Perros entre rosas marchitas - 3
Michele y Andre, que habían estado fingiendo que no les importaba, que no oían nada y mantenían la mirada fija al frente, de pronto pararon la oreja. Como si no hubiera podido ocurrir en mejor momento, ya que no tenían a quién preguntarle y su curiosidad no hacía más que crecer.
—Tú no eres un Picciotto que necesite que otro miembro lo garantice. He oído que hasta el Consigliere y los Capos confían bastante en ti. A estas alturas, cuidarme a mí parece un desperdicio de tiempo y de gente.
—El jefe me preguntó personalmente si aceptaría el trabajo, acepté.
—… ¿Ah, sí? ¿Y por qué?
Ella no lograba entenderlo. Berenice le soltó la pregunta de inmediato, pero Erkin no se retractó. Simplemente la miró, inexpresivo, como si lo que acababa de decir fuera la cosa más natural del mundo. Los labios de Berenice se abrieron lentamente.
—Ya, a Ricardo lo puedo entender. Pero, ¿a ti? ¿Por qué?
—….….
—¿Qué te hace pensar que puedes cuidarme? Tú eres….
Se quedó a medias, tragada por una repentina ola de confusión, e incluso cuando volvió a preguntar, no hubo respuesta. Un suspiro de exasperación llenó el silencio del auto.
—O sea que no vas a hablar.
—…….
—Entonces lo que me estás diciendo es que yo soy a la que cuidas, pero Ricardo es a quien le rindes cuentas. ¿Es eso?
Sosteniéndole la mirada ilegible por un momento, Berenice se estiró y relajó los músculos alrededor de sus ojos entrecerrados.
—Para el carro.
Michele, incapaz de frenar en seco ante la orden repentina, miró por el retrovisor para confirmar.
—Michele, ya me oíste. Para el carro.
No había escuchado mal. Michele cambió de carril rápidamente y se cuadró detrás de un paradero de taxis. Sin dejar de estar erguida y con los brazos cruzados, Berenice dio otra orden.
—Tú, bájate.
—¿…?
—Dije que te bajes. ¿Crees que paré el auto para admirar los árboles?
Michele intercambió una mirada rápida con Andre. ‘¿Tú? ¿Yo? ¿Nosotros?’. Andre, igual de aturdido, agarró su cinturón de seguridad y Michele estiró la mano apurado hacia la palanca de cambios.
—Michele, tú manejas.
—¿Ah? Entonces quién….
—Erkin, me refería a ti. Bájate.
Sorprendidos, Michele y Andre miraron por instinto hacia el asiento trasero y luego volvieron la vista al frente al toque. Ladeando un poco la cabeza hacia Erkin, Berenice sonrió dulcemente, esa dureza de antes desapareció como si nunca hubiera existido.
—Tu protección fue perfecta. Debes haber estado nervioso en tu primer día, pero lo hiciste bien. Anda a descansar ahora. Yo todavía tengo chamba que hacer.
—….….
—Sabes dónde están los nuevos dormitorios, ¿verdad?
Fue una expulsión tan repentina y mandona que tanto Michele como Andre empezaron a sudar frío. Erkin, igual de sorprendido por la orden inesperada, se quedó callado. Mientras él dudaba, Berenice se miró las uñas bien cuidadas y murmuró como para sí misma.
—Parece que no eres muy bueno captando indirectas.
Su mirada altiva se suavizó un poco mientras sus ojos se deslizaban hacia la cara de Erkin para ver cómo reaccionaba. Escaneándolo rápido, casi como si estuviera leyendo a toda velocidad, escuchó su voz baja.
—Mi deber es mantenerme cerca y protegerla hasta que regrese a casa después de completar todas sus actividades programadas.
Qué tieso. Como si no lo supieran ya todos. Hasta leer el periódico en voz alta sonaría menos rígido que eso.
—Sí, ya lo sé. Ricardo debe haberlo ordenado así. Pero lo que diga mi hermano no me quita el sueño.
—….….
—¿Tengo que explicarte más?
Su tono era suave y calmado, incluso amigable a simple vista, pero su expresión decía claramente que este intercambio de palabras sin sentido ya le resultaba insoportable.
—Estoy ocupada y no tengo tiempo para ponerme a discutir contigo. Si de verdad quieres trabajar, entonces camina hasta la oficina y de paso vas conociendo la zona. Eso es lo básico para un guardaespaldas. Si no te gusta, puedes ir a avisarle a Ricardo.
—……..
—Si no te bajas tú, me bajo yo y camino. Elige.
Con ese ultimátum de que uno de los dos tenía que moverse primero, Erkin no tuvo más opción que bajarse del auto.
Una vez que Michele confirmó que Erkin había empezado a caminar hacia la oficina, metió el auto de nuevo a la pista. Pasando por el lado de Erkin, que caminaba a paso constante, Michele esperó hasta que el hombre ya no se veía por el espejo para hablar.
—¿Y eso a qué vino? Eso fue bien pesado, incluso para ti. Nunca te había visto portarte así.
—Ya sé. ¿Y qué? ¿Acaso me he desquitado contigo o algo así?
Berenice respondió bruscamente, como retándolo a pelear. Michele le lanzó una mirada de fastidio por el retrovisor, Andre, que había estado callado todo el rato, habló con cuidado.
—Creo que es por Russo Gucci.
Russo Gucci era el ex de Berenice con el que había terminado hace un mes.
—Yo pensé lo mismo. Nuestra señorita Berenice ya se estaba viendo con Brian Lockwood incluso antes de terminar con Russo. Para ser exactos, ese Russo…..
