Perros entre rosas marchitas - 24
Solo bastó con que Ricardo saliera para que la habitación del hospital se sumergiera en un silencio sepulcral.
Erkin recogió la pistola que había salido volando cuando lo estamparon contra el suelo y se la guardó de nuevo en la cintura. Luego, enfrió su rostro hinchado con la bolsa de hielo que una enfermera le entregó a toda prisa. Como no tenía un espejo a mano no podía verse, pero a juzgar por cómo sentía el frío solo en la punta de los dedos, su mejilla debía de estar más inflamada de lo que pensaba.
Arrastró una silla y se sentó, fijando la mirada en Berenice, quien parecía haber quedado en trance desde que Ricardo se marchó. Ella tenía una expresión que sugería que, más allá de las heridas en sus extremidades por la caída en las escaleras, algo más la había golpeado con la fuerza de un rayo.
Erkin se tocó la nariz por si acaso le estaba sangrando, pero estaba intacta. Andre también solo tenía la bolsa de hielo contra la cara sin ninguna herida grave, y Michele, a quien solo habían zamreado del cuello, estaba como si nada.
No había duda de que la que peor estaba era Berenice. Lo lógico sería que se preocupara por su propio cuerpo, que era el que necesitaba reposo…
Mientras la observaba con el mismo semblante sombrío con el que Michele la había mirado antes, Berenice notó la tenue sombra que se proyectaba sobre su cama y levantó la cabeza lentamente. El poco color que parecía estar recuperando se le escapó de golpe, dejándola pálida como un papel. Erkin, alarmado, estiró la mano hacia su mejilla blanquecina, pero ella se estremeció y esquivó el contacto encogiendo los hombros. La mano de él se quedó suspendida en el aire antes de bajar con calma.
—Tu… tu cara…
Berenice parecía estar sufriendo una asfixia invisible.
Su reflejo en los ojos verde oscuro de ella —ese rostro golpeado que sostenía una bolsa de hielo— parecía apuñalarla sin piedad una y otra vez, para luego arañar la herida abierta.
La sola presencia de él parecía causarle un dolor inmenso a la mujer. Incapaz de soportar esa sensación de impotencia, a Erkin se le cortó la respiración. Frunció el ceño, molesto con esa situación, y enderezó la espalda poco a poco.
Se preguntaba por qué ese rostro le resultaba tan incómodo.
Esta cara… me es familiar.
Incluso los gritos desesperados que le lanzó a Ricardo le resultaban extrañamente conocidos. Había intentado ignorar ese ‘déjà vu’ sin motivo aparente, pero… esa mirada aterrada, hundida en una culpa abismal, era idéntica a…
‘… ¡Huye! ¡Ve a un lugar seguro!’ ‘Pe… pero yo, yo… soy la que…’ ‘Aquí es peligroso. ¡Vete ya! ¡Rápido!’
Un rostro adolescente de hace quince años emergió en su memoria, superponiéndose al de la mujer cuyas facciones se habían endurecido con el tiempo. Al darse cuenta del origen de ese presentimiento, el rostro de Erkin se quedó en blanco por un instante.
Aturdido, dio un paso atrás, alejándose de la cama.
En ese momento, Berenice, que lo miraba con el cuerpo rígido de pavor, reaccionó de golpe y estiró el brazo. Un calor delicado envolvió su mano con urgencia. Sujetado por la mano izquierda de Berenice —la única que tenía ilesa—, Erkin volvió a acortar la distancia que acababa de abrir.
—¿Señorita?
—Es que… no, es que yo…
Ella balbuceaba, como si no supiera qué hacer, pero Michele, que observaba la escena en silencio, intervino en el momento justo.
—Berenice, duerme un poco.
—… ¿Eh?
—Si quieres, llamo a la enfermera para que te ponga un sedante.
La mirada con la que ella recorría a Michele, Andre y Erkin estaba cargada de una ansiedad total. Michele, para quien esa actitud no era desconocida, señaló con la vista la mano de Berenice que seguía aferrada a Erkin.
—Aunque duermas, Erkin no se va a ir a ningún lado. Se quedará a tu lado.
Sin saber exactamente a qué le temía ella, pero entendiendo al menos qué era lo que Berenice necesitaba, Erkin cubrió la mano de la mujer con cuidado.
—No me voy a ir a ninguna parte.
Apretó su mano con firmeza para darle seguridad, y solo entonces Berenice asintió con mucha lentitud.
—Está bien… Llama a la enfermera. Quiero dormir un rato.
‘Duele. Me duele mucho’
murmuró con una voz que recordaba a la de una niña pequeña sollozando. Erkin no pudo decir ni una sola palabra.
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El médico soltó una serie de quejas tan estrictas como las de ayer y, sin esperar a que Berenice terminara su respuesta de compromiso, se marchó de la habitación sin mirar atrás.
Llevaba diez días internada. Apenas terminó la ronda matutina y se cerró la puerta, Berenice tomó uno de los periódicos que estaban sobre la mesa de noche. Eran los que Michele había traído cuando llegó a relevar a Andre.
«Esta vez en un motel de los suburbios, ejecuciones recurrentes»
El periódico no se abría del todo bien. La mirada de Berenice, con las manos quietas, se quedó clavada en el artículo que ocupaba casi la mitad de la portada.
En resumen, la nota decía que habían encontrado un cadáver con heridas de bala en un motel de la zona de Harlem, a las afueras de Georgetown. La foto adjunta, bajo un título de letras gruesas y llamativas, solo mostraba el cordón policial que rodeaba el lugar. No había fotos del interior.
