Perros entre rosas marchitas - 34
—Dentro de diez días.
Ricardo lanzó la sentencia mientras Berenice se alejaba.
—No descuides tu rehabilitación durante estos diez días y recupérate bien.
—… Qué cruel.
Berenice giró la cabeza y lo miró con los ojos entrecerrados. Su rostro, que hace un momento estaba lleno de un berrinche que se habría disuelto si Ricardo se hubiera disculpado adecuadamente, ahora se volvió gélido.
—¿Te parece que mis extremidades están bien ahora mismo?
—Parecen estar lo suficientemente bien como para trabajar. He dicho lo que tenía que decir. Hasta entonces, no hagas ninguna estupidez y concéntrate en tu tratamiento.
Incluso ante el sarcasmo de Berenice, el tono desapasionado de Ricardo no cambió. Ella soltó una breve maldición en linferno, un idioma que rara vez usaba, dejó caer los hombros en señal de derrota.
—¿Quién es el objetivo?
—Volonte te entregará los detalles el día de la reunión.
—Qué predecible.
Berenice soltó una risa burlona y le hizo un gesto con la cabeza a Erkin. No parecía haber nada más que escuchar, así que Erkin apretó las manos en las manijas de la silla de ruedas para ponerse en marcha.
—… Lo siento.
Ricardo se disculpó en voz baja justo cuando la silla de ruedas llegaba a la esquina.
—Por haber golpeado a Erkin y a Andre, por haber agarrado a Michele del cuello. Por haber golpeado a tu gente frente a tus ojos… me equivoqué en todo.
—…….
—Hice lo mismo que mi padre, toda la culpa es mía. Perdón.
Ricardo se dio la vuelta hacia la Berenice que permanecía en silencio.
—No volverá a suceder.
Dicho esto, Ricardo pasó de largo junto a Berenice y bajó por las escaleras. Ella no se movió hasta que el sonido pausado de sus zapatos se desvaneció y la puerta de emergencia se cerró con un crujido. Solo cuando la presencia humana desapareció por completo, Berenice giró medio cuerpo para mirar hacia donde se había ido Ricardo. Soltó el aire que contenía y su entrecejo se frunció con clara desaprobación.
—Estamos en el último piso, va a tener que bajar un montón de escalones.
Sus labios, que parecían tener mucho que decir, se agitaron un par de veces antes de murmurar como si regañara al ausente. Erkin, que observaba desde arriba cómo ella fruncía los labios rumiando la disculpa de Ricardo, soltó un comentario:
—¿Por qué se preocupa por alguien que tiene las cuatro extremidades sanas? No es como si fuera a rodar por las escaleras como cierta persona.
—Solo es un decir.
—Y eso que parecía que no lo iba a perdonar ni muerta.
Erkin evitó la mirada de reproche de ella y la sujetó por los hombros para corregir su postura. Mientras giraba la silla hacia el ascensor con la misma destreza que Michele al conducir, Berenice rompió el silencio.
—No es que lo haya perdonado.
—…….
—Es familia. Es mi hermano. Aunque…
Se tragó el —aunque— y dejó la frase en el aire. Erkin se atrevió a adivinar que lo que seguía era algo como: —aunque no compartamos la misma sangre—.
—Es distinto al perdón. Simplemente… me he ablandado.
—…….
—Cuando se trata de la familia, no te queda otra opción.
El ascensor, que bajaba a una velocidad constante, dio una pequeña sacudida. —No queda otra opción—, repitió Erkin en su mente antes de preguntar:
—¿Ese sentimiento no cambiará sin importar lo que haga el Jefe?
—…?
Berenice, con el rostro calmado, solo abrió un poco más los ojos. No parecía que no entendiera la pregunta, sino que sentía curiosidad por la intención detrás de ella. Tras sostenerle la mirada un momento, respondió con naturalidad:
—No cambiará. Yo no seré la primera en traicionar.
Su voz estaba cargada de convicción. Se sentía una solidez que no se quebraría ante ninguna adversidad, como si fuera su deber natural ser así. Al escuchar esa voz resonando en su cabeza, las venas azuladas resaltaron en el dorso de la mano de Erkin, que sujetaba con fuerza la silla de ruedas.
—¿Porque es familia? ¿O porque es la Mafia?
—¿Te preguntas por qué llego tan lejos si ni siquiera compartimos sangre? ¿Crees que las mujeres podemos ignorar cosas como la Omertà?
—No quise decir eso.
Tras un silencio extraño, el ascensor llegó a la primera planta.
—Ricardo fue el primero en tenderme la mano. Me pidió que fuéramos familia.
Afuera, en el vestíbulo, se veía a Michele y Andre esperando. Michele, apoyado en el capó del coche, agitó la mano con alegría al verlos.
—Mientras Ricardo no suelte mi mano primero……
Berenice continuó hablando lentamente mientras le devolvía el saludo a Michele.
—Yo no lo traicionaré.
—…….
—Esto es un asunto que no tiene nada que ver con el perdón.
Detrás de Michele se veía el coche de Ricardo y a los capos esperando a su alrededor. Al ver a Berenice, todos se inclinaron al unísono en señal de respeto.
—Eso de ser familia… es envidiable.
Ante el susurro de Erkin, Berenice, que acababa de inclinarse ligeramente para saludar a los escoltas de Ricardo, se volvió un poco hacia él.
—Hablas como si yo fuera la única que tiene familia.
