Perros entre rosas marchitas - 32
—… ¿O sea que es fijo que uno se vuelve loco?
Michele, que ya había decidido que lo mejor para su salud mental era que las tonterías de Berenice le entraran por un oído y le salieran por el otro, murmuró como si nada: ‘Claro, pues, ¿cómo no va a ser así?’.
—Ah… ya veo.
O sea que si alguien te da demasiada curiosidad, te puedes volver loco.
Berenice abrió los ojos con un brillo especial, como si acabara de descubrir la pólvora. Andre, que la miraba de reojo, ladeó la cabeza con duda.
Le parecía que tanto Michele como Berenice habían entendido todo al revés… La verdad, Andre ni siquiera estaba seguro de que esa persona de la que hablaba Berenice fuera el doctor, pero fuera quien fuera, solo esperaba que ese pobre alma pudiera mantener la cordura. Con ese pensamiento, volvió a abrir su libro.
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‘Estoy loco, bien rayado de la cabeza’.
Erkin sacudió la ceniza del cigarro al que ya no le quedaba ni un par de dedos. Quizá por ese pensamiento que no lo dejaba en paz hace días, tiró la colilla al basurero con más fuerza de la cuenta.
‘Es que me da curiosidad, Milady’.
Eran palabras que él mismo no había procesado, un sentimiento que aparecía y borraba de su mente a cada rato. Ver que esa verdad tan simple salió de su boca, tomó forma y ahora lo perseguía, no le hacía ni un poquito de gracia.
Si hubiera sabido que esto lo iba a tener ‘cabezón’ por tantos días, mejor se quedaba callado… pero bueno.
Al final, sí le daba curiosidad.
Erkin se hizo la pregunta a sí mismo, como quien pisa por primera vez un terreno virgen dentro de su propio corazón. Soltó el humo del cigarro despacio, como si quisiera sacarse algo que tenía atorado en los pulmones.
Más que curiosidad… era que ella era una persona que te obligaba a tener curiosidad.
Si un agente no tiene curiosidad por un objetivo que podría tener las pruebas de un caso sin resolver por años, entonces no es humano. En verdad, no tenía por qué darle tantas vueltas al asunto.
Para un investigador, la curiosidad y la sospecha son como el pan de cada día, no se pueden separar. Y Berenice, entre todos, era la que más le picaba la curiosidad y lo hacía dudar una y otra vez.
De pronto, Erkin se sintió un tonto por estar tan confundido solo por haber dicho algo tan obvio en voz alta. Se despeinó el cabello con frustración.
Justo cuando estaba tratando de autoconvencerse de que su interés por Berenice era algo ‘normal’ y profesional, alguien se sentó a su lado.
El hombre, que mantenía una distancia prudente, vestía una gabardina azul marino. Erkin, sin siquiera mirarlo de reojo, solo cruzó la pierna hacia el otro lado para acomodarse.
Martin Gates, el jefe de la base de Belloc de la Oficina Federal de Seguridad, puso un periódico entre los dos y estiró los brazos sobre el respaldo de la banca. El viento trajo un olor a tabaco diferente al de Erkin.
Estaban en medio de un parque abierto, pero el túnel debajo del pasadizo para animales no tenía luces y siempre paraba oscuro. Por eso casi no pasaba gente, con ese bosque de olmos viejos al costado, era el sitio perfecto para encontrarse ‘al paso’ sin levantar sospechas.
Sin saludar y mirando siempre hacia el frente como si estuviera solo, Erkin rompió el hielo:
—¿Y qué curiosidad lo habrá traído por aquí en persona, jefe?
—Ya te habrás enterado de lo de Gordon Kramer.
Erkin solo asintió un poquito. Claro que lo sabía.
—¿Enterarme? Hasta sé que la investigación está estancada, no avanza ni un metro. Los soldatos de Castillo andan hablando de eso como si fuera un chiste.
Ya habían pasado unos quince días desde que Kramer murió. La prensa sacaba fotos de sospechosos a cada rato solo para que la gente muerda el anzuelo, pero detrás de esos titulares escandalosos, la Federal estaba que se rompía la cabeza con este lío.
—Me gustaría darle algún dato clave, pero en Valentiera nadie abre la boca sobre ese caso frente a mí.
Los únicos que hablaban de Gordon Kramer sin miedo eran los de la familia Castillo. Como Kramer se había infiltrado ahí, los soldatos y capos que entraban y salían de los interrogatorios de la Federal contaban sus historias como si fueran grandes hazañas.
Claro que la Federal no dejó tranquila a la gente de Valentiera. Los agentes chapaban a cualquiera que fuera cercano a Castillo por cualquier tontería: mal estacionados o por cargar una navaja, solo para llevarlos a investigar. Erkin fue uno de esos ‘caídos’.
Como se descubrió que Kramer se había tomado muy en serio su papel de mafioso y le andaba cobrando de más a los comerciantes para quedarse con el vuelto, a Erkin —que también era un agente infiltrado— le cayó su respectiva investigación.
