Mi apacible exilio - 95
—Pero si antes me pidió que lo ayudara.
—Es que, más bien, en ese momento usted no parecía tener muchas ganas, señorita. ¿Por qué ahora…?
—Porque ahora sí me da la gana.
Incluso para mí, lo que acababa de soltar sonó infantil. Sin embargo, no dejé que se me notara y parpadeé con descaro.
Esos ojos azules me miraron fijamente por un largo rato, como si se hubiera quedado sin palabras del asombro, hasta que de pronto apartó la vista. Tenet se puso de pie bruscamente con movimientos algo tiesos y se dio media vuelta. Aunque intentó disimularlo, se notaba clarito cómo tiraba de la tela a la altura de su nuca y soltaba un soplido, como olfateándose.
Hice como si no hubiera visto nada y esperé con calma.
Tenet volvió a voltear hacia mí y, con una cara que gritaba vergüenza, murmuró con dificultad:
—Qué roche decir esto, pero es que no me he podido lavar bien en varios días…
Desconcierto y vergüenza. A pesar de eso, se notaba a leguas que estaba aguantándose su fastidio. Seguro pensaba: ‘Justo ahora que estábamos hablando de algo serio, ¿tenía que pasar esto?’.
—No se preocupe. ¿Acaso me veo como alguien que se fija en esas cosas?
—…….
—¿Dónde están el ungüento y las vendas?
—No es que usted esté bien o no, soy yo el que no se siente cómodo.
Mi siguiente pregunta quedó en el aire. Al levantar un poco la vista, me encontré con los ojos del hombre que todavía me miraba con un extraño reproche. Recién ahí me di cuenta de mi error.
—… Lo siento. En serio…
Iba a decirle que no tuve la menor intención de propasarme con él, pero al ver su cara toda roja y antes de que pudiera disculparme, el hombre soltó de golpe:
—Así que iré a lavarme primero.
—… ¿Qué?
Sin importarle que yo me quedara ahí con cara de tonta preguntándole de nuevo, se dio media vuelta y subió las escaleras a toda prisa. O sea que, cuando dijo que no se sentía ‘cómodo’, se refería puramente a eso. No es que mis palabras lo hubieran avergonzado, sino que de verdad le preocupaba que su cuerpo oliera mal; solo era eso.
Por otro lado, mientras más lo pienso, menos entiendo sus límites. Me vino a la mente desde cómo se puso rojo hasta el cuello solo por rozar un botón de su camisa, hasta cómo me entregó las vendas con total naturalidad mientras estaba medio calato. ¿Será que no le importa, o es más ‘suelto’, solo cuando se trata de un contacto que él ya esperaba?
… ¿Y yo por qué estoy pensando en estas cosas con tanta seriedad?
‘Tengo que despejar la mente’, pensé, y me tiré en el sofá a mirar la chimenea por un buen rato.
No pasó mucho tiempo hasta que el hombre, con el cabello todavía empapado, bajó las escaleras con paso firme. Recibí sin decir palabra la bolsa que me extendía. Contenía vendas nuevas y ungüento. El que ya estaba usado se lo había dado el médico del castillo, y el nuevo seguro lo preparó el sacerdote Verda.
Tomé el ungüento nuevo y abrí la tapa. No sé qué sería, pero tenía un olor bien fuerte y feo. Seguro que así de fuerte como olía, así de bueno sería el efecto.
Dejé el ungüento a un lado y levanté la vista para revisar las heridas en ese cuerpo blanco y firme. Tal como alguien había alardeado diciendo que tenía una capacidad de recuperación milagrosa, las heridas pequeñas ya habían cerrado hace tiempo.
Parecía que a la herida más grande se le había caído la costra mientras se lavaba. Era una marca profunda, como de garra, y por dentro se alcanzaba a ver la carne viva.
—Dijo que usted tampoco sabía por qué Roy lo atacó, ¿verdad, caballero?
Después de un silencio, desde arriba se escuchó un:
—Sí.
Recordé la última vez que me enfrenté a Mariposa. Su aspecto era tan chocante y parecía estar tan fuera de sí, que me arrepentí de no haberle preguntado bien sobre Roy. Ella era alguien experta en artes oscuras, especialmente en aquellas de control mental que estaban prohibidas desde hacía tiempo. Si era capaz de transferir la conciencia entre personas, dominar la mente de una bestia no debió ser nada para ella.
—Ya es cosa del pasado.
‘Precisamente porque ya pasó, es mejor dejar las cosas claras’, quise responderle, pero me contuve. De pronto, me encontré mirando de frente el rostro del hombre, que ahora estaba muy cerca, y solté:
—Levante la cabeza.
Apliqué el ungüento sobre la herida profunda. Tenía que arderle bastante, pero tal como le pedí, el hombre giró la cabeza obedientemente y no soltó ni un quejido. Tomé una gasa blanca y la puse encima. Después de terminar de asegurar todo con cinta, moví la vista hacia una pequeña herida en su cuello. Me limité a poner una capa delgada de ungüento sobre la costra.
En eso, sentí otra vez su mirada bajando con insistencia hacia mis mejillas y levanté los ojos de golpe.
—¿Por qué me mira tanto?
—Ah, lo siento. Es que me dio curiosidad ver qué cara ponía, señorita.
—Como verá, estoy muy seria. … Y también me siento un poco culpable.
Parece que ya me acostumbré a lo increíblemente honesto que es este hombre al hablar.
—… ¿Y de qué se ríe? ¿Acaso quería que le pidiera perdón?
—No. No es eso.
—Puedo pedírselo las veces que quiera. De verdad lamento mucho que haya terminado así por mi culpa, no sabe la vergüenza que me da…
—No es necesario. Es más, no hable así, por favor.
Hubo un breve silencio.
