Perros entre rosas marchitas - 28
Es una mala racha que los persigue, un vínculo que se ha estirado a la fuerza desde que se cruzaron por primera vez hace quince años. De todos modos, esta era una relación que alguien tenía que terminar llorando. Ya que las cosas habían llegado a este punto, él esperaba que Berenice se quejara todo lo que quisiera y que lo mandoneara hasta por la cosa más mínima; quería que ella lo usara a su antojo, para que él, que se le había acercado con la intención de aprovecharse de ella, no terminara sintiendo una culpa innecesaria.
Porque quizás más adelante ella tenga que llorar demasiado, porque quizás —tal como le pasó a él hace quince años— ella también termine soñando con una nueva venganza…
Por eso, mientras todavía pudiera reír, él quería que Berenice se riera a más no poder.
Lo deseaba de todo corazón.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Ay, ¡qué bulla!
Berenice cerró los ojos con fuerza y soltó un suspiro profundo desde el alma. Si pudiera, se subiría a su silla de ruedas y se fugaría de la habitación en ese mismo instante.
Apenas levantaron la restricción de visitas (esa que dejan para que el paciente descanse y se recupere tranquilo), los mandamases de la familia Valentierra, hasta la misma Cecilia Castillo, se aparecieron todos en mancha, como si fueran uno solo.
Berenice abrió un poquito los ojos y sacudió la cabeza de lado a lado. Y ella que pensaba que la habitación era bien amplia… Pero entre las frutas, libros, juegos de mesa y flores que trajeron los de la Valentierra, la mesita de noche ya no daba para más y habían terminado poniendo las cosas hasta en el suelo.
El cuarto, que había estado en total silencio por casi quince días, ahora era un mercado. Berenice no hacía nada más que estar ahí echada escuchando sus chismes, pero sentía que le estaban robando toda la energía; tenía la cara de agotada y la boca abierta, como ida.
A su lado, André ya estaba medio ‘distraído’, pasando las páginas de un libro por pasar. Tenía una cara de que, si pudiera escaparse un ratito, saldría disparado a buscar a Michele sin pensarlo dos veces. Si Michele hubiera estado ahí, al menos les habría seguido la corriente con la conversada. Pero André no tenía esa chispa para la criollada y Berenice no estaba para esos trotes, así que los dos se iban desgastando a cada minuto con esa labia interminable de los visitantes.
—… ¿Y Cecilia? ¿Por qué no se va?
La habitación por fin se quedó tranquila cuando todos salieron en grupo porque ya no aguantaban las ganas de fumar (algo que, obvio, estaba prohibido ahí dentro). Berenice se apoyó en la cama mirando a Cecilia, que seguía ahí firme en su sitio.
—Me imagino que debes tener alguna curiosidad, ¿no?
Cecilia soltó el tema de frente, sin rodeos, dejando a Berenice parpadeando. André, que fingía estar concentrado en su lectura, retrocedió las páginas que había pasado por gusto y también volteó a verla con la misma cara.
—Ese soplón… ¿Cómo lo descubrieron? Gordon Kramer.
Gordon Kramer. Un agente del grupo de tarea contra el crimen organizado de la Federal que se había infiltrado en la familia Castillo y terminó muerto. ‘Soplón’, o ‘topo’, era la jerga que usaban desde hace tiempo para referirse a los infiltrados de bandos enemigos.
Cecilia sonrió, como si le gustara que Berenice fuera tan directa como ella.
—Hace unos meses sentí que la información se estaba filtrando de forma rara. Al principio sospeché de otro soldato, pero no era. Se me escapó la tortuga por completo.
—¿Por qué?
—¿A quién se le va a ocurrir que un agente federal se iba a infiltrar en una familia de la mafia para terminar cobrando cupos y recibiendo coimas?
—… ¿Qué?
preguntó Berenice con cara de tonta.
¿Un agente disfrazado de mafioso se dedicaba a extorsionar y cobrar cupos en la zona de los Castillo? Qué tal conciencia de ese soplón. Resultó que había otro tipo igualito a Russo Gucci.
—Parece que sentía que el sueldo de la Federal era muy poco para todo lo que hacía.
Cecilia se sobó la frente; ya era cosa del pasado, pero igual le daba rabia recordar lo tonta que fue por confiarse. Ya sabía que Kramer estaba robando plata de a pocos, pero como no había otro problema, nunca se imaginó que fuera un policía. Ese fue su error.
—¿Y cómo fue que pisó el palito?
—Nuestras chicas hicieron un buen trabajo.
Berenice y André asintieron como diciendo ‘ya me imagino’, pero Cecilia se inclinó un poco y les susurró:
—Y además, ¿ustedes creen que la Federal es la única que sabe soltar ratas?
—…….
—Nosotros también sabemos criar a nuestros propios soplones.
El cuarto se quedó en un silencio de tumba.
—…… ¿Y les funcionó?
Agarrar informantes de la policía o de la Federal para algo puntual era pan de cada día. Pero meter a un miembro de la mafia bien al fondo de una organización enemiga, como un infiltrado de verdad, eso sí que era tranca.
—Funcionó. Le pusimos punche por mucho tiempo.
Lo dijo murmurando, casi como si estuviera cantando una canción feliz, segura de que esta vez no había forma de fallar.
—Si les funcionó, pues qué bien, los felicito. Pero, ¿por qué me cuenta esto a mí? Y encima delante de André.
—¿Por qué crees?
Berenice tragó saliva y soltó una risita nerviosa.
—La verdad, no me interesa saberlo.
—Esto no se lo he dicho a nadie. Ni Alberto lo sabe. Ese chico solo se comunica conmigo.
