Mi apacible exilio - 96
—Te ha bajado un poco la talla, ¿no? ¿No se se supone que te ha ido bien por allá?
El vestido que me estaba probando me quedaba bastante suelto.
Miré a Bianca, que tenía los ojos bien puestitos en cada detalle, le respondí con total desgano:
—Debe ser porque he sacado más músculo, ¿no crees?
—¿Músculo?
Me dio un poco de roche cuando me volvió a preguntar abriendo los ojos de par en par. Pero es verdad que ahora tengo mucha más resistencia que antes; ya puedo subir la colina que está detrás de la villa sin cansarme nadita.
Cof
Carraspeé un poco para disimular y le di las gracias por ese regalo tan repentino, metiéndole su buen cumplido para que se sienta orgullosa de su trabajo como costurera.
Y no era por cumplir, de verdad. Ella decía que lo hizo al ojo, fijándose en los vestidos que yo solía usar, pero la forma en que recreó cada detalle le quedó muy paja.
Apenas terminé de hablar, a Bianca se le pusieron los cachetes rojos. Soltó una carcajada escandalosa y me dio un empujoncito juguetón en el brazo. Luego, como si se hubiera dado cuenta de que se pasó de confianza, me miró de reojo y desapareció hacia el fondo diciendo que tenía algo más para darme.
—Se le ve muy bien.
Me quedé parada frente al espejo cuando escuché la voz de un hombre detrás de mí. Di un brinco del susto y volteé. Tenet, que había entrado sin hacer ni un ruidito, estaba ahí parado con una sonrisa ligera.
—¿No dijo que se iba a quedar afuera?
—… Sí. Pero como se estaba demorando, me dio curiosidad.
Y seguro también le dio alivio ver que, a diferencia de la última vez, ahora no lo iban a meter en problemas. En vez de molestarlo, solo señalé con la barbilla un taburete que estaba por ahí.
Tenet entendió al toque, caminó hacia allá y se sentó con cuidado.
—Hacía tiempo que no la veía así.
—¿Así cómo?
—Con un… vestido como ese.
Dejé de peinarme frente al espejo. En una esquina del reflejo se veía a Tenet sentado, bien tranquilito. Miré mi imagen sin mucho entusiasmo; la verdad es que últimamente casi no me ponía ropa así. Aunque la tela era distinta, Bianca había logrado captar bien la esencia de mis vestidos de antes, desde el escote hasta los encajes apretaditos en las mangas.
De pronto, me sentí súper fingida frente al espejo. Como una actriz de teatro que se viste con ropa de una época que ya no va a volver y se pone triste en medio del escenario.
—Me voy a cambiar.
Tenet hizo un amago de levantarse, pero se volvió a sentar.
—Espéreme ahí.
Me metí al probador y me puse de nuevo mi ropa gruesa de siempre.
Bianca apareció justo cuando yo salía. Me dio un par de zapatos que hacían juego y los acepté sin hacerme de rogar. Se le veía tan feliz que daba gusto.
Aunque ya habíamos terminado con lo que vinimos a hacer, la conversa se alargó. Tenet, que ya tenía todo el equipaje listo, la miraba como quien tiene mucho por decir, pero Bianca estaba demasiado ocupada contándome todos los chismes del pueblo.
—Todo ha estado bien movido por acá. De la nada vinieron unos hombres del castillo y empezaron a rebuscar la casa del alcalde. ¡Y al poco tiempo, varios vecinos se largaron del pueblo! ¡Así, sin decir ni chau y en plena noche!
Me acordé de ese día, que no fue nada bonito. Primero el secuestro repentino, luego el alcalde defendiendo a su hijo hasta el final, la gente que parecía que solo esperaba el momento para hacérsele encima. También recordé las caras de unos cuantos que se quedaron callados, mirando cómo se movía todo.
—Se habrán ido porque tenían la conciencia sucia. Seguro eran de los que ayudaban al alcalde o a Bruno a escondidas.
—Con razón siento el pueblo más vacío que la última vez.
—Pero ahora vienen más visitantes. Desde que vino la gente del castillo, después de uf, ¡mil años!, han vuelto a aparecer turistas.
Bianca estaba ilusionada. La esperanza de que el pueblo vuelva a ser el de antes la tenía en las nubes. También me contó que ya hay un nuevo alcalde. La casa del antiguo alcalde estuvo cerrada un tiempo, pero ahora vive ahí solito el anciano que trabajaba para él.
—Vaya a saludar al nuevo alcalde. Estoy segura de que le encantaría conocerla.
—Hoy no voy a poder, será para la próxima.
—Él decía que le dio mucha pena no poder agradecerles bien por lo de la otra vez. Decía que, de no ser por ustedes, el pueblo entero habría terminado mal.
