Perros entre rosas marchitas - 11
¿Cómo va a ser esa la mirada de alguien desesperado?
Si estuviera un poco más desesperado, de seguro se come a alguien vivo. Me daban unas ganas de llevarlo así tal cual ante Ricardo y preguntarle en su cara: ‘¿A ti esto te parece desesperación?’, pero la verdad es que me daba un poco de cosa ignorar ese instinto de animal que tiene Ricardo.
Pero dejando eso de lado… qué raro.
En ese entonces, él se portaba más frío que un témpano. Bueno, no es que ahora sea la persona más dulce del mundo, pero…
Ese ‘entonces’ al que Berenice se refería era el año pasado.
Exactamente en esa época del año en la que no es ni primavera ni verano.
El día del problema. No era nada del otro mundo que Berenice, mientras tomaba sorbos de brandy en el balcón, compartiera con Erkin —quien estaba solo en el jardín— la vista del atardecer rojizo o esa brisa con olor a pasto.
Después de todo, era bastante común que los miembros de la ‘familia’, invitados por Ricardo para cenar o para reportar el trabajo, se pasearan tranquilos por el jardín. Sobre todo en esas tardes de finales de primavera, cuando ya se siente el veranito.
Así que, el hecho de que sus miradas se cruzaran y se quedaran fijas el uno en el otro, dejando a ese soldato novato en su campo de visión, no era algo como para escribirlo en un diario y darle mil vueltas.
Hasta ahí, todo bien.
Si Erkin no la hubiera ignorado y evitado como si fuera un monstruo de la antigüedad que te vuelve piedra con solo mirarte; si no le hubiera dado la espalda levantando un muro justo cuando ella iba a saludarlo con una sonrisa, Berenice hoy podría decir bien parada que ‘no pasó nada’. Es más, quizás hasta ya se habría olvidado de todo hace tiempo.
Pero resulta que ese día, el señorito le regaló un momento inolvidable.
Berenice, que se quedó tiesa ante ese desplante tan obvio, no pudo ni enderezar el cuello —que lo tenía medio doblado para saludar— hasta que el hombre salió del jardín y se perdió dentro de la mansión. Aunque no había nadie más que ellos dos, ella sintió tanta vergüenza que la cara le quemaba.
De solo pensarlo otra vez, me da una rabia.
En ese momento, estaba tan ocupada tratando de enterrar ese desplante y esa humillación que nunca antes había sentido, que después solo me mataba por actuar como si nada cada vez que me lo cruzaba…
Si hubiera sabido que nos íbamos a encontrar así, como guardaespaldas y protegida, no habría hecho las cosas así. Si hubiera sabido que iba a pasar por este sentimiento de m… donde mis trapos sucios salen al aire a la fuerza, habría ido por todo en ese entonces, cueste lo que cueste.
Pero, ¿quién iba a imaginar que eso me seguiría rayando la cabeza hasta ahora?
Justo cuando le daba vueltas a si debía preguntarle, de una vez por todas, por qué la ignoró así esa vez, por qué recién ahora la miraba a los ojos o si ella había metido la pata en algo que no sabía, la voz grave de Erkin le llegó al oído.
—O… ¿es que no quieres caminar?
Erkin, que tampoco encontraba lo que buscaba, bajó la mirada hacia los zapatos de Berenice. Ella, sintiéndose de pronto cohibida por esa mirada fija en sus pies, intentó retroceder, pero Erkin la agarró del brazo temiendo que se fuera a caer.
Su cara de alivio por evitar la caída duró poco. Con los ojos entrecerrados, como quien sospecha de algo, Erkin soltó la pregunta con el aire de alguien que ya aguantó demasiado:
—¿Por qué se puso esos tacones?
—… ¿Y a ti qué te importa?
—Si tiene otros planes, tengo que saberlo.
—No tengo ningún otro plan que tengas que saber. Estoy contigo ahora, ¿no? Vamos a estar moviéndonos juntos todo el rato.
La voz de Berenice era plana, sin subir ni bajar el tono, diciendo la verdad. Al mismo tiempo lo miraba como reclamándole por ser tan preguntón, pero a Erkin no le importó y repitió la pregunta:
—No me ha respondido lo de los zapatos.
—¿Qué tienen mis zapatos?
—Por la reacción de Michele o del jefe, parece que no es lo que usa normalmente, así que ¿por qué…?
—Eso es por……..
Berenice se calló de golpe.
¿Cómo iba a decirle que se puso esos stiletto para ver si podía alcanzarle la mirada, porque odiaba que él fuera tan alto y la mirara siempre desde arriba?
Ni muerta se lo decía. Ya no aguantaba una vergüenza más. Así que Berenice decidió inventarse una excusa cualquiera para salir del paso. Y de paso, le lanzó una de sus sonrisas perfectas.
—Me los puse solo porque son lindos.
—¿Porque son lindos?
—¿Qué otra razón habría para ponerse algo que solo duele y estorba? Su única razón de existir es que se ven hermosos y punto.
—…….
—Que te los pusiste porque son lindos…….
Erkin repitió las palabras de Berenice con un tono de derrota y se enderezó lentamente.
Ella juraba que le había respondido con su mejor sonrisa, pero por la cara de él, era obvio que ni su respuesta ni su sonrisa le daban ni un poquito de confianza.
Le pareció el colmo que él pusiera esa actitud de ‘no te creo nada, pero te la paso por esta vez’, pero como Erkin volvió a tomar distancia, Berenice por fin pudo respirar tranquila y aceptó para sus adentros que había hecho una soberana estupidez.
‘Qué nivel de ojos ni qué ocho cuartos. ¿Para qué diablos me sirve eso?’.
