Perros entre rosas marchitas - 13
El momento en que la seguridad interna de la mansión Valentiera se relajaba más era durante el almuerzo de los fines de semana, cuando todos los cabecillas se reunían.
Por supuesto, eso no significaba que no hubiera vigilancia. Simplemente, como la mayoría del personal se desplegaba en el comedor donde estaban los jefes y alrededor de la mansión, el sector de los dormitorios de Berenice y el despacho de Ricardo quedaba relativamente más libre. Al fin y al cabo, todos los que estaban dentro de la casa eran gente de la «familia» Valentiera, así que, a menos que pasara algo fuera de lo común, no había razón para estar en alerta máxima.
En cuanto dos soldados armados con fusiles, que merodeaban cerca del despacho de Ricardo, subieron al tercer piso, Berenice, que esperaba en el descanso de la escalera, corrió hacia el despacho como si hubiera estado aguardando ese preciso instante. Abrió la puerta con una copia de la llave que le había hecho a Ricardo a escondidas y, una vez dentro de la oscura habitación, respiró profundo.
«Ten cuidado. Si me ampayan, estoy muerta».
Tras lanzarse esa advertencia letal a sí misma, Berenice estiró la mano hacia atrás y le echó llave a la puerta sin encender la luz. Directo y sin mirar atrás, caminó hacia el escritorio de Ricardo y revisó los auriculares que estaban junto al teléfono y el dispositivo de escucha conectado a ellos.
Como siempre, el aparato estaba encendido.
«Menos mal que no tengo que moverle a nada». Berenice se presionó el pecho, justo sobre el escote, y volvió a inhalar hondo. Estaba a punto de hacer algo que solo había pasado por su cabeza, y aunque todavía no había empezado, ya sentía que la punta de los dedos le temblaban ligeramente.
Ahora solo faltaba esconderse en un buen sitio y esperar a que Ricardo empezara a hablar…
—¿Qué hace usted aquí?
Justo cuando Berenice se disponía a hacerse ovillo debajo del escritorio —un lugar perfecto para ocultarse y lo suficientemente cerca como para alcanzar el dispositivo—, una voz contenida y profunda retumbó sobre su cabeza.
Casi se muere del susto. Justo cuando estaba por soltar un grito desgarrador, Erkin reaccionó como un rayo: estiró la mano y la sujetó por la nuca mientras con la otra le tapaba la boca por completo.
—Shh, nos van a oír.
Erkin bajó la mano de su nuca para sostenerla del hombro y enderezó despacio el torso de Berenice, que se había ido hacia atrás por la impresión. Ella tragó saliva con dificultad, logrando contener por los pelos el grito que estuvo a punto de escapársele.
—No va a gritar, ¿verdad?
—…….
Sus ojos, que se habían agrandado por el pánico, recuperaron su tamaño normal a medida que su respiración se calmaba. Berenice asintió levemente mientras su pecho se tranquilizaba, y solo entonces Erkin retiró la mano de su boca.
—¿Tú qué haces aquí?
le increpó ella en un susurro furioso, empujándolo con brusquedad apenas sintió que el cuerpo de él se alejaba un poco.
Le puso fuerza al empujón, pero Erkin ni se inmutó, haciendo que su esfuerzo pareciera inútil. Entre las sombras, él frunció el ceño y se inclinó hacia ella.
—Señorita, no me robe la pregunta.
—¿Por qué me seguiste? ¿Quién te mandó a vigilarme?
—¿Vigilarla? ¿Ya se olvidó de que soy su guardaespaldas?
—¿Qué seguridad voy a necesitar aquí adentro? —replicó ella.
Aunque era ella quien se había metido a escondidas al despacho de Ricardo, le parecía muy extraño que Erkin la hubiera seguido. Él asintió apenas, dándole la razón en que dentro de la mansión no hacía falta protección, pero añadió:
—Tal vez no necesite protección, pero el jefe me ordenó que la vigilara bien para que no se viera con ningún tipo extraño.
—… ¿Qué?
Erkin apretó con firmeza el agarre en sus hombros y cintura para evitar que la sorprendida Berenice se fuera de espaldas otra vez, y bajó la mirada. Aunque ya la tenía bien sujeta del torso, Erkin terminó de cerrarle cualquier vía de escape deslizando una de sus largas piernas entre las de ella, como una serpiente, mientras Berenice permanecía ahí medio parada, medio agachada.
—Incluso me dio permiso de intervenir directamente y detenerla si la situación lo ameritaba.
—… ¿Qué?
preguntó ella de nuevo, totalmente aturdida, mientras arrugaba la frente con rabia.
—O sea que, ¿me seguiste porque pensaste que me iba a dar un revolcón con algún tipo en el despacho de Ricardo? ¿Para evitar eso?
—Eso pensaba, pero…
«Ni siquiera se molesta en negarlo. Dice que «eso pensaba»». Berenice se quedó balbuceando, sin poder creer semejante huachafada. Erkin echó un vistazo rápido al despacho oscuro y murmuró para sí mismo:
—No hay ningún hombre, y por lo asustada que se puso cuando intentaba esconderse bajo el escritorio, tampoco parece que estuviera esperando a nadie. Y esto…
Erkin agarró los auriculares que Berenice había estado revisando, se los puso al oído y miró de reojo el panel de control del dispositivo de escucha.
