Perros entre rosas marchitas - 19
‘Qué loco que Erkin no se haya dado cuenta’
murmuró Berenice con una sonrisita burlona en los labios. Ante eso, John Baker preguntó con cautela:
—¿Quiere que lo siga vigilando?
—No, ya fue suficiente.
Berenice negó con la cabeza, con una expresión de ligero fastidio. Ni que fuera la esposa buscando pruebas de una infidelidad; ya lo habían seguido por casi un mes, ¿qué más iban a encontrar?
Lo había hecho porque le quedó dando vueltas eso que dijo Ricardo sobre vigilar bien al ‘desesperado de Erkin’. Quería saber si de verdad tenía algún respaldo turbio o un pasado medio sucio, no porque ella tuviera una curiosidad especial por él.
Si hubiera sido para investigar a un tipo como Russo, que se acercó solo para estafarlos, sería otra cosa. Pero Erkin era un miembro de la organización Valentiera…
Además, desde el último fin de semana, Berenice había estado marcando distancia con él, todo este asunto de la investigación ya le empezaba a incomodar. No es que antes fueran íntimos, pero al menos no había pasado eso de que ella le aplastara los labios o que el tipo se pusiera tieso solo porque el taco de su zapato le rozó la entrepierna…
Qué feo era poner distancia por un lado y mandarlo a investigar por el otro.
Aunque ella misma dio la orden, se sentía como una chiquilla inmadura que finge desinterés en la cara de alguien mientras por detrás le revisa hasta la última basura. No le gustaba esa sensación.
‘¿Preocuparme yo por él? Qué risa’.
—¿Y lo otro? Debe tener algo más que informarme.
Berenice, que estaba inclinada hacia la mesa de centro, se enderezó. El motivo de ver a John Baker cada fin de mes no era solo el reporte sobre Erkin. Había una razón de más peso.
—Bueno, es que…
Apenas terminó de preguntar, la cara de John Baker se puso más pálida que antes. Con ese gesto de velorio, la respuesta ya estaba clara, pero Berenice fingió demencia y esperó a que él hablara.
—Lo siento mucho, señorita.
—No le pago esa cantidad de plata para que me pida perdón. Van varios años en los que siento que estoy tirando el dinero a la basura.
—…
—Esto se está poniendo difícil…
Berenice se cruzó de brazos, dándole a entender que escupiera todas sus excusas de una vez. El detective privado no perdió la oportunidad.
—Es que no hay información, simplemente no hay nada. Ha pasado demasiado tiempo. Con solo dos nombres y una dirección de hace quince años…
—Por eso lo contraté a usted, señor Baker.
—Lo sé, lo entiendo perfectamente… Pero desde que desaparecieron hace quince años, no hay ni un solo registro con ese nombre. Nada de actividad. O se cambiaron el nombre, o compraron la identidad de alguien muerto para camuflarse.
—¿Y si usó el apellido de soltera de su madre? Dicen que a veces se remontan hasta el de la abuela.
—Ya probamos con todo eso.
‘Era de esperarse’. Si a ella se le ocurría, obvio que un detective ya lo habría intentado. Berenice esbozó una sonrisa reconociendo su error y planteó otra posibilidad que no le gustaba nada.
—Entonces busque otra forma. ¿Ha considerado que podrían estar en el Programa de Protección de Testigos?
—… Si entraron ahí, no los va a encontrar ni el más conectado. Desde hace unos años, el Gobierno Federal cuida eso bajo siete llaves. Por más que yo sea un ex policía, meterse ahí es jugar con fuego… Necesitaré más tiempo y mucho más esfuerzo.
‘Seguro que sí’. Ella lo sabía mejor que nadie.
Si el Programa de Protección de Testigos se había vuelto un secreto de estado tan riguroso, era en gran parte por culpa de la Familia Valentiera. Berenice abrió otro folder y se quedó mirando fijamente una foto que estaba adentro.
Era una niña pequeña en brazos de sus padres.
En esa foto en blanco y negro, del tamaño de una palma, la sonrisa de la niña se veía pura, sin ninguna cicatriz de la vida. Al verla, la mirada de Berenice cambió por completo; ya no era la mirada fría con la que veía las fotos de Erkin. Baker, al notar que no había cumplido con el encargo, puso una cara aún más sombría. Los labios de Berenice temblaron un poco antes de hablar pausadamente.
—Como veo que no avanzamos nada, considere ampliar la búsqueda fuera de las fronteras.
—… ¿Fuera del país?
Brizent ya era famoso por ser un territorio inmenso, ¿y ahora quería que buscara en otros países? Baker la miró sorprendido, como preguntando si hablaba en serio, pero Berenice señaló a la niña de la foto.
—El padre de esta niña desapareció de la faz de la tierra. Todos sabemos que lo mataron, señor Baker. Si la madre presintió la muerte de su esposo y escapó con su única hija, habría cruzado la frontera o lo que sea con tal de sobrevivir, tuviera conocidos o no.
Berenice endureció la mirada, hablando con total convicción.
—Así que búsquelas como sea. Y si ya están muertas, al menos averigüe dónde están enterradas esa madre y su hija.
—¿Puedo preguntar por qué llega a estos extremos?
—¿Me está pidiendo permiso para preguntar algo que ya soltó?
