Perros entre rosas marchitas - 2
Con tanto trabajo acumulado y mil pendientes ya en marcha, que le asignaran otro guardaespaldas no deseado se sentía menos como una protección y más como un bulto que Berenice tenía que cargar. Y el hecho de que fuera Erkin quien estaba parado detrás de ella solo lo empeoraba.
Desde niña, Berenice había confiado en Andre como su seguridad permanente. Si alguna vez sentía que necesitaba refuerzos, simplemente elegía a un tipo adecuado entre los Picciottos de menor rango que aún no llegaban a ser soldatos.
Mientras llevara el apellido Valentiera, lo más seguro era usar a miembros de la Familia como guardias. Y Ricardo nunca antes se había metido en su elección de guardaespaldas.
Pero ahora….
Era difícil adivinar qué estaba pensando Ricardo al poner a Erkin a cuidarla. ¿Había realmente alguna razón que exigiera una protección más cerrada, o estaba tramando algo a sus espaldas?
¿O acaso él se había dado cuenta de algo?
Sea cual fuera el motivo, este no era el momento ni el lugar para preguntar. Había demasiados ojos mirando, demasiados oídos escuchando y demasiadas bocas listas para meter su cuchara. Eso solo hacía que la situación fuera más asfixiante.
Fastidiada por la intromisión y la orden repentina de Ricardo, Berenice decidió esquivar el asunto por el momento, fingiendo considerar tanto la posición de Erkin como la de Ricardo.
—Si es tan bueno en su chamba, quédatelo tú. Es uno de tus soldatos más valiosos, ¿no? No puedo tener a alguien que está destinado a ser un capo amarrado a mí. Si de verdad necesito otro seguridad, yo misma lo elegiré……
—Es temporal, así que solo hazme caso, Berenice.
Ante la voz baja y firme de Ricardo, Berenice instintivamente volteó a mirar hacia atrás, como preguntándole a Erkin si él estaba de acuerdo con esa decisión. Era obvio que cuidarla no era más que seguir órdenes del jefe, pero aun así, ¿qué diferencia habría incluso si los dos estuvieran compinchados?
El mentón de Berenice, que se había levantado con fuerza, se quedó congelado en su sitio de forma torpe.
Quizás fue porque él estaba demasiado cerca que, de pronto, pudo sentir su aroma limpio y refrescante, o quizás simplemente porque él era demasiado alto. Incluso echando la cabeza totalmente hacia atrás desde su asiento, no podía verle bien la cara. Solo la cegadora luz del sol del mediodía que entraba por el comedor le hincaba los ojos.
No lo puedo creer….
Él había sido quien la miraba antes como si quisiera atravesarla con la vista, pero ahora, aun sabiendo que ella lo estaba mirando hacia arriba hasta que le doliera el cuello, ni se molestó en bajar la mirada.
Sintiendo una vaga frustración que no sabía cómo nombrar, Berenice recuperó la postura y volvió a mirar a Ricardo. Abrió los ojos como preguntándole si hablaba en serio, manteniendo la voz baja. Pero aunque leyó claramente en su rostro que no era demasiado tarde para echarse atrás, la firmeza gentil de Ricardo no flaqueó.
Sintiendo que discutir sería por las puras, Berenice tocó ligeramente con el pie a Emilio Ramaro y al consigliere de la Familia Valentiera, Marcello, que estaban sentados frente a ella, pidiéndoles ayuda en silencio.
‘Hagan algo’.
Ambos hombres, que acababan de terminar de comer y estaban echando espresso sobre su gelato, abrieron los ojos brevemente antes de negar con la cabeza.
Sus caras decían: ‘¿Cómo podríamos hacer algo nosotros si ni la propia ‘engreída’ puede?’. Ella técnicamente sería la menor por edad, pero en la Familia Valentiera nadie se atrevía a tratar a Berenice a la ligera. Y si el jefe de la segunda generación, Ricardo, se había puesto así, no había nada que ellos pudieran hacer tampoco.
Marcello, siempre el consigliere de la mafia haciendo honor a su título, hizo un pequeño gesto cómplice como ofreciendo el consejo más razonable. Él tampoco sabía por qué Ricardo insistía tanto, pero su mirada decía claramente que mejor se llevara a Erkin y no se buscara problemas con el jefe.
‘¿Los ejecutivos que están justo debajo del jefe y para esto sirven?’.
Berenice les lanzó una mirada gélida y de reojo a esos hombres inútiles. ¡Qué tales autoridades! Por mucho que no quisiera dar su brazo a torcer, con Marcello negándose a ponerse de su lado, no tenía sentido seguir presionando.
Sus hombros tensos, que estaban bien levantados, cayeron pesadamente.
No había venido aquí para esto. No tenía idea de cómo las cosas habían terminado así. Los almuerzos dominicales no siempre eran pacíficos, ni eran reuniones para hablar tonterías ajenas a los negocios, pero al menos ella no quería ser quien malograra el ambiente.
Había comido rico y no quería terminar con indigestión.
Pensándolo con calma, en verdad no había razón para ponerse tan terca.
Tras decidir suavizar su expresión, Berenice aceptó su porción de gelato y le hincó una cucharita. Su estómago ya estaba lleno, pero pensó que mejor terminaba también el postre; aunque sea para ver la sonrisa orgullosa del Chef Francesco una vez más y quizás calmar un poco su piconería.
