Perros entre rosas marchitas - 31
—Hoy te estás portando demasiado bien conmigo, ¿no?
Berenice, que estaba cargada en sus brazos moviendo los pies despacito, soltó eso como si hablara para sí misma. Ella fue la que señaló el estanque para ir allá, pero su tono de voz decía que no esperaba que él hiciera tanto esfuerzo.
Erkin se quedó mirando sus mejillas, que estaban coloraditas por el viento frío, le preguntó:
—¿Cree que lo hago por puro remordimiento?
—… ¿No es por eso?
Esos ojos que brillaban como el reflejo del sol en el agua se clavaron en él.
—Tú mismo me agarraste de la mano y me dijiste: ‘¿Sabe cómo me sentí cuando se me soltó de las manos y se rodó por las escaleras?’. ¿Y qué más fue lo que dijiste?
Berenice puso la voz más gruesa, imitándolo a propósito para molestarlo. Pero Erkin no dijo ni pío. Se quedó mirándola fijo, sin pestañear, hasta que Berenice, un poco palteada (avergonzada), terminó desviando la mirada.
—Como sea, me doy cuenta todos los días de que te sientes morir de la culpa.
—…
—Y como yo no tengo otra forma de pagarte más que mandoneándote y dándote un poco más de plata… me siento medio mal, ¿sabes?
—Ah…….
Erkin soltó un suspiro bajito.
Otra vez sintió ese hincón en el pecho. Antes no sabía bien qué era, pero ahora ya entendía la raíz de ese dolor tan raro.
Culpa.
A diferencia de él, que desde que volvió a verla no ha sido honesto ni un segundo, Berenice era de una sola pieza. Ella, que siempre usa una máscara de amabilidad y sonrisas frente a los del grupo Valentiera, con él —su guardaespaldas— era totalmente sincera.
Él no era como Michele o Andre, esos amigos de la infancia que son como su familia; él era solo un empleado más… y aun así, ella le mostraba todo: si algo le fastidiaba, se lo decía; si estaba de mal humor, se le notaba; y si sentía vergüenza, lo evitaba, pero siempre siendo ella misma.
Puesto así, parecía que solo le mostraba sus cosas malas, pero el problema era que a él no le molestaba para nada. Al contrario. Lo que de verdad le pesaba en la conciencia era saber que a esa sinceridad de ella, él solo podía responderle con mentiras y traición.
Justo ahora.
—Erkin, ya vámonos. Si nos quedamos más tiempo, me va a dar frío.
¿Por qué justo ahora?
Esa mujer, que nunca le había parecido pesada en sus brazos, ahora le estrujaba el corazón. Ese remordimiento viejo de haber sobrevivido solo hace 15 años se mezclaba con una culpa nueva, haciendo que sus pies se sintieran como si cargaran plomo al caminar.
Regresaron por donde vinieron. Él la bajó con cuidado, agarrándola de los brazos para que no perdiera el equilibrio. La sentó en la silla de ruedas y le acomodó la manta hasta la cintura sin decir ni una palabra. Luego, se agachó y apretó las ruedas de la silla con fuerza.
Sus dedos se pusieron blancos de tanto apretar, como si quisiera evitar que la silla —o su propio corazón— rodara hacia el lado equivocado. Entonces, abrió los labios despacito.
—Mentiría si dijera que no siento culpa, pero…
Intentó acomodar su expresión, como quien mete por dentro la camisa que se le ha salido, pero un pedacito se quedó afuera.
Erkin, con una cara que mezclaba la vergüenza con el sentimiento de haber sido descubierto, miró a Berenice fijamente.
—Más que eso, es que… simplemente quiero tratarla bien.
—… ¿Simplemente?
—Es que me da curiosidad, Milady. Quisiera conocerla más.
Después de tanto pensarlo, por fin se atrevió a pelar una capa de esa cebolla que era su corazón. En ese momento, un viento malcriado sopló y le despeinó el cabello que tanto se había esmerado en cuidar.
Ojalá ese viento caprichoso solo le hubiera desordenado el pelo, que se arregla con un peine. Pero, como siempre, sus deseos no se cumplieron.
Apenas soltó un poquito de su verdad, esa culpa amarga que siempre lo perseguía le dio un sacudón en el alma, como advirtiéndole que mejor se detuviera ahí.
Ese centro suyo, que él siempre intentaba mantener derechito remendando los huecos y rellenando las partes rotas con algodón, perdió su forma por completo.
No pudo quitarle la vista de encima a Berenice, que estaba con cara de sorpresa. En ese segundo, su corazón, ya sin forma y sin freno, rodó cuesta abajo hacia un lugar donde él ya no lo podía alcanzar.
Erkin volvió a suspirar para sus adentros.
‘Ya fue. Esto se puso feo (estoy perdido)’.
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Berenice masticó despacio y tragó un poco del estofado de pollo con tomate y verduras antes de preguntar:
—Michele, ¿a ti te doy curiosidad?
—… ¿¿??
Michele, que estaba casi tirado en el sofá ojeando el periódico, Andre, que leía tranquilo en su sillón, levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Andre, que estaba ahí ‘haciendo el aguante’ porque no tenía nada mejor que hacer, miró a Berenice como si le hubiera caído un rayo en medio de su lectura en paz. Al ver que Michele tenía la misma cara de póker, Berenice soltó la cuchara.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miran así?
Michele tiró el periódico sobre la mesa y se levantó despacio. Se quedó mirando a Berenice en la cama con una cara de análisis profundo.
