Perros entre rosas marchitas - 33
—Si le digo que fue la mujer quien estuvo escuchando a los hermanos Lockwood, ¿le sonaría distinto?
—¿Escuchas?
—Sí, escuchas. Lo irónico es que los Lockwood fueron los que se acercaron primero. El congresista Lockwood le ordenó a su hermano que la contactara. Según la mujer, los hermanos Lockwood querían algo de ella.
—¿Y qué cosa era?
—Como terminaron la relación sin que ella lo averiguara, será algo que nunca sabremos. O tal cual, ella prefirió no soltar prenda.
No es que haya sido un encuentro muy santo, pero Brian no se mandó con un plan armado como lo hizo Russo; y ya que el senador recién reelecto está detrás de Brian, lo mejor era evitarse broncas y no terminar con la cara roja.
Así que Erkin pensaba que ya había cerrado el tema en el momento preciso, pero de pronto vio un brillo extraño en la cara de Martin Gates, quien hasta hace un momento andaba bien apático con las noticias.
—¿Ricardo sabía eso?
—Solo a medias. Sabía que Berenice se veía con Brian, pero no tenía idea de que el congresista Lockwood estaba metido en el asunto. Como Berenice cortó por lo sano antes de que él pudiera hacer algo, parece que ya ni le toma importancia.
—Con que esas tenemos…
Erkin, sin que se le alterara ni un poquito la respiración, le soltó una mezcla de verdades y mentiras. Cuando uno vive sintiéndose siempre al borde del abismo, aprende, si no otra cosa, a leerle la cara a los demás al toque.
Ese tipo, que no mostró ni pizca de interés cuando supo que Berenice y Brian se veían, cambió de mirada apenas escuchó que Stephen J. Lockwood estaba metido.
Martin Gates parecía estar casi seguro de qué era lo que quería Stephen Lockwood. Tras deducir lo que significaba esa mirada, Erkin mandó al desvío su plan de contar solo la firme. Decidió que, fuera lo que fuera, tenía que tantear el terreno antes de que Martin Gates moviera sus fichas o se metiera con los Valentiera. Pero entonces, el jefe de la sucursal le salió con otra pregunta.
—¿Todos los miembros de la familia Belloc son de Linferno?
‘¿Y ahora este a qué viene?’
Estuvo a punto de fruncir el ceño por la pregunta tan sonsa de Martin Gates, pero solo asintió ligeramente con la cabeza.
Últimamente, los mafiosos que operaban en Rockbern y Delphia tenían la tendencia de aceptar gente de otros lados, pero en Belloc seguían cerrados en su idea de priorizar —o mejor dicho, encapricharse con— los que venían de Linferno.
Aunque con los picciotto (miembros temporales) no se hacían tanta bola con el lugar de nacimiento, para entrar formalmente a la familia como soldato, uno tenía que demostrar que, por lo menos por parte de madre, era de Linferno.
—Es verdad que las cosas se han relajado un poco más que en la época de Antonio, pero tratan de mantener la tradición y las reglas en lo posible. Pero, ¿por qué le entró la curiosidad de la nada?
—Es que hace poco estoy buscando a una minoría étnica de Linferno. El clan Parreira. Tú no naciste allá, pero como tus viejos son de Linferno, habrás escuchado de ellos.
Literal, solo los había escuchado mencionar.
—Uf, hace años que no oía ese nombre.
Se decía que el clan Parreira eran los descendientes del traidor que vendió al hijo de Dios por 30 monedas de plata. En Linferno, donde la mayoría cree y sigue a pies juntillas al hijo del Padre Todopoderoso, ese que murió crucificado y resucitó al tercer día, al clan Parreira los trataban como pecadores sin remedio, de lo peor.
Cuentan que, al no aguantar tanto maltrato por años de años, formaron una especie de ronda urbana o grupo de autodefensa entre familiares y parientes para proteger su pueblo. Al principio, su única meta era protegerse. Dicen que no eran más que un grupito que usaba algo de violencia para defenderse de la discriminación y que aceptaban propinas pequeñas por hacerle favores a su propia gente.
Pero con el tiempo, la violencia con la que respondían a los ataques se hizo más fuerte. Con el floro de dar «protección garantizada», empezaron a cobrar cupos de a poquitos, y los favores para su gente dejaron de ser sonseras para convertirse en «trabajos por encargo» de alto calibre.
Al final, no pasó mucho tiempo para que ese grupo de autodefensa, creado para proteger al clan, se terminara transformando en una organización criminal. Por esa historia, tanto en Linferno como en Brizant, se considera que el origen de la mafia está en esas rondas del clan Parreira, pero… ¿a qué santo venía a preguntar por las raíces de la mafia de hace mil años?
—Para ser exactos, estoy buscando el poder sobrenatural que poseen.
—…?
‘¿Poder sobrenatural? Habla sandeces’
Miró a Martin Gates como quien mira a un loco que camina con ajos al cuello para espantar vampiros. Qué ocurrencia salirle con eso de «poderes» después de tanto tiempo sin verse.
¿Qué seguía? ¿Que me diga que está buscando a alguien que camina sobre el agua? Ya que por fin quitaron la Ley Seca, le vendría bien alguien que mueva la mano y convierta el agua en whisky. O alguien que con cinco panes y dos pescados les dé de comer a todos los agentes federales de Belloc.
Erkin se burló por dentro de Martin Gates y le refutó calmadamente:
—Eso no es más que un cuento chino que inventaron los chismosos para usar la excusa de la «caza de brujas» y así atrapar y marginar al clan Parreira.
—¿Y no has pensado que te lo digo justamente porque no es un cuento?
