Perros entre rosas marchitas - 16
Pero ¿exactamente en qué momento fue…?
¿Fue cuando le metió ese pisotón sin querer debajo del escritorio? ¿Será de los que se excitan cuando los pisan? ¿O habrá sido cuando le tapó la boca de porrazo para que dejara de hipar? ¿Es de los que se prenden cuando los maltratan?
Claro, al final él la terminó acariciando con suavidad y a ella no es que solo le hubiera dolido, pero… ¿era necesario que se le notara la erección así de frente? Bueno, a menos que se envolviera en un abrigo grueso, supongo que no tenía otra opción que dejar que se note…
Y para colmo, su cara estaba tan tranquila, como si ya se hubiera venido a sus anchas y según su voluntad; si ella no se hubiera acercado tanto, jamás se habría enterado de que estaba «así».
—No me mire de esa forma.
Erkin movió el muslo y le dio un toquecito en la rodilla, obligando a Berenice a levantar la mirada que tenía clavada ahí abajo.
—Apenas estoy tratando de que baje, y si me sigue provocando así, no me ayuda para nada.
—¿Y qué se supone que he hecho yo para provocarte?
—Con la rodilla… y con los ojos.
—……
La mirada de él, cargada de un calor denso y profundo, recorrió sus rodillas tensas antes de apartarse.
—Y con esta mano también.
Tras decir eso, Erkin agarró su corbata y la mano de Berenice al mismo tiempo, tirando de la tela hacia abajo mientras ladeaba la cabeza.
—A estas alturas, aunque la suelte, esto ya no se va a calmar.
—… ¿Y entonces qué quieres que haga?
—Pues hacerse la loca, no más. Sin dar ninguna señal.
La cabeza de Berenice empezó a hacerse un nudo. Sintiéndose acorralada de una manera que no podía soportar, lo miró con fijeza.
—… Me apretaste la lengua como si quisieras arrancármela de raíz solo para que dejara de hipar, ¿y parece que eso te gustó, no?
—Quién sabe.
Erkin soltó esa respuesta ambigua y fue retirando lentamente la corbata de la mano de ella.
—No creo que eso sea lo más importante ahora……
—……
—Voy a olvidar todo, tal como me ordenó. Lo que vi, lo que oí… todo.
Berenice abrió los ojos de par en par, sorprendida por esa respuesta tan sumisa. Erkin, que la miraba de una forma que parecía sofocarla, añadió cortamente:
—Pero con una condición.
—¿Condición?
—Un deseo.
—…?
¿Un deseo? Era una palabra que solo diría un niño esperando la Navidad. Berenice, entrecerrando los ojos ante ese pedido tan fuera de lugar, se echó un poco hacia atrás.
—¿Qué deseo? A ver, suéltalo.
—Eso será después, con el tiempo.
Erkin pospuso la respuesta y apoyó las manos a ambos lados de ella, cercándola.
—Es que me da pena olvidarlo así por así, y ahora mismo no se me ocurre nada. En estos casos, lo más seguro es dejar un deseo pendiente.
—… Bueno, tiene sentido.
Si él mismo ponía una condición para quedarse callado, Berenice no tenía motivos para negarse.
—¿Pero qué clase de deseo vas a pedir?
—Ya le dije que por ahora no quiero nada.
Con una sonrisita, como pidiéndole que no sea impaciente, Erkin se inclinó hacia ella. Berenice ya no tenía espacio para retroceder ni hueco por donde escapar; entonces, la mano grande de él cubrió y apretó su rodilla. Sintió un hormigueo desde la corva hasta la pantorrilla que hizo que los músculos internos de sus muslos se tensaran por completo.
Apretando con fuerza justo la zona que había estado en contacto con su miembro erecto, Erkin le susurró al oído:
—¿Por qué me presiona tanto? ¿Acaso está preparada para cualquier deseo que se me ocurra?
—… Oye. No te pases de vivo.
Berenice, fingiendo que las provocaciones de Erkin no le hacían ni cosquillas, le lanzó una advertencia en voz baja, casi como si fuera a morderle la oreja.
—¿Crees que por tener un deseo pendiente ya me tienes en tus manos?
—No se preocupe. No le voy a pedir imposibles.
—¿Y qué? ¿Quieres que te dé las gracias?
—Quién sabe.
Como si ya hubiera terminado con lo que tenía que decir, Erkin se enderezó y, con un pañuelo, se limpió las manchas de lápiz labial que aún tenía en la cara.
—Descanse, entonces. Regresaré en treinta minutos.
Berenice se quedó mirando con cara de «no lo puedo creer» a Erkin mientras él se daba media vuelta para salir del dormitorio. Antes estaba tan desesperada por refugiarse en el cuarto que no se dio cuenta, pero ahora notó que él caminaba mucho más despacio de lo habitual.
Antes de que se cerrara la puerta, vio que Erkin se dirigía hacia el baño y ella arrugó la cara, imaginándose perfectamente para qué.
—Ay…
—soltó un quejido. Berenice sentía que le iba a dar un dolor de estómago de los nervios y se tiró de espaldas en la cama abrazándose la barriga. Al mirar su reloj, soltó un gemido de incredulidad.
Sentía que habían pasado como dos horas. Pero qué va, apenas si había pasado una. Si quitaba el tiempo que pasó tragando la comida a la volada, el rato en el despacho debió ser nada. No podía creer que todo ese chongo con Erkin hubiera durado solo unos minutos.
Sentía que se le había ido toda la energía.
