Perros entre rosas marchitas - 39
Erkin, que había puesto los pies sobre el otomán para no tocar el suelo, preguntó.
—Los brazos y las piernas…
—No me duelen. Estoy bien…
—¿O es que ya ni siente el dolor?
—No es un analgésico. Es solo un calmante común y corriente.
—Hable normal nomás. Le entiendo todo.
Aunque ella se esforzaba por marcar bien las palabras, era inevitable que arrastrara la voz al final de cada frase. ¿Un calmante? En qué estaría pensando. Erkin masticó un insulto que jamás diría en voz alta. Se dio la vuelta y empezó a recoger los pedazos de vidrio de la lámpara rota.
Berenice, que lo miraba con la mirada perdida, empezó a dar explicaciones que nadie le había pedido.
—Es que… no podía dormir. Solo quería dormir un poco, por eso me pinché apenas un poquito. Pero la nota no me hacía efecto. Ya debería estar ruca a esta hora, por eso iba a sacar las pastillas para dormir, bueno, pasó lo que pasó.
Erkin se levantó tras pasar la mano por el piso para chequear que no quedara ni un vidrio chiquito. La cara de ida de Berenice seguía cada uno de sus movimientos.
Él se arrodilló y tomó la muñeca de Berenice, que colgaba del brazo del sillón. Al soltar la ligadura de jebe que tenía bien apretada arriba del codo, ella soltó un quejido bajito.
—Por cómo lo ha hecho, se nota que no es la primera vez que se pincha.
—Yo no he dicho que sea la primera vez…
—¿Qué tan seguido lo hace?
—Mmm, no sé, ¿cuando no puedo dormir…?
—¿Y por qué hoy?
Como si la pregunta fuera un interrogatorio policial, Berenice ladeó la cabeza y lo miró de reojo, toda resentida.
‘Uy, qué miedo’
Erkin le enderezó la cabeza y esperó una respuesta mientras le daba un masaje suave en el brazo, donde las marcas de la aguja estaban claritas.
—… Porque sí, pues. Por nada.
—¿Es por lo de Russo Gucci?
—…….
—Parece que le achunté.
Ante la seguridad de Erkin, los ojos de Berenice se llenaron de un rencor nublado. Como diciendo: ‘¿Si ya sabes, para qué me preguntas?’.
—A ver… tú encuentras muerto al tipo con el que salías… y no solo eso, sino que te toca limpiar todo el muerto tú mismo. ¿Tú crees que uno va a dormir tranquilo después de eso?
Él pensó que ella sí dormiría bien.
Aparte de estar un poco con los nervios de punta, se había portado tan fría como siempre. Es cierto que andaba habladora, pero como últimamente las conversaciones entre los dos se habían hecho más largas, no le pareció nada raro.
Si hubiera habido alguna señal sospechosa, Michele o André habrían dicho algo, pero ninguno mostró preocupación ni cuando Berenice volvió al penthouse y se echó a la cama. Por eso Erkin se había relajado, pero…
Esto se sentía como un golpe por la espalda que no vio venir.
—Solo quería cobrármelas, que pague lo que me hizo, tal cual. Pero no quería que la cosa terminara así.
Como Erkin no decía nada, Berenice pensó que la estaba viendo como a una tonta y soltó todo su sentimiento. Él se quedó mirando, pensando en qué momento detenerla, porque ella, sin nada de fuerzas, golpeaba el brazo del sillón con sus puños mal cerrados.
—¿Usted sabe que ese infeliz de Russo, junto con Tony Pecci, planeaba secuestrarla? ¿Sabe eso o habla por hablar?
—No sé, ¿yo cómo voy a saber? ¿Y qué importa eso ahora? A mí también me han dejado una advertencia. O sea, ¿ahora tengo que estar pidiendo permiso para ver con quién salgo y estar tranquila? Ay, qué amargura…
—…….
—Y tú… Ricardo te dijo que me vigiles cuando salgo con hombres y ahí estás tú, dándole y dándole, mirándome como si fuera un bicho raro, sin cansarte. Ya, que me mires está bien, bacán… pero luego, si cruzamos miradas, volteas la cara y me ignoras. No hagas eso. No me gusta…
—… ¿Señorita?
Erkin, un poco sorprendido, ladeó la cabeza. La cara de ella, que él siempre trataba de mirar de reojo para no dejarse envolver, ahora estaba frente a frente. Notó sus párados enrojecidos que resaltaban en su piel pálida.
—La chamba se me ha acumulado, estoy a mil, lo de Baker fue por las puras, no avanzo nada. Me da una cólera… ¿qué es esto?
—¿Oiga, usted es de las que toma algo, se pone a quejarse de la vida y luego se olvida de todo?
—No sé… ¿Tanto te importa saber eso?
Qué cosa. Erkin se dio cuenta de que si le hablaba con confianza, ella ni lo notaba por su estado. Mañana, cuando se despierte, no va a saber ni dónde meterse cuando lo vea. Más vale que vaya buscando un hueco donde esconderse de la vergüenza… Pero, dejando eso de lado.
Erkin se le quedó mirando, extrañado.
Así que le importaba eso. Como ella nunca reaccionaba de forma especial, él no pensó que le afectara tanto como para decir que ‘no le gustaba’. Dejando de lado ese nombre extraño, Baker, Erkin envolvió con su mano el puño de Berenice, que ya estaba casi suelto.
—Señorita, ya es hora de ir a la cam……
Erkin se calló de golpe y acercó su cara a la de ella.
—Señorita, ¿por si acaso también ha tomado trago?
—… Solo una copita. De whisky.
