Perros entre rosas marchitas - 26
Pucha, estos se pasan de vueltas…
Hacía cinco días que le habían dado el soplo de que Russo Gucci, el infeliz que empujó a Berenice por las escaleras, andaba por el puerto. Y hace tres, Vincenzo Marino les entregó en bandeja de plata a Tony Peci, un soldato que le vendía información de la familia Valentierra a Russo solo para subir de puesto.
Erkin ya sabía a qué venía: le habían contado que esos dos compinches planeaban secuestrar a Berenice en el gimnasio para cobrar rescate. Al ver que seguían vivos dentro de ese contenedor, Erkin miró a Armando y le preguntó:
—¿Me encargo yo?
—No. Tú solo vas a chequear y a grabarte bien esto en el coco.
—…
—¿Me entiendes o no?
—Clarito. Es una advertencia.
«No eres tan quedado», murmuró Armando con un pillo en la boca mientras le ofrecía uno a Erkin. Él no se hizo de rogar, aceptó el cigarro, le pidió fuego y se paró detrás de él sin decir ni michi.
Armando hizo un gesto con la cabeza para que empezaran.
El soldato que tenía agarrados de los pelos a Russo y a Tony les metió unos calcetines plomos en la boca para que se callaran. Los sollozos de puro terror se ahogaron entre la lana sucia.
Mientras los dos «pollos» pataleaban raspando el suelo, otro soldato que entró con Erkin se acercó arrastrando un mazo largo y pesado que chillaba contra el metal.
En el momento exacto en que Erkin sacudió la ceniza de su cigarro, el tipo levantó el mazo y le metió un golpe seco a la pierna izquierda de Russo Gucci. El sonido del hueso de la canilla rompiéndose en mil pedazos retumbó en todo el contenedor.
—Era la pierna izquierda y el brazo derecho, ¿no?
—Exacto
Sin perder tiempo, el del mazo volvió a darle. Esta vez al brazo derecho. El mismo brazo que se fracturó Berenice. Armando arrugó la cara como si el golpe le hubiera dolido a él y volvió a preguntar:
—¿Estás seguro de que las costillas están enteras?
—Sí, de milagro.
—Qué suerte…
Armando miró de reojo a Erkin, comentando que era una pena, porque por él les rompería hasta el último huesito del cuerpo. Erkin, sin inmutarse, le soltó:
—La señorita quería vengarse ella misma. ¿Está bien que hagamos esto así?
—No está bien, pero el Jefe ni a balas la va a dejar.
Armando escupió su pillo y lo pisó con fuerza. El soldato ya había terminado con Russo y ahora le estaba destrozando la pierna y el brazo a Tony Peci.
—Berenice solo sabe pelear, pero nunca se ha manchado las manos con sangre caliente.
—…….
—Siempre ha sido así y así seguirá siendo. ¿Algo más que quieras saber?
—Nada más.
Armando sonrió satisfecho con la respuesta cortante de Erkin. Miró a los dos tipos que solo podían soltar gemidos ahogados como si fueran un par de hormigas aplastadas y le hizo una seña para que terminara todo y saliera.
Erkin estaba por seguirlo, pero se plantó en seco.
—Se están olvidando de algo.
—¿De qué, ah?
preguntó el del mazo secándose el sudor de la frente.
—Ya les hice leña el brazo y la pierna. Dijiste que las costillas estaban bien, ¿no?
Erkin, con el cigarro en los labios, se dio unos toquecitos en la sien con el dedo índice.
—La cabeza.
—… Ah.
—Y el corte en el cuello.
«Verdad, también la cortó con la navaja», exclamó el soldato casi admirado. Iba a agarrar el mazo de nuevo, pero se quedó mirando a Erkin.
—¿Lo haces tú?
Le extendió el mango largo del mazo sin esperar respuesta.
—Ya no te hagas el santo. Desde que entramos los estás mirando con unas ganas de reventarlos… Hasta yo casi me meo del susto.
Erkin agarró el cigarro con dos dedos y respondió cortito:
—No me niego.
—Ya me parecía. ¿Y la navaja?
«Seguro tiene una escondida en el tobillo», pensó el otro mientras prendía un cigarro y le hacía un gesto para que procediera. Erkin se agachó y agarró con fuerza la mandíbula y el cuello de Russo, que suplicaba como un loco con la mirada.
Entonces, Erkin le aplastó el cigarro prendido directo en el cuello. Se sintió el olor a carne quemada y Russo empezó a sacudirse como si le estuvieran pasando corriente.
—No lo vayas a matar, ¿ah?
—le advirtieron.
Erkin le metió el pillo apagado en la boca llena de baba y se enderezó. Sus manos con guantes de cuero apretaron con fuerza el mango del mazo.
—No lo voy a matar.
Para él, matarlos de un porrazo era muy fácil. Prefería ver cómo se volvían locos pidiendo por favor que los maten para dejar de sufrir.
El bloque de fierro del mazo subió a lo más alto, rozando el techo.
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Erkin, que había comprado dulces y gomitas de esas que se pueden comer fácil con una sola mano, puso la bolsa de papel sobre la mesa de noche con mucho cuidado para no hacer bulla.
Si el doctor o la enfermera se enteraban, le iban a dar una sarta de sermones, pero ella solo tenía una conmoción cerebral leve y las extremidades inmovilizadas; no era una paciente que tuviera que andar midiendo cada cosa que se metía a la boca. Erkin se quitó el sombrero, se acomodó el cabello y se acercó a Berenice.