Siguiendo la mirada de Bianca, volteé a ver a Tenet. Estaba sentado bien derechito, como listo para saltar apenas yo dijera ‘vamos’. Nuestras miradas se cruzaron. Él ni miraba a Bianca, solo me clavaba la vista a mí.
‘Ni hablar’, me decía con los ojos.
No movió ni un labio, pero le entendí todito al toque. Tener esa conexión ya es un talento, la verdad. Por un momento pensé en hacerme la loca y dejar que el nuevo alcalde lo rodeara con toda la gente del pueblo, pero me dio pena.
—Si me lo cruzo en otra oportunidad, lo haré.
dije para cerrar el tema.
Me vinieron a la mente las imágenes de esa madre e hija que nos huían muertas de miedo, las caras de los hombres que miraban a Tenet como si fuera un monstruo. Qué bueno que al menos la percepción de la gente ha mejorado un poco. No es que piense venir seguido, pero de vez en cuando tendré que darme una vuelta.
Luego le conté a Bianca lo que ella tanto quería saber: cómo la estaban pasando Bruno y su banda en el castillo del Barón, cómo las investigaciones habían sacado a la luz todos sus otros trapitos sucios. Me acordé que hasta el día que me fui, no le vi ni un pelo al antiguo alcalde.
De todas maneras, apenas destierren a su hijo, él se irá con él agarradito de la mano. Un amor de padre que, de verdad, hasta dan ganas de llorar.
Ese sentimiento de fastidio no me duró mucho, porque Bianca nos hizo pasar al fondo diciendo que todavía nos faltaba recoger algo. Tenet, que hasta ese momento se había quedado sentado sin decir ni ‘miau’, se paró de un salto y nos siguió como un perrito.
—Miren. Ya crecieron un montón en este tiempo.
Eran las papas y el… cómo se llamaba… eso que planté con Tenet. Los tallitos verdes y las hojas ya se veían bien frondosos.
Tenet, que se había quedado mirando conmigo en silencio, habló:
—Todavía falta un poco para cosecharlas.
—¿Cuánto?
—Como uno o dos meses más.
Asu… falta un montón. Me sentí un poco rara al recordar lo emocionada que estaba cuando las plantamos, jurando que las comeríamos pronto.
—¡Eso pasa volando!
intervino Bianca con ánimo, seguro porque me vio la cara de decepción.
Miré su cara amable y luego la maceta, que se notaba que había sido bien cuidada.
—Mejor quédatela tú.
—¿Qué? ¡¿Cómo?!
—No creo que pueda cuidarla tan bien como tú, la verdad, cargar con algo así de grande en el viaje va a ser un problema.
—…….
Se quedó callada. Creo que entendió al toque que eso significaba que no me iba a quedar por aquí mucho tiempo. Me miró con una cara extraña, pero no se atrevió a preguntarme nada y prefirió mirar a Tenet, que estaba parado detrás de mí.
—No te estoy obligando. Si no la quieres…
Bianca me volvió a mirar rápido, como si no hubiera esperado que se la regalara. Se acercó un poquito y me susurró toda contenta:
—No, no es eso. De verdad, yo la voy a cuidar súper bien. Le he agarrado el gusto a esto de la jardinería, así que me encanta la idea.
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A simple vista, el pueblo parecía el mismo de siempre. Sin embargo, ahora que se había ido la gente que solo traía mala vibra, se sentía un aire más tranquilo y relajado. Se notaba hasta en la cara de los vecinos con los que me cruzaba.
Nada que ver con antes, cuando caminaba con el alcalde o su hijo y la gente saludaba toda tiesa y por compromiso. En ese aspecto, la cosa había cambiado para bien.
Salimos de la sastrería de Bianca, nos subimos a los caballos y cabalgamos hasta la parte más alta del pueblo: la colina donde estaba la capilla abandonada.
—Me quedo aquí afuera esperando.
dijo Tenet apenas bajamos de los caballos. Se acordaba que la última vez le pedí entrar sola.
Claro que esa vez fue justo después de que me contaras tus años de aprendiz y yo estaba…
—¿Tienes algo que hacer por acá cerca?
—No.
—Entonces entra conmigo. Lo de la otra vez fue porque quería ser considerada contigo.
—… ¿Cómo?
—No quería traerte a un sitio que te recordara al Templo, por si te sentías mal.
Después de todo, él se había puesto medio raro cuando estuvimos en el Templo de Roxer.
—O sea, fue una suposición mía, nada más. Pero si a ti no te molesta…
—No me molesta para nada.
respondió él al toque, mirándome fijo.
Sentí que se me calentaba la cara de la vergüenza. Le di la espalda rápido y le dije: ‘Entonces vamos’, entrando primero.
