Perros entre rosas marchitas - 18
Que Erkin, infiltrado en la Familia, haya encontrado el primer rastro después de casi dos años, ya lo decía todo. Sin necesidad de sacudirse las cenizas del cigarrillo, que se mezclaban y volaban con el viento frío de inicios de primavera, Erkin se quedó mirando el humo turbio con el rostro sumido en sus pensamientos.
¿Qué habrá olido esa mujer ahí? Ya sabía quién era el planificador. Tampoco era el transportador.
Erkin, tras identificar al planificador, también descartó al transportador sin pensarlo dos veces. Le habían contado que, mientras Michele le enseñaba a conducir, ella se había bajado tres autos seguidos mandándolos directo al desguace; con semejante nivel, era imposible que estuviera a cargo del traslado y la huida de un asesino.
Entonces, solo quedaban el ejecutor y el que borra las huellas. De los dos, el apodo que mejor le calzaba era, sin duda…
Tras tirar la colilla terminada al basurero, Erkin estiró la espalda y echó la cabeza hacia atrás ligeramente. En realidad, no importaba quién fuera ella. Lo que él quería eran los rastros conservados, esos que Berenice había dejado junto con sus recuerdos y parte de su pasado.
El punto clave era cómo sacarlos a la luz.
Limpiándose el rastro de las cenizas y el humo penetrante de la punta de los dedos, Erkin sacó una pequeña libreta y una pluma estilográfica. Los brotes que adornaban las puntas de las ramas se mecían suavemente, sin importarles el viento fuerte, pero la mano de Erkin permaneció inmóvil sobre la libreta.
Solo se limitó a pronunciar el nombre de la mujer, como si hiciera brotar un capullo que hubiera aguantado todo el invierno. La mano que sostenía la pluma solo empezó a moverse después de haber expulsado hasta la última pizca de humo de sus pulmones.
Berenice. La diosa de la desventura que traería una victoria bañada en sangre.
No sabía si tendría la oportunidad de decirle esto, pero —Pase lo que pase de ahora en adelante, no hay resentimientos personales—. Porque sé que no fuiste tú quien mató a mi familia.
‘… ¡Huye! ¡Ve a un lugar seguro!’. ‘Pe-pero yo, yo…’. ‘Aquí es peligroso. ¡Vete ya! ¡Rápido!’.
Sin embargo, hace quince años, aquel día, la que estaba parada al lado de la muerte eras tú. La que vio lo que yo, por llegar tarde, no pude ver, fuiste tú; la que sabía la verdad que yo ignoro y la que la poseía, también eras tú. Y yo, que no sabía nada, solo te presioné para que huyeras y te pusieras a salvo.
Al final, mi cabeza solo está llena de planes para lograr mi venganza usándote, y como lo único que puedo darte a cambio es una miseria absoluta, solo me queda lamentar que nos hayamos vuelto a encontrar de esta manera.
Imaginando el momento en que, algún día, en lugar de un «adiós, cuídate», todo termine con una traición, Erkin repitió para sus adentros las palabras que le dedicaría a Berenice.
No hay resentimientos personales. No los hubo, no los hay y no los habrá. No debía haberlos.
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Las fotos que Berenice sostenía en la mano terminaron desparramadas sobre la mesa de centro del sofá. En ellas destacaba un hombre de facciones marcadas, con una impresión gélida acentuada por el contraste del blanco y negro, y rasgos tan finos y elegantes que parecían tallados a mano con toda la paciencia del mundo.
Berenice observó con indiferencia al hombre de las fotos: un tipo que le sacaba una cabeza de ventaja a cualquiera, de hombros rectos y cuadrados, vestido con impecable porte en un terno hecho a la medida y un abrigo largo que le llegaba justo a las rodillas. Ella, cruzando las piernas con total relajo y con los ojos a medio cerrar, preguntó:
—¿Eso es todo?
El investigador privado, que había hecho el seguimiento según lo encargado, asintió lentamente con una respuesta corta. Su actitud era la más caballerosa posible, pero no era la respuesta que esperaba una cliente que había soltado una buena cantidad de billetes.
—Sé que es decepcionante, pero por más que he rascado, no sale nada más.
—¿Decepcionante? ¿No será más bien que te faltó plata?
—Para nada. Si tengo que señalar algo problemático, sería su expulsión de la secundaria, un antecedente por agresión y el hecho de que es un soldato de la familia Valentiera. Eso sería todo.
Berenice ojeó las decenas de fotos sin mucha emoción y levantó la mirada para clavar sus ojos en el investigador. De pronto, al cruzarse con su mirada, a John Baker se le subió la manzana de Adán en un trago seco.
Tenía el cabello castaño oscuro, ondeado y abundante, unos ojos grandes y definidos, y unas pupilas de un verde pasto intenso y brillante. Un tabique recto y delicado, mejillas color rosa y unos labios de un rojo aún más encendido. Era una belleza que mezclaba la exuberancia de una rosa en pleno apogeo con una frialdad escarchada, creando una atmósfera tan extraña que obligaba a cualquiera a detener la mirada. Aunque la veía una vez al mes desde hace años, su hermosura siempre lo dejaba con la boca abierta.
Es difícil que un apodo tan cursi como «La Rosa de Valentiera» le quede tan bien a alguien, pensó él. Al darse cuenta de que esos ojos que parecían hechizarlo se habían posado en sus labios mudos, Baker esbozó de inmediato una sonrisa de vendedor.
