Perros entre rosas marchitas - 38
—Tú eres el menos indicado para hablar. No me estés tanteando y habla claro de una vez.
—Si no fuiste tú, ya pues. Al final, da lo mismo si eres tú o el doctor; si cualquiera de los dos se raya, el problema es igual de feo.
—¿Que el doctor se raya?
¿A qué venía eso? Es verdad que le había dicho a Berenice que le daba curiosidad, pero ni exagerando las cosas se podía decir que le estaba tirando maicito. Por eso pensaba ignorar sus tonterías, pero por más que fueran cuentos de Michele, no podía pasar por alto que Berenice se viera con un doctor loco.
Eso ya no es «un problema feo», es algo de otro nivel. No parecía que ella estuviera saliendo con alguien, ¿y ahora resulta que hay un doctor? ¿Y encima loco? Ni en broma podía dejarlo pasar. Erkin frunció el ceño con fuerza y volvió a preguntar:
—¿Me estás diciendo que la señorita tiene una cita con un doctor que no le gira bien el coco? ¿Desde cuándo se ve con él?
—Es secreto.
—…….
Este se volvió loco. ¿Qué secreto ni qué ocho cuartos?
Michele, que ya había vuelto a su pose de siempre, dejó la cara seria y se cerró como un candado con una sonrisita sobrada. Después de dejarlo con toda la intriga, se quería quitar así nomás. Erkin tuvo que aguantarse las ganas de agarrarlo del cuello y sacarle la verdad a la fuerza.
Michele pasó por su lado todo risueño, como si ya hubiera cumplido su misión, pero de pronto se dio media vuelta. Erkin, sintiendo que estaba cayendo en el juego de Michele, soltó un suspiro y preguntó de mala gana:
—¿Ahora qué? Habla.
—…….
—Si me vas a salir con otro «secreto», te juro que te vas a arrepentir.
Era la primera vez que Erkin le hablaba así de fuerte, y Michele puso cara de sorprendido, abriendo los ojazos. Erkin solo soltó una risita burlona; por más que Michele tuviera cara de niño bueno y fuera flaquito, ese papel de inocente no le ligaba ni a balas con él.
—Berenice confía en ti.
—Ah, mira tú. ¿Me tengo que sentir halagado o qué?
—Eso ya depende de ti.
—Lo sé.
—Y bueno, ya te habrás dado cuenta porque tienes ojos, pero Berenice es hermosa.
—¿Y eso a qué viene ahora?
preguntó Erkin, como si le hubieran metido un cachetazo de la nada.
—Berenice siempre ha sido linda. Desde chiquita ha sido igual de preciosa.
—No te estoy hablando de eso.
—Es lo mismo.
—…?
—Claro que su carácter es… bueno, tendría mucho que decir ahí, pero yo creo que para lo que es, es una mujer excelente.
—…?
¿Por dónde, ah? Erkin miró a Michele como quien mira un queso que ya pasó de maduro a podrido y hasta le salió moho. «Excelente» es un decir; no entendía bajo qué criterio o en qué mundo vivía este tipo para decir eso.
Michele soltó una risita igual a la que Erkin había hecho antes y bajó un poco la voz:
—Lo que quiero decir es que es normal que te llame la atención y que te intereses en ella. He visto a muchísimos perder el centro y terminar ahogándose por ella. ¿Viste lo que le pasó a Russo?
—¿Y tú qué?
Si Michele la conoce tan bien, ¿acaso él sí puede mantenerse firme? Erkin le devolvió la pregunta como diciéndole «mírate tú primero antes de hablar», y Michele, como si ya se la esperara, respondió sin inmutarse:
—Yo no cuento. Yo ya tengo a alguien que me gusta. Además, yo no puedo tener nada con Berenice.
Esa información no le importaba mucho a Erkin, pero saber que, aunque fueran cercanos, lo de ellos era imposible, le dio una extraña satisfacción.
—¿Y André?
—…….
En cuanto soltó el nombre del guardaespaldas que no los había acompañado hoy, Erkin sintió que la había embarrado. Su instinto le avisó al toque del error, y tal cual, la cara de Michele se puso indescifrable.
—Vas a tener que andar con cuidado. En todo sentido.
—…….
Michele respondió de forma ambigua, igual que su expresión, y asintió lentamente sin quitarle la vista de encima. Erkin sintió que le habían dado donde más le duele por andar de confiado, y no supo qué responder.
—Yo mejor que nadie sé que el corazón no sigue planes, pero si no estás bien decidido, no te metas con Berenice. No la ilusiones.
—…….
—Uno no controla lo que siente, pero sí controla lo que hace. Ya no eres un chiquillo.
—¿Me lo dices porque es de la mafia o por lo del clan Parreira?
—Quién sabe.
Michele lo miró como preguntándole si eso era lo que de verdad le importaba, pero Erkin no dijo nada. Michele echó una mirada rápida a la puerta cerrada del penthouse y se pasó la mano por el cabello.
—No importa quién sea Berenice o quién seas tú… bueno, en realidad, quién eres tú sí importa. Como sea, lo que te quiero decir es que, si tu sentimiento es algo a medias, mejor encárgate tú mismo de pisotearlo y matarlo de una vez.
—Y eso que eres su amigo. La cuidas un montón.