Adentro estaba la estatua de la diosa en el centro y las bancas de madera bien alineadas. Miré alrededor y me di cuenta de algo distinto: las bancas estaban limpias. Iba a sacudir el polvo antes de sentarme, pero alguien ya se me había adelantado; el lugar estaba impecable.
Me senté en medio de una banca y le hice señas a Tenet. Él me miró con curiosidad y se sentó despacito a mi lado.
—Te vas a aburrir. Ya sabes que mis oraciones son…
—No se preocupe.
No le respondí y cerré los ojos. Apoyé la frente sobre mis pulgares, con las manos juntas.
Le conté a la Diosa todo lo que había pasado. Sin quejas ni dramas, simplemente enumerando los hechos uno por uno, como si estuviera leyendo un informe. En teoría le estaba hablando a ella, pero en realidad era más como una conversación conmigo misma.
Fui repasando cada verdad que me había costado tanto descubrir y ese futuro tan borroso que se venía. Ya no existía esa ‘cáscara’ que me protegía: mi título, mi posición social, todo eso que me permitía vivir tranquila ignorando el mundo.
Pero esas cosas, en vez de desaparecer y dejarme libre, se habían convertido en mis nuevas cadenas. A partir de ahora, vaya a donde vaya en el Imperio, mi pasado me va a perseguir. Especialmente con este último lío en el que hasta mi padre terminó metido.
…Vaya a donde vaya en el Imperio.
Me vino a la mente, como un flash, esa ciudad portuaria en la frontera en la que había pensado de pasada hace tiempo. Hasta me imaginé a mí misma empacando todo y subiéndome a un barco, pero sacudí la cabeza y abrí los ojos de golpe.
Giré la cara despacito y pillé al hombre mirándome fijamente. Él, al toque, se hizo el loco y movió la vista hacia otro lado, todo torpe.
Me quedé así, en la misma posición en la que estaba rezando, pero con la cabeza volteada, mirándolo sin decir nada. Él intentó mantenerse serio mirando al frente, pero al final no aguantó la presión y soltó bajito:
—… ¿La interrumpí?
En vez de responderle, lo seguí mirando fijo y le solté la firme:
—¿Acaso yo le salvé la vida, señor Tenet?
—… ¿Cómo?
—Cuando éramos chicos. ¿Le salvé la vida o algo así?
Sus labios, que estaban medio abiertos por la sorpresa, se cerraron en una línea recta. Sus ojos se veían confundidos, pero a la vez me analizaban, como tratando de adivinar qué tanto sabía yo.
—……
—Bueno, si no quiere responder, déjelo ahí.
Hice el ademán de voltearme rápido, pero escuché que él dijo desesperado:
—¡No, no es eso!
Me hice la desentendida y volví a mirarlo con indiferencia.
—Sí me salvó. En cierto sentido.
—… ¿En qué sentido?
—… En ese.
Se nota que no piensa soltar ni una palabra más. Ya lo había sentido antes, pero ahora estoy segura: este hombre no quiere que yo recupere mis recuerdos. Qué raro, ¿no? Si antes se ponía triste porque no me acordaba, ¿ahora a qué juega?
—¿Y eso es todo?
—¿Perdón?
Dejé de mirar a la estatua de la diosa como si estuviera escapando de la realidad y me enfoqué en él.
—Aparte de eso, ¿qué más hice por usted?
Pasó un buen rato antes de que me respondiera.
—Usted… me llevaba a todos lados.
¿Como amigos de juegos? Qué extraño tener un amigo de juegos en un templo, de todos los lugares posibles.
—Eso de que ‘me llevaba’ no suena a que éramos iguales. ¿Acaso lo trataba como a un sirviente o algo así…?
—Al principio sí, pero después se portó muy bien conmigo.
Siendo sincera, de chiquita yo era bien traviesa, hasta pesada a veces. Había momentos en que hasta Edward perdía la paciencia conmigo.
—Dígame la verdad. ¿Qué le hacía yo?
—…….
Su mirada, que me recorría como evaluando algo, cambió de pronto. Se puso extraña, intensa. Yo estaba a punto de decirle: ‘Bueno, si tampoco quiere hablar de esto…’, con un tono medio juguetón, como quien cuenta un secreto.
Fue en ese momento.
La mano grande de Tenet tomó la mía con delicadeza. La jaló suavemente hacia él. Yo me quedé con los ojos como platos, mirando cómo se movía con una naturalidad pasmosa, como si ya lo hubiera hecho mil veces antes.
Tenet, sin decir ni miau, puso mi mano sobre su mejilla.
Y luego, la frotó despacito contra su cara, como si estuviera buscando una caricia.
—Así.
—……..
—A veces hacía esto conmigo.
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