Perros entre rosas marchitas - 20
Erkin Lafayette era el tipo de hombre que, aunque no hubiera entrado a la Familia Valentiera, habría terminado con las manos manchadas de sangre de una forma u otra. El instinto de John Baker, forjado en sus años como detective en Rockbern, se lo gritaba como una señal de alarma.
No importaba de quién fuera la sangre. El problema era que cargaba con sangre vieja encima y que sus manos estaban destinadas a seguir manchándose en el futuro.
Erkin clavó la mirada en John Baker, quien a sus años ya era un experto en poner cara de póker. Los ojos del joven eran tenaces y afilados, como si estuviera escaneando cada rincón de John para adivinar quién era ese tipo que acababa de salir de la oficina de Berenice.
Se produjo un instante de tensión, tan estirado que parecía que se iba a romper. A John le picó la garganta por la ansiedad de pensar que lo habían descubierto, pero de pronto, Erkin perdió el interés y le dedicó un saludo formal con la cabeza, sin ganas. Se pegó a la pared del pasillo para dejar pasar al ‘cliente’ que ya había terminado su asunto. Erkin lo miró de reojo un segundo mientras pasaba, pero eso fue todo.
‘Este chiquillo tiene una presencia de locos…’.
Por un momento, John pensó que estaba frente a un investigador de esos que andan con el identikit en la mano interrogando gente. Con ese aire, no le sorprendía que hubiera mandado a rodar a su familia para volverse un mafioso. Apenas escuchó que Erkin entraba a la oficina a sus espaldas, John Baker sacó una foto del bolsillo interior de su saco.
Era una de las fotos que le había entregado a Berenice.
En ella, Berenice leía un libro sentada en un café al aire libre, mientras Erkin la miraba fijamente con el café todavía en la boca. John entornó los ojos analizando a la pareja sentada frente a esa mesita.
Y no era solo esa foto.
De las decenas de imágenes que le entregó a su cliente hoy, la mayoría eran igualitas: Berenice nunca miraba a Erkin, pero los ojos de Erkin siempre terminaban en ella.
Qué cosa tan rara.
Un guardaespaldas, por regla, tiene que estar chequeando todo el perímetro, atento a cualquier peligro que pueda saltar de la nada; pero a Erkin le costaba horrores quitarle la vista de encima a Berenice.
Decir que era solo ‘atención profesional’ hacia su protegida se quedaba corto, porque las emociones en sus ojos no eran nada simples. Pero si le preguntaban si parecía un hombre mirando a la mujer que ama, la respuesta también era un no.
Más allá de lo complejo de sus sentimientos, su mirada era tan seca que hasta en la foto se sentía esa sensación de aridez, de algo marchito. Era difícil concluir que así miraba alguien que está enamorado.
John Baker guardó la foto y miró hacia la oficina, que ya tenía la puerta cerrada. Berenice parecía acostumbrada a esa mirada, o quizás prefería hacerse la loca porque le resultaba más cómodo ignorarlo, pero…
—… Esto está más difícil de lo que pensaba.
Y sí, estaba difícil. El objetivo de la investigación (a quien ya debería dejar de seguir), la clienta que se negaba a tirar la toalla a pesar de lo complicado del encargo, esa ‘persona’ a la que quizás tendría que buscar incluso fuera de las fronteras de Brizent… todo era un dolor de cabeza.
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Berenice, con la respiración entrecortada, soltó la raqueta de tenis y bebió agua como si no hubiera un mañana. Ya no le quedaban fuerzas ni para coordinar el movimiento, así que la mitad del agua terminó chorreándole por la cara, pero a ella no le importó; se limpió la boca con el dorso de la mano y ya. Era lo de siempre después de entrenar.
—Has mejorado un montón, Berenice.
Cecilia Castillo se acercó desde el otro lado de la cancha, recuperando el aire, se dejó caer en la banca casi desmayada. Le temblaban las manos mientras abría su botella; le quedaba la energía justa para no dejar caer la tapa.
—Es gracias a alguien que conozco.
respondió Berenice sentándose a su lado, con los brazos colgando como si fueran de trapo.
Le había picado el bichito de la competencia y se había exigido más de la cuenta; ahora le costaba hasta mantenerse sentada, pero se sentía ligera, como si el sudor se hubiera llevado todas las tensiones del día.
Cecilia dejó a un lado su toalla empapada y agarró el periódico. ‘Qué tal resistencia para ponerse a leer después de semejante paliza’, pensó Berenice.
—¿Hay algo interesante?
Entre el reporte que le dio el detective privado esta mañana y el partido de tenis, Berenice no había tenido tiempo ni de mirar la portada. Cecilia pasó las hojas con las manos húmedas y negó con la cabeza.
—Nada del otro mundo… pero parece que el exalcalde de Rockbern no puede estar tranquilo ni después de renunciar.
Hace unas semanas, los chismes de Gary Duncan solo salían en los pasquines de mala muerte, pero ahora hasta los diarios más serios de Brizent se daban un festín con sus escándalos.
—Qué aburrimiento. ¿Hasta cuándo van a seguir con eso?
comentó Berenice mientras se secaba el sudor de la frente.
—Y yo qué sé. Seguro es cosa del director Weaver.
