Perros entre rosas marchitas - 10
Observando a Ricardo y a Berenice, escuchando en silencio como si recolectara cada palabra de su conversación, la mirada de Erkin se volvió más profunda por un breve instante. Aunque todo era por lo que Berenice había planeado, hecho y provocado, Ricardo —quien hasta ahora había mostrado más expresiones humanas de las que Erkin creía posibles— había hecho gala de una amplia gama de emociones.
Al menos, hasta que Berenice mencionó no solo a Brian, sino también a Steven J. Lockwood.
Erkin, que había visto cómo el rostro de Ricardo se ponía incluso más frío que cuando habló de Russo Gucci —el hombre que había traicionado tanto a Berenice como a la Familia Valentiera—, sintió la certeza instintiva de que lo que acababa de ver, oír y sentir no podía pasarse por alto.
Valentiera y Lockwood. O Ricardo y Steven….
Mientras Erkin grababa esos dos nombres en su mente una y otra vez, Ricardo, con el rostro tenso y lleno de palabras contenidas, dio una orden que había sido cuidadosamente filtrada.
—Antes de que los hermanos Lockwood logren cualquier objetivo que estén escondiendo, encárgate del menor.
—¿Qué? ¿Por qué sigues….?
—No lo diré dos veces. Termina con esto.
Berenice frunció el ceño ante la constante interferencia; primero con su guardaespaldas y ahora esto. Abrió la boca, llena de palabras listas para discutir, pero con la culpa aún pesando sobre ella, pareció decidir que no valía la pena armar otra pelea. Haciendo un pequeño puchero mientras miraba de reojo a Ricardo, Berenice se volvió hacia Erkin.
—… Sal un momento. Prefiero que no me veas pidiéndole perdón a mi hermano.
Él se preguntó si realmente debía irse, pero Ricardo no revocó la orden. Entendiendo lo que eso significaba, Erkin dio media vuelta en silencio y salió del estudio.
***
Los pasos de Erkin se fueron alejando poco a poco.
Una vez que solo quedaron ellos dos en la oficina, Berenice enderezó los hombros, esos mismos que hace un instante parecían encogerse en un gesto de disculpa. La expresión cautelosa que tenía hace unos momentos desapareció por completo. Tomando aire de forma pausada y profunda, recuperó su habitual indiferencia de rostro frío y compuesto, habló primero.
—Ahora dime. Ya hay menos oídos cerca.
—Dime qué.
—La razón por la que asignaste a Erkin como mi guardaespaldas.
—….
—No empieces con estupideces, hermano. Con un idiota hablando de más ya es suficiente. Si el problema eran la Familia Marino y Russo, pudiste haber elegido a cualquier picciotto para ponerlo a prueba, como siempre.
—Es verdad.
Ricardo no lo negó.
Asignar a uno de los picciottos para cuidar a Berenice siempre había sido parte de una prueba, un rito de iniciación. Por supuesto, en parte era por seguridad real, pero ese no era el único propósito.
Era una forma de ver si el hombre elegido, tras pasar tiempo cerca de la hermana del jefe, filtraba información sobre los asuntos internos de los Valentiera a alguien más. Si se relajaba cuando Berenice le decía que no sea tan estricto. Si intentaba usarla a ella, que manejaba parte de las finanzas de la Familia, para su propio beneficio.
Por fuera, parecía un trabajo fácil: una tarea poco exigente, una jefa y colegas sin complicaciones, bonos generosos. Podría parecer que, con solo dejar pasar el tiempo sin causar problemas, uno podía convertirse fácilmente en un soldato bajo la recomendación de Berenice, incluso sin resultados notables. Pero, en realidad, era una soga que podía apretarse en cualquier momento. Al instante en que te relajabas y dabas un paso en falso, te atrapaba el tobillo y lo rompía de un solo golpe.
Inclinando la cabeza ligeramente hacia atrás, Berenice miró de reojo hacia donde se había ido Erkin —el hombre que acababa de caer en una nueva trampa— y preguntó como quien no quiere la cosa, como lanzando una piedra al azar.
