Perros entre rosas marchitas - 30
Erkin también se había enterado de la noticia por otros soldatos, pero no tenía ni las más mínimas ganas de ir a comprobarlo en persona.
—No me han contado más detalles.
Y era verdad. Después de haberles reventado la cabeza con un martillo a esos tipos que parecían pollos desplumados, no había vuelto a pisar el depósito de chatarra. Lo único que sabía, por lo que le dijo el soldato que estaba allí, era que Russo seguía tirado en un rincón de un contenedor, recuperándose como un cadáver de sus fracturas.
Que todavía no decidían qué hacer con él, o algo así.
Al enterarse de que se lo habían llevado al depósito de Norik, Michele estaba convencido de que, más temprano que tarde, Russo terminaría metido en un cilindro de metal, fundido con cemento y sepultado en el fondo del mar. Pero Erkin pensaba que, si ese fuera el plan, no tendrían por qué darle tiempo para que sus huesos soldaran.
Recordando el mensaje de Ricardo —que Russo jamás volvería a verla con vida—, Erkin arqueó una ceja. Para él, eso sonaba a que se verían las caras una vez que estuviera muerto.
Aunque con esa facha, ni para un entierro decente servía.
Al llegar al primer piso, Erkin giró la silla hacia la puerta lateral que daba al parque del hospital. Pasó saludando con un leve gesto de cabeza a los médicos y enfermeras que ya lo reconocían de tanto ir y venir, y preguntó:
—¿Tiene alguna otra duda?
—Ninguna. Con eso me basta.
Sus miradas se cruzaron a través del reflejo en la puerta de vidrio. Berenice ya no parecía tener más preguntas; su rostro estaba despejado, como si ya hubiera sacado sus propias conclusiones sobre el destino de Russo.
Por un segundo, Erkin tuvo curiosidad por saber qué pasaba por esa cabeza, pero decidió que ya no le importaba lo que fuera a pasar con ese tipo. Alguien más se encargaría de finiquitar el asunto. Además, no quería que el nombre de ‘Russo Gucci’ se quedara instalado en la mente de ella por culpa de sus preguntas, así que se concentró únicamente en bajar con cuidado la rampa con la silla.
El vacío que dejó Russo al ser borrado de la charla fue ocupado por la calma del paseo. Caminaban sin prisa, recorriendo el parque como si fuera un laberinto; el cuerpo delgado de Berenice, que llevaba un cárdigan de lana sobre la bata de hospital, se mecía suavemente como si la llevara el viento.
Llegaron a un lugar que Erkin había ojeado unos días antes y allí aseguró la silla para que no se moviera. Era un rincón donde la luz del sol caía tibia, filtrada por las ramas de los árboles.
Tras verificar una y otra vez que los frenos estuvieran bien puestos, se sentó en la banca de al lado.
Ya a mediados de marzo, los árboles empezaban a mostrar sus nuevos brotes con todas sus fuerzas. Sin embargo, como solo eran hojitas tiernas de un verde pálido y brotes pequeños que parecían cabellos rebeldes, no se podía decir que hubiera una gran sombra o un paisaje espectacular para admirar.
Erkin miraba el cielo en silencio, inclinando el torso poco a poco de forma distraída. Le preocupaba que ella se decepcionara por no haber mucho que ver, pero…
Fueron preocupaciones vanas.
Berenice se veía mucho más tranquila llenando sus pulmones de aire puro, respirando con calma y con una ligera sonrisa, que cuando la sedaban para obligarla a dormir. Al ver que, al menos, su cara no reflejaba que estuviera dándole vueltas a lo de Russo Gucci, Erkin se levantó.
—Si siente frío, avíseme al toque. Si se llega a resfriar aquí, se nos viene un problemón.
Él se agachó para arroparla bien con la manta gruesa, y Berenice lo miró fijamente.
—¿A ti se te viene el problema?
—A usted.
respondió él secamente, como diciendo ‘¿a quién más va a ser?’. Luego, levantó la vista y se quedó mirando el cuello descubierto de Berenice.
La marca que Russo Gucci le dejó con el cuchillo cuando la amenazó seguía ahí, nítida. Aunque no quería darle importancia, no podía evitar que se le fuera la mirada hacia esa cicatriz rojiza en su cuello blanco y delgado.
A Erkin se le tensó el cuello y le tembló apenas la mejilla al recordar la sangre que empapó sus manos cuando la cargó tras caer por las escaleras.
Al mismo tiempo, le vino a la memoria aquella voz que juraba desesperadamente que no tuvo la intención de herirla, que solo se le pasó la mano porque Berenice le había apretado las partes íntimas como si quisiera arrancárselas.
Berenice, dándose cuenta de hacia dónde miraba él, levantó un poco el mentón. Puso una expresión digna, casi orgullosa, como si esa cicatriz fuera una medalla de honor.
‘Mira que poner esa cara después de casi castrar al tipo…’
pensó Erkin entornando los ojos.
Ella le devolvió el gesto entrecerrando los ojos con picardía e intentó llevarse la mano al cuello, pero él se la sujetó y se la bajó. Erkin le acomodó la mano —que estaba más fría que cuando estaban en el cuarto— dentro de la manta y se incorporó lentamente.
—Ya bastante tiene con vivir a punta de pastillas para dormir; meterle más medicinas al cuerpo sería un abuso.
—Qué preocupado estás.
