Mi apacible exilio - 93
Fue un itinerario bastante apretado en comparación a cuando llegamos a este lugar. Como estaba previsto que saldríamos muy temprano por la mañana, pasé todo el día anterior ocupada empacando mis cosas y despidiéndome de la gente.
Lamentablemente, no tuve tiempo de pasar por el campo de prisioneros donde se encontraban el clérigo Verda y Adrian Rubeche, así que envié a alguien con una carta para cada uno.
Aparte de ellos, las únicas personas de las que me tocaba despedirme eran El, Ruth y el barón.
Sorprendentemente, quien más tiempo me quitó fue El.
De por sí ya estaba resentida porque no nos habíamos visto por culpa de los malditos magos, y ahora ponía una cara de total tristeza preguntándome por qué me iba tan de repente. Luego, miró de reojo a Tenet, que estaba parado detrás de mí, como diciendo que él no se veía para nada enfermo.
Seguramente Tenet, que estaba sentado a mi lado, pudo leer clarito lo que ella escribió.
Me metí en medio de las miradas fijas que se lanzaban Tenet y El y le entregué el regalo que le había traído.
Era un abrigo de invierno que salí a comprar al pueblo cerca del mediodía. Lo compré de paso mientras me conseguía unas botas nuevas.
También le entregué unos cuadernos con notas mucho más completas que los que le había dado antes.
El, que recibía en silencio cada una de las cosas que le tendía, pronto escribió algo en el papel y me lo mostró.
[¿Podremos volver a vernos?]
La niña levantó la vista del papel y se quedó mirando fijamente mis labios.
En lugar de darle la respuesta que ella tanto esperaba, escribí debajo de su pregunta: [Te enviaré cartas].
Lo hice porque, en mi situación actual donde no sé qué pasará mañana, no quería hacerle una promesa que podría terminar siendo mentira.
Parece que El entendió todo solo con eso. Puso una expresión de mucha pena, pero pronto asintió con la cabeza aceptándolo.
Para cuando terminé de ver al barón, ya había anochecido.
Mientras terminaba de armar mi maleta en el cuarto, llegaron las respuestas de las cartas que envié por la tarde.
La respuesta del clérigo Verda era un reproche por no entender por qué rayos quería volver en este momento; sin embargo, también incluía una lista detallada de advertencias y cosas que debía saber cuando llegara a Percum.
La respuesta de Adrian Rubeche fue algo inesperada.
Abrí el sobre pensando que sería puro floro de quejas contra Tenet, pero el contenido era bastante sobrio.
Decía que lamentaba no haberme despedido en persona y me pedía que pensara seriamente en lo que me había dicho antes.
De yapa, me envió un popurrí con un aroma muy intenso a jazmín.
Y, tal como sospechaba, no recibí respuesta alguna de Noah Jermian.
Por suerte, el día de la partida hizo buen clima.
Incluso dijeron que era casi un milagro, considerando que durante varios días seguidos solo hubo tormentas de nieve.
Me despedí por última vez de Ruth, quien salió a decir adiós con una facha medio chistosa, todo envuelto de pies a cabeza para protegerse del frío.
—Por favor, envíenos una carta cuando llegue. A la pequeña El también le dará mucho gusto.
—Sí, así lo haré.
Tras una despedida corta y directa, Ruth se acercó con timidez y me besó el dorso de la mano.
Tenía una expresión que me daba ganas de vacilarlo, como si fuera la primera vez en su vida que hacía algo así.
Detrás del carruaje en el que iríamos nosotros, había un par de carretas más con equipaje.
Eran suministros que entrarían a Benihill después de dejarnos en la villa.
—Sería mejor que suba ya.
Mientras me distraía mirando las carretas para aguantarme las ganas de bromear con Ruth, Tenet, que había estado esperando de pie en silencio, intervino con voz baja.
Tomé su mano y subí de inmediato al carruaje.
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¡Pum!
el carruaje dio un gran barquinazo y mi cuerpo se sacudió.
Gracias a eso, se me quitó el sueño que me estaba venciendo.
Como casi no traía equipaje conmigo, no me tomó mucho tiempo armar la maleta la noche anterior.
Sin embargo, casi no pude dormir nada por quedarme leyendo las respuestas de las cartas, escribiendo las mías y pensando en los planes a futuro que había estado posponiendo inconscientemente.
Al abrir los ojos de golpe, vi a Tenet sentado frente a mí, mirando por la ventana.
Giré la cabeza y me puse a mirar por la ventana igual que él.
Se veían montañas cubiertas de nieve blanca y árboles secos que apenas se mantenían en pie entre los caminos sepultados por la nieve.
Era un paisaje muy parecido al que vi cuando vine.
Si cruzamos esas escarpadas montañas del norte, llegaremos a Farahan, el país de los bárbaros; y si seguimos más hacia el este, aparecerá el pequeño reino de Anfen.
Recordé la ciudad portuaria de Anfen que alguna vez leí en un libro.
Si uno toma un barco y cruza el océano, pronto llega a Elton.
¿Cuándo fue la última vez que pensé en eso? Sea como sea, después de mucho tiempo me puse a pensar en Edward.
En mis recuerdos, él era como un chiquillo que aún no terminaba de crecer, muy parecido al Ruth Dyer de ahora; pero a estas alturas, ya debe haber crecido y tener toda la pinta de un hombre maduro.
Un Edward adulto… era una imagen que no me cuadraba para nada y que ni siquiera podía imaginar.
