Perros entre rosas marchitas - 27
¿De verdad este tipo me ve cara de qué…?
Erkin, aguantándose las ganas de meterle un cocacho, no soltó la presa y repitió su pregunta:
—¿O sea que la señorita se hizo la dormida?
—No.
—¿También se le dañaron las glándulas salivales?
—¿Qué?
—¿Le falta saliva para mojarse los labios?
—…….
La cara de Berenice se quedó en blanco por un segundo ante la naturalidad con la que él soltaba semejante barbaridad.
—No me responde. Si de verdad le falta, ¿quiere que le comparta la mía?
—Este tipo está loco……
Erkin se recostó cómodamente en la silla y se cruzó de brazos, como si estuviera más que dispuesto a ‘mojarle los labios’ si ella se lo pedía. Berenice, mirando con fastidio esa actitud de sobrado, como si él hubiera tomado el control de la situación, abrió la boca a regañadientes.
—Parece que Michele le dijo a la enfermera que me pusiera vitaminas en vez de un sedante. Se pasó la mano por la frente con fastidio; ya de por sí estaba molesta porque, después de pasar la noche en vela, le costaba un mundo dormir sin algo que la planchara.
—No es que me hiciera la dormida. Me eché y cerré los ojos pensando que me iba a quedar seca, pero el sueño nunca llegó. ¿Quién se haría la dormida a propósito?
—Y eso de que justo se ‘quedó dormida’ a la hora del cambio de turno para evitarme, ¿fue ‘de casualidad’ y no ‘a propósito’?
—¡No fue a propósito! ¡Fue de casualidad, de verdad!
Erkin no sabía si es que ella no quería aprovechar la oportunidad de ser sincera o si pensaba que, si seguía negándolo, la cosa iba a pasar así nomás. La verdad, a él le daba igual qué tanto lo negara; él sabía bien cuál era la firme.
Pero hoy no quería dejarlo pasar. Ya estaba bueno de que ella le estuviera rascando la olla fijándose en cada detalle de su humor, que ahora se muriera de ganas de no cruzarse con él, de no mirarlo a los ojos ni hablarle, mostrándole siempre esa cara de dormida. Ya fue suficiente.
Erkin soltó toda la frustración que había estado acumulando durante diez días y soltó con sarcasmo:
—Parece que le gustó mucho eso de juntar los labios esa vez. Siento que me está pidiendo indirectamente un poco de mi saliva.
—¡Ay, ya cállate! ¡Ya, ya, sí, te estaba evitando! ¿Ya estás contento?
gritó Berenice, como si por fin se hubiera quitado un peso de encima.
—Me daba roche que me vieras con la cara toda moreteada, por eso preferí hacerme la dormida. ¿Y? ¿Ya está?
—… ¿O sea que pensaba no darme la cara hasta que se le borraran los moretones?
—Es que… a ti te incomoda que yo esté pendiente de ti, como igual no puedo dormir bien de noche, preferí…
Berenice chequeó de reojo a Erkin, que ya no tenía cara de broma. Justo cuando ella iba a desviar la mirada, incómoda, una mano larga y firme le agarró el mentón de golpe.
—… ¿Qué haces?
Erkin le giró la cara hacia él, ella lo miró con los ojos como platos. Al encontrarse con su mirada sin escapatoria, ella se puso fiera al toque.
—¿Te volviste loco? ¡Suéltame!
—Se lo pido por favor: no ande pendiente de mi reacción.
A diferencia de la mano atrevida que le sujetaba el mentón sin permiso, su voz sonó grave y profunda, pesada en sus oídos. Berenice se soltó con un movimiento brusco y lo miró como quien se topa con un tipo bien cargoso.
—¿Michele te mandó a hacer esto?
—¿Qué tiene que ver Michele?
—¿No fue él?
—No. Se lo estoy pidiendo yo directamente.
—…….
Erkin aprovechó que ella se quedó medio cortada para acercar un poco más su silla a la cama.
—El que debería estar pendiente de usted soy yo, no al revés.
—… ¿Y en qué parte de tu actitud se nota que ‘estás pendiente’?
Berenice soltó una risa irónica.
—Qué gracioso eres.
Erkin se quedó mirando esa risita por un momento, pero justo cuando iba a hablar, Berenice se le adelantó:
—¿Sabes qué fue lo primero que me regaló mi padre?
Mientras Erkin solo arqueaba una ceja, Berenice respondió solita:
—Un estilete.
—……
—Aprendí a usar cuchillos antes que a leer. Y después de los cuchillos, las pistolas.
Recién pudo aprender a leer cuando fue capaz de aguantar el retroceso de una pistola.
—No quería hacerlo por nada del mundo… pero no tenía opción. Si intentaba hacerme la viva o cometía un error, el golpe me llegaba al toque. Pero no a mí, sino a mis amigos.
Por eso se sacó el ancho. No podía permitir que Michele y André recibieran los golpes por su culpa.
—Yo le dije a mi padre: ‘Haré lo que me pidas, pero si quieres adoptarme, llévate también a mis amigos’. Éramos los tres o ninguno.
Berenice sonrió con amargura al ver la cara de asombro que Erkin no podía ocultar. Era la reacción que esperaba.
—Lo que no sabía era que, a cambio, ellos iban a recibir las palizas por mí.
—¿Y escapar…?
—¿Qué escapar? Éramos unos huérfanos que habían cruzado desde Linferno hasta Brigent, ¿tú crees que podíamos soñar con escapar? ¿Quién sabía qué otro infierno nos esperaba afuera si nos íbamos?