—Pero imagino que esto no es lo que usted buscaba.
—Obvio que no. Yo también soy una Valentiera, después de todo.
—Si es así, entonces realmente no hay nada.
—…….
Berenice intercambió miradas con John Baker por unos momentos, tratando de descifrar si le mentía, hasta que finalmente soltó un suspiro de resignación. No sabía si alegrarse por el resultado nulo después de haberlo mandado a seguirle los pasos durante casi un mes, o si decepcionarse por haber tirado la plata del encargo al tacho. Ella empezó a pasar, una por una, las hojas del informe que el investigador le entregó junto con las fotos.
Erkin Lucio Lafayette.
Veintiocho años, su cumpleaños es en mayo… Ya casi cumple los veintinueve. Para ser la investigación de la vida entera de un hombre que bordea los treinta, el contenido era bien pobre. Tras dar un vistazo rápido a los escasos resultados, Berenice se quedó mirando una foto de identificación de un Erkin mucho más joven, probablemente de cuando entró a la secundaria.
Expulsado por verse involucrado en un caso de violencia escolar. Se fue de Melbourne a Belloc para ganar plata, pero terminó un año en cana por agredir a un taxista. Al salir, ayudó a un soldato de los Valentiera en una pelea de bar y eso le sirvió de entrada para unirse temporalmente como picciotto. Y así hasta la actualidad.
En cualquier trabajo normal, estos antecedentes penales y un pasado tan movido serían motivo de rechazo, pero en la mafia, este nivel ni siquiera llegaba a considerarse «promedio». Lo único que le pareció un poco raro fue que su único antecedente fuera por agresión y no por asesinato.
Berenice miró la foto del taxista que, tras la paliza implacable de Erkin, terminó estrellándose contra un árbol, y luego volvió a pasar la vista por las fotos de Erkin desparramadas en la mesa, como queriendo confirmar algo.
Por donde se le mirara, ese rostro iba mejor con una pistola con silenciador que con unos puños manchados de sangre. O quizás degollando a alguien con un estilete largo y afilado. Ya sea que le fueran más los puños, la pistola o el cuchillo, no hacía falta ver las fotos para darse cuenta de que tenía un genio de los mil demonios. Pero…
Por más que miraba, no entendía por qué se había vuelto mafioso.
Sus padres estaban vivos y vivían en Melbourne. La madre, una inmigrante de Linferno, manejaba una pequeña librería; el padre era profesor de secundaria; y la hermana menor, que estaba a punto de casarse, trabajaba en un banco.
Solo por lo que decían los textos y las fotos, parecía una familia más común y tranquila de lo esperado, tanto que le daba curiosidad saber cómo diablos el único hijo terminó metido en este nido de ratas.
Uno de sus abuelos fue consigliere de una mafia que se desintegró hace décadas, pero no tenían ningún tipo de relación. Desde que se fue de Melbourne, Erkin ni siquiera se hablaba con su familia, con la que antes se llevaba bien.
Teniendo en cuenta la cara de pocos amigos de Erkin, sus antecedentes que una persona normal no aceptaría y la organización en la que estaba metido, no era algo imposible de entender, pero ver todo eso junto le dio una rabia repentina.
¿Por qué, teniendo una familia normal, terminó así? Seguro que tuvo sus problemas, como cualquiera. Pero así como tenía problemas, era evidente que creció en un entorno lleno de opciones correctas. Tenía todas las condiciones y el respaldo para ser un ciudadano común y corriente y vivir tranquilo sin llamar la atención.
¿Entonces por qué botó todo eso a la basura para volverse un simple mafioso? Berenice se quedó mirando fijamente el rostro de Erkin en la foto, como si no pudiera procesarlo.
Podrías haber vivido sin que te marquen como un criminal. No tenías por qué meterte al fango por tu propia cuenta. No es como si hubieras tenido una sola mano de donde agarrarte, como yo, ni tenías vidas que proteger pegadas a tu espalda como si fueran lapas.
Y encima esa mano que tenías era tu familia…
Sin darse cuenta, se estaba comparando con Erkin, y chasqueó la lengua para cortar ese pensamiento. Lo que faltaba: terminar envidiando y teniendo celos de un compañero de la misma familia. Qué patético.
Berenice hizo una mueca tratando de aguantar sus emociones y empezó a deslizar con el dedo las fotos regadas sobre la mesa. Dejando de lado ese pasado sin tacha, sus ojos se achicaron con un brillo extraño al revisar las imágenes. Era la tercera vez que veía las fotos desde que se sentó, y no podía quitarse la sensación de que el investigador se había esforzado demasiado en traer un «buen resultado», o que simplemente quiso aprovechar la oportunidad para gastar rollos de película caros a forro.
O sea, de qué sirve que estén bien tomadas. Erkin sentado en un café al aire libre leyendo el periódico, Erkin fumando con Michele a la orilla de la carretera, Erkin subiéndose al carro con Berenice, Erkin caminando detrás de ella, Erkin comiendo frente a Berenice…
No sirve ni una sola foto. Berenice, que aparecía en las fotos casi tanto como él, soltó una risa burlona para sus adentros mientras miraba al Erkin de las imágenes.
Por donde se mirara, parecían fotos tomadas por un reportero de tabloide que sigue a un modelo o a un actor en una pasarela. Se notaba que el investigador sentía que el tipo era un sujeto que valía la pena fotografiar y se puso a disparar la cámara por puro gusto.
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