Perros entre rosas marchitas - 23
【 El Topo Desquiciado 】
Michele, con una cara de preocupación de aquellas y agarrándose la cabeza, miraba a Berenice echada en la cama del hospital. Por donde se le mirara, su estado era un desastre.
Tenía la cabeza envuelta en vendas, un corte delgado pero largo cruzándole el cuello, el brazo derecho y la pierna izquierda rígidamente inmovilizados con yeso, y moretones y raspones por toda la cara…
Tener solo una de esas cosas ya era para ponerse mal, pero ver todo eso junto en Berenice lo dejó por los suelos. Michele soltó un suspiro profundo, lleno de amargura. Mientras tanto, el doctor, que miraba alternadamente a Michele y a Berenice (quien estaba ahí echada muy tiesa), empezó a escribir con su lapicero.
—Para haber rodado por las escaleras, son solo heridas leves.
… ¿Me está hablando en serio? ¿Ve cómo está y se atreve a decir que son «heridas leves»?
Michele soltó sus manos de la cabeza, como si estuviera a punto de arrancarse los pelos, y señaló a Berenice. Su tono de voz estaba tan cargado de rabia que ni parecía el Michele de siempre; era como si le estuviera diciendo al doctor que se limpie bien los ojos antes de hablar.
—Sí. He dicho: «Para haber rodado por las escaleras», son leves.
El doctor repitió su diagnóstico con calma, explicando que, aunque el otro acompañante que vio el accidente describió que la caída fue violentísima, entendía la reacción de Michele. Luego, procedió a informar los resultados del chequeo:
—En el brazo derecho tiene un esguince y en la pierna izquierda una fisura, pero no ha llegado a fracturarse. Las costillas están intactas, ni una rajadura. Lo de la conmoción cerebral es inevitable, claro. Pero mire, cualquier hospital o cualquier médico le diría que esto es un milagro, así que cálmese. La paciente misma está de lo más tranquila.
Berenice, que había estado escuchando a solas la explicación seca y directa del doctor, intervino con cuidado:
—Ves, Michele. No es para tanto, estoy bien.
—Tú cállate la boca y no digas estupideces, Berenice.
—Ay, por Dios… miren cómo le habla a una enferma…
suspiró ella con su voz ronca, tratando de sonar indignada pero con frescura.
Había estado inconsciente casi una hora y recién reaccionaba tras los primeros auxilios. El doctor la miró como pensando que su reacción tampoco era muy normal que digamos, y siguió con el reporte:
—Habrá que ver cómo evoluciona, pero por ahora tendrá que quedarse internada mínimo dos semanas, o incluso un mes. Como no se puede mover bien, lo mejor sería que tenga una enfermera particular todo el tiempo.
—¿Un mes?
preguntó Michele saltando de su sitio, pero luego miró la facha de Berenice y terminó aceptándolo, chasqueando la lengua.
—Este… doctor…
—Berenice, te dije que te calles.
—Cállate tú. Doctor, escúcheme, mi familia va a venir dentro de poco… ¿podría decirles que me tengo que quedar internada dos meses? Por favor.
Michele puso una cara como si quisiera meterle un lapo ahí mismo y la amenazó en voz baja, pero ella no se amilanó y siguió con su pedido.
—¿Dos meses?
preguntó el doctor confundido
—¿Se puede saber por qué?
—… Es que… no quiero trabajar.
Bajó tanto la voz que casi ni se escuchaba, por miedo a que alguien fuera de la habitación la oyera. En cuanto terminó de decir eso, evitó la mirada de desconcierto del doctor, miró de reojo la cara de Michele y terminó clavando la vista en las sábanas.
—Michele, si quieres puedes seguir insultándome como hace un rato.
Michele, que parecía haber perdido todas las ganas de pelear tras escuchar ese «no quiero trabajar» dicho con tanta timidez, ahora se veía hasta arrepentido. Como si se sintiera mal por haberle gritado a una chica que la estaba pasando tan feo.
—Lo que me pide, paciente, es algo difí…
En ese momento, unos pasos pesados retumbaron en el pasillo. Antes de que los presentes pudieran reaccionar al ambiente pesado que se venía, se escuchó un chillaidero: el sonido de cachetadas, golpes secos contra algo y los gritos desesperados de una enfermera tratando de detener una violencia brutal.
«No puede ser». Berenice y Michele se quedaron tiesos, mirándose con los ojos desencajados. De pronto, la puerta se abrió de un porrazo, casi rompiendo las bisagras. Ricardo entró como un animal y, en el mismo acto, tiró al suelo a Erkin y a André, que estaban haciendo guardia en el pasillo.
—¡Ricardo! ¡¿Qué te pasa?!
gritó Berenice horrorizada, olvidándose por completo de sus dolores, pero a él no le importó nada.
Ricardo le metió una patada violenta en el estómago a Erkin, que estaba en el suelo, y pisoteó con saña el hombro de André, que ni podía levantarse. Estaba respirando agitadamente, como una fiera. En cuanto recuperó el aliento, se dirigió hacia Michele, que se había quedado congelado en un rincón, y se le fue encima como un depredador.
—¡Ricardo, ya basta! ¡Agh!
Berenice intentó incorporarse de golpe sin pensar, pero el dolor fue insoportable. Soltó un grito agudo que rasgó el aire de la habitación, sintiendo como si le estuvieran arrancando los brazos y las piernas. Solo entonces, Ricardo soltó lentamente a Michele, a quien tenía agarrado del cuello de la camisa.
Mientras el doctor y la enfermera estaban ahí parados como estatuas, con el alma fuera del cuerpo por el susto, Erkin fue el único que reaccionó. Como si nada hubiera pasado, ignorando sus propios golpes, se levantó rápido al oír el grito de Berenice. Se acercó a la cama y la ayudó con suavidad para que pudiera recostarse de nuevo.
