Perros entre rosas marchitas - 35
Por la ventana del carro, la vista nocturna de Belloc pasaba a toda mecha.
Erkin miraba sin mucho interés los letreros de neón de colores, las luces de los edificios que nunca se apagan y los postes que alumbraban las calles, hasta que finalmente volteó la cabeza.
Berenice estaba ahí, tirada contra el asiento de cuero, mirando la ventana como si estuviera en las nubes. Pero sus ojos decían otra cosa; se notaba que estaba dándole vueltas a algo bien serio porque, de rato en rato, sus labios se movían como si estuviera hablando sola.
En cualquier otro momento, ella ya le habría echado aunque sea una mirada, pero hoy no. Tenía la vista clavada en un solo punto y no se movía por nada del mundo.
—No descuides tu rehabilitación estos diez días. Recupérate bien.
—… Qué mala.
Hoy se cumplían esos diez días.
Mientras Erkin se quedaba mirando el brillo del reloj y la pulsera que ella siempre usaba para salir, el carro dejó atrás el centro de Belloc y se metió por una zona cada vez más solitaria.
Estaba tan oscuro que al principio no se dio cuenta, pero el camino se le hacía conocido. En cuanto captó que estaban cerca del puerto de Norick, Michele cuadró el carro en un callejón sombrío. Puso el freno, volteó hacia el asiento de atrás y preguntó:
—¿Veinte minutos?
—Quince.
Berenice chequeó su reloj y, mientras hacía la corrección, sacó una pistola de su cartera. Se guardó el arma en la cintura, le hizo un gesto seco a Erkin con la barbilla y se puso un sombrero de hombre, de esos tipo fedora, ocultando bien su peinado.
Y no era solo el sombrero. Berenice se las había ingeniado para meter todo su cabello largo dentro del sombrero y andaba vestida con un terno de hombre completo.
En la oscuridad, era bien difícil darse cuenta de que era una mujer. Como es alta, el traje le quedaba impecable y, si no fuera por sus facciones finas, pasaba por un tipo cualquiera sin problemas.
—Erkin, desde que bajemos hasta que volvamos a subir al carro, no me metas la contra en nada de lo que haga. Si abres la boca para decir algo, te las vas a ver conmigo. No me hagas cargar la pistola, ¿ya? Te lo estoy advirtiendo. —…
Berenice le lanzó esa advertencia mirando su reflejo en la ventana. Se quedó esperando un ratito en el carro y luego ladeó la cabeza.
—¿No vas a contestar?
—Entendido.
—Ya. Espero que te haya quedado claro.
Tal como el primer día que él empezó a cuidarla, Berenice bajó del carro sola, sin esperar a que le abrieran la puerta, caminó despacio hacia un motel que estaba en el callejón.
Bueno, ‘motel’ es un decir. Era uno de esos edificios abandonados que habían cerrado hace años. Como nadie lo cuidaba, siempre se metían delincuentes que andaban escapando, pero hoy curiosamente no se veía ni un solo policía patrullando por la zona.
Erkin se quedó mirando el lugar, que se sentía más silencioso de lo normal, hasta que se acordó: hoy empezaban las celebraciones por el aniversario de la victoria en ciudades grandes como Rockbern y Belloc.
‘Con razón es hoy’, pensó.
Justo el día en que la seguridad en las zonas maleadas se descuida más que nunca. El día perfecto para que, si alguien sospecha y llama a la policía, tengas tiempo de sobra para escapar antes de que lleguen.
Era el día ideal para hacer cualquier tontería.
Sin apurar el paso, Erkin empezó a imaginar lo que podía pasar en las próximas horas. No sabía los detalles, pero podía resumirlo en dos palabras:
Asesinato o limpieza.
No sabía si esa mujer, que parecía estar caminando por la cuerda floja, iba a matar a alguien o a borrar rastro de algo. Seguía siendo un misterio.
Si iba a matar a alguien, ¿él debería arriesgar su vida para detenerla o hacerse el loco y solo estorbar? Si iba a borrar pruebas, ¿debería quedarse mirando nomás porque total, el daño ya estaba hecho?
Erkin no tenía tiempo para pensar mucho ni para planear nada, así que solo le quedó seguir a Berenice, que ya estaba entrando al edificio que apenas tenía un par de luces prendidas.
Parece que las terapias en el hospital habían servido, porque Berenice subió solita las escaleras del motel, que no tenía ascensor.
Igual, Erkin no le quitaba el ojo de encima por puro nerviosismo y la seguía bien de cerca. Cuando llegaron al segundo piso, Berenice soltó un suspiro largo, como si le faltara el aire.
‘Ya sabía’, pensó él.
Subió los escalones que faltaban de un solo salto y la agarró del brazo para apoyarla. Por no querer molestarla la había dejado subir sola, pero debió cargarla desde el principio.
Cuando la miró de cerca para ver si estaba bien, notó que tenía las mejillas más pálidas que hace un rato. Le pasó el brazo por la cintura y Berenice, esta vez, no se hizo la difícil y se apoyó en él con confianza.
—… A la 205. Pero yo tengo que tocar la puerta.
—Entendido.
