Mi apacible exilio - 98
No era ninguna de las cosas que me había imaginado: ni que le gustaba de chiquito, ni que sentía que me debía la vida por algún favor del pasado.
‘Era algo que quería poseer’.
Dijo ‘algo’, ni siquiera dijo ‘alguien’.
Fue una frase tan directa que me dejó helada, pero a la vez, por más loco que suene, me pareció que tenía sentido. Recordando cómo hablaba él, cómo trataba a los demás… la verdad es que esa confesión sonaba mucho más real en su boca que un ‘te amo’ de novela. Esas palabras, que seguro le costó horrores soltar, eran su versión de la sinceridad más pura.
‘… Si usted me lo permite’.
Me miraba con cautela, sin esa intensidad obsesiva que suele tener. Seguía siendo el mismo Tenet de siempre, cuidadoso conmigo.
—O sea que… ahorita…
—……
Lo entendía perfectamente. Esto no era el típico ‘soy tuyo’ que se dicen los enamorados jugando. Esto iba por otro carril.
—¿Me está pidiendo formalmente ser mi esclavo?
A Tenet, que me miraba con toda la seriedad del mundo, se le desencajó la cara al toque.
—¿Qué? ¿Escla…? No. No me refería a eso.
—Bueno, si dice que quiere tenerme como a un objeto, es lo único que se me ocurre.
—… No es lo que quise decir. Yo, más bien…
Iba a decirle que su forma de expresarse estaba hasta las patas, pero me aguanté. Pensándolo bien, era mucho más fácil rechazar una propuesta así que una declaración de amor sufrida. Así que, aunque sabía que él estaba haciendo su mejor esfuerzo, decidí seguirle el juego.
—Ya que tuvo la gentileza de pedir mi opinión, le voy a dar mi respuesta.
—… ¿Entonces prefiere que sea al revés?
Me quedé con la palabra ‘no’ en la punta de la lengua.
—Usted poséame a mí. Sea mi dueña.
Casi me caigo del caballo del susto. Pero claro, él no iba a dejar que pasara ese papelón. Tenet me cargó en el aire y me bajó, mientras yo lo miraba desde arriba, procesando lo que acababa de decir.
—Gracias, Tenet. Pero un ratito…
—A mí me da igual cómo sea. Si usted me posee…
—¡No, a ver, escúcheme!
le corté antes de que siguiera con su floro.
El caballo paró las orejas, mirándonos como si viera una pelea de locos. Traté de calmarme.
—Bájeme.
Él me miró como si tuviera un testamento por decir, pero me hizo caso al toque y me puso en el suelo con mucha delicadeza.
—Lo que quiero decir es: ¿por qué tiene que ser tan extremista? Hay mil formas de tener una relación sin que uno sea el dueño del otro. Usted lo sabe.
—Sí, lo sé
respondió Tenet con la cara seria.
—Pero todas son relaciones baratas. No duran para siempre.
Me quedé muda. No sabía si asustarme por eso de ‘para siempre’ o si ponerme a debatirle la idea. Al final, elegí lo segundo.
—Ya, está bien. Acepto. Eres mío.
—…….
—Y ahora, te dejo libre. Ya eres libre, Tenet. Felicitaciones, que te vaya bien, chau.
Le hablé rápido, como una actriz ensayando un guion, hasta le dije adiós con la mano. Apenas dije ‘eres mío’, su cara se iluminó por un milisegundo, pero al terminar la frase, se puso más rígido que una piedra.
—Yo no estaba jugando. Se lo dije en serio.
—Yo tampoco estoy jugando. Mire, al final es casi lo mismo que usted propuso.
Él me quitó la mirada de un porrazo. Se quedó mirando el piso en silencio y yo me quedé ahí, observando su cara. Se le veía… dolido.
—Usted me desechó así de fácil. Pero si hubiera sido al revés, yo jamás la habría dejado ir.
Asu… me sentí como la villana del cuento. El hombre me suelta una cosa de locos y el que termina con cara de perrito herido es él. Me sentí tan mal que por un segundo casi le digo: ‘Perdón, mejor tú sé mi dueño’.