—Con esas fachas, dudo mucho que hayas hecho alguna travesura por ahí.
—¿De qué hablas?
—¿Qué curiosidad voy a tener? Si yo te conozco al derecho y al revés, no hay nada de ti que yo no sepa.
Andre no lo dijo tan directo como Michele, pero asintió con la cabeza dándole la razón. Michele acomodó el periódico y preguntó como quien no quiere la cosa:
—¿Por qué? ¿Alguien te ha dicho que le das curiosidad?
—… Sí.
Al darse cuenta de que no era una tontería por aburrimiento, Michele borró su cara de desinterés. Se cruzó de brazos con una expresión más seria, como diciendo ‘ya, suelta el chisme, te escucho’.
—¿Quién fue ahora? ¿Ese doctorcito joven que andaba detrás de ti en la ronda médica?
—¿Ah? Pues… sí, algo así.
Berenice asintió vagamente recordando a un par de doctores que la miraban más de la cuenta. Estaban apuntando al lado equivocado, pero a veces es mejor que la gente no sepa la verdad. Si decía que fue Erkin, se iba a armar un lío innecesario y le iban a llover preguntas.
—No me quitaba el ojo de encima.
—Ya decía yo.
Michele aplaudió suave, dándose la razón a sí mismo y celebrando que su ‘instinto’ no fallaba. Andre seguía con cara de que algo no le cuadraba, pero prefirió no meter su cuchara. Berenice soltó una risita pensando en lo fácil que era engañar a Michele.
‘Que un doctor mire a su paciente es lo más normal del mundo, menso…’.
Claro que ese doctor la miraba de una forma que ya pasaba la raya, siempre ‘casualmente’ se la cruzaba cuando salía a caminar. Berenice sabía que eso no era interés profesional, pero no le importaba ni michi; no tenía la más mínima intención de darle alas.
Si el tipo se ponía pesado, solo tenía que pedírselo a Erkin o a Andre. Y aunque no le había dicho nada, le pareció que Erkin ya se había dado cuenta de la jugada del doctor.
—Oigan, ¿y Brian? No ha venido a visitarte, ¿no?
—Verdad, ¿no?
Michele y Andre se sorprendieron al darse cuenta de que se habían olvidado por completo de Brian Lockwood con tanto ajetreo, empezaron a hablar entre ellos preguntándose si le habría pasado algo.
‘Recién se acuerdan…’. Berenice los miró como quien mira a dos pescaditos en una pecera y le hizo una seña a Michele para que se llevara el plato de estofado.
—No ha venido porque no sabe que estoy internada.
—¿No lo llamaste?
—No.
—¿Por qué?
—¿Porque terminamos?
—¿Terminaron? ¿Cuándo? No me digas que… ¿estás saliendo con el doctor?
‘¿Saliendo con el doctor? Ni que estuviera loca…’. Berenice iba a mandarlo bien lejos, pero al final puso cara de traviesa y le devolvió la pregunta:
—Michele, a ti también te doy curiosidad, ¿no?
—¿Acaso no habíamos terminado con esa pregunta? ¿Por qué estamos en plan de disco rayado?
—¿Quieres que te responda? ¿Te pica la curiosidad?
—Ya empezó otra vez con sus cosas raras…
—¿Seguro que no quieres saber?
—…
Esa respuesta de ella fue como echarle veneno a la maleza: mató cualquier duda al toque. Michele se llevó el plato, revisó que la vía del suero estuviera bien puesta y sacudió la cabeza. No entendía por qué ella estaba así si ni siquiera había tomado sus medicinas todavía.
—Ya, deja de hablar piedras y duérmete de una vez.
—El doctor dijo que no me echara justo después de comer.
—¿Y desde cuándo tú le haces tanto caso a los doctores…?
Él le acomodó las almohadas en la espalda para que estuviera cómoda, pero Berenice seguía con la espina clavada.
—Oye, pero… ¿qué pasa cuando alguien siente curiosidad por otra persona?
—Ay, qué terca eres.
—¿Si alguien tiene curiosidad, le dan ganas de tratar mejor a la otra persona?
—¿Quieres que llame al doctor? Porque a como te veo, si le digo que tienes una arritmia, va a venir corriendo con el estetoscopio volando.
—¿Qué arritmia ni qué ocho cuartos…?
Eso no lo iba a solucionar ningún doctor. Y a ella le importaba un pepino lo que ese doctorcito pensara de ella. Lo que ella quería saber era otra cosa.
Pero como Michele estaba a un pelo de llamar al médico de verdad, prefirió callarse. Entonces Andre, que ya había perdido la concentración, cerró su libro y dijo:
—Si quieres conocer a alguien y esa curiosidad no se resuelve como quieres… yo creo que uno se vuelve loco.
—¿Loco? ¿Para tanto es?
—Bueno, yo diría que sí…
Andre la miró fijo, como diciendo que ella era el mejor ejemplo de eso y que no debería sorprenderse. Berenice se señaló a sí misma con la mano sana preguntando ‘¿Yo?’, pero Andre solo guardó silencio, ese silencio lo dijo todo.
Michele le pasó un vaso con agua tibia y apoyó a Andre.
—Él tiene razón. Pero tú también… no dejes a la gente tan pendiente de un hilo.
—¿Yo qué he hecho?
—Si no has hecho nada todavía, mejor. Y ni se te ocurra hacerlo. ¿Qué ganas volviendo loco al pobre doctor?
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