Perros entre rosas marchitas - 22
Ah, era Russo. Era el mismísimo Russo Gucci. Estaba tan sorprendida que ni siquiera sintió el dolor en la nuca y en la espalda por el golpe seco contra la pared. Se quedó sin palabras, con los ojos como platos, recorriendo de arriba abajo a Russo, que vestía un mameluco de trabajo verde petróleo. En ese momento, sintió el frío metal de una cuchilla rozándole el cuello rígido.
Russo se puso el índice sobre los labios. Era una advertencia: si no cerraba el pico, la punta de la cuchilla le atravesaría la garganta. Berenice asintió lentamente y él, poco a poco, le quitó la mano de la boca. Tras soltar el aire que había estado aguantando, ella preguntó con la voz entrecortada:
—Russo… ¿tú trabajas acá?
—¿Dónde están tus guardaespaldas? Los vi entrar al gimnasio.
Él ignoró su pregunta absurda.
Berenice tampoco respondió de inmediato. Él dijo que los vio «entrar». Eso significaba que ya estaba dentro del edificio cuando ellos llegaron. ‘Ya sabía que venía a jugar tenis hoy. No debí ser tan rutinaria’. Ocultando su respiración agitada, Berenice hizo una seña vaga con la mirada.
—Michele y André están afuera del gimnasio. El otro está en el camerino.
—… ¿Qué?
Al ver que señalaba hacia el fondo del pasillo, donde estaban los camerinos, Russo se desconcertó por un segundo y ladeó la cabeza con total desconfianza. ¿Un guardaespaldas en el camerino de mujeres? No se lo tragaba, pero para confirmar si era cierto, le clavó la mirada y apretó con más fuerza el cuchillo.
—Es que habíamos quedado en vernos ahí para estar juntos. Me está esperando. Anda fíjate si quieres.
—Ese es el infeliz, ¿no? El que me estuvo extorsionando. ¿A que sí?
—Yo qué voy a saber. Yo no fui la que te extorsionó.
—¿Te parece que esto es un juego? No solo me engañaste con el idiota de Lockwood, ¿sino que ahora también te metes con tu guardaespaldas? ¿Me has visto cara de imbécil? ¿Ah?
—… ¿Juego?
«Mira quién habla», pensó ella. Berenice recuperó su habitual cara de palo y soltó una burla:
—Oye, baboso, primero saca el cuchillo antes de hablar de juegos.
—… ¿Qué? ¿Baboso?
—Ay, sí, mírame cómo tiemblo de miedo.
Pensar que este tipo se había pasado casi un mes escondido como una rata para que no lo encuentren los de la familia Valentiera… Tenía gracia que, de todos los lugares, haya venido a buscarla a ella con esa cara de muerto. Ella sabía perfectamente que él vino porque conocía sus horarios de tenis con Cecilia; era imposible no burlarse.
Con las manos relajadas a los costados, Berenice se quedó mirando fijamente el rostro de Russo, que se veía terriblemente demacrado. Apestaba a basura húmeda, como si hubiera estado viviendo en un basurero. Aguantó la respiración y sacó fuerzas para enderezar la espalda contra la pared. Russo, quizá temiendo que Berenice saliera herida antes de lograr su objetivo, se sobresaltó un poco y volvió a pegarse a ella.
—¿Tienes idea de en qué problemón me has metido? ¡Vincenzo me quiere matar por tu culpa…!
—¿Y por qué tendría que importarme?
—¡Maldita sea! ¡Lo hiciste a propósito! ¡¿Verdad?!
—Qué pena me das. Eso de presentarte como una blanca paloma debiste hacerlo cuando eras chiquito.
Era de riquísima. Si alguien los escuchara, pensaría que eran un par de amantes apasionados y que ella lo había traicionado. Berenice se aguantó las ganas de soltarle una carcajada en la cara y trató de calmarse. Es verdad que su aparición la sorprendió, pero no estaba muerta de miedo. No tenía por qué temerle a un tipo tan miserable.
Pero el tipo no era tan bruto; no parecía creerse el cuento de que Erkin la esperaba en el camerino. Si gritaba, Erkin vendría volando, pero Russo no se iba a quedar sentado esperando. Menos con ese cuchillo pegado a su cuello como si fuera parte de su piel. Si se hubiera dado cuenta antes de que alguien la seguía, habría podido sacar la daga o la pistola que tenía en el maletín de tenis. Tragándose su frustración, miró a Russo directamente a los ojos. Llegados a este punto, solo quedaba una opción.
No quería usarla, pero… estaba con las manos vacías, sin armas, cansada por el tenis y acorralada contra la pared. No le quedaba otra.
—¡Responde! Tú me soltaste esa información a propósito para… ¡Agh!
El hombre, sin sospechar lo que se le venía, se acercó más, mientras que la mujer acumulaba toda su fuerza en la mano que tenía libre para dar el golpe de gracia. Berenice no desperdició el descuido y, de un solo movimiento, le apretó los huevos con todas sus fuerzas. Ganas no le faltaban de romperle la cara a puñetazos, pero esto tenía más probabilidades de éxito. Y para un tipo que se cree la gran cosa solo por tener un cuchillo, no hay nada mejor que esto.