Andre le lanzó a Michele una mirada de: ‘¿De verdad crees que no lo sabía?’. Y como era de esperarse, el rostro de Berenice se desencajó mientras pateaba fuerte el respaldo del asiento del conductor.
Igual, patearlo solo le iba a doler a su propio pie.
Sin inmutarse por el temblor del asiento, Michele enfrentó la mirada de Berenice por el espejo con una sonrisa burlona. Ignorándolo, Berenice volvió a mirar hacia la ventana. Su reflejo vacilaba sobre el vidrio, mostrando el rostro de alguien claramente fastidiado por tanto ajetreo.
—…Parece que Ricardo se enteró.
—Bueno, es la primera vez que juegas a doble cachete. No me extraña que se haya dado cuenta. Dudo que en los límites que el jefe permite haya una cláusula para la sacada de vuelta.
—Qué injusto. No es como si estuviera dividida entre los dos, pesando a cuál quería más. Uno de ellos simplemente dejó de ser útil, eso es todo. Así que le puse punto final.
—…?
‘¿Qué rayos está diciendo?’. A Michele se le abrieron los ojos de par en par. ‘¿Acaso no se da cuenta de que eso sigue siendo engañar?’. Tenía que ser. Típico de un mafia, pensar de esa manera tan fría y amoral.
Girando el timón con suavidad, Michele murmuró como si le estuviera empezando a doler la cabeza:
—No iba a decir nada porque seguro no es nada, pero… ¿tal vez quitamos la vigilancia sobre Russo demasiado pronto?
—No, era un desperdicio de gente. No le des tantas vueltas.
La respuesta de Berenice fue firme, a diferencia de la preocupación de Michele. Tal vez eso era lo mejor, pero aun así… pisando ligeramente el acelerador, Michele repasó el último mes en su mente.
—Igual, hasta que cancelamos la vigilancia, sus movimientos eran obvios y no hizo nada sospechoso….
—Sí. Ahora que lo pienso, no ha llamado desde anteayer. ¿O ya pasó más tiempo? ¿Ya habrá pasado algo?
—¿Podría el jefe haber hecho algo?
Ante las palabras cautelosas de Andre, Berenice asintió, murmurando con suspicacia:
—Ay no, no me digas que ya se enfrió….
—Si estuviera muerto, ya nos habríamos enterado.
—Qué pena. Igual, espero que esté vivo.
—Tal vez borra esa sonrisa primero antes de fingir que te preocupas, Berenice.
—¿Qué preocupación?
Berenice, habiendo borrado momentáneamente la presencia de Erkin de su cabeza, se recostó cómodamente contra el asiento de cuero con una sonrisa sutil. Tal como sugería la indirecta de Michele, no parecía importarle mucho Erkin —ni tampoco Russo, el amante con el que salió por meses.
Por supuesto, a Michele tampoco le importaba Russo. Siguiendo el ejemplo de Berenice, pisó el acelerador, borrando tanto a Erkin como a Russo de su mente mientras el auto iba ganando velocidad.
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Mientras Erkin caminaba lentamente por la calle tal como Berenice le había ordenado, se detuvo en el momento en que el auto negro desapareció de su vista.
Por costumbre, se arregló el traje y se puso el abrigo que llevaba colgado del brazo. Solo entonces se dio cuenta de que había dejado su sombrero en el auto, pero ya era muy tarde. Soltando una risita corta y seca junto con un vaho blanco, Erkin se pasó la mano por el cabello.
Ridículo. Casi de risa.
Sabía que no le caía bien a Berenice, pero no esperaba que ella le dijera que se bajara del auto ahí mismo. Tampoco esperaba que ella notara las pocas veces que se le había escapado una sonrisa.
Su comportamiento inesperado fue lo suficientemente fresco como para divertirlo, pero….
Si el objetivo de ella había sido herir su orgullo, quería decirle que había fallado miserablemente. Por supuesto, sabía que, sin querer, le había caído pesado, pero no sentía la necesidad de dar explicaciones.
Mientras Erkin sacaba un par de guantes de cuero negro del bolsillo de su abrigo, una mueca fría se dibujó en su rostro.
Quince años. Quince años.
Quince años desde el día en que sus padres y su hermana menor fueron asesinados, el preciado hogar que habían construido fue reducido a cenizas.
Cinco años desde que se unió a la Oficina Federal de Seguridad, donde él mismo manejó el caso, decidido a descubrir la verdad oculta, las pruebas desaparecidas y al verdadero culpable que mató a su familia.
Dos años desde que se infiltró en la Familia Valentiera tras comenzar como investigador encubierto de casos sin resolver, ocultando su identidad. Más de un año arrastrándose como un perro siendo un simple Picciotto antes de ganarse finalmente su iniciación y llamar la atención de Ricardo como Soldato durante los últimos diez meses….
Erkin reunió los fragmentos dispersos de sus recuerdos como quien enrolla un carrete de película, organizándolos con calma. Su mente, revisando los quince años que había escalado paso a paso como quien sube una escalera, se hundió en la quietud, tan tranquila como un mar sin viento.
El aire gélido llenó sus pulmones mientras inhalaba despacio y volvía a exhalar. Se presionó los ojos enrojecidos, irritados por el cortante viento de primavera.
Quince años desde que perdió a su familia.
Una hora desde que se convirtió en el guardaespaldas de Berenice.
No sería exagerado decir que su misión encubierta de dos años realmente comenzó en el momento en que se convirtió en su seguridad hace una hora.
Erkin sacó un cigarrillo barato del bolsillo interno de su abrigo y se lo puso entre los labios. La llama del encendedor casi vacío vaciló ante el viento frío y, mientras el humo se esparcía como un lienzo en blanco, un rostro pálido y nítido empezó a formarse sobre él.
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