Con un gesto de la mano, le indicó que no se alterara y que se tranquilizara. Berenice lo miró con los ojos perdidos. Cuando vio que el pómulo de Erkin ya se estaba hinchando y que tenía el ojo morado, empezó a temblar como un animalito asustado.
—Erkin… tu cara… tu ojo…
—Berenice, ¿en serio te vas a poner a preocuparte por otros ahora?
Ricardo se acomodó la ropa y, con una calma que daba miedo, empezó a amenazarlos en voz baja.
André seguía en el suelo, sin intención de levantarse, como si estuviera esperando la siguiente tanda de patadas; mientras tanto, Michele se había quedado tieso como si hubiera visto al mismo diablo. Berenice los miró a ambos y luego le gritó a Ricardo con todas sus fuerzas:
—¡Hijo de…! ¡¿Qué te pasa?! ¡¿Estás loco?! ¡¿Te has vuelto demente o qué?!
—No me grites. El único loco aquí es tu guardaespaldas. Tres tipos no pudieron cuidar a una sola mujer; deberían dar gracias de que no los he matado aquí mismo.
—… Cállate. ¡No finjas que te importo!
La rabia le explotó por dentro, quemando por un momento el dolor que ni los analgésicos podían calmar. Con las venas del cuello hinchadas, Berenice empezó a desfogarse como una loca:
—¡El único enfermo es ese Russo, que me persiguió hasta el camerino de mujeres! ¿Y tú? ¿Crees que me voy a creer que estás así por mí? ¡No me hágas reír! ¡Lo que te jode es que un infeliz como Russo te haya visto la cara de idiota! ¡No seas hipócrita y no te desquites con gente que no tiene la culpa! ¡Y menos te atrevas a hacerlo delante mío!
—Tú, cierra la boca…
—¡Si sigues así, vas a terminar siendo igualito a mi papá!
—…….
—¡No pongas esa cara, que eres igualito! ¡Das asco de lo idéntico que eres! ¡De tal palo, tal astilla!
—¡Señorita, por favor! ¡No puede alterarse así!
Ricardo se quedó mudo, impactado por la sarta de verdades que Berenice le soltó una tras otra. El doctor, reaccionando tarde, intentó detener a Berenice, que gritaba como si le fuera la vida en ello.
—¡Si quiere que me calme, saque a este hombre de acá primero!
—… Berenice, ¿quieres que te ponga un sedante para que por fin te calles?
—¡Hazlo, pues! ¡A ver si así me callo! ¡No me voy a quedar callada nunca!
Berenice apretó los dientes con una mirada tan afilada que parecía que iba a saltar sobre él con un stiletto. Erkin, que nunca la había escuchado gritar de forma tan salvaje, se asustó y le puso las manos en los hombros, tratando de contener sus temblores. Michele, que seguía pálido en el rincón, también reaccionó y trató de calmarla.
—Berenice, ya basta. Ya fue suficiente. Estamos bien, de verdad.
Ante los ruegos de todos, Berenice empezó a respirar hondo, tratando de recuperar el aire, mientras se mordía los labios con fuerza. Después de haber soltado toda su furia, miró a Ricardo —que seguía con el rostro extrañamente rígido— y su cara se desencajó por completo. Soltó un insulto entre dientes y bajó la cabeza.
Erkin la observaba desde arriba, como solía hacerlo. Sus ojos recorrían ese rostro que se había puesto pálido, casi blanco, como si todas sus emociones se hubieran mezclado hasta volverse transparentes; parecía que se iba a desmayar en cualquier segundo.
Sus pestañas temblaban, sus ojos daban vueltas sin rumbo y sus labios no dejaban de moverse nerviosamente. Con los hombros caídos como un náufrago y la mirada fija en el suelo, no parecía que fuera a levantar la cabeza pronto. Se veía tan frágil que daba la impresión de que se rompería con solo tocarla. A Erkin no le gustaba verla así, tan derrotada, y se aguantó las ganas de levantarle el mentón a la fuerza para que lo mirara.
De pronto, tras recuperar un poco el aliento, Berenice preguntó lentamente:
—¿Y Russo?
—¿Russo? Parece que de verdad quieres que se arme un lío peor.
—¡¿Quién diablos te ha dicho que me preocupa ese infeliz?! ¡Lo pregunto porque quiero sacarle la mugre yo misma para quedar satisfecha por lo que me hizo! ¡Si te pregunto algo, limítate a responder y no me respondas con otra pregunta!
Berenice levantó la cabeza y volvió a gritar, y esta vez hasta el doctor empezó a mirar mal a Ricardo. Se notaba que al médico le fastidiaba que, justo cuando la paciente se estaba calmando, él volviera a provocarla.
Berenice tenía las pupilas dilatadas y hablaba como si tuviera a Russo al frente, mascando cada palabra con odio:
—Se la voy a cobrar con intereses, así que no lo toques hasta que salga del hospital y pueda mover bien mis brazos y piernas. Si vive o muere, eso lo decido yo.
—Mejor preocúpate por recuperarte.
—No me jodas. Lárgate. Lárgate antes de que te mate.
Ricardo fingió que no le importaban los insultos de su hermana y mantuvo una cara de «aquí no pasa nada», observando en silencio a Berenice, que seguía gruñendo a pesar del cansancio. Erkin también miró a Ricardo.
Él se quedó ahí parado un momento, con una cara que decía que tenía mil cosas por decir. Pero al darse cuenta de que nada de lo que dijera iba a funcionar, se dio media vuelta y salió de la habitación sin decir ni «chau».
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