Perros entre rosas marchitas - 17
PERROS (17)
—…… ¿Licor?
El contacto le devolvió la pregunta con un segundo de retraso.
—Single malt, vino Infernum, brandy y cosas así.
—Pero si la ley seca se abolió hace uff… ¿A qué viene esto ahora?
—Si el licor que llega a los almacenes del puerto casi se ha duplicado, valdría la pena investigar un poco. A quién se lo entregan, quién se lo toma. O si de verdad lo que están importando es alcohol.
Yo solo dije que me parecía algo digno de informar. Erkin murmuró esto último como dejando que ellos tomaran la decisión final. El contacto asintió y le preguntó si quería otra taza de café, pero Erkin se negó. Cualquier favor con segunda intención era mejor rechazarlo.
—Aparte del alcohol, ¿algún detalle sobre la mujer?
‘Ya le solté un dato, qué insistente’
Apenas iba por la tercera semana como guardaespaldas y no sabía qué más esperaban de él. Quizá pensaron que, si preguntaban así como quien no quiere la cosa, él soltaría la lengua por descuido, pero ni hablar.
—Me gustaría tener algo más que decir, pero como el amante de Berenice Valentiera se escapó con la plata de los cupos, ella ahorita está ocupada limpiando ese desastre; no hay movimientos que llamen la atención.
—¿Amante? ¿Plata de los cupos?
El contacto abrió los ojos de par en par, sorprendido por la noticia, pero Erkin solo asintió ligeramente, confirmando que era tal cual lo que había oído. «No pidas peras al olmo». Todavía era muy pronto. Si soltaba algo más antes de tiempo, todo se iría al tacho.
Erkin se guardó el resto de la información, dejó atrás el muffin que ni tocó y el café a medias, y salió de la cafetería.
Revisó su reloj y se frotó la frente. Aún faltaba para el siguiente turno y, terminada la reunión de rutina, no tenía nada más que hacer aparte de cuidar a Berenice. Pensó en el despacho de Ricardo y en ese espacio secreto al fondo, pero no tenía ninguna excusa para entrar, y tampoco quería levantar sospechas merodeando por ahí sin Berenice. Para meterse a escondidas en el penthouse de ella e instalar micrófonos, el tiempo que le quedaba no era suficiente.
Tras pensar un momento en qué gastar ese tiempo muerto, se dirigió a un parque cercano que estaba abierto al público. Con cada paso que daba, el viento helado le despeinaba el cabello sin piedad, pero Erkin no bajó el ritmo. Ese viento cortante de inicios de primavera, que parecía querer arrancarte la piel, le servía para disipar los pensamientos innecesarios y ordenar su cabeza.
Caminó sin rumbo por el parque, que se veía algo vacío porque aún no brotaban los renuevos, hasta que algo lo hizo detenerse poco a poco. Sus ojos se fijaron en las pequeñas yemas de las hojas en cada rama. En un día normal, ni les habría prestado atención.
Erkin eligió una de las bancas situadas a lo largo del lago y se sentó, entornando los ojos. Era el lugar desde donde mejor se veían los árboles llenos de brotes. Sacó un cigarrillo y su encendedor, mientras imaginaba en silencio el verdor que ocultarían esas pequeñas yemas alargadas. Fue en ese instante cuando la imagen de esa mujer, que guardaba en lo profundo de sus ojos un verano eterno, se superpuso a los brotes de los árboles. O tal vez, la había tenido en mente todo el tiempo.
El cigarrillo entre sus labios oscilaba levemente. Erkin dejó a un lado a la Berenice que ocupaba más de la mitad de su mente y, como si estuviera superponiendo la voz de otra mujer, recordó:
‘… ¿Debería llamarla la Diosa de la Victoria?’.
La Diosa de la Victoria, Berenice. No pensó que volvería a escuchar ese apodo por ahí. Al recordarlo, se le escapó una risa irónica entre los dientes que sostenían el cigarrillo; todavía le parecía algo muy inesperado.
Fue a finales del verano pasado, si no recordaba mal. Un bancario de Belloc fue asesinado. La policía seleccionó a varios sospechosos principales basándose en que la víctima fabricaba y distribuía billetes falsos junto con la mafia, pero se informó que no hallaron pruebas contundentes, solo indicios y sospechas.
Al final, al ver que no podían ni arrestarlos ni investigar adecuadamente, corrió el rumor entre los mafiosos de Belloc de que la empresa de sicarios de los Valentiera se había encargado del bancario por encargo, pero no pasó de ser un chisme.
Mientras la investigación se estancaba y la gente perdía el interés, Erkin se enteró de que la «Diosa de la Victoria» que había ayudado a que el principal sospechoso de aquel caso sin resolver burlara la justicia por falta de pruebas, era Berenice. Fue una información valiosa, como un regalo de Navidad obtenido por casualidad el día que visitó la mansión Valentiera siguiendo al capo para el reporte trimestral de negocios.
Sin embargo, más allá de eso, todo seguía siendo un misterio. No había forma de saber si Berenice era la estratega que planeaba los asesinatos por encargo sin margen de error, si ella misma era la sicaria que apretaba el gatillo, o si contrataba mercenarios eficientes para contaminar la escena y eliminar evidencias, o si usaba el dinero para taparles la boca a los investigadores. A pesar de ser un miembro que el jefe tenía bajo la mira, Erkin en ese momento no era más que un simple soldato, y esos no eran terrenos en los que pudiera indagar tan fácilmente.