Berenice, con las manos entrelazadas bajo la manta, levantó la cabeza. Miró el cielo azul, libre de los marcos de las ventanas, y luego ladeó la cabeza hacia Erkin. Él, extrañado por su mirada, soltó un corto: ‘¿Qué pasa?’.
—Gracias.
—¿Y eso tan de repente? ¿Por qué?
—Porque me parece que este es el mejor sitio de todos.
—¿No crees?
continuó ella, paseando sus ojos brillantes con suavidad, como invitándolo a dejar de hacerse el loco y mirar a su alrededor.
—Este árbol se ve más grande que los demás y tiene tantos brotes que parecen ramitos de flores. El estanque también se ve más bonito desde aquí. ¿Y sabes qué más?
—…….
—… Elegiste solo los caminos más planos para que la silla no se sacuda, aunque eso significara dar más vueltas de lo necesa…..
—Ya, basta……..
Erkin, que ya no podía seguir escuchándola, estiró la mano rápidamente para interrumpirla. Berenice, como si ya hubiera previsto esa reacción, giró la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja. Su rostro estaba lleno de una picardía que Erkin nunca antes le había visto mientras esquivaba su mano.
—Hay otro parque al otro lado, no solo este. Lo sé porque ya he estado ahí antes.
—Sí, sí… ya entendí, así que……
—Fuiste a ver los dos sitios, ¿verdad? Y ya tenías este lugar fichado desde antes. Me di cuenta porque mientras paseábamos ni siquiera mirabas a los lados buscando dónde quedarnos; viniste de frente aquí.
—… Si ya lo sabe todo, ¿para qué me pregunta?
—¿Para qué va a ser? Porque quiero escucharlo de tu propia boca.
Berenice se encogió de hombros como diciendo que no había otra razón posible. Se recostó contra el respaldo de la silla y le sostuvo la mirada con una insistencia tenaz.
Ante esos ojos que le exigían una respuesta, Erkin se dio por vencido; cerró los ojos un instante y los volvió a abrir. Incluso habiéndose quitado el parche, sostenerle la mirada con sus dos ojos sanos le resultaba una tarea agotadora.
—Es tal como usted dice.
Uno podría pensar que solo era un simple paseo por el parque del hospital. Pero, ya que ella salía después de tanto tiempo, él solo quería que, al menos, no sintiera que había sido una pérdida de tiempo.
Eso era todo. No había ninguna intención oculta.
No le costaba nada darse una vuelta por ahí durante sus relevos en el hospital. Además, era el deber de un guardaespaldas encontrar rutas seguras para su custodiado. Erkin rechazó cualquier mérito, alegando que no era algo por lo que ella tuviera que estar agradecida.
—Solo hice mi trabajo como guardaespaldas.
—Si tú lo dices, está bien.
‘Sea como sea, lo bueno es que salió bien’, pareció decir ella en un susurro. Su voz sonaba tan fresca como el clima de hoy: una mezcla entre el aire frío que rozaba sus mejillas y el calorcito rico del sol que caía sobre sus cabezas.
Disfrutando de la naturaleza, la mujer cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás lentamente. El viento, que soplaba entre los brotes tiernos, le despeinaba con suavidad el cabello que llevaba suelto.
Erkin estiró la mano con cuidado, pensando que esos mechones sobre sus ojos y nariz debían de estorbarle. Justo cuando la punta de sus dedos, sin apenas ejercer presión, estaba por tocarle el contorno del ojo derecho, Berenice abrió los ojos de golpe.
Ella ni siquiera se inmutó al ver la mano frente a su rostro. En sus ojos no había ni rastro de desconfianza o alerta; daba por sentado que él jamás le haría daño.
Al descubrir esa chispa de confianza en la mirada de la mujer, Erkin sintió un hincón extraño en el pecho. Fue como si una fuerza invisible le apretara el corazón, como intentando frenar algo a la fuerza.
—¿Me vas a acomodar el pelo?
—… Me parece que le estorba.
—Ya, hazlo entonces.
Berenice volvió a cerrar los ojos. Erkin deslizó la yema de sus dedos por el borde de su frente y por sus párpados cerrados. Sintió un cosquilleo en el dedo anular al rozar sus pestañas tupidas.
Ignorando esa sensación, terminó de acomodarle el cabello y luego presionó ligeramente la mejilla de Berenice con el dorso de la mano, como quien tantea la temperatura del agua.
—Tiene los cachetes fríos.
—No tengo frío. Vamos hasta allá, ¿sí?
Berenice señaló hacia el estanque.
Aunque le decían estanque, por su tamaño parecía más un lago, y en medio del sendero que lo bordeaba había un puente que cruzaba el agua.
El problema no era ir, sino que el ancho del puente no alcanzaba para la silla de ruedas. Aun así, Erkin hizo caso a lo que ella quería y empujó la silla lentamente por el sendero.
Al llegar frente al puente, Erkin le ofreció ambos brazos para que ella pudiera apoyarse y levantarse. En cuanto Berenice se puso de pie con un ligero tambaleo, él la cargó rodeándole la cintura y la parte posterior de las rodillas.
—¿Está incómoda? ¿Le duele algo?
—… No.
Cargar a una mujer adulta con yesos en los brazos y piernas no debía de ser nada ligero, pero el cuerpo de Erkin se mantenía firme, caminando con pasos seguros y sin tambalearse.
Con ese andar pausado, como las ondas suaves del lago cuando sopla el viento, Berenice se recostó con total confianza sobre el pecho de él.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
Deja una respuesta
You must Register or Login to post a comment.