Era imposible. Al menos en la mansión Valentiera, aunque el cuerpo sufriera, podían dormir en un lugar caliente y no tenían que preocuparse por la comida. Por fuera, vivían con lujos que cualquiera envidiaría.
Erkin se pasó la mano por la boca, procesando todo lo que acababa de escuchar.
‘¡Si sigues así, no vas a ser diferente de mi padre!’
Recién ahora lo entendía todo. Andre, que no se levantaba del suelo como esperando que los puntapiés no terminaran nunca. Michele, que se quedó tieso como un poste solo porque lo agarraron del cuello.
‘¡No te hagas el que no sabe, eres igualito! ¡Me das asco de lo parecidos que son! ¡De tal palo, tal astilla!’
Incluso Berenice, perdiendo los papeles y gritando como loca. Todas esas piezas que Erkin no había podido encajar en su momento, ahora cobraban sentido. El hecho de que Berenice fuera adoptada (aunque la gente creía que era la bastarda de Antonio), que hubiera aprendido a usar armas antes que a leer…
Berenice, observando con cuidado a Erkin mientras él procesaba todo este descubrimiento, sentenció con un tono resignado. Sentía que si el silencio duraba un poquito más, su orgullo herido la haría ponerse roja de la vergüenza.
—Por eso me da roche ver tu cara moreteada. No me gusta.
—……
—Me da tanta palta que prefiero esconderme.
Le daba vergüenza haber gritado como loca apenas se le abrió la herida del pasado, se odiaba a sí misma por estar pendiente de la reacción de Erkin. Pero no era solo por él. También se sentía mal por Michele y Andre, que se habían quedado helados como niños asustados. Aunque no lo demostrara tanto, verlos a ellos era tan incómodo como ver a Erkin.
—Así que, por más que me lo pidas, no creo que pueda… ¿Oye, qué haces?
Erkin estaba hurgando en el bolsillo de su saco y sacó algo.
—¿Así le incomoda menos?
No se sabe de dónde, pero Erkin sacó un parche negro y se lo puso, tapando por completo el moretón morado de su ojo izquierdo. Luego, miró a Berenice.
—Vamos a estar parejos, pues.
—¿Quieres que yo también me ponga un parche?
—…….
Erkin la miró con su ojo derecho con una intensidad que decía: ‘Si no fueras mi jefa, ya te hubiera metido un lapo’. Luego, le agarró la mano con firmeza, tal como ella lo había hecho diez días atrás.
—¿Usted tiene idea de cómo me sentí cuando se me soltó de la mano y la vi rodar por las escaleras?
Esa imagen no se le borraba: los dedos de ella resbalando de los suyos, su cuerpo menudo golpeándose en cada escalón, la sangre brotando cuando su cabeza impactó contra el descanso… Sentir su cuerpo inerte en sus brazos y morir de miedo pensando que se iba a poner fría, que no volvería a abrir los ojos… Lo juraba por su vida: esa hora que pasó desde que ella se cayó hasta que despertó fue la hora más larga de su existencia.
—Así como yo no conocía su pasado ni cómo se sentía, usted tampoco sabe lo que yo pasé.
—…….
—Solo pedía que despertara. Era lo único que quería. No tiene idea de cómo se me bajaba la presión cada vez que entraba al cuarto y la veía durmiendo como si estuviera muerta.
Erkin soltó un largo suspiro y soltó la mano de ella, que ya empezaba a sudar por los nervios. Sus dedos temblaban un poquito, igual que cuando la cargó inconsciente.
—Así que duerma cuando todos duermen y quéjese todo lo que quiera, pero sea la de siempre. Prefiero mil veces verla de mal humor que verla cuidándose de mis reacciones.
—… ¿No te arrepientes? ¿De ser mi guardaespaldas?
—No me arrepiento. Aquí nunca falta el chongo, así que no tengo tiempo para aburrirme. Me gusta. No es una chamba monótona.
—…….
Berenice lo miró fijo, con cara de querer jalarle los pelos. Pero de pronto, se puso medio tímida y, con una mezcla de duda y esperanza, le preguntó:
—¿De verdad querías que despertara rápido?
—Sí. Lo quería.
Tanto que hasta llamó a un Dios en el que normalmente no cree.
—Lo quería de todo corazón.
Se guardó el resto para sus adentros. Lo quería de verdad. Se había acercado a ella para buscar pruebas y usarla, no para que terminara herida de esa forma sin haber conseguido nada.
—Mira que si estoy despierta te voy a mandar a hacer de todo, ¿ah? Pronto el doctor me dejará salir a caminar, tú vas a tener que empujar mi silla de ruedas.
—Mándeme lo que quiera.
—Te puedo pedir que me amarres el cabello, o que me des de comer en la boca porque mi mano derecha está así.
—Ya le dije que lo haga. ¿Cuántas veces se lo tengo que repetir?
—Qué igualado…
Ella lanzó un manotazo suave con la mano izquierda, pero Erkin la atrapó en el aire. Berenice lo miró de reojo y señaló el parche con la barbilla.
—Te quedas con ese parche hasta que se te quite el moretón.
—Ya, ya, como diga.
—Pareces un pirata, das risa.
Se escuchó una risita suave que se fue extendiendo por el cuarto; se notaba que Berenice se había estado aguantando las ganas de reírse desde hace rato. Erkin la miró con fijeza, disfrutando de esa risa burlona pero mucho más relajada.
Recordó la risa irónica de hace un momento… Y solo al verla reír de verdad, Erkin se dio cuenta. Lo que él más quería era verla sonreír así.
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