Mandando todo al desvío, Berenice movió los talones y se zafó de los zapatos. Sintió una liberación total, como si la sangre por fin corriera sin obstáculos por sus venas, mientras sus pies —solo con las medias de nylon— tocaban el piso de mármol. El frío que le subió por las pantorrillas hizo que encogiera los hombros por puro reflejo.
—Hm…
—Erkin soltó un suspiro corto y bajó la mirada todavía más.
Por cómo sus ojos iban y venían del suelo, parecía que estaba comparando sus zapatos con los pies descalzos de Berenice. Como si estuviera pensando que, si los tamaños cuadraban, se sacaría los suyos para dárselos.
‘¿Este no ve bien o qué?’.
Berenice miró de reojo los pies de Erkin —que eran tan grandes como su estatura— y arrugó la nariz. Si los stiletto eran incómodos, caminar con esos lanchones sería imposible. Berenice encogió los dedos de los pies como rechazando de antemano cualquier atención innecesaria.
—Me vas a pegar los hongos. No quiero nada.
—…….
Parece que esa tontería ya fue demasiado difícil de ignorar, porque Erkin se quedó mirando el techo un rato como tratando de calmarse.
—¿Entonces qué? ¿Quiere que la cargue para llevarla?
—… ¿Qué estás hablando? ¿Se te metió el diablo o qué?
—…….
Berenice, que ya daba la charla por terminada y se había colgado los zapatos del dedo, saltó del susto con la pregunta. ¿Cargar qué? ¿Me quiere llevar como si fuera un bulto?
En la cara de ella, que lo miraba como si estuviera poseído por Satanás porque nadie en su sano juicio diría algo así, ya no quedaba ni rastro de la broma de los hongos de hace un momento.
—Ay, por Dios, lo dice en serio. Y yo que no tengo ni agua bendita a la mano. Qué pecado.
—…….
Si tuviera un café en la mano, seguro metía una cruz y se lo salpicaba como si fuera agua bendita. Lanzándole una mirada de ‘qué pena, tan joven y ya está mal de la cabeza’, Berenice pasó por su lado y empezó a caminar a paso firme, descalza, por todo el pasadizo.
【 El pecado de no haberlo descubierto 】
‘En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’.
Berenice se persignó con calma y clavó la mirada en sus manos, que tenía bien juntitas.
—Padre, hace un mes que no me confieso.
Dentro del estrecho confesonario, su voz de contralto resonaba con claridad. Los pecados que soltaba de rodillas, como quien confiesa todo de cabo a rabo, no eran muy distintos a los que había recitado en ese mismo lugar hace un mes.
Pero, ¿serían solo los pecados de hace un mes lo único parecido? Desde su primera confesión hace quince años, Berenice había repetido y recitado los mismos errores una y otra vez.
Mientras enumeraba sus culpas como una máquina, Berenice acariciaba lentamente el denario que llevaba en el dedo. Con la cruz de plata al centro, las diez pequeñas rosas labradas giraban una a una, como si estuviera rezando el rosario en cámara lenta.
Berenice se quedó mirando esas rosas de plata que nunca se marchitarían. Cerró los labios un momento y luego los abrió a regañadientes; los pecados que había preparado para la confesión se le habían acabado antes de tiempo.
—Y por todos los pecados que no he podido descubrir, pido también el perdón de Dios.
‘Los pecados que no he podido descubrir’.
Al decir esa frase que ya venía por defecto en el rito, las comisuras de sus labios se tensaron, quedándose muda. A menudo se lo preguntaba: ¿era realmente apropiado llamarlos ‘pecados no descubiertos’?
¿No sería más exacto decir que eran pecados que ella misma ocultaba, engañándose incluso a sí misma, porque no se atrevía a confesarlos ni siquiera ahí? Mientras se planteaba esa vieja duda a solas, su boca volvió a moverse mecánicamente.
—Porque he ofendido a Dios, me arrepiento de todo corazón de haber hecho el mal y de haberme alejado del bien. Con el favor de su gracia…
¿Arrepentirse? Qué buena. Qué chiste.
Lo había dicho ella misma, pero si no hubiera hecho fuerza con la panza en ese momento, se le habría escapado una risa burlona y sacrílega. Le resultaba ridículo verse ahí, metida en ese confesonario chiquito, hablando de un arrepentimiento silencioso que solo el cura podía oír. Ella sentía que esas cosas se deberían decir llorando frente a un juez y un jurado en un tribunal…
Aunque, pensándolo bien, eso quizás sería pura finta.
Al final, declarar en un tribunal tiene más que ver con bajar la pena que con un arrepentimiento real. Ni hablar de los planes fríamente calculados con el abogado para conmover al jurado. Por eso, el solo hecho de pensar de forma tan calculadora hacía que eso de ‘arrepentirse’ y ‘ser perdonada’ fuera casi imposible.
Berenice recordó el momento en que, hace veinte años, puso sus manos llenas de barro sobre los zapatos de un caballero y su hijo que visitaban el orfanato.
‘¿Tú… quieres venir conmigo?’.
Apenas acababa de cumplir los cinco años, pero el recuerdo estaba intacto, sin una sola mancha ni desgaste.
Los pétalos de rosa marchitos tirados debajo del jardín, el olor a pasto mezclado con tierra mojada, la sombra que se proyectaba sobre ella y esa mano fina que se le extendió… todo estaba tan nítido como si hubiera pasado ayer.
Por eso, le entraba la curiosidad.
Si pudiera regresar a ese día de hace veinte años con este mismo recuerdo, ¿sería capaz de no tomar esa mano y salir corriendo lejos de ellos? ¿O terminaría repitiendo la misma historia otra vez?
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