De la nada, Tenet dio media vuelta, agarró las riendas del caballo y se fue caminando hacia el establo sin decir ni una palabra más.
Lo he visto ser un pesado y frío con todo el mundo, pero es la primera vez que se amarga conmigo. Aun así, no podía dejarme convencer por esa lógica suya tan disparatada. Me quedé ahí parada, mirando cómo se alejaba con el caballo bajo el cielo gris.
El aire helado me entumecía la frente y los cachetes, mis pies, hundidos en la nieve dentro de las botas, empezaban a congelarse. Mi cuerpo me pedía a gritos que entrara, pero yo no podía dejar de mirarlo.
Al final, caminé hacia él.
—A mí no me gusta eso que usted dice.
Hace un ratito me había asustado con eso de que ‘quería poseerme’, pero luego me alegré pensando que así sería más fácil rechazarlo. Sí, eso pensaba hace apenas unos segundos…
—No es que no me guste, es que me llega al pincho. Me he pasado la vida entera con el miedo de que me abandonen, así que lo último que quiero es estar amarrada a alguien de esa forma.
Entré al establo de un porrazo. Él, que ni me había mirado al entrar, volteó la cara lentamente. Y apenas me vio —mejor dicho, apenas vio mi expresión—, se le quitó lo frío y se acercó a mí todo preocupado.
¿Qué cara estaré poniendo ahora? No tengo idea.
—No vuelva a decir lo de hace un rato. Simplemente odio ese tipo de relaciones.
—… Lo que yo quería decir era…
—Ya lo sé. Sé que cuando dijo ‘querer poseer’ no se refería a eso. Perdón por haber mencionado lo de ser esclavo, pero…
las palabras me salían solas, como un caño abierto
—Sea lo que sea, no me gusta eso de ser ‘propiedad de alguien’. Es demasiado unilateral. Hay parejas, o gente que se está conociendo de a pocos, o simplemente amigos…
¿Pero qué diablos estoy diciendo?
—Si quiere que seamos algo, elija una de esas opciones. No venga de frente a decirme que sea suya.
Apenas lo dije, me di cuenta de la metida de pata. ‘¡¿Qué cosa vamos a hacer?!’.
—……
—……
Quise estrellar mi cabeza contra la pared para que se me pasara la vergüenza, o mejor, pegarle a él para que se borrara ese recuerdo de su mente. Él me miraba como un tonto y, a lo lejos, el caballo masticaba su heno como si estuviera viendo una novela. No me quedó de otra que cerrar la boca y fugarme de esa situación tan absurda.
—Me voy.
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No pude pegar el ojo en toda la noche. Era obvio.
Si hubiera arreglado las cosas en ese momento, mi mañana habría sido más tranquila. Pero llegué a la conclusión de que, si seguía hablando, la cosa se iba a poner peor. Irme así, toda torpe, fue lo mejor que pude hacer.
¿Cómo terminé así? Solo quería saber qué pasó entre nosotros en el pasado, ahora que ya no tengo nada que ocultar. Y de paso, pensaba rechazar su propuesta de antes.
Me levanté de la cama toda adolorida. Como siempre, ya había agua calientita esperándome. ‘Este hombre adivina la hora exacta en la que me despierto’, pensé mientras me lavaba la cara con cuidado.
Me sequé con la toalla y me puse un vestido sencillo para estar en casa. Hoy mi plan era encerrarme en la biblioteca y no salir para nada. Pase lo que pase, me quedo ahí metida.
—¿Ya despertó?
Me crucé con él apenas salí del cuarto. Bueno, técnicamente solo vi la mitad de su cuerpo porque él estaba subiendo las escaleras.
—Sí. Buenos días.
—Le iba a subir el desayuno
dijo él, parado en los escalones.
Lo pensé un segundo y negué con la cabeza.
—No se preocupe, voy a bajar a comer.
Gracias a la chimenea que estaba a full, el primer piso estaba calientito, casi daba calor. Tenet bajó conmigo e iba a jalarme la silla como siempre, pero le dije que no se molestara y lo hice yo misma.