Los recuerdos me llevaron hacia atrás, haciendo que los rostros de antes aparecieran uno por uno en mi mente.
Como mi primo Rian, que la última vez que lo vi estaba picón por algo y ni siquiera me aceptó el saludo; o Marie, la empleada que me despidió con la cara bañada en lágrimas.
Incluso recordaba clarito las caras de los nobles con los que solo trataba por formalidad.
¿Acaso extrañaba todo eso?
¿Será porque me acabo de dar cuenta de que, pase lo que pase, ya no puedo volver a ser la de antes?
Una sonrisa amarga se me escapó de los labios. Volví a fijar la vista en la ventana para que el hombre sentado frente a mí no se diera cuenta de nada.
‘Entonces, ¿qué piensa hacer ahora?’
Fue la pregunta que me soltó el barón apenas me vio, cuando pasé a despedirme el día anterior.
Me quedé muda ante sus palabras, pues hablaba como si diera por hecho que yo ya estaba por irme.
Ese semblante pálido… nunca pude acostumbrarme, ni de niña ni ahora, a tratar con ancianos que tienen la muerte marcada en la cara.
—Por lo visto, no tienes un vínculo muy profundo con ese hombre.
Aun así, mantenía esa mirada capaz de atravesar a las personas, igual que la primera vez que lo vi.
El viejo barón apartó con total naturalidad un pañuelo manchado de sangre oscura.
—Si no tienes a dónde ir ahora mismo, yo puedo seguir dándote facilidades.
Era una propuesta bastante fresca, considerando que venía de alguien con cara de estarse muriendo.
Recordando cómo se había portado de forma misteriosa, y cómo admitió sin rodeos que en realidad pensó que podría utilizarme, su oferta me parecía hasta indignante.
Sin embargo, el viejo había captado con precisión que yo no tenía ni idea de qué rumbo tomar.
Y por eso mismo, me sentía más incómoda todavía.
—Si quieres, puedo prepararte un lugar donde puedas ocultarte por un tiempo.
Me ofrecía, con total calma, enviarme a un sitio mucho más tranquilo y con más lujos que esa villa.
‘Puedes quedarte aquí’.
O mejor dicho: ‘Quédate’. Seguía insistiendo, fingiendo que era una simple sugerencia.
—¿Tan útil le resulté?
Fue una pregunta que solté de la nada mientras lo miraba fijo.
Aunque jamás hice nada pensando en el beneficio del barón, parece que lo que logré desde que llegué le resultó bastante provechoso.
El barón no lo negó; simplemente esbozó una mueca que parecía una sonrisa con sus labios apretados.
Era mucho mejor eso a que me dijera: ‘Me das pena, así que me haré el loco y te seguiré escondiendo’.
Pero, cómo decirlo… se le notaban tanto las intenciones que resultaba molesto.
—Mi sola presencia no debe ser de su agrado.
El barón tampoco lo negó esta vez.
Aceptó en silencio que el solo hecho de que yo fuera la hija de ese hombre no le hacía ninguna gracia, pero luego añadió como quien no quiere la cosa:
—A Ruth le has caído bastante bien.
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¡Pum!, el carruaje volvió a sacudirse con fuerza.
Parece que me había quedado medio dormida en ese lapso.
Los recuerdos del día anterior se dispersaron en mi mente como un sueño borroso y recuperé la conciencia por completo.
No veía a Tenet sentado frente a mí.
De pronto, sentí un calor pesado donde tenía apoyada la mejilla. Sin moverme, solo abrí los ojos y bajé la mirada.
En el suelo, al lado de mis botas, vi las botas negras del hombre que estaba sentado ahí mismo, en la base del asiento.
Entendí la situación al toque, pero en lugar de levantarme, me quedé apoyada en él haciéndome la loca.
Se sentía bastante estable, después de todo.
Las opciones que tenía como ‘alternativas’ eran todas muy dudosas.
Irme a esconder a la Torre de Magia, un lugar lleno de gente que claramente no me daría la bienvenida, era un futuro que jamás había imaginado.
Pero convertirme en la esposa de un señor rural tampoco era algo que estuviera en mis planes.
Bueno, en realidad a eso vine, mentalizada para algo así.
¿Debería consolarme pensando en que el candidato es un caballero joven y no un viejo moribundo?
Ambos me habían hecho propuestas a pesar de que apenas podían lidiar con sus propios problemas.
Con un gesto de fastidio, levanté la mano y me froté el entrecejo fruncido.
Al sentir mi movimiento, el hombro del hombre en el que estaba apoyada dio un respingo; se había dado cuenta de que desperté.
Sin apartar la mejilla, solo levanté un poco la mirada.
Me encontré con esos ojos azules que me observaban desde arriba.
Él bajó la vista rápido, como si le diera roche que nuestras miradas se cruzaran así.
Yo, con la cara seria, me quedé mirándole el perfil sin inmutarme.
—¿Falta mucho para llegar?
No habían pasado ni un par de horas desde que salimos.
Le pregunté cualquier cosa, sabiendo perfectamente que nos tomaría un día entero.
—…… Sí. La despertaré cuando lleguemos a la posada.
Quién diría que llegaría el día en que esa vieja villa se sentiría como un refugio.
Me quedé mirando su perfil, que ahora mostraba una sonrisa dulce, y asentí.
—Ya. Haga eso, por favor.
Esto era como una especie de tregua.
Una vez que pase esta bendita tormenta de nieve, tendré que decidir mi rumbo, quiera o no.
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