Perros entre rosas marchitas - 37
Al ver la mirada fría de Berenice, con el sombrero de fieltro tapándole media frente, Erkin sintió un escalofrío que le recorrió el pecho. Por más que se hubieran unido sin amor, solo para cumplir sus propios fines, no había en ella ni un rastro de duda o emoción. Nada.
Ante ese capricho gélido de la mujer, Erkin no se quedó callado y soltó:
—¿Me está tanteando ahorita?
—¿Y acaso no puedo?
respondió ella como quien no quiere la cosa, mientras chequeaba que su gabardina y sus mangas no tuvieran ni una mancha.
—Tú también debes haber tenido la curiosidad por dentro, ¿no?
Claro que la tenía. Tenía curiosidad. Pero…
—¿Es una amenaza?
—Qué seco eres. Digamos que, si lo digo por las buenas, es una invitación; si le pongo fuerza, es una advertencia.
—…….
—No tenía pensado llegar a la amenaza, pero veo que tú ya volaste hasta allá.
‘Qué rápido es este’, pensó ella. Berenice, usando sus guantes para no dejar huellas, giró la manija de la puerta y le hizo un gesto con la cabeza a Erkin.
—Siéntete halagado. Esto no lo han visto ni Michele ni André.
—Pero si usted dijo que era una advertencia.
—Bueno, también hay formas de dejarlo solo en una invitación, ¿no crees?
Parecía que le estaba tirando la pelota a Erkin: que eso se quedara en un simple ‘trato’ o pasara a ser una amenaza dependería de cómo se portara él.
—Ya terminamos de sapear (mirar), vámonos. Ya casi es la hora.
—¿Y ese maletín con plata? ¿No lo va a recoger?
—Es plata falsa. No te metas en lo que no te importa. Apaga la luz.
‘Es utilería, puro teatro’
murmuró Berenice con fastidio antes de salir del cuarto, cuidando de no ensuciar sus tacones con el polvo de la alfombra.
Erkin lo pensó un segundo. No podía hacer nada ahora, pero quizás si dejaba sus huellas para crear un vínculo… No. Descartó la idea al toque; no podía moverse sin pensar bien en las consecuencias.
Aunque no vio a la asesina cometiendo el crimen, Erkin fue testigo de todo lo que pasó después. Y lo mejor: Berenice, mientras limpiaba la escena, soltó toda su verdad. Todo estaba grabado en el dispositivo que tenía escondido en su reloj. Con eso era suficiente.
Todavía no sabía qué tramaba ella realmente, así que no podía ser ambicioso. ‘Tranquilo, con esto basta’, se dijo a sí mismo. Luego, se detuvo frente a Berenice, que esperaba ante las escaleras, abrió los brazos.
—Venga aquí. Falta poco tiempo y se puede lastimar si baja las escaleras al apuro.
—Con esta pierna, ni a balas iba a poder.
aceptó ella sin hacerse la difícil.
Erkin la cargó como si fuera un abrazo. Sintió el roce de la gabardina contra su hombro y cómo el cuerpo de ella se tensaba. Bajó cada escalón con paso firme, cuidando que ella no se tambaleara, notando cómo Berenice aguantaba la respiración. Se quedó mirando sus pies colgando en el aire hasta que llegaron al primer piso y la bajó con cuidado.
—¿El jefe sabe de esto?
Berenice se acomodó la ropa, se encajó bien el sombrero y levantó la barbilla con un gesto desafiante.
—No sabe que escuchaste la conversación, pero sí sabe que hemos estado juntos hoy.
—¿Y el jefe pensará igual que usted, señorita?
—Parece que estás nervioso.
Berenice le hizo un gesto con la mano al auto de Michele, que seguía estacionado en el mismo sitio que hace quince minutos. Luego, achicó los ojos como quien intenta leer algo a lo lejos.
—Desde el saque, que Ricardo te encargara mi seguridad fue una especie de examen.
—…….
—Una prueba para ver si eres de confianza, si eres un soldado que da la talla para ser caporegime. Estaba midiendo tu lealtad.
A Erkin se le subieron las cejas. Y él que pensaba que todo le estaba saliendo rebién… Así que Ricardo lo estaba probando. No porque sospechara de su identidad, sino porque quería confiar en él de verdad. No sabía cómo tomarse eso.
—¿Es un obstáculo, entonces?
—Para nada.
Berenice salió del motel y negó con la cabeza lentamente.
—Lo que he hecho es darte las fijas del examen antes de tiempo.
—…….
—Resolver el problema y hallar la respuesta es mambo tuyo, no mío.
—Qué difícil me la pone.
Para Erkin, nada era más difícil que la mujer que tenía enfrente. La miró como quien tiene delante el problema más tranca de un examen final, ese que no sabes por dónde empezar. Sintió una punzada en el pecho, una mezcla de impotencia y desconcierto.
Que ella le soltara las intenciones de Ricardo así, de porrazo, era casi como si le estuviera confesando que confiaba en él. Pero que luego le encajara toda la responsabilidad… le pareció increíble. Al final, Erkin solo pudo soltar una sonrisa de medio lado.
—Llegamos justo a tiempo.
Michele ajustó el espejo retrovisor y les echó una mirada rápida a Berenice y a Erkin.
—Ya que terminaron bien, arranca. Vámonos a casa.
