Mi apacible exilio - 97
Siento el tacto de su mejilla suavecita en la punta de mis dedos.
Cuando él cerró su mano grande sobre la mía, como para atraparla, me asusté y estiré los dedos al toque. Tenía miedo de que mis uñas terminaran raspando esa piel tan lisa.
O sea…
—… O sea.
las palabras salieron de mi boca sin pensar. Más que hablar, estaba balbuceando. Traté de no parecer nerviosa y quise retirar mi mano con toda la naturalidad del mundo.
Pero mi primer intento falló miserablemente. Me quedé mirando mi propia mano, atrapada entre las suyas, como si fuera una traidora. Ya medio rendida, me enfoqué en mis dedos puestos de forma tan extraña sobre su mejilla.
—… ¿No será que te estaba pellizcando?
solté, intentando escapar de la situación.
Mejor no hubiera dicho nada, porque se notó a leguas que estaba palteadaza. Miré su cara de reojo con miedo a su reacción y me quedé congelada.
Él me miraba con una expresión extraña, pero de pronto, sus labios dibujaron una curva. Se estaba riendo. Me puse seria al toque.
—Es mentira, ¿no? Se está burlando de mí.
—No, para nada. Es que me dio un poco de gusto ver que se puso nerviosa… Pero no es mentira.
—… Sea como sea, tiene gustos bien raros.
Él cerró la boca, pareciendo satisfecho. Recién ahí me permití sonreírle de vuelta, como él lo había hecho antes. Pero mientras intentaba sacarme de la cabeza la sensación de su mejilla suave, volví a pensar en lo que dijo de que no era mentira.
Siendo honesta, en esa época yo estaba en mi peor momento. Mi mamá estaba muy grave y el ambiente en mi casa era bien sombrío. Si iba al Templo todos los días era para rogarle a la Diosa que ella se curara.
En ese entonces, solo tenía eso en la cabeza. Estaba más callada y amargada que nunca; no tenía cabeza para andar haciendo amigos… o al menos eso era lo que yo creía. No me acuerdo de nada, ni un poquito.
—No se esfuerce en recordar si no quiere.
—…….
¿Acaso me lee la mente? Volteé a verlo otra vez porque me habló como si supiera exactamente en qué estaba pensando. Lo miré fijo, sin decir nada. Desde su mejilla blanca y suave hasta sus ojos y su boca que sonreían… y mis ojos volvieron a su mejilla.
—¿Usted se cuida la piel con algo especial?
le pregunté por salir del paso.
—¿Eh? No, para nada.
—Ah, entonces es de nacimiento.
Solté esa tontería por soltar, pero él me respondió:
—¿Le gusta?
‘¡Ay, no! Si te digo algo así, lo normal es que te pongas tímido, ¿por qué siempre respondes así?’
quise gritarle, pero me guardé las palabras y le dije:
—Sí, me gusta.
—……
—¿Puedo tocar otra vez?
—Cuando quiera.
¿Y por qué responde ‘cuando quiera’ como si me estuviera esperando? A este paso, más que un amigo de juegos parece…
En vez de reclamarle, volví a mirar al frente. Traté de imaginarme a ese chico, a Yuri Tenet, de más joven. Podía imaginarme a mi versión niña sentada a su lado, pero me costaba horrores ponerle una cara a él de chiquito.
—… ¿Me quería?
le pregunté de la nada, mirando fijo a la estatua de la diosa.
—Le pregunto si yo le gustaba.
—……
Él, que siempre respondía al toque, se quedó mudo. Yo seguí mirando al frente sin voltear a verlo.
—Digo, porque al principio me usaba de sirviente, pero luego se portó bien. Y después llegamos a tener tanta confianza como para acariciarle la mejilla…
—……
—¿Y entonces?
Era un tema que siempre había evitado a propósito. Era obvio, porque cada vez que lo tocaba se ponía rojo como un tomate y siempre andaba pendiente de mí como un perrito buscando cariño. Me esforcé un montón para que nunca se me escapara ni una palabra que sugiriera ‘eso’.
Si sacaba el tema ahora era porque, a diferencia de antes, sentía que ya no necesitaba depender de su buena voluntad y podía cortar por lo sano si quería. Qué egoísta de mi parte.
—Aquí, ‘querer’ a alguien es muy distinto a que esa persona sea ‘la única que no te cae mal’
Después de un silencio largo, escuché su voz, más grave que de costumbre:
—¿Qué significa eso exactamente?
Dejé de mirar al frente y lo volteé a ver. Tenía una cara que nunca le había visto.
—Eso que sale a cada rato en las novelas románticas que a la gente tanto le gustan.
Apenas lo dije, me arrepentí. Seguro él ni lee esas cosas. Así que solté la palabra más directa:
—… Eso que llaman amor.
—…….
—Bueno, éramos chicos, así que quizá esa palabra sea muy fuerte. Algo más ligero, tal vez.
—… No fue nada ligero.
me interrumpió.
Sus ojos azules me clavaron la mirada. Me sostuvo la vista con terquedad por un momento, pero luego desvió la mirada con una expresión extraña. Parecía que estaba buscando desesperadamente en su cabeza la definición de ‘amor’, como si nunca se hubiera detenido a pensar que lo que sentía era eso.
