Perros entre rosas marchitas - 15
Él le lamió y succionó los labios de arriba abajo con un cuidado extremo, como quien trata de calmar un hipo traicionero que amenaza con delatarlos en medio de una situación de vida o muerte. Parecía que estuvieran dándose un beso de amantes.
Berenice tuvo miedo de que, en vez de hipo, se le escapara otra cosa. Ni Erkin ni ella hacían el más mínimo ruido. El corazón, atrapado en su cuerpo encogido, golpeaba con tanta fuerza que retumbaba en todo su ser, impidiéndole escuchar lo que Chiara y Ricardo hablaban afuera. ‘Si seguimos así, de nada sirvió habernos escondido en el despacho…’.
Los labios entregados por completo a él, las manos aferradas a duras penas a sus hombros firmes, y las piernas haciendo un esfuerzo sobrehumano para no aplastar el miembro inocente del hombre. Eran demasiadas cosas de las que estar pendiente para no bajar la guardia ni un segundo, que Berenice sintió ganas de ponerse a llorar.
Como tampoco podía llorar de verdad, estaba a punto de volverse loca cuando, por fin, se escuchó el ‘clac’ de la puerta del despacho cerrándose con llave. A medida que los pasos de Ricardo y Chiara se alejaban, los labios que habían estado pegajosos y unidos se separaron lentamente.
Apenas pudo recuperar un poco de movilidad, Berenice empujó a Erkin y salió de su abrazo casi rodando. Al dar media vuelta, su cuerpo chocó contra el suelo duro del despacho, pero algo firme, aunque un poco mullido y cálido, protegió su nuca de golpe. Berenice se dio cuenta de que era la mano del hombre, quien se había apurado en cubrirla por temor a que se golpeara la cabeza en el apuro. Erkin salió de debajo del escritorio tras ella y, como una fiera, apoyó las manos a los lados de la cabeza y la cadera de la joven.
Esos ojos que, aun en la oscuridad, mantenían un azul intenso, recorrieron lentamente a Berenice, que estaba tendida debajo de él. Su mirada bajó desde los labios de ella, apretados por la rabia, recorrió su cuello tenso y se detuvo un momento en su pecho, que subía y bajaba despacio en un intento por ocultar su respiración agitada.
—Tú… Erkin, tú…
Berenice, cubriéndose los labios húmedos con el dorso de la mano, no pudo terminar la frase y empezó a tartamudear. Erkin, con un gesto indescifrable, solo levantó la mirada y luego incorporó el torso para tenderle la mano.
Era obvio que quería que se apoyara en él para levantarse, pero Berenice no pudo aceptarla así nomás. Las sombras que se colaban en su rostro, esa paciencia de origen desconocido, la fuerza en su mano para reprimir algo y esa calma turbulenta en sus ojos azules —que solo se notaba si uno miraba con mucha atención— hicieron que ella dudara.
—Primero, salgamos de aquí.
Erkin movió la mano como apurándola. Siendo este el despacho de Ricardo, no sería raro que él regresara en cualquier momento. Ella también consideró que lo más urgente era salir de ahí, así que, ignorando la mano de Erkin que seguía estática, se levantó de un salto por su cuenta.
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Aprovechando que los soldato encargados de la seguridad de la mansión habían dejado el pasillo libre, no fue difícil meterse en su antiguo dormitorio. Apenas entró a la habitación, que seguía igualita que siempre, Berenice le gritó en voz baja a Erkin, que venía detrás.
—¡Tú, qué te pasa! ¿¡Por qué…!?
—Imagínese por un segundo que de verdad se le escapaba el hipo y recién ahí abra la boca.
—…
—¿A que ahora siente que fue una suerte? Yo también lo siento así.
‘Suerte, ni qué ocho cuartos’. Berenice lo miró con furia, agarró un cojín que estaba en el sillón y empezó a darle de alma en el brazo.
—¡No hables por hablar! Si no te hubieras metido conmigo al despacho, no habría pasado nada de esto, ¿cuál suerte? Esto ha sido elegir el mal menor para no terminar en lo peor. ¡Para colmo no escuché ni un rastro de lo que dijeron!
—¿Y si me traigo la cinta magnetofónica?
—¿Estás loco? ¿Quieres confesarles que nos metimos a escondidas?
A Erkin parecía no importarle que lo estuviera agarrando a cojinazos. Se puso a mirar con calma la habitación de Berenice —era la primera vez que entraba— y, como si no quisiera seguir la pelea parado, la jaló del brazo.
—Ya le dije, si usted se ve con un tipo raro…
Berenice le soltó el brazo de un manotazo, pero su cuerpo se tambaleó. Sus piernas y brazos, que recién ahora soltaban la tensión de hace un rato, no pudieron aguantar el envión.
—¡El único tipo raro que tengo cerca ahora eres tú…!
Erkin la sujetó por los hombros para que no se fuera a ir de cara otra vez, pero Berenice dejó de hablar de golpe y se quedó mirándolo fijo, como si hubiera descubierto algo.
Él entrecerró los ojos, preparándose para cualquier otra pachotada que ella fuera a decir, pero Berenice se mordió el labio, aguantándose la risa.
—… Deberías verte en un espejo. Estás bien gracioso.
—Dudo que sea el único. Viéndole la cara a usted, ya me imagino cómo habré quedado yo.
A Erkin no le importó que ella se burlara; sacó un pañuelo y le agarró el mentón a Berenice para levantárselo un poco.
Ya en el despacho oscuro le había parecido que no estaban precisamente presentables, pero ahora con luz, verle la cara con el labial todo corrido era un poema.