El auto partió suavemente, salió a la avenida principal y enfiló hacia el centro de Belloc. Berenice apoyó la cabeza en el asiento con pesadez y se quitó el sombrero.
De inmediato, el cabello que tenía apretado dentro del sombrero cayó como una cascada sobre su espalda y su pecho. Erkin, que la miraba casi por inercia, se quedó tieso como un palo.
Rojo.
El cabello ondulado y brillante de Berenice, que antes se veía castaño oscuro, ahora era rojo. Parecía que se hubiera bañado en sangre; bajo la luz de los postes, ese color rojizo encendido brillaba con una fuerza increíble.
‘Últimamente ando buscando a las minorías étnicas de Linferno. Para ser exactos, busco el don que poseen’
‘Eso no es más que un cuento chino inventado por envidiosos para perseguir al clan Parreira usando la cacería de brujas como excusa’
Esa era la característica física principal del ‘clan de los pecadores’, los Parreira. Decían que su cabello se puso así, de un rojo intenso, tras ser bañados con la sangre del Santo crucificado.
‘Dicen que su don manda a volar todas las leyes de la ciencia. Que es casi como los milagros del Santo…’
Esa luz roja que salía de los dedos de Berenice, ese poder extraño que parecía retroceder el tiempo… Aunque lo usara para el crimen, no había duda: era un don especial.
Berenice se acomodó el pelo y volteó a ver a Erkin, que no podía quitarle los ojos de encima.
—Cuando uso mi poder, se pone así.
—… ¿Es usted del clan Parreira?
Berenice no dijo ni sí ni no; solo le regaló una sonrisita, como diciéndole: ‘piensa lo que te dé la gana’. Erkin, por puro instinto, miró de reojo a Michele.
‘Ya decía yo’
Si Michele creció con ella, era imposible que no lo supiera. Erkin se quedó mirando ese cabello rojizo que brillaba de forma extraña, con ganas de tocarlo para ver si era real, mientras sentía la mirada indescifrable de Michele sobre él.
—¿Qué pasa, Erkin? ¿Te dio el ‘surmenage’ (cansancio mental) por procesar tanta información en solo veinte minutos?
—Estoy pensando que la cosa está tranca.
Y no era solo que estuviera difícil. Erkin sabía que ser el guardaespaldas de Berenice era apenas el comienzo de un problemón. No podía hacerse el de la vista gorda con lo que había descubierto hoy, pero tampoco podía ponerse a preguntar si tenían libros contables o pruebas de sus negocios ahí mismo. Un mal paso, una pregunta fuera de lugar, terminaría con un cañón frío pegado a la frente.
Sentía un nudo en el estómago, como si estuviera caminando por la cuerda floja o tuviera mareos. Información de alto nivel que, como simple soldado, solo habría conseguido por puro champazo (suerte), esta mujer se la soltaba como si nada.
‘Ni en los exámenes sorpresa cuando entrenaba para investigador la sufría tanto’
pensó Erkin barriéndose la cara con las manos, riéndose de su propia suerte.
—Está difícil.
repitió.
—Ya me imagino.
Berenice se echó el cabello color sangre hacia atrás con un gesto burlón, como diciéndole que se las arreglara solo. Era una sonrisa amarga, como de una diosa de la victoria bañada en sangre y agotamiento.
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—¿Tú eres el que le estuvo tirando maicito (enamorando) a Berenice diciendo que te daba curiosidad?
—… ¿Perdón?
Michele le soltó la pregunta a Erkin por la espalda, sin anestesia. Berenice ya se había bañado y estaba echada en su cama en el penthouse. Erkin, que no podía creer lo que escuchaba, se dio media vuelta a medias. El momento y la pregunta lo habían agarrado frío.
‘Más que eso, es que quiero tratarla bien’
‘… ¿Solo eso?’. ‘Es que la señorita me da curiosidad’
Seguro se refería a esa conversación.
Michele era alto, pero un poco más bajo que Erkin. Tenía rasgos finos, de esos que de chico seguro le decían que era ‘bonito’, pero ahorita su mirada era recta y seria, tratando de ver si Erkin se estaba haciendo el loco o si de verdad no sabía nada. Esa actitud tan solemne era rara en él, que siempre paraba relajado.
Erkin no sabía exactamente qué le habría contado Berenice, pero estaba claro que Michele sospechaba de él aunque no tuviera pruebas fijas. Así que no había razón para ser honesto.
—¿Qué maicito? ¿De qué hablas?
—¿No fuiste tú?
—¿Yo por qué le diría eso a la señorita?
Erkin lo negó en seco, sin pestañear. Ante su cara de palo y su actitud de ‘yo no fui’, la sospecha de Michele bajó un poquito.
—Bueno, si no eres tú, entonces tiene que ser ese doctor…
—¿Doctor? ¿Cuál doctor?
Erkin no dejó pasar ese comentario y se volteó por completo para encararlo. Pero Michele cerró el pico. Erkin lo miró con los ojos achicados esperando una respuesta, pero a Michele no le importó su mirada intimidante.
—¿De verdad no eres tú? Te lo pregunto en serio.
‘¿Y porque lo preguntas serio ya tengo que decirte?’
pensó Erkin. Le llegaba al ‘chochó’ (le fastidiaba) que Michele ignorara su pregunta pero insistiera con la suya. Erkin se tragó el enojo y soltó una sonrisita apenas visible.
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