Perros entre rosas marchitas - 36
Erkin se sintió mucho más aliviado al confirmar que Berenice no era la asesina. Aunque el hecho de que ella no hubiera apretado el gatillo no la desvinculaba totalmente de la escena, había una diferencia abismal entre quien comete un asesinato y quien solo ‘ensucia’ la escena del crimen.
No era solo un juicio subjetivo por el cariño que le tenía; era una distinción legal clara.
Aunque sabía que no debía, Erkin no pudo evitar pensar que le gustaría verla disparar alguna vez. Mientras tanto, Berenice se levantó lentamente del otomano y se acercó a los cadáveres que yacían en el suelo.
Había dos cuerpos en la habitación.
Uno era Russo Gucci, con impactos de bala en la cabeza, el pecho y el abdomen. El otro, que no presentaba causas de muerte visibles a simple vista pero estaba bien tieso, era Tony Pecci, un soldato de la familia Marino. Erkin conocía ambos rostros.
Al primero lo vio en las fotos cuando Berenice investigaba a Russo; al segundo, en el contenedor del depósito de chatarra del puerto de Norick. Y ahora, aquí.
‘Cada vez que veía a Russo, este estaba al lado. Hasta de muerto sigue a su lado’.
Con una mueca de burla pensando que al menos no se sentiría solo, Erkin se acercó unos pasos a Berenice. Le ponía nervioso verla agachada revisando los cuerpos de Russo y Tony. Ella observaba a Russo, que ni siquiera había cerrado los ojos, le tomó la muñeca flácida con total parsimonia.
Dejando de lado todo lo demás, si uno miraba las manchas de sangre por todo el cuarto y la forma en que estaban tirados los cuerpos, parecía el típico accidente trágico entre drogadictos de Belloc. Pero bastaba fijarse un poco para notar la verdad.
Las marcas de presión en las muñecas y tobillos de ambos eran la prueba de que aquello no había sido un simple accidente.
—Te dije que te la cobraría tal cual me la hiciste… y al final terminaste así.
—¿Sabías que esos dos estaban encerrados en el contenedor del depósito?
El hombre que ahora ocupaba el otomano en lugar de Berenice sacó un cigarrillo. Como no podía dejar rastros de ADN, solo lo sostenía con los labios, moviéndolo de un lado a otro.
—Me enteré.
respondió Berenice escuetamente.
—¿Y sabías que les rompieron los mismos huesos que te rompieron a ti con ese fierro?
Berenice levantó la cabeza, sorprendida por la noticia.
—No lo sabía. Me acabo de enterar.
—Yo quería encargarme, pero el Jefe se lo dio a otro.
dijo el hombre con tono de decepción.
Berenice estiró la piel de sus sienes como si no quisiera saber qué pasaba por la mente de ese tipo. Sus ojos verdes oscuros se toparon con una quemadura redonda de cigarrillo en el cuello de Russo, miraron a Erkin un segundo y volvieron a bajar.
—Tú, lárgate ya. Voy a borrar todos tus rastros.
—¿Yo? ¿Y quién va a vigilar?
preguntó el hombre, sorprendido de que lo echaran así, sin anestesia.
—¿Acaso mi guardaespaldas vino aquí como testigo? Fuera.
—¡Pero si quería ver los fuegos artificiales contigo cuando terminara el trabajo!
—¿De qué hablas?
preguntó ella, como si estuviera escuchando una locura.
—¿Acaso yo quedé en algo contigo?
—Me dijeron que terminaste con Lockwood. Volonte me lo contó.
Berenice soltó una maldición interna dirigida a Chiara y suspiró.
—Es cierto que terminamos, pero deja de hablar piedras y vete ya, por favor.
—Hoy estás especialmente pesada… Bueno, ya que dices que hay alguien más que vigile, me retiro temprano.
—No me hables y piérdete de una vez.
—Oye, que terminé de limpiar eso diez minutos antes de que llegaras, ¿sabes?
—Ya entendí. Solo ten cuidado de que no te sigan.
—Encima te preocupas por mí… qué cariñosa es nuestra señorita.
—…….
El hombre se arregló su gabardina larga que le llegaba por debajo de las rodillas, con una actitud de ‘no me quiero ir’. Se notaba a leguas que le tenía ganas a Berenice, pero ella también dejaba bien claro que no quería saber nada de él.
Viendo cómo Berenice movía la cabeza harta del tipo, era obvio que ese acoso no era de hoy. Claro, siendo ella una mujer que llama la atención con solo estar parada, no faltarían los pesados que intentan cortarle el camino…
Ese tipo parecía creer en eso de que ‘el que la sigue la consigue’, pero Erkin pensó que más probable era que se ganara un hachazo antes de lograr algo.
‘Vigila bien que ningún payaso ande fastidiando a Berenice. Ella sabe filtrar, pero si la cosa se pone fea, métete tú’.
‘Pero aunque filtre, van a sobrar los pesados’.