La mujer estaba profundamente dormida, como si fuera media noche.
¿Qué hora es ya? Al ver las marcas rojas de las inyecciones en el brazo que sobresalía de la manta, Erkin movió las cejas ligeramente. Recordando lo que le dijo Michele —que ella pensaba saltarse el almuerzo o comer muy tarde—, acercó una silla sin hacer el menor ruido.
Verla ahí, con los brazos y piernas fijos para que no se moviera en sueños y el cuerpo recostado en la cama inclinada, la hacía ver agotada, como si se hubiera pasado la noche en vela dando vueltas.
En verdad, verle esa cara no era nada nuevo. De los diez días que Berenice llevaba internada, él solo la había visto despierta los primeros cuatro.
Erkin se quedó mirando el rostro dormido de la mujer —escena que se repetía por sexto día consecutivo— y soltó una risita amarga para sus adentros.
Que Berenice se la pasara chequeando su humor minuto a minuto cuando estaba despierta era bien cargoso, pero esta táctica de «escapar durmiendo» no le hacía ninguna gracia tampoco.
Que no andes pendiente de mí, que no te quedes despierta toda la noche para pedir un sedante justo cuando me toca el turno… Por más que quisiera decirle algo, tenía que estar despierta para poder cantárselas en su cara.
Daba igual si abría o cerraba los ojos, esta mujer siempre encontraba la forma de revolverle los cables. Claro, ella seguía en su plan porque no tenía idea de lo que él sentía…
Si ella fuera como siempre y le reclamara de forma matona por qué no hizo bien su chamba de seguridad, él se sentiría más tranquilo. Pero lo que menos quería era que, al despertar, ella lo volviera a mirar con esos ojos llenos de culpa.
Erkin se pasó la mano por la cara, tratando de entenderse a sí mismo, mientras recordaba cómo ella se puso pálida de terror cuando Ricardo le metió su tunda.
¿Por qué diablos me tuvo que mirar con esa misma cara de hace 15 años?
A todas luces, eso era jugar sucio. Ella debería limitarse a ser tan malcriada, caprichosa y fregada como su belleza lo permite; no tenía por qué salir con esto ahora.
Erkin quería que Berenice se portara como una verdadera mafiosa. Quería que no tuviera escrúpulos, ni culpa, ni arrepentimiento por sus crímenes. Solo así, él también podría usarla y traicionarla sin que le remordiera la conciencia lo más mínimo.
Por eso, que ella mostrara ese lado débil… era un golpe bajo.
Diez días ya eran suficiente aguante. Ya no le quedaba paciencia que rascar ni pensamientos que tragarse. Los ojos de Erkin se achinaron mientras la miraba fijamente.
¿Y si me hago el loco y le tiro un poco de agua para que despierte? Sería efectivo, de hecho, pero estaba seguro de que en cuanto ella abriera los ojos, él terminaría derechito en un cajón.
Mientras Erkin pensaba seriamente en cuál sería la mejor forma de despertarla para que fuera «legendaria», se le formó una arruga en el entrecejo. La mujer, que parecía estar en el quinto sueño, de pronto hizo un gesto de molestia, como si tuviera una pesadilla.
Pensando que quizás era por la luz del sol que le daba en la cara, Erkin se inclinó hacia la cama y puso la palma de su mano sobre el rostro de ella para taparle el resplandor. En ese preciso instante…
Berenice abrió los ojos de par en par.
—……
—……
Al ver una palma flotando sobre su cara, Berenice se sobresaltó un poquito, pero se quedó tiesa y solo movió las pupilas para mirar al dueño de la mano.
Erkin, que se vio atrapado de la nada, también se quedó congelado en esa pose, sosteniéndole por unos segundos esa mirada verde oscuro cargada de preguntas. Él sí quería despertarla, pero de ninguna manera planeaba que su encuentro fuera así de raro…
Ahora que la veía bien, sus ojos estaban claritos y enfocados; no tenían ni rastro de sueño. Berenice, mirando de reojo la mano y luego a él, preguntó:
—¿Qué estás haciendo?
—Señorita, ¿acaso se estaba haciendo la dormida?
—Yo pregunté primero, ¿no?
Berenice se empezó a incorporar lentamente, como dejando claro que si él pensaba hacerse el desentendido, estaba muy equivocado. Solo entonces Erkin retiró la mano, que había estado a nada de tocarle la frente, y desvió la mirada. Berenice se inclinó siguiendo su mirada, volviéndose más persistente.
—Te he dicho que yo pregunté primero.
—Me pareció que estaba frunciendo el ceño por el sol y quería comprobarlo.
Berenice soltó un «hmmm» pensativo mientras chequeaba la luz que caía sobre la cama.
—¿Y si lo comprobabas, qué ibas a hacer?
—……
Ante la cara de Erkin, que parecía decir «¿es en serio la pregunta?», Berenice insistió con la mirada.
—Si era por el sol, pues se lo tapaba. ¿Qué más iba a hacer?
—Ah…
Berenice desvió la vista, un poco avergonzada. No se imaginó que fuera por una razón tan considerada, y ahora se sentía un poco mal por haberle reclamado con tantas ganas, como si hubiera estado esperando el momento perfecto para cuadrarlo.
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