Al toque me sirvió un estofado rojo con de todo, que humeaba de lo rico que estaba.
—Como Bianca se quedó con la maceta, nos dio varias cosas para el camino.
dijo él, sentado frente a mí.
Asentí y probé una cucharada. No me canso de decirlo: este hombre cocina demasiado paja. Aunque me sirvió un montón y era temprano, la comida pasaba suavecita.
Seguí comiendo mientras miraba su espalda; estaba haciendo algo en la cocina. Me sorprendió que me sentía bastante tranquila.
‘Él también está como si nada, ¿no?’, pensé. Me dio alivio, pero a la vez, sentí un pequeño bajón, como si se me hubiera salido el aire.
No es que estuviera esperando que apenas me despertara él me diera un ramo de flores y me dijera: ‘Entonces, ¿quiere ser mi enamorada formalmente?’. Pero, no sé cómo explicarlo, me sentía rara.
Seguía con la mirada clavada en su espalda, tratando de entender qué me pasaba, cuando él habló:
—También me han dado unas hojas de té nuevas. ¿Quiere probarlas?
—Sí, claro. Me parece bien.
Como lo vi tan tranquilo, yo también me relajé un poco. Hasta me di el lujo de quedarme con la cuchara en la boca pensando en lo que él me había dicho ayer.
—No saben exactamente de dónde es, pero dicen que estas hojas vienen del sur.
—Entonces de repente las reconozco.
—… Sí.
Con esa respuesta bajita, él caminó hacia mí trayendo la taza. Empujé mi plato a un lado; el aroma del té ya se sentía buenazo desde lejos.
Clac. Puso frente a mí la taza con un té tan rojo como el estofado de hace un rato.
Iba a recibirlo con gusto, pero me quedé helada mirando cómo el líquido temblaba dentro de la taza, formando ondas que parecían reflejar mi propio enredo mental.
—… Tenet.
Apenas lo llamé, me arrepentí.
Por entre su cabello plateado, vi que sus dos orejas estaban tan rojas que parecía que iban a explotar en cualquier momento.
—… ¿Sí?
La invitación de ‘tómelo conmigo’ se me quedó atorada en la garganta. Me quedé mirando a ese hombre que intentaba sonreír mientras me respondía, pero que tenía la cara tan colorada como si le hubieran reventado un tomate encima.
No estaba ‘como si nada’.
Esto era demasiado.
—… ¿Pasa algo?
—No, nada.
respondí tratando de sonar firme, le di un sorbo al té.
¿Por qué el estofado es rojo? ¿Por qué el té es rojo?
¿Por qué?
¿Y por qué este hombre también está todo rojo?
Me quedé mirando fijamente el fondo de la taza, cuando desde el otro lado de la mesa llegó su voz, tan dulce y educada como siempre:
—… Milady.
—Dígame.
—Tiene la cara roja.
—…
¿Y yo por qué estoy roja?
Pero lo más loco es que este hombre ni siquiera se da cuenta de cómo está su propia cara ahorita.
—……
—……
Decidí quedarme callada. Si abría la boca, seguro iba a soltar una estupidez como: ‘Es que estoy tomando té rojo, pues’. Pero estar así, mirándonos en silencio, también era una tortura.
Iba a tomar otro sorbo para disimular, cuando…
Toc, toc.
Alguien llamó a la puerta principal.
—Yo voy
dije, levantándome de un salto como si hubiera estado esperando que alguien me rescatara de ese momento.
Era demasiado temprano para recibir visitas.
—¿Quién es?
Nadie respondió al principio. Pero luego, una voz llegó desde el otro lado:
—¿Es usted, Lady Fayril?
Mi mano, que estaba a punto de agarrar la perilla, se quedó congelada en el aire. El que estaba afuera siguió hablando, sin importarle que yo no hubiera respondido.
—Mi nombre es Ethan Shamk. Soy el subcomandante de la Orden de Caballeros de Atanas.
Sentí que Tenet se acercaba por detrás y me llamaba, pero no le hice caso. Me quedé ahí plantada, escuchando lo que venía después:
—He venido a buscar al comandante de la orden, Señor Yuri Tenet.
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