Mi apacible exilio - 94
Parpadeé y, al abrir los ojos, todo estaba en tinieblas.
Me quedé un buen rato mirando hacia la oscuridad, todavía con el sueño encima, luego volví a cerrar los ojos con fuerza.
En un momento debería entrar la empleada del castillo a poner leña en la chimenea. Podría dormir un poquito más hasta que eso pase.
—…….
De porrazo, me senté en la cama.
¿Qué empleada va a haber aquí? Si ya hace dos días que me fui del castillo.
Pensándolo bien, no pasé tanto tiempo en el castillo del barón, pero parece que mi cuerpo ya se había acostumbrado a esa vida.
Fui revisando los alrededores a medida que mi vista se acostumbraba a la penumbra. Una cama en el rincón, el ropero al frente y, por allá, una chimenea pequeña.
Todo estaba tal cual, igual a como estaba antes de dejar la villa.
Al poco tiempo de salir del castillo, llegamos a una posada al atardecer; nos quedamos ahí y temprano al día siguiente partimos de nuevo.
Cuando llegamos a la villa, ya se había ocultado el sol. Había sido hace apenas unas cuantas horas.
‘Prepararé la cena de inmediato’.
‘No se preocupe. Comeré cuando me despierte’.
Me acordaba de todo, incluso de haber saltado a la cama para quedarme dormida apenas terminé de hablar con Tenet.
Me deslicé fuera de la cama y fui tanteando el piso con las manos para buscar mis botas.
Al toque agarré el par que había dejado tirado por ahí.
Miré por la ventana y todavía se veía oscuro, como si faltara mucho para que amanezca.
El clima no estaba tan mal. No corría ni un poquito de viento y solo caía una nieve menuda.
Tras confirmar eso, salí del dormitorio.
Iba a bajar las escaleras de frente con la linterna a la que ya casi no le quedaba aceite, pero giré la cabeza hacia el cuarto que estaba frente al mío.
El dormitorio del hombre. Era un lugar al que no le había prestado ni la más mínima atención hasta antes de irme de aquí.
Con cada paso que daba con las botas, la madera vieja chillaba y crujía. Intenté no darle importancia y seguí caminando firme.
Me quedé un momento dudando frente a la puerta, que estaba entreabierta, la empujé con mucho cuidado.
Para los nervios que tenía, resultó que adentro no había nadie.
Como tampoco se escuchaba ningún ruido en el piso de abajo, saqué mi conclusión: ‘Salió’.
No había nada más que una ventana chica, una cama vieja en el centro y las maletas desempacadas en fila contra la pared.
Me quedé mirando ese interior que se veía sorprendidamente desolado, pronto salí para bajar las escaleras.
Sobre el repostero, que estaba bien limpiecito, había una bolsa con pan. Seguro la habían dejado lista para la cena de ayer.
Le puse un poco de mermelada y le metí un bocado. Me puse a revisar todo minuciosamente, desde el repostero limpio hasta la mesa del comedor que estaba al frente.
Ya me lo imaginaba, pero parece que de verdad se puso a limpiar apenas llegamos.
Puse el resto del pan con mermelada en un plato y lo tapé con otro más grande. Era la porción para él.
Miré por la ventana y seguía oscurísimo. Parecía que todavía faltaba un montón para que salga el sol.
¿Habrá dormido algo? Pensando en eso, me puse de pie. Como ni siquiera me había cambiado de ropa, podía salir así nomás sin problemas.
La entrada principal, que estaba hueca cuando me fui, ahora tenía una puerta nueva. Seguro fue Frederick.
Pensé en eso mientras abría la puerta y salía al exterior.
Como todo estaba cubierto de nieve y la luna iluminaba tenuemente, no era como para tener miedo de salir.
Seguía sin correr ni una pizca de viento, pero el aire frío me hizo picar la punta de la nariz.
Me quedé un rato mirando el paisaje embobada. Incluso los matorrales de espinas que rodeaban la villa seguían igualitos.
Avancé abriéndome paso entre la nieve que me llegaba hasta las canillas.