Casi cargándola, llegaron frente a la habitación 205. Berenice tomó aire profundamente. Erkin chequeó la rendija de la puerta, que estaba llena de polvo, pero no salía ni una pizca de luz. Por más que aguzó el oído, no se sentía ni un alma adentro.
Dos toques, uno, tres toques, uno.
Berenice levantó la mano izquierda y tocó de una forma particular. Parecía una clave que ya tenían acordada. No pasó mucho tiempo después de que los golpes resonaran en el pasillo estrecho hasta que las bisagras viejas y oxidadas chillaron con un ruido molesto.
—Me dijeron que te habías lastimado la pierna, pero llegaste puntualito, ¿no?
—No estorbes y quítate.
Berenice se levantó un poco el sombrero para mostrar la cara y le hizo un gesto de fastidio con la mano. La puerta se abrió del todo y de la oscuridad salió un hombre joven. Tenía un sombrero bien encajado y unos lentes de sol enormes que no dejaban verle bien la cara.
‘¿Lentes de sol a estas horas y con la luz apagada?’.
Solo con verlo ahí parado en la puerta, el tipo ya apestaba a sospechoso. Por un segundo Erkin pensó que era ciego, pero el hombre levantó un poco la cabeza y Erkin sintió cómo sus ojos, ocultos tras el vidrio oscuro, se clavaban en él.
—¿Y el de atrás?
—Mi guardaespaldas. Como ya sabes, mi pierna no está para trotes.
—Mira tú qué sorpresa. Pensé que vendrías con Michele.
—¿Vas a seguir ahí parado estorbando?
—No, no… pasa, entra.
El hombre retrocedió un paso. Erkin siguió a Berenice al cuarto del motel y sintió cómo se le helaba la cara. En esa habitación a oscuras donde no se veía ni michi, el olor a sangre era tan fuerte que te revolvía el estómago.
Desde que el tipo abrió la puerta, Erkin ya se lo imaginaba por el olor, estas cosas nunca fallan. Berenice ordenó que prendieran la luz. Se escucharon los pasos del hombre y, al toque, los fluorescentes parpadearon y se encendieron.
Antes de que sus ojos se acostumbraran a la claridad, Erkin aguantó la respiración.
La habitación era un matadero. El piso estaba empapado de una sangre roja oscura que ya había teñido la alfombra. Erkin miró las caras de los dos hombres que yacían muertos y luego volteó a ver a Berenice con la cara seria, sin decir nada.
Berenice le dio una mirada rápida al cuarto y se fue directo a un banco que estaba a los pies de la cama. Al ver que la tela no estaba muy salpicada de sangre, se sentó y sacó unos guantes de cuero negro. El hombre de los lentes, al ver que ella no decía ni pío después de ver ese despelote, le preguntó:
—¿Te incomoda porque son caras conocidas? ¿Ya sabías quiénes eran?
—Ese no es el problema.
Berenice, ya con los guantes puestos, levantó la mirada hacia él con una frialdad absoluta.
—Esto no es lo que me dijeron que iba a pasar.
—Ay, Berenice, no seas tan cuadriculada. Uno murió de un balazo mientras se metía su pase, el otro, el que se puso a disparar como loco por la droga, murió de sobredosis. ¿No es lo mismo?
El tipo hablaba como si nada, minimizando el hecho de que la escena no cuadraba con el plan original. Tenía un tono juguetón, pero se notaba a leguas que Berenice le gustaba o le interesaba más de la cuenta.
En el preciso momento en que Erkin quiso adivinar hacia dónde miraba el tipo, Berenice, en un abrir y cerrar de ojos, sacó la pistola de la cintura, la cargó y se la puso directo en la quijada al hombre.
—Tú no eres nuevo en esto. ¿Qué te pasa?
—Oye, oye… Berenice…
—Ya que las cosas salieron diferentes, ¿qué te parece si tú también te quedas tirado aquí?
—Perdón, perdón… baja el arma, ¿sí? Vamos a calmarnos…
El hombre se achicó al toque y trató de calmarla, pero Berenice no se movía ni un milímetro. Parecía que de verdad estaba pensando si apretar el gatillo o no mientras se pasaba la lengua por los labios, despacio.
—Cierra la boca. ¿Qué tal si decimos que tú también estiraste la pata por la droga? Me va a tomar un poco más de tiempo arreglarlo, pero no es difícil. Por si acaso, traje repuesto.
—… Tú sabes que yo no me meto nada.
—¿Y tú crees que eso me importa o que te voy a creer?
—Bu-bueno, claro que no.
—Ya me tiene harta haber tenido que venir aquí apenas me quitaron el yeso, así que no me provoques porque te juro que te mato.
‘Está furiosa de verdad’
Erkin, apoyado contra la ventana que tenía las cortinas gruesas cerradas, miró de reojo al tipo que tenía las manos levantadas en señal de rendición. Por cómo tenía los labios tiesos y cómo pasaba saliva, se imaginaba perfectamente la cara de terror que debía tener detrás de esos lentes de sol.
Dicen que lo primero que Antonio le enseñó fue a usar el cuchillo y la pistola. Y era verdad. Berenice se movía con una rapidez y una precisión que hasta a Erkin, que sabe de armas, lo dejó con la boca abierta. No le había quitado el ojo de encima ni un segundo, pero fue tan rápido que ni vio en qué momento ya le estaba apuntando.
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