Mientras mantenía el gelato, que tenía granitos de arroz, en la boca, sus ojos se agrandaron lenta y redondamente. Ya sabía lo capo que era Francesco, pero esto estaba realmente buenazo.
Estaba tan rico que la molestia que sintió por el tema del guardaespaldas se derritió al instante. Berenice se tapó la boca, soltando una pequeña exclamación. Como si hubiera estado esperando exactamente esa reacción, Francesco asomó la cabeza desde la cocina y, jugando, le levantó el pulgar.
Siguiéndole el juego, Berenice levantó su pulgar y sonrió con ganas. En el momento en que lo hizo, escuchó una risita casi imperceptible detrás de ella. Sorprendida, Berenice giró la cabeza rápido mientras aún se tapaba la boca.
Se rió. Esta vez, de verdad se rió.
Ante esa certeza, Berenice captó el leve movimiento de los labios de Erkin, curvándose apenas hacia arriba antes de volver rápidamente a su sitio. Aunque su rostro estaba parcialmente oculto bajo la sombra de su marcado arco supraciliar, supo por instinto que él la estaba mirando con los ojos gachos.
Así que no había sido su imaginación.
Realmente él le había sonreído antes también.
Por un momento, Berenice sostuvo su mirada en la penumbra que había entre los dos, luego bajó lentamente la mano que le cubría la boca. Tragándose su risa junto con el gelato, mostró una sonrisa sutil y cómplice, como si finalmente hubiera entendido algo.
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Hacía frío.
Michele, el chofer de Berenice, encogió los hombros por instinto ante ese aire gélido que se sentía incluso más fuerte dentro del auto que el frío remanente del inicio de la primavera allá afuera. Pensando que tal vez se había quedado alguna ventana abierta, miró de reojo a Andre en el asiento del copiloto y luego al espejo retrovisor, solo para encontrarse con los ojos de Berenice en el asiento trasero.
—Michele. ¿No deberías concentrarte en manejar?
Su tono era cortante, como si hubiera estado esperando cualquier excusa para soltar el zarpazo. Sabiendo por instinto que provocarla ahora era una pésima idea, Michele le ofreció una sonrisa educada a través del retrovisor.
Normalmente, él habría sido el primero en lanzar un par de bromas, Berenice le habría respondido con una sonrisa a medias, fingiendo que no le hacía gracia.
Detenido en un semáforo en rojo, Michele se arriesgó a mirar el espejo otra vez. El rostro de ella estaba rígido, más de lo habitual, se veía extraño. Solo por esa expresión de incomodidad, quedaba claro que llevar a Erkin como su seguridad no había sido ni plan ni decisión de Berenice.
Cuando su mirada rozó a Erkin, que llenaba casi la mitad del espejo retrovisor, Michele hizo el cambio de marcha y soltó el freno suavemente.
No conocía a Erkin lo suficiente como para interpretar mucho de su expresión, pero si su corazonada era cierta —que esta no era una situación que ninguno de los dos quisiera—, entonces significaba que Ricardo, el mismísimo ‘Don’, había traído a Erkin y lo había sentado al lado de Berenice sin pedir permiso.
Sea cual fuera la razón, era inusual por donde se le mirara.
No avisarle nada antes de asignarle un guardaespaldas, que ese guardaespaldas fuera un soldato en lugar de un Picciotto, todo era muy raro. Dejando de lado el tema de la seguridad, Michele no recordaba ni una sola vez que Ricardo se hubiera metido así en los asuntos de Berenice. Tambaleó el timón ligeramente con la punta del dedo índice.
Incluso después de que ella mudara su oficina contable y se buscara un penthouse cerca para vivir sola, e incluso cuando se paseaba todos los días con ese tipo al que llamaba su amante, él nunca se había metido.
Aun así, no era por descuido o indiferencia. La confianza de Ricardo en Berenice venía de saber que ella jamás cruzaba la línea. Como él no le encontraba fallas a su comportamiento, los otros ejecutivos de la Familia tampoco podían tocarla fácilmente.
Por supuesto, era evidente que él no pasaba la relación con Brian Lockwood, pero Berenice no era el tipo de mujer que obedecía mansamente solo porque su hermano le decía que parara. Por eso era imposible saber qué estaba pensando Ricardo al encajarle de pronto a Erkin como guardaespaldas.
Había, de hecho, un par de cosas que se le venían a la mente….
Michele quería confirmar si sus sospechas eran correctas, pero por ahora decidió morderse la lengua. Desde que subieron al auto, nadie había dicho ni una palabra y el silencio se había vuelto cada vez más pesado. Si intentaba romper el hielo con una charla amistosa, lo más probable era que terminara pagando el pato sin comerla ni beberla.
‘No, gracias. Paso’.
Entonces sucedió.
—Erkin.
Berenice, que había mantenido ese silencio sepulcral hasta ahora, fue la primera en romperlo. Michele y Andre intercambiaron miradas de sorpresa en silencio.
Erkin también pareció no haber esperado que Berenice hablara primero. Giró la cabeza lentamente, lo suficiente para encontrar sus ojos, sus labios se abrieron apenas.
—La escucho. Diga usted.
—¿Por qué Ricardo te asignó para cuidarme?
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