aprender.
—….…Ya, ya, como quieras.
A pesar de la flojera que le daba, prestar atención a la seguridad no estaba de más. Como negándose a seguir discutiendo, Berenice asintió sin muchas ganas, indicando que hicieran lo que les pareciera.
Andre salió primero del ascensor y revisó el pasillo, seguido por Erkin. Juntos, inspeccionaron cada rincón del penthouse.
Apoyada contra la puerta, Berenice los observaba como si estuviera analizando un par de obras de arte que no le interesaban ni un poco, mientras ellos registraban la espaciosa sala, los tres dormitorios, el estudio, el baño y la cocina.
Presionándose la sien, con ganas ya de descansar, de pronto captó la mirada de Erkin mientras él se enderezaba después de revisar debajo de la mesa del comedor. Al encontrarse con sus ojos, como si él hubiera estado esperando ese momento exacto, Berenice se despegó de la puerta.
Sosteniendo esa mirada firme y sin pestañear, Berenice ladeó un poco la cabeza y se dirigió a Andre, que se acercaba tras terminar la inspección.
—Buen trabajo, Andre. Ya te puedes ir. Erkin, tú te quedas.
Erkin se quedó congelado donde estaba, a mitad de camino hacia la salida. Andre también se dio media vuelta, dudando si era buena idea dejar a Erkin solo con ella.
—Solo voy a terminar una conversación pendiente. No te preocupes.
Podía entender la reacción ansiosa de Andre, pero no iba a aguantar que se siguiera metiendo. Haciendo un gesto de despedida con la mano, Berenice le indicó que se largara, diciéndole que no fuera un pesado como Michele.
¿Qué se creía? ¿Acaso pensaba que ella se le iba a tirar encima al hombre, lo iba a agarrar del cuello y se iba a poner a sacudirlo o a meterle un puñete?
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La presencia de Andre, todavía cargada de preocupación, se fue desvaneciendo lentamente. Solo entonces Berenice se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero, antes de sacar una botella de whisky a medio llenar del gabinete.
—¿Un trago?
—No bebo mientras estoy de servicio.
—Solo lo decía por cumplir.
Sonriendo levemente como indicando que de todas formas no pensaba invitarle nada, Berenice se sentó con total naturalidad en el borde de la mesa del comedor. Mientras llenaba su vaso con whisky y se lo bajaba como si fuera agua, ni ella ni Erkin soltaron palabra alguna.
—…Si me permite, señorita. Si hay algo que le disgusta, por favor dígamelo y lo corregiré de inmediato.
Parado bien derecho con las manos tras la espalda, Erkin finalmente abrió la boca en el momento en que Berenice volvía a llenar su vaso.
—¿Corregirlo? ¿Tú?
Qué fácil lo dices.
Berenice soltó un resoplido agudo, divertida por lo absurdo que sonaban sus palabras. Su tono educado, diciendo que ‘corregiría’ las cosas, solo la irritó más, apretó el vaso con fuerza al asentarlo en la mesa.
—De todas las personas, tú eres el último que debería decir eso después de haberme sonreído dos veces.
—Eso….
—Cierra la boca. ¿Crees que te llamé aquí para escuchar tus excusas?
Pensándolo bien, había sido así desde el principio.
Le había molestado desde el mismísimo comienzo.
Y con ‘el principio’, Berenice no se refería a cuando sus miradas se cruzaron por primera vez durante el almuerzo, ni al momento en que él se convirtió en su guardaespaldas.
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