Crec.
Al abrir la puerta del depósito, el caballo que estaba acurrucado durmiendo paró las orejas y me miró.
No parecía muy feliz de verme. Sentía cómo sus ojos negros seguían cada uno de mis movimientos.
Sin darle importancia, me acerqué a traer un poco de heno y se lo puse al lado.
El caballo dejó de estar a la defensiva y empezó a comer.
Traje una silla vieja que estaba cerca y me senté frente a él.
Se notaba que el caballo había estado bien cuidado en el castillo. Tal como dijo Ruth, que me daría uno bueno, el animal se veía de muy buen nivel.
Era bien grandecito, pero no tanto como Roy, así que creo que podría montarlo yo sola.
Me quedé mirándolo como calculando.
Como es un caballo de verdad, tendré que comprarle heno seguido, ¿cuánto me saldrá mantenerlo? Por lo pronto, apenas entre Tenet le diré que también le dé agua.
En un momento, el caballo dejó de comer y se me quedó mirando con esos ojos negros y las orejas tiesas.
Me observó un ratito y luego movió sus orejitas. Por instinto, giró la cabeza para mirar hacia la puerta.
¡Pam!
Era Tenet.
Parece que le había caído toda la nieve encima, porque tenía la capucha y los hombros blanquitos.
—¿Por qué está usted aquí?
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El sol salió sin apuro.
Recién cuando terminé de desayunar algo sencillo y de tomarme el té con calma, el sol asomó por completo.
—¿Qué le parece? ¿Cree que hoy el clima esté mejor?
—Sí. Eso parece.
Se escuchó esa pregunta que ya se había vuelto natural entre nosotros, una respuesta como si no fuera la gran cosa.
—Qué bueno. Entonces tengo que ir al pueblo antes del mediodía.
—Entonces yo… sí, dejaré todo listo.
El hombre iba a decir, como de costumbre, que él iría solo, pero se corrigió a mitad de la frase.
Todos calculaban que la tormenta de nieve de la que tanto hablaban llegaría, a más tardar, en dos semanas. Decían que cuando llegara, uno no podría ni asomar la nariz afuera y se quedaría atrapado por un buen tiempo.
—Las provisiones que trajimos del castillo son suficientes. Podremos pasar el invierno sin problemas.
—Me dijeron que incluso después de que pase la tormenta, los caminos se quedan bloqueados por la nieve. Prefiero preparar las cosas con más tiempo.
El hombre se quedó callado un momento. Me miró fijamente como si acabara de darse cuenta de algo y luego asintió.
—Estaré pendiente de eso.
Parecía que él también esperaba quedarse aquí solo hasta que llegara la tormenta.
Me le quedé mirando a la cara; esa cara que, después de haberse conmovido un instante por mis palabras, volvió a ponerse seria y tranquila.
—La carta que envió a la capital el otro día… ¿ya llegó la respuesta?
—Sí.
—¿Y para cuándo dicen que llegan?
—Bueno… no sabría decirle, no decía nada de eso en la carta.
Levanté la mirada para ver ese rostro que me sonreía con la misma cortesía que el primer día que lo vi.
Se veía más que calmado, casi indiferente, sin rastro de la agitación de hace un momento. Como si no le importara si venía la gente del Emperador o no, como si me estuviera diciendo que yo tampoco tenía por qué preocuparme.
—Incluso en un lugar como este, se podrá vivir mucho mejor cuando llegue la primavera, ¿verdad?
Fue solo un segundo, pero su sonrisa desapareció.
Casi de inmediato, el hombre volvió a sonreír como si nada y respondió:
—Apenas caliente el sol, habrá más animales salvajes. No será precisamente un lugar tranquilo para vivir.
—Bueno, si aparecen animales, alguien se encargará de cazarlos o espantarlos, como siempre lo han hecho.
—……
Hasta el último rastro de esa sonrisa que mantenía por compromiso se borró de su cara.