La víctima, que según el reporte llevaba tres días muerta, fue hallada por un conocido que fue a buscarlo al motel porque no había llegado a una cita. El informante inicial fue ese mismo conocido, pero más allá de eso, casi no había información.
Y no solo faltaban datos sobre el informante.
Un hombre de unos 30 años, originario de Brizent. Eso era todo lo que se sabía de la víctima por el artículo. Si es que a eso se le podía llamar información.
La postura oficial de la policía de Belloc era que, dada la crueldad y gravedad del caso, lo habían derivado al Buró Federal de Seguridad. Según el dueño del motel, el tipo había pagado una semana de adelanto, rechazaba el servicio de limpieza y casi nunca salía. La nota terminaba mencionando que se estaban realizando interrogatorios a los empleados y huéspedes de ese turno…
Berenice pasó a la segunda página buscando más, pero eso era todo.
Frunció un poco el ceño. Para estar en primera plana y tener un título tan escandaloso, el contenido y el cierre eran iguales a los de cualquier otro asesinato común.
Parecía que el objetivo principal de la nota no era informar a los ciudadanos, sino más bien lograr que este caso se convirtiera en el centro de una polémica que fuera más allá del simple morbo.
‘Esto no me gusta nada’, murmuró Berenice tras revisar el nombre del periodista.
¿Quién estaría moviendo los hilos? Lo primero que se le vino a la mente fue Jonathan Weaver, el director del Buró Federal. Si no era él, podría ser Martin Gates, el jefe de la sede de Belloc, o quizás el mismo jefe de la policía local.
Sabía de sobra que Weaver veía a la mafia de Belloc como una plaga a la que tarde o temprano tenía que exterminar… pero ese tipo, que se aferraba a su puesto de director como si fuera a perderlo si salía de la capital, no parecía ser de los que ya sabían algo y estaban metiendo mano en un asesinato en los suburbios de Belloc. Además, el Buró no se había encargado del caso desde el principio.
Berenice le dio un par de vueltas en su cabeza a otro nombre que sospechaba y sacó el tabloide que estaba al fondo de la pila en la mesa de noche.
Como los demás periódicos se resbalaron y cayeron al suelo, Michele, que estaba sentado en el sillón, se acercó para recogerlos y ordenarlos de nuevo.
El tabloide también trataba el mismo caso. Sin embargo, parece que le habían puesto un embargo a los detalles, porque no decía nada nuevo. Berenice revisaba con desgano la nota, pensando que hasta parecía escrita por el mismo periodista, cuando Michele le preguntó en voz baja:
—Si tienes curiosidad, ¿quieres ver las fotos?
Berenice se acomodó en la cama y lo miró con extrañeza.
—¿Desde cuándo tenemos fotos de esto?
—No las tomamos nosotros. Me las pasó un investigador del Buró Federal.
—Qué novedad.
Berenice no preguntó por cuántas manos había pasado esa foto antes de llegar de un investigador a la mafia. En ese momento, eso no era lo importante.
Como ella no podía usar su mano derecha, Michele fue poniendo las fotos una a una sobre la mesa plegable. Berenice recibió el resto de las fotos con su mano izquierda, le lanzó una mirada rápida a Michele —que parecía tener muchas ganas de decir algo— y bajó la vista hacia las imágenes.
Las manos atadas a los brazos de la silla, la cabeza caída hacia adelante como si fuera a desprenderse, la ropa y los zapatos empapados en sangre, el suelo de la habitación…
El artículo solo mencionaba un ‘cadáver baleado’, así que no se sabía la causa exacta de la muerte, pero viendo la foto se notaba que fue un solo disparo en la nuca, como si estuvieran ejecutando a un criminal.
Berenice sacudió levemente la cabeza, sin entender por qué la prensa había sido tan vaga si la causa de muerte era tan clara.
Las fotos empezaban con planos generales de la escena y luego se iban cerrando. Aunque eran fotos en blanco y negro, el gris oscuro de las manchas de sangre era tan nítido que casi podía sentir el olor a hierro.
Revisó con cuidado las salpicaduras en el suelo y las paredes, la maleta pequeña (demasiado poco equipaje para alguien que pagó una semana de hotel) y las diversas pruebas fotografiadas desde distintos ángulos. Finalmente, volvió a la foto de la víctima.
Parece que lo habían torturado con saña antes de matarlo: tenía una mordaza gruesa en la boca para que no gritara y el rostro estaba tan destrozado que era irreconocible.
Pero Berenice reconoció el tipo de heridas en la cara.
Con su buen ojo para los detalles, se dio cuenta de que lo habían golpeado sin piedad usando un bóxer de metal (manopla). Entonces, recordó algo y tomó otra foto.
‘Con razón’. Se había preguntado por qué había tanta sangre en las manos si le habían disparado en la cabeza, pero al mirar de cerca, las manos que colgaban de la silla no tenían ni una sola uña. No era sangre de otra parte; era la suya propia.
Después de confirmar que uno de los marcadores amarillos de evidencia en el suelo del motel señalaba una de las uñas de la víctima, Berenice frunció el ceño con fuerza.
¿Qué diablos es esto? ¿Por qué tanta saña? No entendía por qué le habían destrozado la cara de esa forma o por qué le habían arrancado las uñas. A juzgar por las fotos, no parecía un trabajo de la agencia de sicarios de los Valentiera.
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