Perros entre rosas marchitas - 25
—Michele, esto es…
—Lo sé. Está bien raro.
Cuando Berenice levantó la cabeza con expresión grave, Michele ya la estaba esperando; como quien sabe qué ficha sigue, le entregó un par de fotos adicionales.
La que estaba encima mostraba a un hombre con el rostro impecable, sin un solo rasguño. Tenía el cabello peinado hacia atrás con gomina y unas facciones tan perfectas que parecían dibujadas con regla. Berenice se quedó mirándolo fijamente y abrió la boca apenas un milímetro.
—Tú también conoces esa cara, ¿verdad, Berenice?
Cuando solo había visto las fotos del rostro destrozado y cubierto de sangre, tuvo sus dudas, pero ahora estaba confirmadazo. Era él. Berenice arrugó el ceño con incredulidad al recordar a ese soldato que solía moverse junto a un capo en el territorio de la Familia Castillo.
—¿Por qué nosotros tendríamos que… con un soldato de los Castillo? Ah…
No llegó a terminar la pregunta. A medida que pasaba las fotos una por una, el rostro de Berenice se fue quedando frío, como si fuera de piedra. Michele la observaba en silencio, viendo cómo un suspiro de asombro se le escapaba entre los labios. Él mismo, cuando vio las fotos por primera vez, se había quedado igual o más choqueado que ella.
—¿Qué es esto? ¿Quién diablos es este tipo?
Berenice, recuperando el aliento a las justas, agitó una de las fotos con una mezcla de desconcierto y rabia.
—Es lo que ves. No te rayes, que todavía estás mal de salud.
—¿Y cómo quieres que no me raye?
El hombre de la foto tenía la misma cara que acababa de ver, pero vestía una ropa que, si era el sujeto que Berenice conocía, jamás debería haberse puesto en su vida.
—Por más que preguntes, lo que estás viendo no va a cambiar.
—O sea… ¿me estás diciendo que este infeliz es un tombo?
En la mano izquierda de Berenice —la única que tenía bien—, la foto del hombre vestido con uniforme de policía terminó hecha una desgracia de tanto que la apretó.
—Gordon Kramer. Para ser exactos, era policía y luego pasó a ser investigador del Servicio de Alguaciles Federales (USMS).
—¿Gordon qué? ¿Kramer? Ni siquiera es de L’Inferno.
No solo era el origen; ni el nombre coincidía con el que Berenice conocía.
—Estaba en la unidad de crimen organizado, pero resulta que llevaba tres años infiltrado.
—¿Tres años viviendo una doble vida?
—Empezó como un picciotto, así que tiene sentido que le haya tomado ese tiempo.
Michele parecía haber procesado ya toda la sorpresa mientras Berenice se bañaba con ayuda de su enfermera; ahora su cara estaba más tranquila. Berenice, siguiendo el ritmo de Michele, trató de calmar su respiración entrecortada y se mordió el labio.
Ahora todo encajaba.
“…Ya que conocemos su verdadera identidad, nadie va a protestar, pero ¿no le preocupan las represalias? Aunque terminemos este trabajo a la perfección, esto no se acaba aquí”.
A eso se refería.
Cecilia, tras descubrir la identidad del investigador infiltrado en la Familia, había ordenado formalmente su asesinato. Ricardo, al recibir el encargo, ni loco se habría atrevido a oponerse a eliminar a este sujeto. Porque, obviamente, ese tipo no solo les habría pasado información de los Castillo.
Ahora entendía la identidad que mencionó Chiara y el significado de esas «represalias» que le habían sonado tan raras desde el principio. Pero la sensación no era nada buena. Había encontrado la última pieza del rompecabezas, pero no sentía ningún alivio.
—… Por eso le pasaron el caso a los federales.
Hace un momento pensó que Jonathan Weaver o el jefe de la sucursal Bellock habían movido sus hilos para que un caso que no avanzaba saliera en primera plana, pero se equivocó. Esto iba a pasar de todas maneras, sin necesidad de que los peces gordos intervinieran.
Berenice, pensando en todo el chongo que se venía, se presionó la sien —ahora sin vendaje— con la mano izquierda, sintiendo que le iba a reventar la cabeza.
—¿Han soltado todo esto porque yo ya no estoy en el juego?
—Si me preguntas cosas de la empresa, yo qué voy a saber.
Berenice murmuró que solo era una pregunta porque estaba harta, y volvió a fruncir el ceño al mirar las fotos de la escena del crimen, que era mucho más caótica y sangrienta que de costumbre.
No es que la mafia no se hubiera bajado antes a algún soplón o a algún policía que se ponía espeso con las investigaciones. Pero normalmente, o les soltaban plata para que se callen, o usaban a algún corrupto del gobierno para que hiciera el trabajo sucio sin que ellos se mancharan las manos.
Especialmente cuando se trataba de gente del gobierno federal, lo usual era borrar cualquier rastro de evidencia o, de plano, desaparecer el cuerpo para que figurara como un extravío y así evitarse problemas legales.
Pero que, a pesar de ser un encargo de asesinato, lo hubieran dejado así… aun habiendo borrado huellas dactilares o pisadas, el haber dejado una escena tan brutal a plena vista de todos…
—Esto es una advertencia para cualquiera, pero se les pasó la mano.
Era una advertencia clarísima. Un mensaje directo para quien se atrevió a plantar al espía.
Berenice juntó el índice y el medio de su mano izquierda —la única que tenía bien— y los agitó ligeramente. Michele, entendiendo el gesto, le puso un vaso con agua en la mano. Ella tomó un sorbo de agua tibia, pero el entrecejo no se le despejaba por nada del mundo.