—¿Qué? ¿Acaso crees que porque de chiquito me sacaban el ancho (me pegaban) por culpa de ella debería tenerle bronca?
—… Parece que le has agarrado el gusto a dejarme frío con tus comentarios.
Michele soltó una risita sin ganas, como diciendo que no era su intención, y confesó en voz baja:
—Berenice no lo pidió, pero al menos yo me ofrecí por mi cuenta. Dije que si necesitaban castigar a alguien, me pegaran a mí y no a ella. Si pudiera retroceder el tiempo, te juro que volvería a recibir esos golpes por ella.
—Te pasas de ciego (leal). ¿Hay alguna razón especial?
—Secreto.
—…….
—Si te lo cuento, te vas a arrepentir. Y la verdad, no tengo ganas de hablar de eso.
‘Típico de este’
pensó Erkin soltando una risa amarga mientras se sobaba las sienes. Por más que hayan crecido juntos, Erkin no terminaba de procesar ese sacrificio tan pesado de aguantar violencia física por otra persona.
Él mismo, en sus pesadillas, había pensado mil veces que debió morir en lugar de sus padres y su hermana, que debió quedarse ahí ese día. Pero pensar las cosas sentado en un rincón no sirve de nada; son puras suposiciones.
En cambio, Michele puso el pecho. Y Berenice, que no soportaba ver cómo les pegaban a Michele y a André, hizo de tripas corazón y cumplió con todo lo que Antonio le ordenaba. Se cuidaban como una familia que ha jurado protegerse a como dé lugar.
‘Ah, ya voy entendiendo’
suspiró Erkin para sus adentros.
Michele, dándose cuenta de que Erkin ya había captado la idea, le dio la espalda para terminar la charla y se despidió con un gesto rápido de la mano. Erkin se quedó un rato parado en el mismo sitio, viendo cómo Michele bajaba las escaleras.
‘Si lo sabes, te vas a arrepentir’
Eh…
Era una mezcla rara: por un lado, quería saber todo lo que tuviera que ver con Berenice; y por el otro, preferiría no enterarse nunca de nada que lo atormentara. Tenía la cabeza hecha un champú (un lío).
Pensó que no debía darle tantas vueltas a los consejos de Michele, pero justo cuando se acomodaba el pelo, escuchó el ruido.
¡PUM! ¡CRAC!
Vino de adentro del penthouse. Un estrépito de algo rompiéndose. Si no fuera porque estaba pegado a la puerta, por el aislamiento no habría escuchado ni muna.
Sin pensarlo dos veces, Erkin reaccionó por puro instinto. Sacó la llave de emergencia que le habían dado, abrió la puerta y entró volado.
Adentro todo estaba oscuro, no había ni una luz prendida. Sin mirar ni la sala ni la cocina, se fue directo al dormitorio y prendió la luz de hachazo.
Vio la lámpara del velador hecha trizas en el suelo, el cajón superior medio abierto y a Berenice tirada a un lado de la cama, desplomada.
—¡Mierda!
masculló Erkin mientras corría hacia ella.
—¡Señorita! ¡Berenice!
—Agh… ¿por qué…?
‘¿Cómo que por qué?’
Al menos, ver que preguntaba semejante tontería después de haberse sacado la mugre contra el piso significaba que todavía estaba consciente.
Erkin la cargó con cuidado y soltó un suspiro de alivio al notar que no se había golpeado la cabeza con la esquina del mueble ni se había cortado con los vidrios de la lámpara. Gracias a Dios, no había sangre.
Pero el alivio le duró un suspiro.
Sintió algo raro en el brazo de ella: Berenice tenía una ligadura de goma amarilla bien apretada. Cuando vio la marca roja de la aguja justo debajo, Erkin se puso blanco como un papel. Recién ahí se fijó en la jeringa tirada y el frasquito transparente con el líquido derramado.
Se asustó de verdad. Sin pensar en nada más, le puso la mano en el cuello para tomarle el pulso. Berenice se puso tensa por el contacto brusco, pero a él no le importó.
El pulso estaba un poco lento, pero rítmico y fuerte; eso lo tranquilizó un poco. Ella lo miraba con las pupilas algo dilatadas y la mirada perdida, pero no se veía en estado crítico. La temperatura estaba normal.
—… No es eso.
susurró ella con las pocas fuerzas que le quedaban.
Erkin le apartó el cabello rojizo de la cara con la palma de la mano para chequearle bien el semblante.
—No es… droga. Es solo un… calmante.
No mentía. El frasquito del tamaño de un dedo tenía la etiqueta de un sedante que suelen usar en los hospitales. Por lo que quedaba en el frasco y lo que se había chorreado, parecía que no se había pasado de la dosis.
Claro, el hecho de que tuviera ese medicamento sin receta era un problema, pero Erkin sentía ganas de arrodillarse y darle gracias al cielo de que no fuera la porquería que mueve la mafia.
Por instinto, se persignó rápidamente (frente, pecho, hombro izquierdo y derecho) y sacudió a Berenice suavemente.
—Señorita, Berenice. ¿Puede levantarse?
—… No… Ayúdame.
Era obvio. La cargó como si fuera una toalla mojada. Como la cama estaba toda desordenada, la llevó al sillón de enfrente y la sentó con mucho cuidado.
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