Perros entre rosas marchitas - 21
—Qué te digo… por más que busco, no sale nada de nada.
—Entonces es que no hay nada, pues. Además, ¿no es mejor que no haya nada sospechoso? Significa que el tipo es de confianza.
—O sea, sí, es bueno, pero…
Berenice echó la cabeza hacia atrás, como mirando a Erkin que esperaba fuera de la cancha de tenis, luego volvió a su sitio.
—¿A usted qué le parece, Cecilia?
—¿Erkin? Es churro, ¿no? Alto, calladito…
Ante esa respuesta que salió como si la hubiera tenido en la punta de la lengua, Berenice ladeó la cabeza con duda.
—Hace un rato, cuando entramos a la oficina, me gustó que no me diera conversación. Me revientan los hombres que hablan por los codos. Y tiene los hombros bien marcaditos, se le ven bien. No lo he visto sin camisa, pero de hecho que debe estar…
—¡Cecilia! No me refiero a eso.
—¿Y entonces qué? Lo que yo sé es lo mismo que saben tú y Ricardo. Antes de que fuera tu guardaespaldas, ni sabía que existía, ¿qué quieres que te diga?
‘John Baker igual… ¿por qué nadie sabe nada de nadie?’, pensó Berenice mientras terminaba de tomarse el agua y preguntó como quien no quiere la cosa:
—Me dijeron que su abuelo era consigliere. Un tal Villanueva.
—Ah, Alessandro Villanueva. Sí, escuché de él hace tiempo. Los antiguos jefes de hecho que se conocían, ¿no?
Berenice recién se había enterado de ese nombre en esta investigación, pero parecía que Cecilia tenía una idea de quién era.
—Dicen las malas lenguas que uno de sus hijos se quiso abrir por completo de la mafia en cuanto fue mayor de edad. No fue un berrinche de un ratito como lo de Alberto, parece que el tipo se largó de verdad.
—Eso también lo escuché.
Normalmente, cuando se casan, la mujer toma el apellido del hombre, pero aquí fue al revés: el tipo se puso el apellido de su esposa y mandó a rodar a su padre y a sus hermanos.
—Por eso seguro lo sacaron de las listas de vigilancia de Seguridad Nacional.
Cecilia se encogió de hombros como diciendo ‘eso es todo lo que sé’. Berenice hizo una mueca de decepción.
—¿Qué pasa? ¿Querías encontrar algo turbio?
—No sé… es que como no sé nada de él…
El tipo sabía casi la mitad de quién era ella, qué hacía y qué clase de persona era; en cambio, Berenice no sabía ni michi sobre Erkin. Era tal como decía Cecilia: una cara bonita y un pasado sin nada del otro mundo.
—¿Te da ansiedad no saber nada?
—Más que ansiedad, me… me jode un poco.
Berenice empezó a frotarse las manos sudadas contra la toalla mientras su voz se iba apagando.
—¿Te jode?
—Sí. Me jode. No me gusta cómo me mira.
‘¿Ah, sí?’, pensó Cecilia. Recordó a Erkin cuando se cruzaron frente al gimnasio y se quedó mirando al techo un momento. A menos que Erkin se cambiara los ojos por otros cada vez que miraba a Berenice, a ella le pareció que la saludó con la misma mirada de siempre. No sabía cuál era el estándar de Berenice para que algo le ‘jodiera’, pero para Cecilia, la cortesía de Erkin no pecaba ni de mucha ni de poca. Hasta llegó a pensar que Ricardo le había puesto un guardaespaldas bastante decente a su hermana.
—¿Por eso lo tratas tan frío? Hace un rato sentí que le caía una helada de esas bravas.
—¿Yo? Nada que ver.
‘Sí, claro’
Cecilia aguantó la risa al ver cómo Berenice abría los ojos grandes negándolo todo.
—Bueno, no sé qué habrá pasado, pero se ve que Erkin metió la pata feo con nuestra damisela.
Berenice, fingiendo que no le importaba, se puso a juguetear con el anillo del rosario en su dedo índice. No era que alguien hubiera hecho algo malo, sino que…
—¿Y usted, Cecilia? ¿Qué cuenta? Ya terminaron todos los juicios, ¿no?
Apenas terminó de hablar, cambió de tema al toque, Cecilia le siguió la corriente sin cuestionarla.
—¿Ricardo te cuenta esas cosas?
—Yo se lo dije a él.
—…….
El divorcio ya era cosa del pasado, pero el exesposo, que quería sacarle plata como sea, se puso pesado con las demandas y Cecilia tuvo que andar metida en el juzgado hasta principios de este año. Como Cecilia se cerró en que no le iba a dar ni un sol de su patrimonio, Berenice también tuvo que andar con cuidado un tiempo, ya que la ayudó a caletear sus bienes.
—Dijo que quería invitarte a comer cuando acabara el juicio. ¿Intercambio de información para estar al tanto de lo que hacen los otros jefes de la familia?
Cecilia le dio un pequeño toque en la frente a Berenice, soltó una risita y se levantó de la banca.
—Esta chiquilla sabe demasiado. No te metas en cosas de grandes.
‘¿Chiquilla?’
¿Desde cuándo hay chiquillas que miden casi 1.70? Berenice se sobó la frente y miró mal a Cecilia, quien mientras guardaba su botella y su toalla en el maletín de tenis, le entregó unas fotos.
—Un regalito porque eres linda. Ve y dáselas a Ricardo.
—Esto es…
—Conoces todas esas caras, ¿verdad?