—…….
—Tienes a tus padres y a una hermana menor en Melbourne, ¿no?
—Veo que ha estado investigando. No recuerdo haberlo mencionado.
—Lo hiciste. ¿Quieres que te diga qué más sé?
—Como guste.
Erkin detuvo la silla de ruedas y asintió con un gesto ligero, restándole importancia. Berenice, que ya no necesitaba que él le tendiera el brazo para levantarse, se puso de pie lentamente por su cuenta. Con un leve cojeo, se acomodó en el asiento trasero que Michele le había abierto, Erkin subió tras ella. Mientras Michele encendía el motor y ellos se abrochaban los cinturones, Andre, desde el asiento del copiloto, le tendió un vistoso ramo de flores.
—Es un regalo por su alta.
Berenice abrazó los tulipanes, de un color claro y vibrante que parecía una mezcla de rosa y naranja, mostró una sonrisa radiante. Sus manos se movieron con afecto mientras sacudía el brazo de Andre en señal de agradecimiento.
—Dentro hay un brazalete que compré yo. Salió apenas anteayer.
Michele, alejándose del hospital con su conducción fluida, señaló hacia el interior del ramo a través del espejo retrovisor. Berenice soltó una pequeña exclamación de sorpresa al descubrir una cajeta azul entre las flores y el papel de regalo.
Erkin, observando la escena en silencio, sacó de su bolsillo una caja un poco más grande y la depositó con cuidado entre los tulipanes.
—… ¿Tú también?
Berenice lo miró sorprendida. Sus ojos, muy abiertos, lo escudriñaron fijamente. Erkin le indicó con la mirada la caja roja sobre las flores, invitándola a abrirla si tenía curiosidad. Tras un mes de práctica, Berenice ya manejaba con soltura su mano izquierda y tiró del lazo para deshacer el nudo.
—¿Un reloj?
Dentro de la caja descansaba un reloj de pulsera cuadrado, de un blanco platino brillante. El marco casi perfectamente simétrico relucía sobre el terciopelo negro.
—Aquel día, cuando rodó por las escaleras, su reloj se rompió.
—… Es verdad.
Como se había destrozado sin posibilidad de reparación, el reloj que Berenice solía usar siempre fue desechado nada más llegar al hospital. Desde entonces, al haber estado internada, no había tenido necesidad de usar uno.
—Pensé que a partir de ahora tendría muchas ocasiones para llevarlo.
El diseño limpio y sin adornos innecesarios encajaba perfectamente con el gusto de Berenice. Tras contemplarlo unos instantes, ella le tendió la caja de golpe.
—Ponmelo tú.
—…….
—Todavía me falta práctica con la mano derecha.
—Mentira,
pensó Erkin, conteniendo la risa y apretando los labios. Él mismo había escuchado al médico decir que, aunque debía evitar el ejercicio intenso, su brazo estaba lo suficientemente recuperado para la vida cotidiana.
Haciendo la vista gorda ante esa obvia mentira, Erkin rodeó la fina muñeca de Berenice con el reloj. Era tan delgada que sus dedos casi podían rodearla por completo; el reloj, elegido a medida para ella, destelló suavemente.
Los ojos de Berenice brillaban mientras movía la muñeca de un lado a otro examinando el regalo. Sus labios, apretados como si intentara no reírse, se curvaron en una línea ascendente hasta que finalmente estalló en una sonrisa plena que mostraba sus dientes perfectos.
Erkin contempló en silencio sus mejillas encendidas y su mirada alegre. Berenice, que reía con una candidez absoluta, abrió también la caja del brazalete que le había regalado Michele. Era un brazalete rígido y delgado, con una forma que recordaba a una cruz alargada partida a la mitad, cuajado de diamantes minuciosamente engastados. Berenice se inclinó hacia el asiento del conductor.
—Michele, hoy no es mi cumpleaños.
—Lo interpretaré como que te ha gustado.
Michele soltó una risita y giró el volante con suavidad. Con el reloj en una muñeca, el brazalete en la otra y el ramo de tulipanes en brazos, el cuerpo de Berenice se inclinó naturalmente hacia Erkin antes de recuperar el equilibrio.
—Qué bien….
Hundió ligeramente la nariz en los tulipanes, sacudiendo apenas la cabeza como si disfrutara de su fragancia sutil. Inspiró profundamente un par de veces y, con el rostro aún cerca de las flores, se volvió hacia él de repente.
Cada vez que Erkin la miraba de lleno, sentía una opresión punzante en el pecho, pero todavía era capaz de soportarlo. Mientras intercambiaban miradas, observando ese rostro que parecía un capullo de flor empapado de primavera, Berenice abrió los labios.
—Gracias.
—No tiene por qué dar las gracias.
—Qué modesto. Pues yo te las doy porque quiero.
—Lo digo en serio.
—No es un regalo que debas agradecer tanto.
Si hubiera sabido que sonreiría con tanta belleza, si hubiera sabido que esa mirada familiar volvería a herir su sentido de culpabilidad, Erkin jamás le habría regalado ese reloj.
En la mente del investigador, que deseaba que el dispositivo de escucha instalado dentro del reloj funcionara correctamente, se mezcló de pronto el deseo del hipócrita que anhelaba que el aparato se estropeara y no le permitiera oír nada.
Erkin se burló de sí mismo, sabiendo que nada de esto era una buena señal.
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