Se quedó mirando un buen rato la cabeza gacha, el rostro destrozado y esas manos empapadas en sangre donde ya no quedaban uñas, y soltó un gemido, casi como si le doliera algo.
Pensó que, si ella no se metía directamente, todo estaría bien. Por eso, después de rodar por las escaleras y terminar con los brazos y piernas hechos una desgracia, pensó que al menos eso era una ventaja. Pero al final, sea como sea…
Con cara de pocos amigos, empezó a juntar las fotos como pudo, pero Michele, al verla sufrir intentando mover todo con una sola mano, se acercó y terminó de ordenarlas por ella.
—… Ya casi es hora del cambio de turno de Erkin. Igual tú te la pasas durmiendo, pero si te lo cruzas, no andes con paltas.
Michele le dio el aviso mientras chequeaba de reojo el reloj de pared. Berenice, que estaba bien apoyada, se enderezó y abrió los ojos de par en par, como preguntando «¿de qué hablas?».
—¿De qué paltas hablas? ¿Yo por qué estaría así?
—Porque andas pendiente de lo que hace Erkin.
—¡Nada que ver!
—No me mientas.
«Nada que ver», sí claro. Como si no fuera obvio que andaba tan pendiente de él que, como no se sentía cómoda, prefería quedarse dormida justo cuando a Erkin le tocaba el turno. Michele, mientras terminaba de emparejar el fajo de fotos, le lanzó una indirecta. Su cara decía claramente que ese intento de negarlo no se lo creía nadie. Berenice le lanzó una mirada de reojo y preguntó:
—… ¿Tanto se nota?
—¿En serio esperabas que no se notara?
—Esperaba que me dieras la respuesta que yo quería escuchar.
—Sigue soñando.
Parecía que algo no le cuadraba. Pero a pesar de su respuesta tosca, la forma en que Michele le acomodaba la almohada con unos golpecitos era suave y tranquila.
—Me da mala espina verte así, me haces recordar a cuando eras niña.
—…….
Berenice abrió grandes los ojos; no se esperaba un comentario así.
—Lo de tu accidente fue culpa nuestra, eso es verdad. No teníamos intención de cobrarle el cupo a Russo y, como el tipo se escapó a propósito, nos confiamos pensando que no lo encontraríamos. Aunque no nos hubiéramos confiado, nadie iba a imaginar qué tan loco se podía volver un tipo que ya está entre la espada y la pared.
—…….
—Y claro, Ricardo la regó al pegarle a ese tipo frente a ti.
Michele contuvo el aliento un momento, apretando los labios como si estuviera reprimiendo un dolor guardado por años.
—Sea como sea la situación, él terminó repitiendo lo mismo que el anterior jefe te hizo a ti. Por eso se merece que le digan sus verdades.
—…….
—Erkin no sabe nada de tus rollos personales y tampoco tiene por qué saberlos, pero no le va a gustar nada verte así de ebria de dudas, así que pórtate como siempre lo haces.
Michele la ayudó a recostarse bien y le subió la manta hasta el cuello antes de rematar:
—Al igual que André y yo, estoy seguro de que Erkin no se arrepiente de ser tu seguridad. No se va a ir a ningún lado. Así que ya no te hagas bolas.
—… Ya cállate. Llama a la enfermera y que me ponga un sedante.
Berenice cortó la conversación de forma seca, como diciendo que no quería escuchar más opiniones. Pidió que ni se molestaran en traerle el almuerzo y, finalmente, cerró los ojos.
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Erkin, con el sombrero de ala caída bien puesto, arrugó la nariz.
El olor salitroso a pescado, el rastro metálico del frío y ese aroma rancio a grasa oxidada por años le llenaron los pulmones. Al ser un desguace cerca del puerto, toda clase de olores le daban un golpe en la cara.
Un soldato que estaba a su lado le dio un toque en el hombro mientras Erkin escaneaba ese depósito de chatarra donde nunca antes había estado. Siguiéndolo, llegó frente a un contenedor ubicado en el rincón más profundo del lugar; ahí, Erkin sacó sus guantes de cuero negro.
Al mismo tiempo que se oía el chirrido de un roce desagradable, la puerta se abrió y Erkin sintió una punzada en la sien, algo sorprendido por la escena.
Bajo una luz rojiza que parpadeaba, dos hombres adultos colgaban del techo con las muñecas amarradas con cadenas, vistiendo apenas su ropa interior. Con los brazos estirados hacia arriba, la cabeza gacha y los cuerpos lánguidos que no llegaban a tocar el suelo, parecían dos pollos pelados colgados en un mercado. A diferencia de lo que esperaba —que era ver un charco de sangre—, no se notaban heridas graves a simple vista. Mientras los observaba, un hombre que estaba sentado detrás de ellos se puso de pie.
Era Armando Coletti, el caporegime que solía trabajar con Erkin antes de que este se encargara de la seguridad de Berenice.
—Ya te contaron, ¿no?
Fue una pregunta cortante, sin rodeos, pero Erkin respondió con la cara más normal del mundo.
—Me pusieron al tanto mientras venía.
Armando asintió ante la respuesta seca y dio una señal. El soldato que estaba al lado agarró de los pelos a los dos «pollos» y les levantó la cabeza a la fuerza.
Aunque no necesitaba que se los enseñaran así para saber quiénes eran, Erkin miró con total indiferencia a un aterrorizado Russo Gucci y a Tony Peci, un soldato de la Familia Marino.
Ese tipo de los Marino había aparecido un par de veces en las fotos de la investigación que Berenice le hizo a Russo. El infeliz estaba tan muerto de miedo que parece que se había orinado encima; entre el olor rancio del ambiente y el sudor ácido, ahora también se sentía un tufo a orina.
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