Berenice se quedó callada y se humedeció los labios con lentitud, interesada. Cecilia, con una sonrisita misteriosa, asintió levemente.
—Últimamente el Ministerio de Justicia y los regidores de Belloc se están reuniendo a cada rato. Los lobistas también se están moviendo raro. Parece que van a lanzar una ley que nos apunta directo a nosotros.
—¿Pero eso no lo vienen diciendo hace años?
—Ojalá fuera lo mismo de siempre, pero esta vez va en serio.
—Asu…
Berenice miró de reojo a Cecilia, que ya no estaba para bromas, soltó un suspiro de pesadez. ‘Ya me está dando cólera esto’. Eso de que el gobierno federal iba a sacar una ley para castigar el crimen organizado y meterle más años de cárcel a los delitos graves, incluyendo el narcotráfico, era un cuento que aparecía y desaparecía como el humo cada cierto tiempo. Por eso no le habían dado mucha bola, como si fuera el cuento del pastorcito mentiroso; pero ahora resulta que sí va. Si no era un chisme y era verdad, la cosa se iba a poner color de hormiga.
—También se dice por ahí que Jonathan Weaver va a reconocer nuestra existencia de forma oficial.
—¿Está loco? No vamos a ser los únicos que salgamos perdiendo.
—Quién sabe qué pasará por su cabeza. Así que tú también llévatela suave.
—¿Yo qué?
soltó Berenice al toque, sintiéndose aludida.
Cecilia se colgó el maletín de tenis al hombro, se levantó y habló con una voz plana, sin rastro de emoción:
—¿Cómo que qué? El director Weaver para metido en tu restaurante, ¿no?
—Ah, era por eso. Es porque mi chef es un trome, pues.
—Ojalá sea solo por eso. Pero Berenice, recuerda: cuanto más hondo sea el hueco, más difícil será que el que lo cavó pueda salir.
—…….
—No le hagas la vida difícil a Ricardo.
Si lo escuchabas a la volada, parecía un consejo sincero y preocupado; pero si lo analizabas con calma una o dos veces, era una advertencia con sabor a amenaza. Al darse cuenta de eso, Berenice simplemente levantó la mirada, como retándola a que soltara todo lo que tenía que decir antes de irse. Y Cecilia no se guardó nada.
—Cuando el Ministerio de Justicia empiece a moverse en serio, la primera persona de los Valentiera a la que van a atacar no será a Ricardo, sino a ti, Berenice. Eres mujer, eres joven y te falta cancha comparada con Ricardo, pero resulta que tú manejas la plata. ¿Manya? Eres una presa demasiado fácil.
Para los Valentiera ella era alguien valiosa a quien cuidar y engreír, pero para los demás no era más que una flor facilita de arrancar, tuviera espinas o no.
—Lo sé.
—Con saberlo no basta. El lavado de activos y la evasión de impuestos son las excusas perfectas para atarte de manos. Así como seguir el rastro del dinero siempre da la respuesta, si te congelan las cuentas, no podrán hacer nada. Necesitas plata en movimiento para aceitar a la gente y limpiar el camino para escapar, ¿o no?
—Es verdad. Pero usted también sabe algo, Cecilia.
Berenice se sacudió las arrugas de su falda deportiva, que le quedaba apenas por encima de las rodillas, se puso de pie lentamente. Una sombra se proyectó sobre el rostro de Cecilia.
—¿Qué cosa?
—Que mi papá no solo me enseñó a contar billetes.
—…….
Con las luces potentes de la cancha de tenis a sus espaldas, Berenice soltó una sonrisita.
—Además… si uno se toma el trabajo de cavar una fosa tan profunda, ¿crees que me voy a conformar con atrapar a uno solo?
No solo no le bastaría, sino que ni siquiera le saldría a cuenta. Si ya te tomaste la molestia de cavar algo grande y hondo, tienes que llenarlo bien y enterrarlo todo. Tienes que jalar a todos hacia adentro y subir pisando sus cadáveres. Para eso sirven las fosas profundas.
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Después de haberse matado jugando tenis, Berenice se fue directo a los camerinos. No le gustaba bañarse fuera de casa, pero sentía todo el cuerpo pegajoso por el sudor seco. Aunque el clima afuera todavía estaba frío y podía aguantar, si se subía así al carro, era fijo que Michele le iba a lanzar una ráfaga de quejas. Que vas a manchar el cuero de los asientos, que qué asco, que así no te puedes subir, que mejor ándate caminando con Erkin, un largo etcétera… Solo de imaginarlo sintió que se le reventaban los tímpanos. Ni loca. Berenice apuró el paso para darse una ducha rápida y salvar sus oídos, pero de pronto se detuvo en seco.
Pensó que sus pasos estaban resonando fuerte porque el pasillo estaba vacío, pero no era eso. Aguzó el oído ante ese sonido que parecía un eco y sintió la presencia de alguien que se acercaba a grandes zancadas desde las escaleras. En cuanto lo escuchó bien, lo supo: no era Erkin. Él no caminaba con tanta prisa ni arrastraba los talones de los zapatos de forma tan desprolija. Además, por más que fuera su sombra, él no entraría a la zona exclusiva para mujeres.
Al concluir que no se trataba de Erkin, ni de Michele, ni de André, Berenice empezó a rebuscar en su maletín de tenis. En ese instante, se escuchó el estallido de alguien arrancando a correr y, de un tirón violento, alguien le agarró la muñeca. Antes de que pudiera abrir la boca, una mano la amordazó y una fuerza brutal la empujó contra la pared sin ninguna compasión. Berenice se tragó un grito y sus ojos se agrandaron por el horror.
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