Perros entre rosas marchitas - 12
‘Si me das la mano, nos convertiremos en familia’
Mientras el cura recitaba la oración de perdón tras esa pared llena de huecos, parecida al locutorio de una cárcel, la voz de un ángel que tentaba a la Berenice de niña resonó suavemente en su cabeza. Berenice sacudió la cabeza en silencio, como queriendo borrar esa voz melodiosa que parecía el canto de una sirena.
‘… ¡Escapa, vete a un lugar seguro! Aquí es peligroso’
Esa voz que le susurraba al oído, casi imperceptible, la instaba a huir justo cuando Berenice terminaba de pensarlo y dejaba pasar, una vez más, esa oportunidad disfrazada de un ‘por si acaso’.
Antes y ahora, ella sabía que no tenía la fuerza suficiente para rechazar esa mano de ángel que se acercaba pisoteando rosas, ni para resistirse a su tentación; aun así, la voz que la empujaba a escapar era bastante persistente.
‘Si te encuentran, de seguro te matan. Ándate ya. Tú no has visto nada aquí. Olvídalo todo, ¿ya?’
No recordaba bien su cara, pero las manos apuradas que empujaban a la pequeña Berenice y esa voz que aún no cambiaba por la pubertad se hacían más nítidas cada vez que trataba de hacer memoria, dejando una huella profunda en su mente.
Como esa marca blanca y delgada que queda en el dedo incluso después de sacarse el anillo del rosario. Berenice parpadeó lentamente, ignorando la luz rojiza que caía sobre las rosas plateadas.
El pecado de haber codiciado el cielo sin saber cuál era su sitio. El pecado de no haber distinguido entre el cielo y el infierno por pura ignorancia.
Eran pecados ‘no descubiertos’ que la acompañaban desde hace veinte años, desde el momento en que decidió convertirse en la hermana menor de Ricardo.
Lo mismo pasó hace quince años, el día en que las llamas del pecado envolvieron la espalda del ángel; ella misma rechazó la única oportunidad que tuvo para escapar y se quedó a vivir en el infierno para siempre.
Por supuesto, puede que Dios todopoderoso y su Hijo ya lo sepan todo… pero, ¿valdrá la pena el perdón cuando ella solo piensa en repetir sus pecados aunque tuviera otra oportunidad?
La verdad, ni siquiera buscaba ser perdonada. Tampoco es que fuera tan conchuda.
Escape o no de este infierno cómodo, ese pecado no descubierto nunca será perdonado, porque no se lo ha confesado a nadie.
Era uno de los finales ya escritos desde el día en que decidió que, en vez de ser una víctima indefensa, prefería ser la victimaria que ejerce la fuerza. Berenice tragó el hartazgo y la culpa que le pesaba en la espalda y se resignó con ligereza.
—El Señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz.
—Gracias.
Tras despedirse brevemente del cura al otro lado de la pared, Berenice estiró las rodillas que habían estado apoyadas en el suelo todo el tiempo. Al salir del confesionario, que era de lo más sofocante, Erkin, que ya se había confesado antes, se levantó de su asiento.
—Parece que terminaste rápido, ¿no?
—Es que soy inocente. No es que haya cometido pecados precisamente.
‘Inocente’, dice el caradura. Qué buena.
‘Inocencia’ era una de las palabras que menos encajaba con un mafioso. Berenice soltó una risita burlona ante su descaro y guardó el velo blanco de misa en su cartera, todo arrugado.
—¿Y Ricardo?
Berenice miró a su alrededor buscando a ese ángel malvado, uno de los que no la dejó concentrarse durante toda la confesión. Erkin sacudió la cabeza levemente mientras extendía el abrigo de Berenice.
—Salió hace un momento.
—Qué bien. No importa lo de saludar a Ricardo, nosotros ya nos…
Berenice, que se estaba cerrando bien el abrigo para que no le entre el aire, se calló de pronto y ladeó la cabeza. Una mujer de baja estatura caminaba rápido en la dirección que Erkin había señalado.
—¿Señorita?
Erkin preguntó extrañado, pero Berenice no le respondió y apuró el paso pasándole por el lado. Apenas salió de la iglesia, vio a la mujer hablando con Ricardo.
Al escuchar los tacos de Berenice, la mujer se dio la vuelta y, con cara de alegría, la saludó con la mano.
—Berenice, tanto tiempo.
—… Chiara.
Berenice pronunció el nombre con un suspiro, pero luego se enderezó y le mostró una gran sonrisa. Con esa finta de sonrisa dulce que hasta le levantaba los pómulos, se le acercó Erkin, que la había seguido sin ninguna prisa.
Chiara miró con sorpresa a Erkin, que le llevaba casi dos cabezas de altura, y luego volvió a mirar a Berenice. Se le acercó con confianza, demostrando lo cercanas que eran, y le habló tan bajito que solo ella pudiera oírla.
—La confesión te tomó más tiempo de lo que pensé.
—Ya sabes. Es que tengo muchos pecados.
—Lo sé. Me consta.
—Pero me parece que voy a tener que volver al confesionario bien pronto.
—Supe que andas a mil con lo de Russo. Qué pena, de verdad.
—Sí, pues, ten un poquito de pena por mí.
—…….
Berenice miraba con satisfacción cómo esa cara de rasgos finos y tiernos se ponía tiesa por la incomodidad, cuando Ricardo hizo un gesto con el mentón indicando que dejaran de hablar ahí paradas y se movieran.