—Dijiste que planeabas convertirlo en caporegime. ¿No confías en él?
—No es eso.
Tomando un cigarro y el cortador de la caja de madera, Ricardo sacudió la cabeza y murmuró en voz baja:
—Solo quería ver si realmente es un hombre bueno.
—¿Ver si es bueno?
Agarrándose del final de su frase, Berenice entornó los ojos con terquedad, obligándolo a dar más detalles. Ricardo suspiró.
—Es bueno en su trabajo. Pero hay algo extrañamente desesperado en él.
—¿Desesperado?
¿No ‘sospechoso’? La respuesta tomó a Berenice con la guardia baja. Se acomodó en su silla. Sabía lo que significaba ‘desesperado’, pero no esperaba que esa palabra describiera a Erkin.
—Cuando dices desesperado, ¿te refieres a que es del tipo que arriesga la vida por resultados?
—No. Es algo diferente a eso.
—¿Acaso hay diferentes tipos de desesperación?
Ante la pregunta de Berenice, Ricardo frunció el ceño. No porque le molestara la duda, sino porque ni él mismo sabía cómo responderla.
—Ahora que lo he dicho en voz alta, se está volviendo un enredo. Olvídalo.
—Te juro que a veces me dan ganas de pegarte. ¿Quién te enseñó a cortar las conversaciones cuando te da la gana después de dejar a la gente con la curiosidad?
—Tú deberías aprender a hablar con respeto primero.
Rechazando el cigarro que Ricardo le ofrecía, Berenice soltó un ligero tarareo y cruzó las piernas. Desesperado, ¿eh? Eso no encajaba para nada con Erkin. No sabía qué había visto Ricardo en él para llamarlo así, pero la conclusión era clara: pensó que usarla para probar a un simple picciotto no era suficiente, así que ahora estaba haciendo lo mismo con un soldato.
Todo el mundo se moría por usarla. Fuera un desgraciado u otro, todos querían algo de ella.
Torciendo los labios con asco, Berenice preguntó sin rodeos:
—Si Erkin supiera el trasfondo de por qué me lo encajaste, ¿crees que le gustaría?
—¿Por qué tendría que importarme?
—Qué frío. ¿Y si esa lealtad suya se rompe por tu culpa?
—Eso es algo que solo pasará si mi hermana no puede mantener la boca cerrada.
—Bueno, en eso no te equivocas.
Aun así, eso era cruel. En lugar de protegerla, simplemente la había lanzado a una trampa. Incluso cuando su hermana hacía pucheros y se quejaba, a Ricardo no le importaba. Encendiendo la punta de su cigarro, se veía perfectamente calmado, como si sospechar y poner a prueba a alguien antes de que llegue la traición fuera puro sentido común.
Ahora que lo pensaba, no había mucha diferencia entre eso y lo que ella misma había hecho: investigar a Russo y a Brian, usándolos incluso después de conocer sus verdaderas intenciones. Al darse cuenta de eso, Berenice levantó ambas manos ligeramente, como diciendo: ‘Ya, bueno, haz lo que quieras’.
Tal vez debí advertirle ayer….
Él ni siquiera era un picciotto que no hubiera pasado su iniciación; era un soldato. Sin importar lo irritante que fuera Erkin, Berenice sintió una pizca de culpa y se mordió el labio.
Dando una larga bocanada a su cigarro, Ricardo aconsejó con calma:
—Así que no empieces a portarte de forma pesada. No es tan difícil. Por lo que vi hace un rato, si tan solo le sonríes, lo más probable es que mueva la cola aunque no tenga una.
—Ay, por favor. No digas cosas tan asquerosas.
Berenice puso cara de asco, con el rostro contraído como si acabara de morder algo agrio.
—¿Entonces qué pasa? ¿Qué es lo que tanto te molesta?
