Perros entre rosas marchitas - 29
Arrancó un par de hojas para limpiar el tallo, cortó la base en diagonal y cambió el agua del florero con una destreza impecable, casi rítmica. No era, ni de lejos, alguien que estuviera haciendo esto por primera vez.
Erkin colocó el florero en un lugar donde Berenice pudiera verlo bien desde su cama; luego, jaló una silla y se sentó bien cerca de ella. Estiró la mano para alcanzar la taza de café que estaba sobre la mesa de noche y se la acercó a los labios a Berenice con una naturalidad que rayaba en lo descarado.
Ella solo lo observaba por curiosidad, porque le sorprendía lo hacendoso que era, pero no es que estuviera esperando que él se apareciera para darle de comer en la boca. Sin embargo, parecía que Erkin estaba convencido de que ella moría por sus atenciones. Berenice miraba de reojo a Erkin y luego a la taza, que casi rozaba sus labios.
—¿No va a tomar? No está tan caliente.
—El problema no es la temperatura. Yo vengo de Linferno. Mi nacionalidad será Brizent, pero por mis venas solo corre sangre de Linferno.
—¿Acaso hay alguien que no sepa eso?
—Si lo sabes, no deberías hacer esto. ¿Cómo pretendes que me tome un café tan aguado? ¿Me estás torturando?
—Me imagino que escuchó cuando le dijeron que, por ahora, nada de café cargado. ¿O fui el único que prestó atención?
Al recordar los sermones del médico, que ya la tenían harta, Berenice arrugó la cara con fastidio.
—Si hasta ayer se lo tomó sin chistar, ¿a qué viene el berrinche ahora?
—¡Es que me he aguantado varios días antes de decirte algo!
—Entonces, ¿se lo va a tomar o no?
—Me lo voy a tomar.
—…….
Como él seguía al pie de la letra las benditas órdenes del doctor, era obvio que, si no se tomaba eso, no tendría otra oportunidad. Podría haber convencido a Michele o a André, pero apenas Erkin se enteró de que ellos le habían comprado cigarrillos hace unos días, fue corriendo a acusarlos con el médico.
‘Qué tipo tan pesado…’, pensó ella.
Berenice le quitó la taza de las manos y dio un sorbo suave al café, que aún soltaba algo de humo. Entonces, Erkin pinchó con el tenedor un trozo de pay de manzana que tenía abundante pulpa y se lo acercó a la boca.
Ella hizo un pequeño gesto de rechazo y sacudió la cabeza, fastidiada.
—Yo también tengo boca.
—Tendrá boca, pero no mano.
Para su mala suerte, se había lesionado el brazo derecho, que era el que más usaba, así que cualquier cosa que intentara hacer con una sola mano le tomaba una eternidad. Aun así, ella necesitaba usar la mano izquierda constantemente para acostumbrarse a la incomodidad, pero ni Michele ni Erkin soportaban verla batallar.
—Ya sé que eres tan impaciente como yo, pero esto ya es demasiado.
Y encima era terco como él solo. Cuando hace unos días ella le pidió esto y aquello, medio en broma y medio en serio, nunca pensó que él se lo tomaría tan a pecho. Después intentó frenarlo diciéndole que estaba bien, que no se molestara, pero Erkin simplemente no le hacía caso.
‘¿Acaso no sabe que, si se pone así, solo me dan ganas de ponerlo a prueba?’
Pero como ahora estaba prácticamente lisiada, decidió contenerse por el momento y aceptó el trozo de pay que él le ofrecía, masticándolo lentamente.
Con una expresión indescifrable, Erkin carraspeó un poco y rompió el silencio.
—Cuando termine de comer esto…….
—¿Cuando termine, qué?
—¿Le gustaría salir a dar una vuelta?
—¿Un paseo?
—Dicen que ya puede salir a pasear en silla de ruedas. Me crucé con el doctor cuando venía hacia aquí y le pregunté.
Al saber que Erkin no bromeaba con esas cosas, el rostro de Berenice se iluminó de golpe.
Un paseo. Por fin sentir el aire fresco.
Durante los primeros cinco días de hospitalización, se la había pasado pegada a la cama, salvo cuando iba al baño o cuando le tocaba el aseo diario. Si solo se hubiera lastimado las piernas, sería otra historia. Pero no se lesionó el pie y el brazo del mismo lado; se fregó el pie izquierdo y el brazo derecho, así que ni siquiera podía usar muletas hasta que el brazo sanara lo suficiente.
Y, citando los sermones de Erkin: como no dormía bien por las noches, se la pasaba dependiendo de los sedantes a cada rato y a veces hasta se saltaba las comidas, era lógico que su recuperación y su movilidad se retrasaran más que las de otros pacientes.
Pero Berenice también tenía sus razones.
Para dormir, uno tiene que estar cómodo, y con los brazos y piernas en ese estado, no bastaba con cerrar los ojos para quedarse seca. Ni que ella quisiera depender de las pastillas por gusto.
Por eso, hasta ahora solo había podido merodear por su amplia habitación privada y los pasillos vacíos. Podía pasarse de la cama a la silla de ruedas, pero empujarla ella sola era imposible, y el aviso oficial era que la rehabilitación recién empezaría la próxima semana.
—Me pareció que estaba muy sofocada aquí encerrada. Pensé que quizás le vendría bien un poco de aire…….
Erkin bajó un poco la voz mientras se inclinaba hacia ella. La miraba con muchísima cautela, como analizando cada uno de sus gestos. Y eso que no había ni una sola razón para que ella rechazara un paseo después de tres semanas de encierro.
Berenice se quedó mirando fijamente esos ojos que fluían con la suavidad de una corriente mansa, mientras movía los dedos de los pies bajo las mantas. Erkin volvió a preguntar:
—¿Va a ir?