Yo, fingiendo que recién me daba cuenta de lo que dije, puse una expresión un poco exagerada y añadí:
—Disculpe si le molestó que lo dijera como si fuera algo obvio. Lo que quiero decir es…
—Milady.
El hombre finalmente habló.
—Este no es un buen lugar para quedarse mucho tiempo. Y mucho menos para vivir toda la vida, como usted dijo alguna vez.
Escuché sus palabras, dichas con voz pausada.
—Incluso si vuelve al castillo, será lo mismo. Mire lo que pasó esta vez; con esa gente de la que no se puede confiar…
Sus palabras, que fluían como si supiera exactamente lo que yo iba a responder, se detuvieron de golpe.
Tenet, como dándose cuenta tarde de su error, se tapó la boca con su mano grande. Luego me miró de reojo, como quien tantea el terreno con cuidado.
—En eso sí estoy de acuerdo. ¿Y qué es lo que me quería decir entonces?
Me dio un poco de risa verlo así de cauteloso ahora, preguntándose si se había pasado de la raya, cuando en realidad la había cruzado hace rato.
Sí, a estas alturas ya qué importa.
Este hombre ya se había pasado de la raya hace mucho tiempo. Desde el momento en que mandó al diablo esa ceremonia de condecoración tan honorable con la que cualquiera soñaría; desde que se metió como un bandido al castillo del barón antes de que saliera el sol; desde que lanzó por los aires al criado del barón para sacarle la respuesta que quería.
Y hasta que vino a tocar mi puerta, sabiendo que lo más probable era que lo botara.
En todo momento.
Se había desvivido por meterse a la fuerza en mi miserable vida.
—…Mucho más que aquí.
Lo miré en silencio mientras él dudaba, como si ahora le costara soltar cada palabra.
—…Hay un lugar que es más seguro y… donde se vive mejor.
—…….
Me sentí mucho más asfixiada que cuando alguna vez, con toda la frescura del mundo, me dijo que me veía hermosa.
¿Qué es lo que planeas hacer entonces? ¿Acaso no viniste hasta aquí para escuchar mi respuesta?
Pero…
—No será como el castillo del ducado, pero será mucho mejor que este lugar.
Tenía una cara que dejaba ver todo lo que sentía, como un chiquillo confesándose por primera vez. Una expresión de alguien que tiene miedo de ser rechazado y que ni él mismo está seguro de si es muy pronto para decir algo así.
Me quedé mirando ese rostro que parecía el de un niño y luego bajé la vista.
Debajo de su mandíbula marcada, se asomaba el vendaje y, sobre este, la costra de una herida.
Tenía que responder de alguna forma a esas palabras que no eran más que una confesión, pero sin darme cuenta, mi mano se adelantó.
El hombre, que seguía balbuceando cosas, abrió los ojos de par en par sorprendido y se calló.
Sin importarme eso, toqué suavemente con mi dedo la herida rugosa que tenía en el cuello.
—¿Cómo sigue su herida? Botó al médico diciendo que usted solo podía encargarse.
—…¿Perdón?
—¿Cuándo fue la última vez que se cambió la venda?
Se veía desconcertado.
Pero cuando empecé a tocar con insistencia la venda del cuello, como si quisiera soltarla, él me agarró la mano, asustado.
—Ah, lo siento. Pero estoy bien. De verdad…
La herida más profunda estaba en el hombro izquierdo.
Me había agarrado la mano por puro instinto para detenerme, pero como soltó la fuerza por la sorpresa, aproveché para llevar su mano, que todavía colgaba de la mía, hacia su hombro izquierdo.
—Lo dejé tranquilo porque dijo que podía hacerlo solo.
—…Se me pasó porque he estado ocupado.
Se veía avergonzado.
Al mismo tiempo, me miró con un poquito de resentimiento, como preguntándose por qué sacaba a relucir su lado más vergonzoso justo ahora.
‘¿Por qué precisamente en este momento?’.
Podía leerlo claramente.
Fingiendo que no me daba cuenta, quité mi mano de su hombro.
—Lo voy a ayudar. Sáquese la ropa.
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