Berenice puso cara de asco y asintió. Jonathan Weaver, el director de la Oficina de Seguridad Federal desde hace más de una década, era un tipo con una fama terrible, no solo en Brizent sino hasta en las agencias de inteligencia de otros países.
El tipo no tenía límites: pinchaba teléfonos, vigilaba a medio mundo y coleccionaba los trapos sucios de políticos y famosos para chantajearlos. Todo el mundo, desde empresarios hasta actores de cine, le tenía un miedo de los mil demonios. Seguramente Duncan intentó proponer una ley para limitar los mandatos y botar a Weaver, ahí fue donde se metió en la boca del lobo.
—Normalmente Weaver se conforma con una amenaza, pero Duncan se puso faltoso y no quiso agachar la cabeza…….
Así que Weaver no se la perdonó y fue por todo. Berenice pensaba que los dos eran tal para cual: Weaver un avaro obsesionado con el control, Duncan un sucio que hacía las cosas sin pensar. Cecilia se dio cuenta de que Berenice la miraba con fijeza.
—Berenice, yo no leo la mente, por si acaso.
—¿El exalcalde no buscó a los Castillo? Me imagino que por lo de la Seguridad Federal habrá intentado contactarlos al menos una vez.
La Familia Castillo, liderada por Cecilia, era famosa por su red de inteligencia. Se decía que la mitad de los detectives privados de Belloc y Rockbern eran en realidad soldatos de los Castillo.
Dicen que tienen informantes hasta en la sopa. Berenice también tiene sus contactos, pero lo de Cecilia es otro nivel. Hace unos cuatro años, Cecilia terminó su corto matrimonio, recuperó su apellido de soltera y tomó el mando de la familia sin que nadie chistara. En realidad, fue porque su hermano Alberto se dio a la fuga porque no quería ser el jefe.
Bajo el mando de Cecilia, los Castillo se convirtieron en la familia con más mujeres en sus filas de Belloc. Ella fue quien cortó de raíz el negocio de los billetes falsos que tenía su padre y la primera en mandar a rodar el negocio de la prostitución.
Cecilia, acomodándose su cabello rubio, soltó una carcajada.
—Berenice, ¿de verdad crees que te lo voy a soltar así de fácil? Mejor cuéntame tú… ¿por qué andas mandando a investigar gente?
Cecilia sacó una foto del bolsillo de su maleta blanca de tenis y la agitó frente a sus ojos. Berenice, como una gata cazando, le arrebató la foto de un solo zarpazo y soltó un suspiro largo.
Era la foto de ella y Erkin sentados en aquel café al aire libre.
—Me lleva… ¿Baker es uno de tus hombres?
preguntó Berenice, sintiendo que la cabeza le iba a explotar.
—¿No te lo dijo? Pensé que ya lo sabías.
respondió Cecilia con una calma que desesperaba.
—¡Claro que no me dijo nada!
Berenice fulminó el aire con la mirada, sintiéndose ligeramente traicionada. Cecilia, por su parte, mantenía esa sonrisita traviesa de quien acaba de encontrar un chisme de oro.
—¿Qué pasa? ¿Te estás rebelando porque es el guardaespaldas que te puso Valentiera? He oído que tiene buena fama. Dicen que es el próximo en la lista para ser capo, ¿no?
—¿Desde cuándo Baker trabaja para los Castillo? ¿No me digas que desde el principio?
—Aunque me parece muy joven… ¿Acaso piensas hacer un cambio generacional empezando por Erkin?
—¿Ricardo sabe que mandé investigar a Erkin?
—Me dijeron que te lo pusieron como escolta por lo de Russo Guchi. ¿Es verdad? Dicen que todavía no lo encuentran. No me digas que ya lo mataste…
—Dime que no le has dicho nada de esto a nadie. Cecilia, confío en ti. No me traiciones, mira que yo te he salvado una buena tajada de tu fortuna.
—¿Y mientras te encargas de Russo, también te ves con el hermano menor del senador?
Parecían dos locas hablando solas; ninguna respondía lo que la otra preguntaba, lanzando interrogantes como si fueran dardos. Era un diálogo de sordos, pero como dicen que ‘el que calla, otorga’, se estaban entendiendo perfectamente a su manera.
Berenice cerró la boca de golpe cuando Cecilia soltó lo de Brian Lockwood. Ante esa reacción tan obvia, Cecilia soltó una carcajada limpia.
—¡Ay, Berenice! Por fin aprendiste a jugar a dos bandos con los hombres. Ya eres toda una mujer.
—Ay, por favor… cállate.
—Tranquila. Ricardo no tiene ni idea de que investigaste a Erkin. Yo fui a la oficina de Baker por otro asunto, vi la foto de ustedes dos y me la llevé de ‘recuerdito’. No pensé que me iba a cruzar contigo hoy.
Cecilia miraba a Berenice como si fuera su hermanita menor traviesa. Como es un año mayor que Ricardo, para ella Berenice siempre sería la pequeña del grupo. Una vez que se calmó la risa, Cecilia preguntó con un tono más serio:
—Pero cuéntame, ¿Baker trabaja bien, no? Por algo es ex-policía; sus reportes son impecables y el tipo es una bala.
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