Tenía la punta de la nariz roja y los labios todos brillosos. Sus mejillas, aunque nadie las había tocado, seguían encendidas por el calor del momento. Erkin, que en el fondo se sentía un poco mal pensando que se le había pasado la mano con la fuerza en medio del apuro, preguntó como quien no quiere la cosa:
—¿Para qué graban las conversaciones del despacho?
—¿Y a ti qué te importa?
—Bueno, tiene razón.
—…….
Berenice se quedó quieta, lista para meterle una patada en la canilla si se pasaba de vivo, pero Erkin solo asintió sin reclamar.
Tenía toda la intención de mandarlo a rodar apenas sintiera un poco de presión en su cara, pero la mano y el pañuelo que le limpiaban el labial eran tan delicados que parecía que estuvieran acariciando la pelusa de un bebé.
Ese toque tan fino, que no cuadraba con su tremendo cuerpo, sumado al suave olor a jabón del pañuelo que le rozaba la nariz, hicieron que Berenice perdiera el momento para el contraataque. Se quedó con la boca cerrada como niña que no quiere lavarse los dientes, y Erkin volvió a preguntar:
—¿Por qué se escondió en el despacho?
—¿Me lo preguntas después de haber visto todo?
—Como no escuché nada claro, me da más curiosidad, pues.
—¿Y tú qué crees que escuché yo?
—Me late que, por lo menos, sabía para qué era esa charla.
—¿Tengo obligación de responderte?
—Mmm, la verdad que no.
‘¿Entonces para qué pregunta?’. Berenice estuvo a punto de ablandarse por su actitud tan dócil, pero se guardó las palabras.
Cualquiera que no fuera un tonto se daría cuenta de que, si había un espacio secreto y se tomaban la molestia de grabar todo, era porque guardaban cosas de peso.
Pero una cosa es suponer y otra muy distinta es confirmárselo ella misma. Aunque Erkin no hubiera escuchado casi nada importante de lo que hablaron Ricardo y Chiara, si se lo proponía, podría terminar de atar cabos.
Ella sabía por dónde venía él, pero no le convenía que supiera más de la cuenta. Decir cualquier cosa era como confesar qué era lo importante, así que Berenice prefirió lanzar otra pregunta:
—¿Ricardo te mandó a vigilar con quién me veo?
Erkin, que estaba chequeando si el labial había quedado bien limpio, levantó la vista y le sostuvo la mirada.
—Para ser exactos, me pidió que vigilara si algún tipo raro se le acercaba, que viera quién era ese infeliz y que, si notaba algo extraño, interviniera de forma adecuada para que el encuentro no pasara a mayores.
—Qué largo tu floro. A eso, en cualquier idioma, se le llama vigilancia.
Primero lo de buscarle marido, ahora esto… No saben qué más inventar. Berenice lo miró con furia, como si él fuera el mismísimo Ricardo, y soltó una burla ácida:
—Y si por tu culpa me quedo sin conocer a nadie y me aburro, ¿qué? ¿Vas a salir tú conmigo en su lugar?
Berenice lanzó esa pachotada esperando que él retrocediera asqueado, pero qué va; Erkin ni se inmutó. Soltó el rostro ya limpio de la joven y hasta arqueó las cejas como si estuviera considerando la propuesta en serio.
Inclinó la cabeza para mirar de reojo en el espejo del tocador su propio rostro, todavía marcado por las manchas de labial, y respondió en voz baja:
—Si usted me lo ordena, tendré que obedecer.
Su cara, al decir que entregaría hasta su cuerpo si ella lo deseaba, estaba tan seria y libre de cualquier mala intención que daba miedo. Era un aire totalmente distinto al que se sentía cuando estaban cara a cara en la oscuridad del despacho.
—Mira tú, qué bien. A mí me encantan los hombres obedientes.
Berenice sonrió de oreja a oreja como si hubiera recibido la mejor noticia del mundo y, en un movimiento rápido, le agarró la corbata negra y se la enredó en la mano para jalarlo hacia ella.
—Justo me estaba cansando de que tipos como Russo Gucci se me acercaran, así que no me voy a oponer a que me vigiles. Ni pienso estorbarte; total, sería gastar saliva por las puras.
—……
—¿Verdad?
Ese cuerpo que antes parecía una pared cuando ella lo golpeaba y empujaba con todas sus fuerzas, ahora se dejaba llevar dócilmente cuando ella lo jalaba hacia sí. Berenice, con una sonrisa de medio lado, acortó la distancia que los separaba y lo atrajo lentamente.
Se sentó con relajo en el borde del tocador e inclinó el mentón con aires de suficiencia.
—Me da igual todo lo demás, pero lo de hoy en el despacho, te lo olvidas.
—…….
—Tú no entraste ahí, no escuchaste nada y no viste na…
Berenice, que había cruzado las piernas, dejó la frase a medias. Fue justo en el momento en que sintió que algo rozaba la punta de su rodilla debido al cambio de altura. Parpadeó un par de veces, bajó la mirada de reojo y se quedó con la boca abierta, procesando la imagen.
—Tú… esto… ¿cuándo…?
Erkin no respondió; se limitó a rascarse la ceja lentamente con el dedo anular. Entre sus dedos se escapó una mirada que parecía reclamarle: ‘¿Recién te das cuenta?’, o ‘Para qué cruzas las piernas, pues’.
Berenice tragó saliva y, sin querer, volvió a bajar la vista. No sabía cuánta sangre se le habría subido a esa zona, pero ver cómo se le marcaba el pantalón de esa forma tan evidente y tosca contra su muslo la dejó sin palabras y le quitó todas las ganas de seguir peleando.
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