—No preguntes tonterías.
Temiendo que Erkin se arrepintiera o sacara a colación su estado de salud para cancelar el paseo, Berenice lo obligó a sujetar el tenedor con más firmeza.
—Ya, apúrate en darme de comer. Tú tienes las dos manos perfectas.
—Si come rápido se va a empachar.
—¡Ay, ya, muévete!
—Vaya pues…….
Erkin soltó una risita y, como aceptando el desafío, pinchó el trozo más grande de pay y se lo metió en la boca, llenándosela por completo.
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Erkin bajó la mirada hacia la coronilla de Berenice; incluso desde arriba, se notaba a leguas que ella estaba emocionada. Luego, volvió a mirar al frente. El pasillo era ancho, pero él empujaba la silla con una cautela extrema, siguiendo la ruta que ya había chequeado antes para evitar que cualquier bache golpeara el pie herido de la joven.
—… ¿Qué pasó con Russo? Tú debes saber algo, ¿no?
Berenice lanzó la pregunta a quemarropa, justo cuando se quedaba mirando cómo bajaban los números en el indicador del ascensor, que vibraba apenas. Erkin bajó los ojos y se lamió los labios con lentitud.
‘¿A qué viene lo de Russo justo antes del paseo?’
—El Jefe me dio un mensaje para usted, por si preguntaba por él.
—Dime la verdad de frente, no me vengas con ‘mensajes’
replicó ella con sarcasmo, como si le pareciera ridículo
—¿Qué novela se ha inventado ahora?
Berenice soltó una burla. Al parecer, incluso después de que levantaran la restricción de visitas, ella seguía prohibiéndole la entrada a Ricardo. Se notaba que todavía le guardaba un rencor enorme por haber golpeado a sus guardaespaldas frente a ella.
En cuanto el ascensor llegó al primer piso, Erkin soltó las palabras de Ricardo, sin quitarle ni ponerle ni una coma:
—’Russo no volverá a cruzarse en tu camino mientras viva, así que preocúpate por tus brazos y piernas. Si se te ocurre mover un dedo para intentar vengarte de él, la que va a terminar hecha trizas vas a ser tú’… Eso fue lo que dijo.
—……?
Berenice, desconcertada, hizo el amago de voltear, pero se enderezó de inmediato. Su cara era un poema: no sabía si Erkin estaba repitiendo el mensaje de Ricardo como una grabadora o si estaba usando el nombre del Jefe para decirle lo que él mismo quería. Erkin, por su parte, se hizo el loco.
—¿Acaso mis palabras se las llevó el viento? Le dije bien claro que le iba a cobrar a Russo hasta el último centavo, con intereses y todo.
—Tómeme simplemente como una paloma mensajera que solo entrega lo que su dueño le pide. Es más fácil así.
—Pues para ser una paloma, estás demasiado bien desarrollado.
—…….
Esa voz que antes sonaba vivaz en la habitación, ahora se había vuelto gélida. Erkin sintió que, si soltaba un comentario más, terminaría convertido en paloma a la brasa. De pronto, se sintió un poco frustrado al solo poder verle el cabello a la mujer desde su posición.
De un momento a otro, el diseño de la silla de ruedas le pareció pésimo.
‘¿No deberían estar hechas para que el que empuja pueda verle la cara al paciente en cualquier momento? Si solo veo su nuca y su coronilla, ¿cómo se supone que sepa si está bien?’.
Incluso llegó a pensar que los coches para bebés tenían estructuras para que uno pudiera verlos de frente… Sacudió la cabeza, preguntándose cómo diablos había terminado pensando en coches de bebé.
Como sea, el desgraciado de Russo era la raíz de todos los males.
Mientras observaba la nuca de una Berenice visiblemente molesta, Erkin lo meditó un segundo. Decidió que era mejor cuidar de Berenice, a quien veía a diario, que preocuparse por Ricardo, a quien veía de mil a las quinientas.
Se imaginó por un instante a Ricardo en una silla de ruedas, pero a diferencia de Berenice, no le generaba ninguna pizca de preocupación. Estuviera o no en una silla, con las piernas sanas o rotas, le daba exactamente igual. ‘Ese tiene los brazos y piernas tan fuertes que no le pasaría nada’, pensó.
Pero con la hermana la cosa era distinta. Le angustiaba pensar que ella se sintiera peor, o que estuviera adelante mordiéndose los labios de la rabia.
Tenía unas ganas locas de detener la silla solo para confirmar cómo estaba su rostro, ese que no podía ver desde atrás. En cambio, si Ricardo se molestaba… pues, que se moleste. No le importaba en lo más mínimo.
Erkin concluyó que, si bien ella era su objetivo de custodia, verla tan vulnerable, dependiendo de él de pies a cabeza, haría que cualquiera con un poco de humanidad se ablande. Tras ese razonamiento, soltó la verdad en un susurro, como si fuera una confesión:
—Russo está en un depósito de chatarra cerca del puerto de Norik.
—¿Un depósito de chatarra?
—Está con un soldato de la familia Marino, así que al menos no se va a sentir solo.
Berenice se quedó en silencio un momento antes de volver a preguntar:
—¿Y bien? ¿Ya van a empezar con el ‘trabajo’?
El depósito de chatarra del puerto de Norik figuraba legalmente como propiedad de un pariente de Marcello —el consigliere de los Valentiera—. Y aunque cumplía con sus funciones normales, a veces servía para otros ‘trabajitos’.
Cosas como… encargarse de personas que era mejor que terminaran en una lista de desaparecidos y que el mundo fuera olvidando, en lugar de que apareciera un cadáver por ahí.
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