‘Pues entonces te tocará detener a muchos’.
Erkin recordó los consejos que Ricardo le había repetido hace dos meses. Este era exactamente el caso, pero como Berenice se lo estaba quitando de encima solita, meterse ahora solo lo haría quedar en ridículo.
Además, era difícil catalogar como un ‘cualquiera’ a un asesino de una agencia de limpieza afiliada a la familia Valentiera. En realidad, si sumábamos a los dos muertos y a los dos vivos que estaban en esa habitación, el que tenía las intenciones más retorcidas era Erkin.
Berenice, ajena al caos mental de Erkin, analizó con rapidez y precisión las marcas de presión en las muñecas y tobillos de Russo y Tony, así como las huellas de terceros sobre la alfombra.
Tras confirmar de reojo que su colega se había ido, se quitó los guantes y acercó su mano a la muñeca de Russo.
En el momento en que Erkin volvió la vista tras verificar que los pasos en el pasillo se habían desvanecido, una extraña luz rojiza brotó de las yemas de los dedos de Berenice, rodeando la muñeca de Russo como si fuera un brazalete.
Los ojos de Erkin se abrieron como platos. A menos que fuera una luciérnaga, era imposible que un ser humano emitiera esa luz.
Pero eso no fue todo.
Berenice soltó la muñeca de Russo con calma y las marcas de presión empezaron a atenuarse hasta desaparecer por completo, como si hubieran sido borradas con un borrador.
Ella repitió el proceso con las demás extremidades y luego hizo lo mismo con el cadáver de Tony Pecci. Erkin, con la cara desencajada, se inclinó involuntariamente hacia los cuerpos.
No estaban.
No era un error óptico por la poca luz. Las marcas que antes resaltaban sobre la piel pálida habían desaparecido, aunque abriera los ojos de par en par. Se habían esfumado junto con la luz roja, como si nunca hubieran existido.
Berenice, lanzándole una mirada rápida a un Erkin que se había quedado sin palabras, empezó a mover los brazos y piernas de los cadáveres con la punta de sus zapatos relucientes. Parecía una niña acomodando a su antojo las extremidades de un muñeco articulado para que quedaran en una posición creíble.
Luego, acercó su mano a los muebles de la habitación que se habían roto durante el breve forcejeo.
Al igual que con las marcas de los cuerpos, los objetos abollados y rotos recuperaron su forma original envueltos en ese resplandor rojizo. Y no solo eso: sin que Berenice los tocara, se movieron solos y regresaron a sus lugares habituales, como si supieran exactamente dónde pertenecían.
Berenice se incorporó lentamente y revisó su reloj de pulsera.
Murmuró que les quedaban unos cinco minutos y, con el ceño fruncido como si estuviera aguantando algo, terminó de inspeccionar la habitación.
Erkin no le quitó los ojos de encima ni un segundo, grabando en su mente cada detalle de Berenice y de todo lo que ella miraba.
La cama revuelta, las manchas de sangre de distintos tonos esparcidas por el cuarto, las jeringas y el polvo blanco fino sobre la mesita, el billete enrollado usado para inhalar, la pistola en la mano de Tony Pecci, los casquillos caídos en los puntos exactos, los dos cadáveres sin rastro de haber sido atados, el maletín de dinero junto a la cama y los fajos de billetes caídos con naturalidad.
Y Berenice, parada en medio de todo esto con una familiaridad pasmosa, poseedora de ese poder inquietante…….
Demasiadas cosas golpearon su mente en un instante. Erkin apretó los puños hasta que las uñas casi le perforan la palma y luego soltó la tensión, llegando a la conclusión más importante.
Era una ‘Liquidadora’. Un miembro clave de la agencia de limpieza que desordena las escenas del crimen para borrar cualquier prueba que perjudique a la familia Valentiera o a sus clientes. Alguien que ata los cabos sueltos para que, incluso si alguien encontrara algo y llegaran a juicio, la fiscalía no tuviera forma de ganar.
Y ese poder que no se explicaba con lógica común era…….
—¿Qué pasa? ¿Es la primera vez que ves a una Evaporadora (Evaporator)?
—…….
Berenice soltó un largo suspiro, bajó la mirada y caminó hacia la puerta.
—En la Oficina de Seguridad Federal a los tipos como yo les dicen liquidadores o limpiadores; a estos casos los llaman Lupara Bianca. Estira el pie.
Tras revisar la sangre en los tacones de sus zapatos, Berenice extendió la mano sobre la alfombra llena de huellas y sobre los pies de ambos.
Erkin vio cómo la sangre seca de sus tacones regresaba a la mancha original que Russo dejó al recibir el disparo en la alfombra. Berenice levantó la cabeza.
—Ya escuchaste a Chiara hablar sobre la ‘Diosa de la Victoria’.
—…….
—¿No habías previsto ya que era yo y que se trataba de algo como esto? ¿Todavía no estás seguro?
Después de decirme que lo olvidara todo, ¿ahora me está tanteando?
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