Sin embargo, era evidente que Berenice, bajo esa apariencia glamorosa, escondía un montón de espinas que nadie lograba identificar. Y era muy probable que, en la punta de esas espinas, estuvieran clavadas las cosas que Erkin llevaba años buscando; así que retroceder ahora era simplemente imposible.
Ya sabía de sobra que Berenice no era una damisela inocente que no sabía nada de la mafia, ni una contadora honesta que trabajaba respetando la ley al pie de la letra. Pero que estuviera metida hasta el cuello en la empresa de sicarios de la familia Valentiera y que la llamaran la «Diosa de la Victoria», eso ya era otro nivel.
Por eso, mientras buscaba una oportunidad y una grieta para acercarse a la «señorita» a la que, cuando él era un simple picciotto, ni siquiera se atrevía a mirar a los ojos, su historial de hombres —tan vistoso como su belleza— resultó ser el pretexto perfecto.
‘¿Acaso crees que no investigo a los tipos que se me acercan? ¿Cuántos crees que se acercan a la contadora exclusiva de la mafia con intenciones puras? No me voy a quedar mirando como una tonta. No seas idiota’.
Al final resultó que esa famosa fama de mujeriega era pura facha, puro cuento…
Erkin, que había planeado seriamente usar la seducción y sus encantos de «galán» para acercarse, volvió a felicitarse por haber cambiado de ruta hacia el puesto de guardaespaldas tras enterarse de quién era Russo en realidad. Sacando cuentas de la cantidad de amantes que Berenice había cambiado en los últimos años y viendo que sus relaciones no duraban más de una temporada, considerando ese estilo de vida tan caprichoso, el cambio de plan había sido lo más acertado.
En lugar de una relación inestable donde no sabes en qué momento te van a dar la patada, ser el guardaespaldas —al que de todas formas tiene que verle la cara todos los días y que no necesita fingir tanto sus sentimientos o acciones— era mucho más efectivo para mantener la infiltración y el camuflaje.
Bueno, no. ¿De verdad era más efectivo? Si casi lo botan desde el primer día. Erkin corrigió de inmediato su evaluación sobre el entorno de trabajo apenas se le cruzó la idea de que cuidar a Berenice era fácil. Sí, de fácil no tenía nada. No había que ir muy lejos. Solo con recordar lo que pasó el último fin de semana, la cosa no pintaba tan…
‘…… Me agarraste la lengua como si me la fueras a arrancar de raíz para quitarme el hipo, ¿y encima me sales con que te gustó?’
¿Le gustó? ¿De verdad le había gustado? Erkin ladeó la cabeza, pensando que la llama del encendedor, que oscilaba como si fuera a apagarse por el viento helado, se parecía mucho a su propia situación actual: un hilo de equilibrio precario. Logró encender el cigarrillo y volvió a corregir sus pensamientos. No es que le hubiera gustado, es que… bueno, todavía no lo tenía claro.
Entrar a la biblioteca siguiendo a Berenice, que claramente se estaba colando; esconderse debajo del escritorio apretado para que Ricardo no lo viera; y terminar escuchando a los que escuchan. Ese beso aplastante con la única intención de cortarle el hipo a la mujer y toda esa serie de eventos no habían sido algo planeado por nadie. Le sorprendía que, en una situación donde podían descubrirlos en cualquier momento, le quedara espacio para excitarse por un instante con la mujer que le estaba robando todos los sentidos, pero por eso mismo estaba tan jodido…
Fue algo inevitable, eso era todo. Como sea, que se le haya parado ese día no era algo de qué avergonzarse; era simplemente la reacción fisiológica de un hombre adulto y sano. Tras llegar a esa conclusión, Erkin soltó el humo del cigarro como si estuviera expulsando un suspiro contenido.
Lo único cierto era que estos últimos 21 días habían sido más productivos que los dos años anteriores. Ya fuera con intención o por pura chiripa. Especialmente en lo que respecta a Chiara Volante, la supuesta experta en recolección de información. Erkin estaba convencido de que ella era la estratega meticulosa que recopilaba los datos de los objetivos que recibía la empresa de sicarios.
No se sabía mucho, ni dentro ni fuera de la organización, sobre la empresa de sicarios que fundó Antonio Abel Valentiera, el primer boss de la familia que murió hace tres años. El estratega, que recolecta información y arma el plan de asesinato. El ejecutor, que se encarga de quitarle la vida al objetivo tal como se planeó. El transportista, que mueve y ayuda a escapar al ejecutor tras cumplir el encargo. Y el limpiador, que destruye y manipula las pruebas incriminatorias en la escena del crimen.
Lo único que el Buró Federal de Seguridad había logrado averiguar tras años de investigaciones tercas, pinchazos telefónicos y vigilancia, era que esos cuatro formaban un equipo y se movían juntos. Desde hace 17 años, cuando se estima que Antonio Valentiera fundó la empresa, ha habido constantes asesinatos y desapariciones que se sospecha fueron obra de ellos, pero nunca hubo una investigación que llegara a algo relevante.
Para ser exactos, antes de pasar a una investigación formal, todo se quedaba en indagaciones internas que solo evaluaban los intereses entre la víctima y otras organizaciones o individuos, y terminaban en nada por «falta de pruebas».
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