—Me revienta que me hayas encajado a un guardaespaldas sin decir ni una palabra. ¿Te costaba mucho darme un aviso antes?
—Tienes harta personalidad para decir eso, considerando que te has quedado calladita sobre Russo todo este tiempo.
—Como sea. Ya deja de probar a la gente convirtiéndolos en mis guardaespaldas. Arréglatelas tú mismo y deja de usarme para eso. Para algo tienes detectives privados.
Con tono algo cansado, Berenice murmuró entre dientes. Mirándola en silencio, Ricardo inclinó la cabeza hacia la puerta cerrada.
—Si no lo odias tanto, al menos intenta llevarte bien.
—….
—Anda. Échale un ojo.
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Al escuchar los pasos, Erkin, que se había quedado parado a poca distancia, se acercó lentamente. A pesar de sus zancadas largas y su paso pausado, acortó la distancia entre ellos en solo unos segundos.
Berenice se detuvo cuando solo quedaban un par de pasos entre los dos y levantó la mirada hacia él. La distancia era perfecta, lo suficientemente cerca como para no tener que inclinar la cabeza hacia atrás ni abalanzarse sobre él para encontrar sus ojos. Queriendo memorizar ese espacio entre ambos, lo recorrió con la mirada cuando, de pronto, Erkin habló.
—¿Te regañó muy fuerte?
—¿Qué, pensaste que me habían dado de nalgadas o algo así?
—Parece que estás bien.
Su voz sonaba genuinamente aliviada, con un tono cálido y natural. Quizás ya había aprendido a ignorar su sarcasmo sin sentido en solo un día. Una ligera sonrisa se formó en sus labios.
Así que de verdad sabe sonreír.
Era una sonrisa distinta a la fugaz que le había visto ayer. Todavía tenía un toque de incredulidad, pero no era burla ni ironía; era una sonrisa de verdad. Se sentía extraño, como si hubiera visto algo raro por accidente.
Ella se sorprendió a sí misma calculando en silencio cuánto tiempo duraría.
Entonces, sin previo aviso, Erkin acortó la distancia que ella acababa de medir.
—El maletín. Dámelo.
Ni siquiera hubo tiempo de lamentar que esa sonrisa —parecida a un espejismo— se hubiera esfumado. Sin esperar, Erkin estiró la mano y tomó el maletín antes de que Berenice pudiera dárselo. No pesaba mucho. Aprovechando el momento, también agarró el abrigo que colgaba de su brazo y se agachó un poco.
—¿Te incomoda caminar?
Parecía preocupado por cómo ella casi había perdido el equilibrio hace un rato. Al tomar su silencio como una afirmación, tal vez pensando que el pie le dolía demasiado como para moverse, sus ojos empezaron a buscar en el rostro de ella cualquier rastro de dolor oculto.
Si hubiera habido el más mínimo rastro de burla en su mirada, ella estaba lista para empujarle la cara, pero no pudo. Su cuerpo se negó a moverse mientras tensaba los músculos del abdomen, temerosa de que se le escapara otro hipo ridículo.
La mirada de él la había rozado antes, de forma discreta y fugaz, como si estuviera comprobando algo, pero nunca de esta manera.
¿Por qué me mira así ahora?
Más incómoda que sus pies, que empezaban a latir conforme la sangre bajaba a ellos, era el hombre parado justo frente a ella. Bajo la sombra proyectada por el hueso de sus cejas bien marcadas, sus ojos azules y fríos brillaban con una presión que parecía dejarla clavada en el sitio.
Con solo una mirada gélida e indescifrable, parecía presionarla en silencio, controlando incluso el ritmo de su respiración, tanto el inhalar como el exhalar.
Siguiendo esa mirada gélida mientras se demoraba y se movía —de sus ojos al entrecejo, a sus labios y por su mejilla—, Berenice frunció el ceño ligeramente, como si algo en todo eso no terminara de cuadrarle. Aguzó la mirada, buscando en el rostro de Erkin aquello que no lograba identificar.
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