La aguja del medidor no se movía, pero al descubrir que el aparato estaba encendido, Erkin volvió a clavar la mirada en Berenice. Sus ojos le preguntaban qué o a quién estaba escuchando Ricardo, pero ella se mordió los labios y empezó a darle golpes en el pecho con ambas manos para apartarlo.
—¡Cállate y lárgate de una vez! ¡Fuera!
Como el cuerpo de él era tan sólido como una pared, Berenice perdió el equilibrio por el propio rebote de sus golpes y se tambaleó hacia atrás. Sus puños sí que dolían un poco, pero él no entendía por qué seguía pegándole si ni siquiera lograba moverlo. Tsk. Erkin chasqueó la lengua, la agarró de los brazos y la pegó aún más a su cuerpo.
—No gaste fuerzas por las puras y párese bien.
Erkin, tras echarle una mirada a la puerta que había cerrado sin hacer ruido al entrar, la distrajo preguntándole si no tenía nada más que decir aparte de mandarlo a la calle. Ante eso, Berenice apretó los labios con una rabia contenida.
No sabía si era por la nula distancia entre los dos o porque no habían prendido la luz, pero el cuerpo de él, proyectando su sombra en la oscuridad, se veía más imponente que nunca. Berenice, apretando los dientes, volvió a increparlo en voz baja:
—Lárgate antes de que llegue Ricardo.
—¿Está esperando al jefe?
—¿A quién más va a ser? Es el despacho de Ricardo, idiota.
Ya era hora de que Ricardo apareciera. Los nervios se apoderaron de Berenice y su voz se volvió un susurro casi imperceptible.
—Me parece que tienes un depravado metido en la cabeza, pero no es nada de lo que estás pensando, así que cierra el pico y piérdete de una vez. ¿De verdad quieres que me ponga a gritar? Si nos ampayan a los dos juntos, ¿quién crees que va a morir primero? ¿Ah?
Sus ojos se habían quedado gélidos y su amenaza fue tajante, como si nunca hubiera estado asustada hace un momento. Erkin guardó silencio un instante, tragándose sus palabras, y arqueó una ceja con total naturalidad.
—Yo no la obligué a venir, así que esa amenaza me suena a ingratitud…….
Erkin dejó la frase en el aire y chasqueó la lengua, presintiendo el desastre. Se oían pasos acercándose al despacho. No era el caminar relajado de cualquier miembro de la organización que anda deambulando por ahí, sino el de alguien que viene directo a su destino.
En el preciso momento en que se oyó el sonido de la llave encajando perfectamente en la cerradura, la mano de Erkin tapó la boca de Berenice con urgencia. Con el otro brazo, la rodeó con fuerza y la pegó a su pecho, metiéndose de un tirón debajo del escritorio.
Se hizo un ovillo con Berenice apretada contra él, cubriéndola por completo con su cuerpo, justo cuando la puerta del despacho se abrió de par en par.
Berenice se encogió lo más que pudo, tapándose la boca para no dejar escapar ni el más mínimo ruido. Sentía el pecho duro del hombre y sus rodillas presionándola; Erkin le puso fuerza al brazo con el que la rodeaba para que no se resbalaran fuera del escritorio, con la tensión de saber que un paso en falso y estaban fritos.
—¿Acaso no le bastó con la investigación de Don Castillo?
—Ellos solo hicieron el encargo. Tú tienes algo más específico que investigar, ¿no?
Al oír las voces de Chiara Volante y Ricardo, Erkin bajó la cabeza y miró de reojo a Berenice. A diferencia de él, ella no se inmutó; ya se esperaba que Ricardo entrara con Chiara.
Él se preguntaba por qué ella quería esconderse bajo el escritorio teniendo el balcón a la mano, pero Ricardo y Chiara ni se acercaron a esa zona. En su lugar, se escuchó el chirrido de una estantería siendo movida y, poco después, los dos rastros de presencia desaparecieron tras la pared gruesa.
Cuando el despacho quedó otra vez en un silencio sepulcral, Berenice y Erkin soltaron el aire al mismo tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo.
Erkin pensó que si seguía al lado de esta mujer, no llegaría a viejo ni a balas; pero en ese momento, Berenice empezó a forcejear para zafarse de su abrazo. Él apretó más el brazo, rodeándola como si la estuviera amarrando, preguntándose qué diablos intentaba hacer ahora.
«Suéltame por las buenas».
Berenice le señaló el brazo con la mirada y movió los labios exageradamente, hablando sin emitir sonido. Pero en ese hueco debajo del escritorio, que estaba más oscuro que el mismo despacho, era imposible que él entendiera qué rayos estaba gesticulando.
Cuando Erkin abrió los ojos de par en par preguntándole con la mirada qué le pasaba, Berenice, harta, torció los labios, levantó el mentón y le plantó un mordisco de aquellos en el lóbulo de la oreja.
¡Esta mujer está loca…!
Ni tiempo tuvo de darse cuenta de que los labios de ella y su aliento caliente le habían rozado la mejilla. Erkin se tapó la oreja y la soltó al toque, aguantándose el grito que casi se le escapa.
Berenice no perdió el tiempo, salió disparada de su abrazo y revisó el medidor del dispositivo de escucha mientras soltaba una lisura entre dientes.
La aguja ya estaba moviéndose de un lado a otro. Berenice se pegó el auricular al oído y se agachó lo más que pudo.
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