Berenice soltó una risita incrédula, como si le pareciera un chiste, pero no se la veía molesta. ¿Había pasado ya dos años desde que contrató a John Baker para este encargo? Si no recordaba mal, ya iban para tres. Exactamente tres años desde que Antonio Abel Valentiera pasó a mejor vida.
Se quedó un momento escogiendo sus palabras con pinzas, pero al final su respuesta fue corta y al punto:
—Nada, solo tengo curiosidad de saber cómo les va.
Esta vez fue John Baker quien soltó una risa amarga. ¿De verdad ella creía que él se iba a tragar ese cuento? Con esa cara de ‘se me cae el mundo encima’, decir que solo las buscaba por curiosidad era difícil de creer.
Sin embargo, Berenice dibujó una sonrisa juguetona, como dejando claro que no le importaba si él le creía o no. Era una sonrisa forzada, pero sirvió para que el ambiente se relajara un poco. Baker aprovechó el momento para añadir:
—Será una excusa, pero le digo algo: si después de tanto buscar no aparecen, es porque alguien las está ayudando. Estén o no bajo protección de testigos, esto no es algo que una madre y su hija puedan lograr solas.
Berenice descruzó las piernas con elegancia, asintió levemente y empezó a ordenar las fotos sobre la mesa.
—Hace un rato dije lo primero que se me vino a la mente, aunque concuerdo en que alguien las ayudó, no creo que hayan usado el Programa de Protección de Testigos. No solo porque nunca llegaron a declarar en un juicio, sino porque…
Ellas no podían confiar en ese sistema.
Justo antes de dar el testimonio decisivo para una condena por asesinato, quien filtró a los Valentiera toda la información —nombres nuevos, direcciones, trabajos, escuelas— del testigo protegido y su familia, fue nada menos que el esposo de esa mujer y padre de esa niña.
Cegado por la ambición, vendió a la gente que él mismo debía cuidar. Pero el destino es irónico: él también terminó siendo un cabo suelto que debían eliminar, su cuerpo nunca apareció.
‘Qué irónica es la vida. En fin’
—Encuéntrelas. Le pagaré lo que sea, como siempre.
Berenice le entregó el maletín con el dinero y se llevó la mano a la sien. Como siempre que se ponía a pensar en el pasado, el dolor de cabeza no tardó en aparecer.
Mientras calculaba cuántas pastillas le quedarían en el cajón, Michele, que montaba guardia afuera de la oficina, tocó la puerta suavemente. John Baker, que terminaba de acomodar el dinero, giró la cabeza sorprendido.
Se escuchó a Michele saludando a alguien. Parecía que Erkin acababa de llegar para el cambio de turno. Berenice, que ya había guardado todo rastro de la investigación, bajó la voz:
—Nos vemos en un mes, el último día de marzo. Buen trabajo.
Aunque los resultados eran mediocres para lo que costaban, ella le dedicó una sonrisa de costumbre. Era esa sonrisa suya: fría por fuera, pero con un toque de calidez que confundía a cualquiera.
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Erkin Lafayette no venía solo.
Al salir de la oficina con su maletín, John Baker se topó con un hombre que le tapaba el paso como una pared y, a su lado, una mujer. La mujer, de cabello rubio corto que le quedaba de maravilla, tenía un rostro que él conocía muy bien.
Cecilia Castillo, la jefa de la Familia Castillo.
Se decía que finalmente había ganado el juicio de divorcio tras años de peleas legales. Incluso en su forma de apoyarse contra la pared, se le notaba un aire de relajo y victoria, como quien se quita un peso de encima.
Baker le envió un pésame silencioso al exmarido de Cecilia, quien, por dárselas de vivo y querer ganarle a su ex, se gastó toda su plata en abogados y ahora estaba a punto de quedarse en la calle.
Si los chismes eran ciertos, la responsable de mover los hilos en las cuentas de L’Inferno y varios negocios para ocultar el patrimonio personal de Cecilia y evitar una repartición injusta, no era otra que su cliente, Berenice Valentiera.
Por eso el exmarido terminó más quebrado que un plato de loza.
Erkin echó un vistazo al interior de la oficina y le hizo un gesto a Cecilia para que pasara primero. John miró de reojo al hombre frente a él.
Tras un mes de seguirlo a sol y sombra, tomándole fotos a cada paso que daba, sentía que lo conocía de arriba abajo. Pero en ese instante, se dio cuenta de que tenía que corregir su informe.
Nadie negaba que el tipo era demasiado guapo para desperdiciar su vida como un matón de la mafia. Pero una cosa era verlo de lejos con un lente de cámara, donde parecía un tipo ágil y algo delgado, otra muy distinta era tenerlo cara a cara.
Era altísimo, de esos hombres que te obligan a levantar la cabeza para mirarlos, tenía una espalda tan ancha que, sin hacer nada, te hacía sentir chiquitito.
Al ver sus facciones, afiladas y perfectas como si un dios las hubiera esculpido con paciencia, John Baker sintió unas ganas raras de hacerle una reverencia profunda. Fingiendo que no pasaba nada, solo asintió con respeto y miró de reojo las manos de Erkin.
Eran manos que olían a sangre. En eso, tampoco había duda alguna.
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