La verdad, prefería no pensarlo. Ya tenía la cabeza hecha un champú como para encima andar pensando en poderes o qué sé yo. A Erkin no le interesaba ni un poquito, pero como era su jefe el que hablaba, ladeó la cabeza como quien sigue la corriente para llevar la fiesta en paz.
—Bueno, la verdad es que antes de que usted me hablara de «poderes», nunca me importó el tema, así que no sabría qué decirle. Dentro de los Valentiera jamás se ha mencionado al clan Parreira. Dicen que antiguamente sus rasgos físicos eran bien marcados, pero…
Ese cabello de un color rojizo oscuro, como si estuviera manchado de sangre, era una de las marcas típicas de los Parreira. Se cuenta que terminaron así después de quedar empapados con la sangre del Santo que murió en la cruz, pero no deja de ser un cuento de viejas. Hoy en día ya casi nadie se cree esas cosas.
—Yo creo que esos rasgos ya casi ni existen. Puede que la sangre se haya diluido o, con lo que ha avanzado la tecnología, deben tener mil formas de ocultarse. De todos modos, los Parreira deben ser expertos en pasar caletas incluso en Linferno, así que no será nada fácil encontrarlos.
—Según lo que he escuchado, sus poderes mandan a rodar las leyes de la ciencia. Dicen que se parecen a los milagros del Santo…
La voz de Martin Gates se puso bajita, igualita a la de esos vendedores de sebo de culebra que te ofrecen medicina barata en el parque. Erkin cerró y abrió los ojos lentamente, sin poder creer lo que oía, y murmuró como quien aconseja a un sobrino malcriado:
—Jefe, póngase a pensar. Como usted sabe, a los Parreira se les conoce como los descendientes del traidor. No hay forma de que a un clan de pecadores se le haya dado semejante poder.
—Ahora les dicen «poderes», pero hace décadas los llamaban «maldiciones». Y si todo esto resulta ser cierto, ¿quién es uno para entender los designios de Dios?
‘Ahora sale con maldiciones y la voluntad divina’
Le seguía importando un bledo lo del clan y sus poderes, pero al menos ya le quedaba claro por qué la Federal los buscaba. Estaba cantado: querían aprovecharse de esos supuestos «milagros».
No tenía idea de cómo pensaban usar a un tipo que camina sobre el agua para una investigación federal, pero tampoco se moría por saberlo. Allá ellos si querían usarlo para buscar cadáveres en el fondo del mar o para perseguir delincuentes que huyen en lancha; a él qué le venía ni le iba.
—… Es un clan que nunca recibió protección de su propio país, por eso tuvieron que armar sus grupos de autodefensa. Es muy probable que, al huir hacia Brizant para escapar del rechazo, no hayan podido dejar sus viejas mañas y terminaran metidos en bandas criminales. Voy a tener el ojo abierto, pero no se haga muchas ilusiones.
El blanco se mancha rápido con el negro, y una vez que algo se vuelve negro, es tranca que vuelva a ser blanco. Erkin le soltó esa pequeña esperanza a Martin Gates y se levantó diciendo que ya tenía que irse.
—Por cierto, eso de los poderes, ¿se supone que todos los Parreira los tienen?
—No. El despertar de ese don es totalmente irregular. Algunos despiertan de chiquitos, otros cuando ya están bien tíos, de la nada. Dicen que no hay una regla fija.
‘Ya decía yo’
El floro perfecto para una estafa.
Erkin se despidió con un gesto rápido de la mano de Martin Gates —que tenía toda la facha de estar vendiéndole la cura para el cáncer— y salió del túnel como si nada hubiera pasado.
【 No es buena señal 】
—¿No te olvidas de nada, no?
preguntó Erkin, chequeando todo el cuarto del hospital. Berenice, sentada en su silla de ruedas, se encogió de hombros.
—Si tú estás cargando todas mis cosas.
—Después no me digas que me olvidé de traerte algo, fíjate bien ahorita.
—Que ya vi, te digo.
Berenice respondió casi cantando mientras movía el pie derecho de arriba abajo. Se notaba que estaba recontra emocionada por salir de ahí después de haber estado un mes entero encerrada en el hospital, así que Erkin prefirió no malograrle el momento.
Erkin dio una última mirada al cuarto y su vista se detuvo un momento. Se quedó observando esos ojos que brillaban mirando hacia la ventana y esa sonrisita ligera, algo muy raro en ella.
Berenice se había quitado esa bata de hospital tan pálida y aburrida para ponerse un vestido camisero sueltito. Le movió los dedos a Erkin como apurándolo para irse de una vez. Parece que estar un mes juntos en ese espacio tan cerrado había hecho que ella ya no tuviera paltas en agarrarle la mano o acercarse mucho a él.
Erkin le dio el último adiós a esa habitación que ya conocía tanto como el penthouse de Berenice y abrió la puerta. Ricardo, que estaba apoyado en la pared del pasillo, se puso derecho al toque.
—Berenice, ¿nos vamos?
La sonrisa suave de Berenice se borró en un segundo y se puso seria. Aunque en este mes que lo tuvo en la congeladora parece que su furia se había calmado un poco, la distancia entre los dos seguía ahí, bien marcada.
Cuando Ricardo se acercó para empujar la silla de ruedas y ayudar a Erkin con los bultos, Berenice estiró la mano hacia Erkin.
—Esa maleta no pesa nada. Dámela a mí y tú, Erkin, empuja la silla.
—…….
Erkin se quedó en el medio, mirando a los dos hermanos sin saber qué hacer, y al final optó por darle las cosas ligeras a Berenice. Ricardo soltó una risita sarcástica, como diciendo «no te lo puedo creer», pero Berenice ni lo miró.
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