—¿Hasta cuándo va a seguir con eso de darme ‘regalitos’ que en realidad son como ponerme un cuchillo en el cuello?
—¿Cuchillo? Qué exagerada eres.
Cecilia se puso la mano en el pecho como si estuviera ofendida.
—Si sabes usar bien ese cuchillo, todo será tuyo. No seas tan desconfiada.
—…….
—Cambia esa cara, Berenice. Solo te digo que, si de ahora en adelante sospechas de alguien, me lo digas sin miedo. Tú ya has visto y oído cosas, sabes cómo es esto. ¿Crees que ellos solo plantaron a Kramer? ¿Crees que solo pasaba información nuestra? ¿Piensas que estoy haciendo esto solo por salvar mi pellejo?
La voz de Cecilia era suave, como un susurro al oído, aconsejándola que no la rechazara tanto y que sacara bien sus cuentas. Berenice se mordió el labio, sintiendo que se estaba metiendo en un problemón. No podía evitar sentir que la estaban envolviendo, pero en el fondo sabía que Cecilia tenía razón.
Era verdad que últimamente había mucha tensión entre la familia Valentierra y los Marino. Pero no iba a durar para siempre. De los Marino ni hablar, pero para los Valentierra también era difícil mandarlos al desvío y darles la espalda por completo.
Es más, si era verdad que el director de la Federal, Jonathan Weaver, se había ensañado con ellos, no les quedaba otra que unirse entre los que eran del mismo bando.
—Se lo podría haber dicho a Ricardo, ¿por qué a mí?
—Porque a Ricardo le llega lo que piensen los demás.
—…….
—Él es un hombre que se ha pasado la vida mandando desde arriba. No sabe lo que es tener tacto ni fijarse en los demás. A ti te aguanta que se te suban los humos porque eres su hermana, pero ¿acaso alguna vez ha actuado pensando en cómo te sientes tú?
—Piénsalo bien, apuesto a que no.
Cecilia lo soltó como quien no quiere la cosa, pero Berenice no pudo refutarle nada.
Tenía razón. Si Ricardo fuera de los que tienen tacto o se preocupan por el resto, por más asado que estuviera, no les habría pegado a André y a Erkin delante de ella. Probablemente, si Berenice no se hubiera metido a gritar para pararlo, le habría caído su tanda hasta a Michele también. Tal como lo hacía Antonio antes, cuando la presionaba repitiéndole aquello de ‘cuál es tu utilidad’ o ‘para qué sirves’.
Cecilia se apoyó en la silla y se cruzó de brazos.
—Es verdad que ser así de directo y no fijarse en el resto tiene su encanto, pero para limpiar la casa de soplones, la verdad, no sirve para nada. Sé que tiene buen instinto, pero para esto hay que saber fingir, él no es de esos ni a balas.
—…….
—Por eso, si alguien en la familia Valentiera tiene que estar al tanto, Berenice, tú eres la indicada. Además, sé que André es un hombre que no se atrevería ni a tocarte un pelo. Por eso no me importa que él también haya escuchado.
Cecilia lo pensó un poco más y soltó una sonrisa suave.
—Atrapar a un topo o a una rata no es trabajo para uno solo, ¿no crees?
—¿Y qué hay de Emilio? ¿Acaso el underboss está de adorno?
—Yo no confío en los hombres.
‘¿Y André qué es, mujer?’
pensó Berenice, lanzándole una mirada rápida a André, que estaba ahí sentado como si fuera parte de los muebles. Cecilia soltó una risita al ver la cara de incredulidad de Berenice y se puso derecha.
—Por eso mismo, valora a los chicos que no tienen anticuchos cuando les investigas el pasado. Tipos así no se encuentran a la vuelta de la esquina.
Se refería a Erkin. Berenice prefirió quedarse callada para que no le sacaran más cosas, pero Cecilia, que ya se estaba levantando para irse, le preguntó en tono de broma:
—¿Y qué tal? ¿Te has hecho muy amiga de Erkin?
—…….
A Berenice se le deformó la cara por completo. Como nunca antes se le había visto una expresión tan obvia, Cecilia abrió los ojos de par en par.
—¿Y esa cara?
—¿Qué tiene mi cara?
—¿Quieres que te traiga un espejo? Tienes una cara de que algo te ha caído pesado.
—… No es eso, él me cuida bien. De verdad.
‘Me cuida tanto que ya me dio indigestión’
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Apenas entró al cuarto, Berenice se quedó mirando a Erkin, que no paraba de moverse ni un segundo. Lo que le había dicho a Cecilia no era exageración. Erkin, literalmente, no dejaba que le falte nada: la cuidaba, la atendía y estaba pendiente de todo.
A veces le daban ganas de ponerlo a prueba, a ver hasta dónde era capaz de llegar.
Berenice se quedó mirando el café sobre la mesa auxiliar de la cama, la fruta cortada en trozos perfectos para pinchar con el tenedor y el pastel de manzana que Francesco mismo había horneado.
Últimamente, Erkin siempre traía algo cada vez que salía. Nunca llegaba con las manos vacías. Era como si quisiera mostrarle el mundo exterior a Berenice, que llevaba más de quince días encerrada en el hospital. Traía postres, revistas, novelas policiales nuevas, flores…
Hoy eran flores. Fresias de un amarillo encendido.
Berenice movía el torso de un lado a otro, siguiendo con la vista las fresias que aparecían y desaparecían según Erkin se movía. Él, después de haber ordenado las frutas que trajo Cecilia Castillo, estaba ocupado arreglando las flores.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
Deja una respuesta
You must Register or Login to post a comment.