—¡Aaaaagh! ¡Maldita loca! ¡Aaaaah! ¡Agh! ¡Guaaaah! Nunca en su vida pensó que terminaría tocándole las partes a un hombre de esa manera. Berenice apretó los dientes y empezó a retorcer y sacudir aquello como si quisiera arrancárselo de cuajo.
Con un grito que parecía de un chancho al que están degollando, el cuchillo —que llegó a hacerle un corte superficial en el cuello— cayó al suelo y Russo se desplomó sin remedio. Se dobló como un espárrago tierno, cubriendo con las manos sus «joyas» que, por suerte para él, seguían en su sitio, mientras gemía de dolor.
Berenice se limpió con el dedo la sangre que le corría por el cuello y, tras comprobar la herida, se agachó para recoger el cuchillo. Russo, con los ojos llorosos y llenos de odio, la miró mientras le castañeteaban los dientes.
—Hija de… Estás… Estás demente…
—Tú no tienes ni idea de cómo usar un cuchillo, ¿no?
Parece que los Marino no te enseñaron ni eso. Berenice, balanceando la cuchilla entre sus labios como si fuera un cigarrillo, le soltó una advertencia por lo bajo:
—Si me vuelves a poner un cuchillo así en la cara una sola vez más, te juro que lo de arrancarte las bolas va a ser un juego de niños.
Probablemente, si hubiera una «próxima vez», otros se encargarían de él antes que ella. Tras lanzarle esa amenaza de muerte, Berenice empezó a girar la cuchilla entre sus dedos como si fuera un lapicero. Desde el momento en que Antonio la adoptó y se convirtió en una Vallentiera, una de las cosas que nunca soltó fue el stiletto de Linferno. Y cuando aprendió a manejarlo a la perfección, al punto de dejar satisfecho a Antonio, lo siguiente que le pusieron en la mano fue una pistola.
Berenice movió el cuchillo como si fuera un juguete y lo clavó de un golpe seco justo al lado de la cara de Russo.
—No te voy a pedir que me devuelvas la plata de los cupos que te robaste. Eso ya veré yo cómo lo cubro; total, ya gané más que eso. El problema es que Ricardo y yo no siempre pensamos igual, ¿sabes?
Estaba a punto de llamar a Erkin cuando escuchó a alguien corriendo a toda prisa, seguro por los gritos de Russo. Eran pasos cortos pero potentes; alguien que pisaba fuerte y con determinación se acercaba rápido. Berenice se levantó sin apuro, agarró su maletín de tenis y fue hacia la escalera más cercana. Tenía que bajar antes de que llegara Erkin.
Justo antes de bajar, Berenice volteó a mirarlo.
—Les voy a inventar cualquier floro a mis guardaespaldas, así que aprovecha y lárgate antes de que Ricardo se mueva. Vete lejos de Belloc si puedes, ni se te ocurra volver. Esto es lo último que puedo ha…
—¡Ni creas que te vas a librar de mí!
Berenice también se confió. Como sintió esa parte toda fofa y blanda cuando lo apretó, pensó que se quedaría tirado más tiempo, pero Russo se recuperó más rápido de lo esperado y se lanzó a arrancharle el maletín de tenis.
‘Debí clavárselo en medio de las piernas y ya’.
—¡Si me voy a largar de todas maneras, por lo menos me aseguro mi tajada con lo que paguen por tu rescate! ¡Camina!
Russo también calculó de dónde venía el ruido de los pasos y empezó a jalonear a Berenice hacia el lado opuesto. Ella se aferró por instinto al maletín con las dos manos, haciendo fuerza con todo el cuerpo mientras le gritaba:
—¡Qué te pasa, animal! ¡Estás loco de remate! ¡Ni que fueras una cabra poseída por el diablo! ¡Te estoy salvando el pellejo y te quieres tirar de cabeza al infierno! ¡Suéltame, m…!
En ese momento, Erkin apareció por la otra escalera. Gritó con una furia que le salía de las entrañas, sin haber perdido ni un poco el aliento:
—¡Señorita!
—¡Erkin!
Nunca pensó que le daría tanto gusto ver a Erkin acercándose así, sin que nada lo detenga. Por un segundo, la cara de Berenice se iluminó. Pero justo cuando a Erkin solo le faltaban unos tres o cuatro pasos para alcanzarla, Russo soltó el maletín de golpe, sin previo aviso.
Berenice, que todavía estaba haciendo toda la fuerza hacia atrás, perdió el equilibrio por completo. Trató de estirar la pierna para no caerse, pero no encontró suelo. Sintió que pisaba el aire.
—Ah…
Cuando se dio cuenta de que estaba al borde de la escalera, se puso pálida. Su cuerpo se fue hacia atrás sin remedio y solo alcanzó a estirar la mano hacia Erkin.
—¡Berenice!
El grito desesperado de Erkin retumbó en todo el lugar. Su mano, que se estiró con angustia, no llegó a alcanzarla y solo atrapó el aire.
‘¿A esto se refería Ricardo con ‘la desesperación de Erkin’?’
llegó a pensar Berenice mientras sentía que todavía era algo difícil de entender. En ese instante, su cuerpo empezó a rodar escaleras abajo sin control. Rebotó hasta el final y su cabeza chocó violentamente contra la pared del descanso.
Sintió un impacto tan fuerte que parecía que se le partía el cráneo. Se quedó sin aire y lo último que vio antes de perder el conocimiento fue a Erkin bajando las escaleras casi volando para llegar a ella.
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