¿Una copita? Qué va. Mínimo se ha metido dos. En qué estaría pensando él para no haber sentido ni el olor a trago. Seguro que al ver la ligadura de jebe en el brazo y los frascos de medicina se asustó tanto que no pudo pensar en otra cosa, pero al final, eso no era más que una excusa barata.
Erkin, molesto consigo mismo por estar tan pajareado, se pasó la mano por el pelo con impaciencia y achinó los ojos. Berenice, intentando caleta ocultar el olor a alcohol tarde ya, se tapó la boca con la mano y le hincó el brazo con el dedo, una y otra vez.
—¿Y ahora por qué me hinca el brazo? Ni que hubiera hecho algo bueno…
—Tú… tienes un montón de cosas que quieres preguntarme, ¿no?
—…….
¿A qué venía eso tan de repente? Erkin la miró como quien mira a un borracho que ya no sabe ni dónde está parado. Por un momento pensó en llamar a Michele y a André, pero se desanimó. No es que por el hecho de que ellos vinieran se le fuera a pasar la borrachera. Además, no creía que ella quisiera eso.
—Si le pregunto algo, ¿me va a responder?
—Mmm… depende de cómo te portes.
Berenice, fijándose en su cabello que ya no estaba tan rojo como antes, se soltó una risita y achinó los ojos de pura risa. ‘Mira tú, también sabe reírse así. Está bien huasca’, pensó él.
Pero como era una borracha tranquila, por decir así, verla le daba cierta risa en el fondo. Erkin le devolvió la sonrisa en silencio y miró de reojo la muñeca vacía de ella y el cajón abierto de la mesita de noche.
Por más que ella hablara así, por su cara relajada le daba la impresión de que esta vez le contaría casi cualquier cosa.
Su reloj debía estar en el vestidor y, como el aparato de escucha que puso en la lámpara se había roto, no tenía cómo grabar la conversación, pero era mejor aprovechar el momento que dejar pasar la oportunidad. Erkin dejó de lado ese sentimiento de culpa por aprovecharse de alguien que estaba bajo los efectos de calmantes y alcohol, después de pensarlo bien, preguntó:
—¿Desde cuándo se convirtió en una Evaporator?
Como si ya supiera que le iba a preguntar eso, Berenice sonrió tranquila y ladeó la cabeza.
—La primera vez que mi papá me lo ordenó… fue hace quince años. Justo después de mi primera comunión…
—…….
—Pero no pude, no pude. Antes de que hiciera nada…
Al oír eso de ‘hace quince años’, Erkin aguantó la respiración sin darse cuenta y esperó a que siguiera hablando, pero Berenice solo se río para sus adentros. Era una risa que parecía que se iba a romper en cualquier momento, como la de un enfermo que aguanta el dolor para no preocupar a quien lo cuida; Erkin no pudo seguir por ahí y tuvo que cambiar la pregunta.
—¿En ese entonces también la amenazaron con Michele y André?
—Ajá, la captas rápido.
Berenice soltó una risita y balanceó la cabeza de un lado a otro, apoyada en el sillón.
—Era una amenaza, pues. Claro que sí. Me dijeron que si no hacía lo que me pedían, nos iban a mandar de regreso a los tres, a Michele, a André y a mí… que nos iban a quitar la adopción. Qué malos, ¿no? Si dejas a una niña de diez años en la calle, ¿quién la va a recibir? Y menos viniendo de los Brisent…
—……. ¿Le quitaron la adopción?
—Sí, dos veces. Antes de que Antonio me adoptara, me pasó dos veces.
Él ya sabía que Berenice no era hija de sangre de Antonio, sino adoptada. Pero no se imaginaba que la hubieran devuelto dos veces. Erkin, con la cara hecha un nudo por tantas emociones, se frotó la boca con amargura.
Berenice, interpretando a su manera ese gesto, volvió a hincarle el brazo.
—No me tengas… lástima.
—…….
—Yo no hice lo que Antonio me pidió ni me quedé en la Familia para que me tengan lástima. Para no dar pena, preferí ser la mala antes que la víctima… solo por eso.
—¿Se acuerda de todo lo que pasó hace quince años?
—Sí, me acuerdo de todito, por eso estoy hasta las patas…
‘Acordarse, las de abajo. Si ni mi cara puedes recordar’
Erkin se quejó para sus adentros, mirándola como se mira a un borracho que se las da de sobrio. Pero cuando estaba pensando que esos ojos entreabiertos y esa mirada perdida eran un poco, pero solo un poquitito lindos, Berenice abrió sus labios carnosos.
—En ese tiempo, me dijeron que me escape.
—…….
—Y de verdad, de verdad me iba a escapar……
—… ¿Qué?
Erkin preguntó con el corazón paralizado.
Pero Berenice, hundida en sus recuerdos de hace quince años, no se dio cuenta de cómo a él se le dilataron las pupilas de la impresión.
—Pero no pude irme. Iba a pasar a despedirme de Ricardo antes de arrancar, pero Ricardo se accidentó por mi culpa. Se hizo una herida bien fea y me agarró la mano porque le dolía mucho. Y también estaban Michele y André, por eso…
—Siga…
—¿Eh?
—Cuénteme más. ¿Ese día de verdad pensaba escaparse?
—Es un secreto……
—…….
—Si te cuento todo, ya no tiene gracia…
Su corazón, que se había disparado hasta las nubes, se fue al suelo en un segundo. ‘De verdad, ¿no le puedo meter un buen cocacho?’, pensó Erkin. En este ratito, esta mujer lo ha subido y bajado como ha querido. Siente que el corazón no le va a aguantar el ritmo.
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