Berenice se mordió el labio como dudando mientras veía a Ricardo y a Chiara seguirlo de inmediato, y luego se dirigió a su carro.
—¿Vamos a casa?
preguntó Michele, que se había quedado vigilando a Ricardo y a Chiara mientras esperaba a Berenice.
Ella negó con la cabeza mientras se ponía el cinturón.
—No. A la mansión Valentiera.
—¿No dijiste que no ibas al almuerzo?
Justo había puesto la excusa de que estaba ocupadísima arreglando el lío de Russo, que se había escapado con la plata de los cupos, para faltar al almuerzo. ‘Ya sé que dije eso’, pensó Berenice, y señaló con el mentón como diciendo ‘¿qué me preguntas?’.
—Ya viste a Chiara. Arranca.
—¿Quién es ella?
preguntó Erkin, abrochándose también el cinturón.
Berenice se mordió el labio un momento. Pensó en ignorarlo y hacerse la que no escuchó, pero como Michele y Andre ya sabían quién era, dejar a Erkin en el aire le daba mala espina.
—Chiara Volonte. Es una de las integrantes de los Valentiera.
Aunque no es común ver mujeres en el grupo aparte de Berenice, eso era algo que se notaba a leguas. Erkin la miró de reojo insistiendo, así que Berenice añadió de mala gana, como para que se calle de una vez:
—Es especialista en recolectar información, por eso no da mucho la cara.
—…….
—Si tienes ojos, ya te habrás dado cuenta de que no nos llevamos precisamente bien. Me da que quiere darme el golpe por la espalda, pero se contiene porque llevo el apellido Valentiera. Igual, hace bien su chamba.
‘Por eso no le he dado su merecido todavía…’, murmuró para sí misma con un tono extrañamente afilado.
—¿No me diga que cambió de planes y va al almuerzo solo para buscar el momento de pegarle?
—A ti te puedo pegar primero si quiero.
Berenice le dedicó una sonrisa radiante, como la de una mujer a la que el amor de su vida le acaba de pedir matrimonio. Estaba en posición de agarrar su cartera y lanzarla como si fuera un bate de béisbol en cualquier momento.
Tras la risita de Michele, un silencio familiar envolvió el carro, pero no era para nada incómodo ni pesado.
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Por suerte, ningún mando se atrevió a culpar a Berenice. Según lo que se escuchaba en las charlas de los soldatos, hasta los mismos jefes estaban tan desconcertados por lo inédito del caso que ni tiempo para indignarse habían tenido. Es más, hoy, a dos semanas del desfalco y sin rastro de Russo todavía, Ricardo, el jefe, se limitó a seguir comiendo sin decir ni media palabra. Con el boss en ese plan, los mandos no tenían autoridad para reclamarle nada a Berenice; y no era que Ricardo la estuviera apañando por ser su hermana, simplemente no había excusa para meter su cuchara.
La razón por la que Ricardo la ayudó, pero se mantuvo al margen, era obvia: Las ganancias eran brutales. Más allá de que el precio de los terrenos que Berenice compró se fue a las nubes en cuanto se confirmó la reurbanización, estaba el tema de las piezas defectuosas que Russo se robó. Eso le causó una pérdida millonaria a la fábrica de camiones frigoríficos de Vincenzo Marino, en respuesta, la plata que Ricardo levantó en estos últimos quince días superó por mucho las ganancias de los terrenos.
Con tanta plata entrando, ponerse a llorar por el cupo de un mes sería de gente muy tacaña. Así que, dejando de lado la locura que hizo Russo, la plata que se llevó se podía ignorar tranquilamente o tomarla como una anécdota ridícula. Por eso, gracias a la astucia de Berenice —que nunca perdía—, todos estaban pendientes de que terminara de limpiar el desastre, mientras mantenían a la gente de la familia buscando por toda la zona de Bellock.
Pero, entonces, ¿por qué…? Erkin frunció un poco el ceño, confundido, al ver a Berenice casi con la nariz metida en el plato. A su parecer, el ambiente del almuerzo no estaba mal. Nadie había soltado ni un comentario de reproche ni le estaban dando mala cara, pero Berenice se portó durante toda la comida como si no hubiera almorzado en días. Si de verdad hubiera tenido hambre, sería otra cosa; pero que él recordara, cuando fueron de la iglesia a la mansión Valentiera, ella no tenía cara de estar famélica. Para Erkin, que no se le había despejado ni un segundo en estas dos semanas, la diferencia con su estado habitual era clarísima. No había que ir muy lejos: comparado con la cena de ayer, hoy estaba devorando la comida a una velocidad increíble.
Ella, que estaba totalmente concentrada en lo que tenía al frente, terminó incluso de comerse rápido el helado que el mismo Francesco, con cara de preocupación, le había traído. ‘A esta le va a dar un patatús’, pensó él, y dicho y hecho: Berenice se agarró la panza diciendo que le había dado indigestión por comer tanto y tan rápido, y se levantó de la mesa avisando que se iría a descansar a su antiguo cuarto. Ignorando incluso el llamado de Marcello, el consigliere, salió del comedor con la mirada de Erkin siguiéndola como una sombra.
Erkin observó cómo las distintas miradas que seguían a Berenice con extrañeza se dispersaban, y luego él también desapareció en silencio, como si nunca hubiera estado en ese comedor.
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