—No tiene por qué marcar esa distancia conmigo.
Sus ojos, mientras me miraba hacia abajo, se veían muy firmes.
—No estoy marcando distancias, es que la verdad fue ‘mi asunto’. Incluso antes de partir, le advertí que no se metiera.
Esta vez me miró de una forma extraña, como si no tuviera qué responder. Sin embargo, Tenet volvió a hablar:
—Aun así, yo fui quien decidió seguirla hasta el final porque quise.
—¿O sea que no debería sentirme culpable?
—…….
No respondió. Fue un silencio que otorgaba.
Nos quedamos mirándonos fijamente por un buen rato, como si estuviéramos en un duelo de miradas. Yo, desde chiquita, siempre he sido malísima para estas cosas.
—Ya, está bien, levante la cabeza.
Empecé a enrollar la venda nueva. El hombre, muy amable, incluso levantó el brazo por su cuenta, así que ni tuve que pedirle que lo hiciera. Entre el olor fuerte del ungüento, me llegó un suave aroma a jabón que me hizo cosquillas en la nariz. De pronto, caí en la cuenta de que yo tampoco me había bañado desde que llegué ayer.
Terminé de vendarlo rápido y le hice un nudo. Luego, fingiendo naturalidad, me alejé de él al toque.
—Ya quedó. Capaz a usted le hubiera salido mejor si lo hacía solo, pero…
—Para nada. Es la mejor curación que me han hecho.
—Perdone que lo fastidie con esto. Es que, una vez que vi la herida, no podía dejar de pensar en eso.
En realidad, también lo hice porque quería cortar de alguna forma la conversación que estábamos teniendo. Pero no era mentira. Sea como sea, logré cambiar de tema con éxito. Si me preguntaran por qué usé un método tan torpe (otra vez), diría que fue solo por los nervios.
Después de estar callado tanto tiempo que llegaba a desesperar, de pronto escucharlo decir —como si estuviera esperando el momento— que tenía un lugar a donde llevarme, me dejó media descolocada. No sabía cómo reaccionar en el momento.
Mientras Tenet se vestía, recogí el ungüento y las vendas y los guardé en la bolsa. Estaba por levantarme rápido para dejar todo listo cuando…
—Señorita.
Su voz me hizo detener. Me quedé a medio levantar, toda apurada, mirándolo hacia abajo.
—Lo que le dije hace un momento va en serio.
—…….
Me encontré con esos ojos azules que me miraban de frente, sin dudar. Sentí una especie de terquedad en su mirada, como si dijera: ‘Si tú fuiste la que quiso sacarme información, ahora te toca escuchar la respuesta’.
—Me gustaría que lo pensara.
—… Ya. Le daré una respuesta pronto.
—No quiero presionarla. Solo… quiero que lo piense con seriedad. No, más que ‘con seriedad’…
Su mirada cayó al suelo y divagó por un instante, como si estuviera nervioso. Pero al final, volvió a levantar los ojos para enfocarme por completo.
—Se trata de decidir dónde me voy a quedar ‘por un tiempo’, así que claro que tengo que pensarlo en serio. Tiene razón, caballero.
Un lugar seguro y tranquilo para vivir. Tenía claro que, por lo menos, no sería en la capital.
Mientras más lo pensaba, más gracia me daba. Me hacía gracia estar actuando como si tuviera opciones en una situación como esta. Incluso dejando de lado que este hombre se había portado sospechoso al estar tan callado, ahora mismo no estoy para ponerme exquisita.
Comparada con las propuestas de las otras dos personas, la de Tenet no solo no era mala, sino que era la que más me tentaba. A diferencia del barón o de Adrian, él no parecía buscar una ‘recompensa’ a cambio, y probablemente ese lugar sería el más cómodo de todos. Literalmente, no habría mejor sitio para escapar de la realidad por ahora.
Pero, ¿será que no me termina de cuadrar porque no hay un ‘precio’ obvio que pagar? … O tal vez sea…
—Hay algo que quiero decirle.
Me volví a sentar frente a él.
—Sobre mis recuerdos.
—…….
Al mencionar la palabra ‘recuerdos’, su mirada cambió.
—Para ser más exacta, mis recuerdos sobre usted.
No me sentía muy limpia que digamos habiéndole ocultado esto mientras aceptaba sus atenciones.
—Siento no habérselo dicho antes. Puede que nunca los recupere. Es más, lo más probable es que sea así.
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En el fondo, ¿no lo sabía ya de sobra? Ese cariño tan grande que raya en lo terco no era para mí, sino para la niña que fui. Me pesaba, pero podía hacerme la loca, aunque me empezó a dar vueltas en la cabeza desde hace un tiempo precisamente por eso.
—Espérame un ratito. He hecho algunos vestidos pensando en usted, señorita.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve en Benihill. Después de recibirme con saltos de alegría, Bianca se puso seria y caminó apurada hacia el fondo.
—¡Ah, no tiene que pagarme nada! ¡Es un regalo!
Vi cómo Bianca desaparecía con su voz alegre y me eché hacia atrás en el sofá, mirando de reojo hacia la puerta. Pude ver la espalda de Tenet, quien se había negado cortésmente a entrar con una sonrisa, diciendo que no se preocupara, que hiciera mis cosas tranquila.
‘No es que no haya intentado recordar durante todo este tiempo. Pero por más que lo intento, de verdad no puedo…’
‘¿Hay necesidad de que se obligue a recordar?’
Su voz, lejos de sonar decepcionada, parecía consolarme con calma.
‘Más bien, soy yo quien le pide disculpas por haberle puesto esa carga encima, señorita’
Su rostro se veía como el de alguien que, más que estar preocupado, quería evitar que yo siguiera intentándolo.
‘No tiene que obligarse a recordarme. De verdad’
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