Después de un buen rato, por fin habló:
—No creo que haya sido en ese sentido.
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Había pensado que debía ser clara y decirle: ‘Gracias por todo este tiempo, pero no puedo aceptar tus sentimientos’. Creía que después de haber sobrevivido gracias a su buena voluntad, rechazarlo con honestidad era la única muestra de respeto que me quedaba. Muy aparte de mi egoísmo, así es como quería cerrar esto.
‘No creo que haya sido en ese sentido’.
Seguía dándole vueltas a esas palabras que Tenet soltó con una cara tan seria. Me sentía fatal, no solo por haberme quedado en ridículo, sino porque el culpable de mi vergüenza estaba ahí mismo, pegado a mí en el caballo.
Cada vez que el caballo aceleraba, mi cuerpo se apoyaba por inercia en el hombre que venía detrás. Yo hacía fuerza con la cintura, tratando de mantenerme derecha y mirando fijo hacia adelante.
‘¿Entonces éramos amigos? ¿Mis primeros amigos?’.
Cuando se lo pregunté tratando de sonar natural (aunque por dentro me moría de la palta), vi que se le puso la cara dura.
Me daban unas ganas locas de agarrarlo del cuello y sacudirlo. Si no le gustaba, ¿entonces por qué se ponía rojo cada vez que lo tocaba? ¿Para qué me decía esas palabras tan bonitas, que si era hermosa y no sé qué tanto?
O sea, ¿qué fue? Si no me quería como mujer ni como amiga, ¿me veía como esos animales que solo le son fieles a la primera persona que los domestica? ¿Cómo se llama eso? ¿Lealtad?
Tuve que aguantarme las ganas de soltar una risa amarga. Es verdad que la lealtad es mucho más ciega que el amor o la amistad. En cierto sentido, es hasta lo más confiable que existe.
—Milady.
—Dígame.
Apenas respondí, el caballo dio un salto grande para saltar un tronco caído. Sentí la mano grande del hombre rodeándome la cintura con suavidad.
—… Lo que hablamos hace un rato.
—Olvídalo. Hagamos de cuenta que no pasó nada, borrémoslo de nuestras cabezas.
Sentí que el brazo que me rodeaba la cintura apretó con más fuerza. Como le respondí con desgano y sin mirarlo, él se dio cuenta y soltó un poco el agarre.
—Ah, perdón
Pero al mismo tiempo, su brazo volvió a acomodarse firmemente sobre mi cintura.
—…….
A través de mi espalda, sentía su pecho firme pegado a mí, mucho más cerca que antes. Iba a reclamarle, pero me arrepentí. Preferí clavar la vista en la villa del Barón, que ya se veía más cerca.
No sé por qué, pero desde hace un rato sentía un nudo en el estómago. Y no era solo por la vergüenza; mi humor se había ido al piso desde que escuché esa respuesta tan ambigua. ¿Acaso estaba decepcionada? ¿A pesar de que pensaba rechazarlo?
De verdad, quisiera que alguien nos abriera la cabeza a los dos para ver qué diablos estamos pensando.
La villa, que antes parecía un puntito, ya estaba a la mano. Traté de ignorar su brazo rodeándome y me puse a mirar el paisaje. Todo seguía igual: el mismo bosque de espinos negros, tupido y oscuro. Finalmente, llegamos frente a la casa.
Su brazo por fin se soltó y él bajó primero del caballo. Yo le acaricié la crin al animal en señal de agradecimiento.
—Milady.
Como ya era costumbre, estiré la mano hacia él. Iba a tomar su mano grande, decirle ‘gracias’ como siempre y bajarme. Pero en ese momento…
—… Era algo que quería poseer.
No solo me sostuvo la mano para que bajara. Miré hacia abajo: su guante negro envolvía mi mano con fuerza, su cara… tenía una expresión que no supe leer mientras soltaba esas palabras.
—Perdón. Sé que me pidió que hiciéramos de cuenta que no pasó nada, pero por favor, escúcheme. No he dejado de pensar en esto en todo el camino.
—… Tenet.
—Usted fue la primera cosa en mi vida que quise tener solo para mí.
—…
—La primera. La única.
Se armó un silencio larguísimo.
No era amor, ni amistad, ni lealtad. Era algo que no me esperaba para nada. No sabía qué decir, así que me limité a mirar sus ojos azules que me imploraban desde abajo.
Sentía la mano que me sostenía ardiendo, como si tuviera fuego. Por un segundo, tuve un impulso extraño de soltarme, como una alucinación que me decía que huyera. Pero no lo demostré. Me quedé ahí, sujetada a él, pregunté:
—Si dice que ‘quería’, ¿significa que ahora ya no?
—… No. De hecho, sigo sintiendo lo mismo.
Apretó mi mano con un poco más de fuerza. Con suavidad, pero con una determinación que me decía que no pensaba dejarme ir por nada del mundo. Miré sus labios rojos moverse mientras terminaba de hablar:
—… Si usted me lo permite.
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