Era el colmo: entra al despacho sin llave, la mete debajo del escritorio cargándola, se encoge con ese tremendo cuerpo, escuchan a escondidas a los que escuchaban a escondidas y, para rematar, todos esos roces indecentes que pasaron varias veces…
Si los enumeraba uno por uno, la situación era cada vez más ridícula y alucinante. Ella nunca pensó que su vida fuera tranquila o normal, pero esto ya era demasiado. Se quedó mirando el techo y luego cerró los ojos con pesadez, pasándose las manos por la cara como si quisiera despertarse de una pesadilla.
Trató de recordar la conversación entre Ricardo y Chiara que no pudo escuchar bien, pero pronto desistió. Que el encargo, que el matrimonio, que lo que sea… Ahora mismo no podía hilar ni un solo pensamiento útil.
De verdad, si seguía andando con Erkin y se repetían cosas como las de hoy, sentía que no iba a llegar a vieja.
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El mozo de la cafetería, un tipo de expresión amable, le entregó el café junto con un muffin bien doradito. Como siempre, Erkin solo había pedido un café, así que recibir ese pastelito como si fuera lo más normal del mundo no le hizo mucha gracia.
En cuanto el local se despejó, el empleado se inclinó hacia él con una sonrisa de catálogo. Al mismo tiempo, el volumen del jazz anticuado que sonaba de fondo subió de golpe. Era un truco simple para entorpecer cualquier posible escucha o grabación.
—Sobre el acercamiento a la figura clave, dicen que procedas según lo planeado
susurró el contacto de la Oficina de Seguridad Federal con una voz tan baja que solo Erkin podía oírlo. El roce del aliento en su oreja le resultó desagradable, pero Erkin no hizo ningún gesto y se limitó a asentar con la cabeza de forma pesada.
El resultado no le causó ninguna impresión.
No esperaba que los que recibían sus informes periódicos o sus datos de inteligencia desde hace dos años fueran a oponerse. Hacía tiempo que los departamentos de Casos No Resueltos y de Crimen Organizado de la Federal tenían en la mira a Berenice como una pieza fundamental de la familia Valentiera, casi al nivel de un caporegime.
Independientemente de eso, se sentía que la vigilancia había sido minuciosa durante mucho tiempo, quizás incluso antes de que Erkin se infiltrara, pero él no había informado que Berenice ya se había dado cuenta de que la seguían desde hacía rato.
Si la Federal se volvía más discreta, Berenice no iba a andarse con rodeos ni a reducir sus actividades; además, no había necesidad de agudizar aún más sus sentidos, que de por sí ya estaban bastante alertas.
«Esa mujer necesita bajar un poco la guardia».
Al pensar en Berenice de forma natural, Erkin tomó un sorbo de su café cargado. Desde el fin de semana pasado hasta hoy, ella estaba tratando de mantener las distancias de una manera extraña.
No es que no entendiera por qué se sentía así, pero que se portara de forma tan ambigua no era bueno. Mientras bebía el café por puro hábito, el hombre que hacía de mozo y contacto le preguntó si necesitaba algo más.
Era el procedimiento de rutina para verificar si había algún detalle importante sobre la seguridad de Berenice o cualquier otra información que reportar, pero Erkin negó con la cabeza.
—Nada en especial. No hay nada.
Y eso que tenía información de sobra para reportar.
Escuchas ilegales a senadores, extorsión bajo la fachada de protección, especulación de terrenos, complicidad en robo agravado con dolo eventual, y un largo etcétera. Dejando de lado el espionaje entre hermanos, Berenice misma había admitido un montón de delitos.
Si hiciera una sola llamada, el fisco y la Federal vendrían corriendo y se pelearían por ver quién le pone las esposas primero, pero esa era una situación que ni Berenice, ni la familia Valentiera, ni el propio Erkin querían.
Lo que él buscaba eran las pruebas o el testimonio decisivo sobre el asesinato de hace quince años que Ricardo y Berenice guardaban en sus cabezas; no le interesaba que la arrestaran por evasión de impuestos o complicidad en robo.
Claro, capturarla primero por esos delitos menores facilitaría descubrir sus otros crímenes, pero ¿quién iba a empezar todo este chongo solo para atrapar a una sola Valentiera?
Ni hablar.
Erkin solo se había infiltrado en la familia como investigador porque era el único medio legal para acercarse tanto a la Federal como a los Valentiera. Así como no confiaba en esa raza de mafiosos, tampoco creía en la Oficina de Seguridad Federal.
Toda su familia había sido asesinada el mismo día y, antes de que pasara un mes, el caso fue archivado como no resuelto sin una investigación decente.
La razón: falta de pruebas y sospecha de muerte accidental.
Por si fuera poco, debido a una repentina filtración de agua en la sede de Belloc, el traslado del edificio, pérdidas y robos, los expedientes y las pocas pruebas que quedaban desaparecieron por completo, como si el crimen nunca hubiera ocurrido.
Eso no era algo que la familia Valentiera pudiera hacer sola, por más poderosos que fueran en Belloc.
Ya fuera el autor intelectual que encargó el asesinato o el cómplice que ayudó a destruir pruebas y encubrir el caso, era evidente que los que se aliaron con los Valentiera se habían infiltrado hasta las entrañas de la Federal. Por eso, sería una estupidez confiar ciegamente en la organización a la que oficialmente pertenecía.
—Ah, últimamente ha aumentado el pedido de licores caros.
A pesar de haber dicho que no tenía nada que reportar, Erkin soltó ese dato. Para pasar tranquilo hasta el próximo encuentro y que no lo fastidiaran, era mejor lanzarles algún «caramelito» para que tuvieran algo que masticar mientras tanto.
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