Erkin sabía que él no era el único soplón de la Federal en las cuatro grandes familias de Belloc, pero no se imaginaba que tenía a un ‘colega’ tan cerca. Fue un tremendo lío para él.
Por suerte, en lo que respecta a plata, él no tenía ni una mancha ni nada sospechoso, así que su investigación interna terminó hace tres días sin novedades.
—Dentro de Valentiera, el asunto se está manejando como si fuera una venganza de los comerciantes a los que Gordon Kramer les robaba plata…
—¿Y la flaca esa de los Valentiera?
El jefe Martin Gates cortó a Erkin en seco, lanzando la pregunta como si fuera un dardo. Erkin, que miraba distraído el techo arqueado del túnel, pasó su vista rápido por el jefe.
—Si pregunta por la coartada de Berenice Valentiera el día del crimen, es clarísima. No se detectó ningún movimiento raro antes ni después del suceso.
Berenice estaba internada cuando mataron a Gordon Kramer. Y Erkin sabía mejor que nadie que no fue una ‘internación de fachada’ para limpiarse las manos.
Seguro Martin Gates también lo sabía perfectamente… pero Erkin no entendía por qué insistía en mencionarla, encima usando ese tono tan despectivo de ‘la flaca esa’ (계집).
—¿Qué más tienes?
—Ricardo Valentiera estaba cenando con Cecilia Castillo en East Waterford. Después de comer, llamó a sus capos y se pusieron a jugar póker…
Que Ricardo y Cecilia no se movieron del bar hasta pasada la medianoche era una coartada tan sólida como el sueño profundo de Berenice bajo el efecto de los sedantes.
—Varios capos se pararon de la mesa y regresaron después, pero…
Nadie se fue el tiempo suficiente como para ir desde Waterford hasta el slum de Georgetown, torturar y matar a Kramer, luego volver como si nada.
—Y los que llegaron tarde, entraron al bar justo antes de que todo pasara. Los que vigilan la zona lo saben mejor que yo.
Erkin iba repasando sus recuerdos como quien cruza un río pisando piedras con cuidado.
Gente con ganas de matar a Kramer sobraba, pero no había ni una prueba para tumbarles la coartada. ¿De qué servía que el cuarto del motel estuviera lleno de marcadores amarillos de evidencia? No había nada que permitiera señalar a un sospechoso como el culpable real.
La escena del crimen era un desastre, el dueño del motel no sabía ni dónde estaba parado, las rondas de preguntas no sirvieron para nada. La investigación siempre terminaba en un callejón sin salida. Durante las últimas dos semanas, el equipo de Crimen Organizado no ha hecho más que chocar contra la pared, regresar al punto de inicio y tratar de buscar otro camino.
Erkin pensó por un momento en Chiara Volonte, la ‘estratega’ de la empresa de sicarios, pero se tragó el nombre otra vez. Soltar ese nombre sería un golazo para que la Federal por fin avance.
Pero, ¿acaso los Valentiera no habrían previsto eso? Esos tipos no llevan décadas mandando en el bajo mundo de Belloc por las puras. Si tienen un plan de contingencia, es muy probable que una sola ‘estratega’ no sea suficiente para tumbarlos.
Si alborotaba el avispero antes de tiempo, se le podía caer todo el teatro, así que Erkin decidió guardar esa carta y soltó otro anzuelo más tranqui.
—Esto no tiene que ver con el muerto, pero los Valentiera y los Lockwood se reunieron. Aunque ahora ya terminaron.
Ante ese dato, Martin Gates volteó a verlo de golpe.
—¿Terminaron? ¿Ricardo y Steven?
—… ¿Qué?
‘¿Qué clase de tontería es esa?’.
Esta vez fue Erkin el que volteó a verlo con cara de ‘¿qué te pasa?’. Se quedó frío, arrugando la frente como si acabara de escuchar la cosa más alucinante del mundo. No entendía qué tenía este viejo en la cabeza para pensar, sin dudarlo un segundo, que Ricardo y Steven tenían un romance y que habían terminado.
Por primera vez, a Erkin le dio curiosidad saber qué pasaba por esa mente detrás de la frente brillante de Martin Gates, pero prefirió no preguntar. Fijo que no era nada agradable de escuchar.
—Hablo de los hermanos menores, jefe. Berenice y Brian.
Erkin cortó el malentendido al toque antes de que Gates soltara otra burrada. Pero al jefe no pareció impresionarle mucho la noticia.
—Esa mujer es famosa por sus ‘andanzas’ con los hombres, ¿no?
Ante esa reacción tan tibia, Erkin solo puso una sonrisa perfecta, de esas de ‘ya te entendí’. Sabía que mientras más arriba estás en el mando, menos sales a la calle. Pero aun así… parece que a este tipo se le murió el instinto de investigador hace años.
Por eso hablaba así, tan sin ganas.
A Berenice tiene que darle la comida en la boca porque tiene el brazo mal, pero es una pena que a este señor de cuarenta y tantos también tenga que darle todo masticado para que entienda la jugada.
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